31 mayo 2026

PASEO DE PRIMAVERA POR EL ARROYO AZUL DE PONTONES I (en construcción)

A esta excursión le tenía ganas desde hace un siglo, pero quería pillarla en otoño. Ya sabes, por ver los chopos con esos tonos amarillos, dorados y ocres que convierten las riberas de los ríos en auténticas acuarelas. El caso es que siempre que me dejo caer por Pontones o alrededores acabo machacado, rozando la extremaunción. Y claro, como a esta ruta la tenía catalogada de "paseíto dominguero", se quedaba siempre en el banquillo. Tengo la tontuna mental de que si me voy a chupar dos horas de coche y tropecientas curvas, la ruta me tiene que exprimir. No solo me tiene que entrar por los ojos (y de paso, por el visor de la cámara), sino que también me tiene que machacar el chasis. Al terminar, necesito sentirme vacío por fuera y muy colmado por dentro; sentir que el viaje ha valido la pena.

Manías mías, lo reconozco. Pero el otro día una colega senderista subió unas fotos a Facebook de esta ruta y se me pusieron los dientes largos. Me dije: «¡Qué pijos voy a esperar a octubre o noviembre!». Además, eso de tener que acabar hecho fosfatina... como que ya va siendo hora de cambiar el chip, que los años no pasan en balde. Así que, ni corto ni perezoso, un viernes de mayo con previsión de 25º a la sombra, enfilé para allá. Aquí empieza mi paseo de primavera por el Arroyo Azul de Pontones.
El recorrido es circular y su autor lo propone en sentido contrario a las agujas del reloj. Sale de la misma villa de Pontones, dirección sur, por un bonito camino que discurre en paralelo al río Segura, que por aquí —como bien se sabe— es recién nacido, además de cantarín y estrecho todavía. Nada que se le parezca a cuando pasa por Calasparra, Cieza o Abarán. Son las nueve y media de la mañana y me sorprende el temprano bullicio de turistas que pululan por la travesía; está todo tan ocupado que no queda ni un sitio donde aparcar. Cuando vengo a darme cuenta, ya me he salido del pueblo y tengo que seguir hacia adelante para encontrar el sitio donde darme la vuelta. Y en esas estoy cuando pienso: «¿Qué más da salir desde Pontones que un poquito más arriba, en Pontón Alto?». Dicho y hecho. Estaciono frente a una nave industrial, a la sombrica de un árbol, no recuerdo cual, porque al fin y al cabo, lo mismo da empezar el círculo en un punto que en otro.
La primavera todo lo hermosea y la campiña de Santiago Pontones, nunca decepciona.
Aquello que despunta es la sierra del Almorchón con su Cerro de la Morra, elevado a 1759 metros.
Muy pronto conecto con el sendero que baja a Pontón Alto.
Que no me pareció especialmente pintoresco y paso por sus estrechas callejuelas sin apenas detenerme.
La fuente de la Plaza El Pajarete.
En una de la casas, frente al lavadero, podemos ver este bonito mural.
El sendero denominado Camino de la Veguilla con dirección a Pontones, es precioso y muy disfrutón, como pronto podremos comprobar. El todavía riachuelo Segura nos acompaña a nuestra izquierda. La vegetación se encuentra dominada por huertos familiares y espigados chopos que flanquean las zonas húmedas.
El emblemático ojo que todo lo ve de la Piedra Horadada nos vigila.
Un paseo delicioso, sin duda. Casi que sobran las palabras.
Chopos exuberantes y altísimos.
Sorprende ir caminando en absoluta soledad y, de repente, toparse en este enclave con una hornacina que aloja la talla de un cristo crucificado. Para más inri, se llama el Cristo de las Maravillas... ¿Será familia de la patrona de Cehegín? Se me hace difícil fotografiarlo por los reflejos del cristal que, precisamente, no está muy transparente que digamos. Pero el efecto de fusión de la escultura con la naturaleza reflejada en el vidrio, no queda mal, después de todo. 

No se trata de una iglesia o ermita al uso, sino de lo que en la cultura serrana se conoce como un humilladero o devocionario de camino. Se ubica en un abrigo rocoso natural —una pequeña covacha en la piedra— aprovechado para instalar un altar protegido por una vitrina y una reja. Históricamente, estos lugares eran creados por pastores trashumantes, leñadores y habitantes de las aldeas aisladas de Pontones. El paso por los cañones del río Segura y sus arroyos colindantes era peligroso por las crecidas, las nevadas o el terreno abrupto; este punto servía para pedir protección antes de cruzar o para dar gracias al regresar sanos y salvos.
La visión de este cristo, similar al del Carrascalejo (al que hace poco le dedicamos unas entradas en el blog), genera un contraste impactante: la solemnidad de una imagen religiosa en mitad de una naturaleza salvaje y solitaria. Los lugareños suelen mantener el lugar limpio, llevándole flores de plástico (para que aguanten la intemperie del río), velas y exvotos. Una estampa que refleja a la perfección la fe rural y la profunda conexión de la cultura serrana con su entorno, convirtiendo la propia montaña en un templo natural.
Salimos de nuestro éxtasis momentáneo y abandonamos este templo a cielo abierto, encontrándonos ya muy próximos a Pontones. Ha sido un paseo breve pero intenso. 
Volvemos a la villa de Santiago-Pontones para, al poco, introducirnos por el mismo camino por el que regresé en aquella larga caminata de casi 30 kilómetros, la que en su día titulara: «Travesía Otoñal». ¡Menudo palizón fue aquel después del parón veraniego! Por eso decía antes que Pontones, ya sea de paso o pateando por los alrededores, siempre me retrotrae a batallas épicas que dejaron su huella en mí. Por entonces, hacía poco que había perdido a Viky y necesitaba, para bien de mi alma, soledad y mucho camino para recordarla. 
El camino es completamente llano y hasta que no lleguemos al punto donde el Arroyo Azul busca su junta con el río Segura, no se pone la cosa un poco cuesta arriba.
Este camino debe de ser la típica ruta "colesterol" muy frecuentada por los pontoneros. Recuerdo que hace cuatro años, al volver por aquí hacia el atardecer, me crucé con personas, unas en solitario, otras en grupo, que parecía a todas luces que utilizaban este llano itinerario como rutina habitual de mantenimiento en pro de la salud. Una vía Verde de Pontones, por así decir.
FINAL PRIMERA PARTE

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