El tramo ya registrado en la presente crónica, corresponde en realidad al cierre del bucle circular que llevo en el gps. De haberlo seguido de forma estricta, el inicio de la ruta nos llevaría a calentar las piernas por este bonito camino. El recorrido avanza dejando el río Segura abajo a la derecha —superando los parajes del Cerro Veleta, La Paridera y Las Huertas—, mientras que a la izquierda nos custodian las paredes de Las Pallas.
Caminando hacia el estrecho de La Paridera.
El saltarín y todavía delgado curso del río Segura.
Por aquí también se encuentra el manantial del Molino de Loreto (ruinas).
En las Huertas, paraje en el que se produce la junta del arroyo Azul con el río Segura (donde vemos unos comederos para las ovejas), torcemos a la izquierda atacando un fuerte repecho. Me sorprende que este nuevo camino no parezca muy transitado.
Ahora progresamos en dirección oeste, aguas arriba del arroyo Azul, dejándolo a nuestra izquierda. ¡Qué maravilla! Cada paso es un auténtico deleite para los sentidos.
Por este tramo del recorrido, nos encontramos con alguna cuestecilla que otra, pero nada que nos haga perder el resuello. Además, con estos bellos paisajes de lo más primaverales y exuberantes a nuestra izquierda, quién puede reparar en lo más o menos empinado de las cuestas...?
Nos adentramos en el verdadero corazón de la ruta. Un tramo asequible para casi todo quisque que esté hecho a caminar con regularidad y no le tema a algún repechico ocasional, o a dejar atrás el asfalto para pisar terreno algo más irregular. El camino se va estrechando y nos encajona, poco a poco, aguas arriba del arroyo Azul. Dicen que este riachuelo hace honor a su nombre allí donde el agua remansa, tiñéndose de unos tonos turquesas y azulados bellísimos gracias a la pureza del caudal y la roca caliza del fondo. A nuestra izquierda, las paredes del cañón dibujan formas caprichosas que es obligado dejar a buen recaudo en la memoria de la cámara. En este punto, el paseo se vuelve puro disfrute, sobre todo para quienes gustamos de bebernos el paisaje con delectación, sin perdernos un solo detalle. Bueno, siempre te dejas algo, pero lo menos posible.
Y mientras intento describir este camino (aunque tengo para mí que, con solo ver las imágenes, ya se describe por sí mismo), me planteo un dilema, si se quiere, algo absurdo o innecesario: visto lo visto, ¿qué época es la más idónea para hacer este recorrido, la primavera o el otoño? Porque hacia finales de octubre y principios de noviembre, contemplar todos estos chopos completamente amarillos, momentos antes de que pierdan sus hojas, también tiene que ser un espectáculo tornasolado sublime. En fin, cavilaciones o disquisiciones de hueso dulce, lo reconozco.
A ver, la primavera es la primavera y, habiendo nacido en mayo, es lógico que ejerza sobre mí una atracción y conexión especial. Así que, volviendo a la reflexión anterior, creo que lo suyo es hacer este recorrido tanto en mayo como hacia finales de octubre o principios de noviembre, y disyuntiva resuelta. Aquí queda apuntado, como tarea pendiente.
Estamos acercándonos al enclave, yo creo que estrella, punto culminante de todo el recorrido.
¡Qué gozada de paisajes, Crist😉 de las maravillas...!
¡Esto es una disfrutar y no parar...!
El lugar es mágico. Recibes vibraciones especiales. Si estás siguiendo el track al dedillo, punto ideal para el tentempié. Que lo tenga en consideración el guía de un grupo senderista, que por casualidad, buscando información, San Google le haya hecho dar con este lugar.
Nos encontramos en la cueva del Arroyo Azul (o Cueva Roazul). Dicen las reseñas turísticas que se trata de una hermosa cavidad natural situada en la Sierra de Segura (provincia de Jaén), dentro del Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas. Es famosa por su arroyo cristalino y su frondosa vegetación de ribera.
En esta gruta, claro está, me recreé a placer con la cámara. Pero ¡ojo!, ¡que los tábanos me comieron vivo! Pero tranquilos, senderistas, a vosotros no tiene por qué pasaros; creo que es cosa de mi cuerpo serrano, de mi olor y quién sabe si de mi RH positivo. Mi epidermis debe de suponerles una verdadera delicatessen para sus insaciables mandíbulas. ¡Hembras tenían que ser...!
Y teniendo en cuenta aquellas publicaciones recientes que discurrieron por Benizar, ya me resulta inevitable, cada vez que doy con una de estas cuevas, plantearme si también fueron utilizadas en sucesivas épocas por bandoleros, desertores o los maquis.
En la historia del bandolerismo andaluz existe una paradoja de lo más comprensible: los bandoleros no vivían donde robaban. Para asaltar las diligencias, los carruajes de los ricos o los convoyes de dinero, se marchaban a las grandes rutas (como Despeñaperros o el camino de Madrid a Cádiz). Pero en cuanto daban el golpe y la justicia les pisaba los talones, huían hacia las zonas más inaccesibles posibles.
Y aquí es donde entra Pontones y toda la Sierra de Segura.
Para la Guardia Civil —creada a mediados del siglo XIX precisamente para combatir este problema—, adentrarse en Pontones, los Campos de Hernán Perea o el nacimiento del río Segura era una auténtica pesadilla. Los bandoleros contaban con ventajas estratégicas insuperables: un laberinto de calizas, covachas, barrancos profundos y "cintos" (esas repisas naturales en los acantilados) que los lugareños conocían al milímetro, pero que para los agentes forasteros eran trampas mortales.
Además, como Pontones se encuentra pegado a los límites de Albacete, Granada y Murcia, aquellos bandoleros aprovechaban la coyuntura para saltar de una provincia a otra. Si los perseguía la gobernación de Jaén, cruzaban hacia la Sierra de Alcaraz o los campos de la Puebla de Don Fadrique, escapando así, de un plumazo, de la jurisdicción de sus perseguidores.
Como ya referí en mi aventura por tierras murcianas, aunque las grandes cuadrillas preferían las serranías de Ronda o Sierra Morena, este entorno vio pasar a nombres míticos. Recordemos a Francisco Ríos González, el "Pernales" (uno de los últimos grandes bandoleros históricos), y al "Niño del Arahal", que se escondieron con frecuencia por estos montes de Cazorla y Segura. De hecho, su final llegó muy cerca de aquí, justo al cruzar la frontera hacia Albacete, en la vecina Sierra de Alcaraz, donde la Benemérita los abatió a tiros en agosto de 1907.
En una zona tan aislada, el bandolerismo estuvo muy ligado al contrabando de tabaco, sal y telas. Es más, tras la Guerra Civil, ese mismo aislamiento convirtió a Pontones en uno de los núcleos principales de los maquis (la guerrilla de posguerra o "los del monte"), cuyos métodos de supervivencia y refugio en cuevas heredaron directamente del modus operandi de los bandoleros decimonónicos.
Así pues, Pontones no era el lugar ideal para "trabajar" (porque apenas pasaba riqueza por sus caminos), pero era el escondite perfecto para desaparecer del mapa por un tiempo. Y por aquí hay tantos escondrijos, que para las autoridades era como buscar una aguja en un pajar. Y los pastores de la zona convivían con ellos bajo una ley no escrita de silencio; a veces por simpatía, y la mayoría, por puro miedo a las represalias. No les quedaba otra. Seguramente el Cristo de las Maravillas no solo cumplía la función de salvaguarda frente a los peligros naturales, sino también ante los proscritos de la sierra.
El rincón del Arroyo Azul es primoroso.
Cerezos monumentales.
FINAL SEGUNDO CAPÍTULO
































































































No hay comentarios:
Publicar un comentario