Hay lugares que parecen empeñados en desaparecer del mapa y de la misma tierra sobre la que un día se alzaron. El Retamalejo, La Capellanía y Mancheño llevan camino precisamente de eso: de convertirse en un montón de escombros y borrar el rastro de lo que, durante décadas, significaron para sus habitantes, de los cuales ya muy pocos deben quedar entre los vivos. Sin embargo, aunque estos parajes abandonados se resisten a caer en la incuria del olvido, de momento encuentran su mayor amparo y rescate en el autor de Mi Viky y Yo, quien cada cierto tiempo gusta de darse un garbeo por estos solitarios parajes por los que, por un motivo inexplicable, siente una querencia especial.
De Retamalejo, por ejemplo, desde que lo traje a este blog allá por 2015, sus muros no han dejado de caer; hoy apenas queda en pie un puñado de piedras que resiste el envite del tiempo. Solo algún tejado aislado aguanta todavía el tipo; los demás hace mucho que dejaron de proteger a nada ni a nadie. En este rincón reina hoy una soledad abrumadora y un silencio tan profundos que parecen custodiar celosamente las historias de quienes un día llamaron hogar a esta remota aldea, situada justo en el confín donde Murcia y Almería se estrechan la mano.
En mayo de 2021 estuve por aquí, a lomos de mi cipola amarilla, acompañado en aquella enésima ocasión por Yoda, el guardián de la galaxia y otros confines del universo, para hacer un amplio reportaje de un lugar que por entonces vaticinaba que sufriría un galopante proceso de desolación y derrumbe que hoy ya es realidad, al encontrarme la novedad respecto de otras visitas, que muchos de los techos de las casas, otrora resistiendo, ahora ya se encontraban en el suelo.
Tiempo después, lamenté profundamente la desaparición de un canal de YouTube cuyos vídeos yo había enlazado. En ellos, una madre y su hijo recorrían Mancheño y Retamalejo. No tuve entonces la previsión de guardarlos y hoy mi pena es honda: testimonios tan puros y espontáneos de la «España vaciada», narrados de viva voz por quienes la habitaron cuando desbordaba vida, son joyas históricas insustituibles. Aquella señora tenía una gracia y chispa únicas para referir dichos y anécdotas de su infancia, como si hubiesen tenido lugar antes de ayer. Se me abren las carnes por no haber tenido la perspicacia y prudencia de conservar esos testimonios por lo que pudiera pasar. Por suerte, es algo que ya no me vuelve a suceder cuando descubro algún documento valioso por esos rincones de internet, dado que como reza el refrán: ¡a base de palos aprende el burro! Recuerdo con ternura aquel dicho que recitaba la buena mujer, en una suerte de sucinta descripción de toda esta comarca y su particular idiosincrasia y etnografía según las zonas: "En el Perigallo, gallo; en la Junquera, gallinas; en el Carrascal, ganao; en el Molinico, harina; en el Mancheño, peleas; en Los Poyos dicen misa y en la loma se pasea..." Y también describía cómo recordaba ella a sus vecinos, al alcalde y las navidades en Mancheño, porque había nacido allí, aunque siendo una cría, sus padres se trasladaron a Retamalejo, donde residieron durante unos años hasta que lo abandonaron definitivamente para marcharse a Elche, buscando un futuro mejor. ¡Y menos mal que tuve el acierto de quedarme con al menos esa coplilla, de otras tantas que recitó y escribirla en este blog...!, porque de lo contrario, también se hubiera perdido.
En esta nueva ocasión por este territorio, nuestro recorrido, de cosecha propia, es idéntico al que realicé el año pasado en aquel inolvidable día del apagón y comenzaba en el rincón olvidado de Retamalejo. Nos esperaban veinte kilómetros por delante, encadenando caminos, senderos, barrancos, ramblas y lomas. Un trayecto perfecto para mostrar a mis dos buenos amigos, Anabel y Fernando —de esos con los que las conversaciones acortan la distancia y los silencios nunca resultan incómodos— algunos de los parajes más desconocidos del sureste peninsular.
Pasaremos por la hoy convertida en escombros, casa de la Jarosa Quemada y alcanzaremos la cima del Cerro de la Jarosa, donde hay una caseta vigía de incendios y en sus cercanías, un monumental vértice geodésico, aunque poco seductor por lo tapado que se encuentra de pinos. Recorreremos un tramo de la siempre sorprendente Rambla Mayor y contemplaremos asombrados bajo sus tupidas ramas, a esa ajada carrasca centenaria que desafía el transcurrir del tiempo. Finalmente, cerrando el círculo, les mostraré a mis amigos otro pueblo fantasma como Mancheño, —presentándoles al que fuera su alcalde—desde donde, pasando por la ermita de San Isidro, y divisando a lo lejos el asentamiento del castillo de los Poyos de Celda y lo que queda de La Capellanía, regresaremos al punto donde todo había comenzado.
Pero uno o dos kilómetros antes de llegar a Retamalejo, justo enfrente de la sierra de El Carro, en un bancal yermo sembrado de enormes amapolas y margaritas, nos detuvimos unos instantes para tomar la siguientes fotografías, en una mañana que se presentaba radiante, de lo más tornasolada y con los mejores augurios para el disfrute primaveral y campestre que finalmente se hizo realidad.
A finales del siglo XVIII y principios del XIX, las Leyes de Desamortización y las políticas de roturación de "tierras baldías" (tierras comunes sin cultivar) permitieron a muchas familias humildes asentarse en parajes despoblados. El Retamalejo nació originalmente como un conjunto de cortijos dispersos de pastores y agricultores que se establecieron en este llano, rodeado de monte y retamas (de donde toma su nombre).
Con el transcurrir de las décadas, las familias construyeron sus casas de piedra y yeso unas junto a otras para protegerse del durísimo clima invernal, formando una pequeña aldea compacta de unas 25 viviendas. Nunca llegó a tener el estatus de pueblo independiente, sino que dependía de las pedanías mayores o del propio núcleo de Caravaca.
Fue una comunidad de subsistencia extrema. Vivían del cultivo de la cebada, los almendros y la cría de ganado ovino. Curiosamente, la aldea nunca tuvo agua corriente, ni escuela, ni iglesia (los niños tenían que caminar 5 km hasta Los Royos para ir a clase, y los vecinos iban a misa a la ermita de Los Poyos de Celda).
Aunque la luz eléctrica llegó en la década de los 60 gracias a una línea tendida desde Los Royos, ya era demasiado tarde. La falta de agua, el aislamiento y la llegada de la mecanización agrícola (que dejó sin trabajo a los jornaleros) provocaron una fortísima emigración hacia los núcleos urbanos de la Región de Murcia y el levante. Las últimas familias resistieron hasta los años 70, dejando hoy en día un paisaje de casas derruidas, corrales vacíos y un pozo seco, tallado a pico y pala que son el testimonio mudo de la España vaciada.
“Y ahora que hacemos, mamá”, fueron las palabras entre lágrimas de Juan con ocho años. En aquel entonces, vio cómo una máquina recogía la misma cantidad de espliego que su madre y él tardaban días en cosechar. Esto ocurrió hace más de cuarenta años en El Retamalejo, el cortijo situado en Caravaca, entre los Royos y el Moralejo. Un hecho que vaticinaba lo que pasaría pocos años más tarde. El sustento de decenas de familias peligraba por el progreso industrial.
Entre lágrimas y cuarenta años después, Juan Sánchez, lo cuenta cuando nos acercábamos a la que fue su casa hasta sus doce años de edad. “Esos eran nuestros bancales, los heredamos de mis abuelos y ellos de sus antepasados”, nos comentaba contemplando la planicie que rodea al Retamalejo.
Recorremos esos caminos con Juan Sánchez, nacido en El Retamalejo y vecino ahora de Caravaca, que con poco más de diez años tuvo que abandonar el cortijo junto a su madre. Ella era una mujer viuda desde sus cincuenta y que con la fuerza de esas mujeres que llevaban el bancal y la casa al mismo tiempo, pudo sacar adelante a una familia cuando todo se ponía en su contra. Juan ahora se ha retirado, desde que llegó a Caravaca en su juventud fue encadenando oficios hasta que decidió tomar un camino profesional y estudiar jardinería en Madrid. A su vuelta y al pasar los años, acabó convirtiéndose en el Jefe de Jardinería del ayuntamiento de Caravaca. Además de ser el guardián de los parques y jardines con el mismo esmero de cuando se dice: “como si fuera pa ti”.
El cortijo del Retamalejo, así le llamaron y le llaman los que fueron sus pobladores, es lo que hoy se podría categorizar como pedanía. El lugar es hoy algo parecido a un escenario de guerra de las que acostumbramos a ver últimamente en Ucrania o Palestina. Pero por aquí nunca pasó una guerra, al menos sus bombas.
Desde tiempos inmemoriales y hasta los años 70 del pasado siglo, en las calles del Retamalejo vivieron cientos de familias que subsistieron con la precariedad propia de la España rural. Una serie de casas entre extensos campos que en su mayoría, y desde siglos, fueron propiedad de unos pocos terratenientes y eran arrendadas a sus habitantes a cambio de su trabajo. Estas daban para vivir sin más prosperidad que la de dar de comer a sus hijos.
Tras la introducción de la maquinaria a finales de los sesenta, el declive se intensificó y los más de 150 vecinos se convirtieron al final en la madre de Juan y sus hermanas. La pequeña tienda que los abastecía cerró. Los arrieros ya no pasaban por allí, ya no tenían con quien comerciar. La luz eléctrica llegó desde Los Royos en una línea de alta tensión, pero ya era demasiado tarde. Los habitantes del Retamalejo se diseminaron por la comarca y otras regiones del levante, y con ellos se fue el cortijo.
En una de las calles, porque en el Retamalejo había y hay calles, vivía él en una de las decenas de casas casi idénticas. No idénticas como los modernos dúplex replicados en el plano, si no casi idénticas en su estructura general que fue conformada durante siglos según las necesidades de la vida en aquel lugar. Con Juan pudimos entrar a la casa en ruinas que fue su hogar. Al cruzar la puerta entramos a una primera instancia. En esas cuatro paredes se vivía la mayor parte del tiempo al lado del fuego que reparte el calor a las cuatro habitaciones que rodean el cuarto. En esas habitaciones nos señalaba Juan dónde dormía él, sus hermanas y su madre, y alguna que otra anécdota ocurrida allí. Detrás de una de las habitaciones se veía la cuadra, el lugar donde habitaban dos machos hasta que su padre falleció. A la planta superior no se puede acceder desde que hace un par de años cediera la escalera. Arriba hay varias habitaciones más y el pajar, “no sé cómo pero nunca vi un incendio en todo el cortijo” afirmó Juan. La casa concluía con una pequeña despensa, adosada a la primera habitación, que funcionó también como cocina. Y por último, un horno que se sitúa frente a la fachada en un edificio aparte. Estos hornos los tienen casi todas las casas, tenemos que recordar que cada vecino se amasaba su pan.
Tanto esta como las demás viviendas son hoy lugares peligrosos al borde del colapso y su rehabilitación es ya cuestión imposible.
La vida diaria en El Retamalejo
En este lugar nunca existieron cañerías ni grifos. Cada pocos días, a veces una vez a la semana, nos cuenta Juan que se acercaban hasta la fuente de La Capellanía, de la que brotaba un agua sana y cristalina, y en las casas las almacenaban.
Al colegio había que ir andando hasta Los Royos, a unos cinco kilómetros de distancia. Más tarde ese camino, que tardaba casi una hora en recorrer, lo hizo en bicicleta acortando el viaje en media hora. Juan tuvo que contenerse a la hora de relatarnos lo que allí se contaba: historias que mezclaban lo que él vio con lo que a él le contaron. Algunas cómicas, otras trágicas y que recuerdan a los dramas que plasmó García Lorca en su teatro: asesinatos, represalias, historias de la guerra civil, amoríos, desamores, crónicas de bandoleros que podrían estar protagonizadas por Pepe Sancho. Un sinfín de anécdotas que habitan ahora en el recuerdo de los que no quieren olvidarla. Vamos a contar solo una. Juan tenía diez años, su madre había ido a Benidorm a trabajar una temporada. El pequeño Juan se quedó con su abuela y su tía Agustina, cuando a medianoche se desató una tormenta que trajo piedra de granizo de un tamaño considerable. Su abuela tenía el remedio para acabar con la tormenta, o al menos las antiguas creencias así lo aseguraban. “Agustina, saca las tenazas a la calle y ábrelas para que formen un cruz para que se vaya la tormenta”, decía. Entre risas recordaba Juan este suceso concluyendo con la negativa de Agustina: “cállese madre que no salgo. Que si me cae una piedra de esas en la cabeza me mata”. Viendo que su sobrina no sacaba las tenazas la calle, a la abuela de Juan no le quedó otra que rezar: “Santa Barbara bendita, en el cielo estas escrita, con papel y agua bendita…”
El Retamalejo es el resultado final de lo que ocurre cuando un lugar se despuebla. Es el final de las miles de aldeas que, si no se pone un remedio a tiempo, la falta de oportunidades, de servicios y de atención, acabarán por echar a sus habitantes y obligar a irse a los que durante generaciones conservaron y continuaron siglos de costumbres de nuestra tierra y fueron herederos de nuestra cultura. FUENTE: EL NOROESTE.
El Ventorrillo y la vertiente sur del Cerro del Carro, 1264m.
Anabel y Fernando, recorriendo El Retamalejo, mientras este reportero gráfico seguía de cerca sus pasos.
Nuestra atrevida amiga montañera, desafiando al peligro del inopinado derrumbe de la escalera. Y yo con ella, ¡qué remedio! si de inmortalizarla en tan precario entorno se trataba...
Anabel posando en plan modelo senderista, ante las ruinas de El Retamalejo.
E iniciamos el camino que ya está bien de tanto remolonear por la ruinosa aldea.
Cartel avisando de una prueba de rally que tendría lugar por aquí en pocos días.
Siguiendo el camino, a nuestra mano izquierda, iremos admirando los bellos paisajes que se dibujan en Los Calaricos y el Cerrillo Solo.
Poniendo camino de por medio respecto de El Retamalejo.
En cierto modo, me siento un tanto extraño, acostumbrado a caminar siempre por aquí en completa soledad, en otros tiempos, acompañado de Viky y hacerlo ahora con Anabel y Fernando.
Loma de Retamalejo, 1234m.
Preciosos paisajes nos irán acompañando durante todo el recorrido. ¡A la vista queda...!
El Cerro del Carro.
El Retamalejo y al fondo, Las Peñas del Águila y Las Piedras del Reloj de la sierra de Mojantes.
El Calar y Rambla de Bermejo.
Por aquí es típico ver a estos cardos gigantes que algunos llegan a alcanzar dos metros de altura. Los cardos desarrollan raíces muy profundas para buscar humedad y sus hojas espinosas evitan que el ganado o los animales de la zona se los coman fácilmente, lo que les permite crecer con ese porte tan alto y robusto en mitad de los llanos y laderas de un cerro.
Hacia la Jarosa Quemada.
Morra del Pino, 1181m.
Loma de Retamalejo.
Lo que queda de la Casa de la Jarosa Quemada.
En 2018 aún conservaba gran parte de la estructura, aunque la mitad del techo ya se había desmoronado.
En esta otra entrada dedicada al Cortijo del Mayorazgo, gustaba de llevarme música "de mi época", con que deleitar al respetable, o al menos, yo me hacía esa ilusión de que les gustara. Pero como al cabo de un tiempo, muchos de los enlaces dejaban de funcionar, me terminaron frustrando y dejé de incorporar a este blog mi particular y siempre sugestivo, al menos para mí, apartado musical. Toda la ídem que por entonces compartía, obra en mi poder en mi particular discoteca, pues es otro de mis pasatiempos favoritos, LA MÚSICA.
Pero las paredes de la Jarosa Quemada todavía resisten...
Atravesando el bello paraje de Pinos Blancos en dirección al Cerro de la Jarosa.
Sierras de María, de Maimón y del Gigante.
Anabel abrazando el paisaje almeriense en las inmediaciones del refugio forestal.
El observatorio forestal.
Fernando, oteando también hacia el vasto paisaje.
El Gigante de Lorca, qué aventura y rutaca fue aquella que recuerdo porque fue en la que se descabezó Agapito Malasaña, el guardián de la montaña. Supuso el principio de su fin. Que el dios de la escayola lo tenga albergado en su seno. ¡Qué de recuerdos...!
Anabel encaramada sobre el cilindro monumental de la Jarosa, que no luce su verdadero potencial por hallarse rodeado de pinos que lo ocultan. Pero hoy ya lo ensalza lo suficiente nuestra amiga con su regio porte y siempre dinámica y jovial estampa. Esta es la actitud, que diría aquel.
Sierra de Jorquera y La Montaña Sagrada (La Sagra).
Descendiendo por un tramo muy difuso del recorrido, sobre todo si no conoces la zona, hacia la Rambla Mayor. Por aquí el gps se hace casi imprescindible, so pena de verte en un buen fregao porque hay que atravesar algunos ramblizos y barrancos de verdadero infarto.
Restos de antiguas pistas forestales, ya impracticables, y buen sitio para poner fin a este primer capítulo de nuestra aventura camino del Guardián silencioso de Mancheño.
FINAL DEL PRIMER CAPÍTULO




































































































































