Tal y como apuntaba líneas atrás, este primer tramo recibe en los mapas actuales el nombre de Rambla de Montaño. La nomenclatura pasa a ser de los Vaquerizos tras rebasar la Fuente de Montaño, situada a nuestra izquierda y a mayor altitud, justo a la altura de la Cañada de los Almagreros. Nuestra posición, profundamente encajonada, nos impide divisarla. No obstante, la observación cartográfica me ha permitido descubrir que esa plataforma superior está entretejida por diversos senderos que prometen un recorrido sumamente interesante. De hecho, toda esta amplia comarca resulta cautivadora, pero el espectáculo que se abre ante nuestros ojos en este preciso instante es, sin duda, el que se lleva la palma.
El Almorchón de Santiago. Ya se puede colegir que en este punto, he tenido que sortear un obstáculo encontrado en el cauce, salvándolo con una trepada por la ladera. Pero las capturas conseguidas, bien están mereciendo la pena.
En algunos tramos, el avance a través del cauce, sí que se presenta bastante fluido y llevadero. Ello nos suaviza un poco la tensión.
El paisaje ahora se quiebra y da paso a un cañón de una belleza salvaje, donde los farallones de piedra caliza vigilan nuestros pasos. De entre las escarpadas paredes de la rambla emerge, altiva, una colosal aguja de piedra; un monolito erosionado por los siglos que se alza hacia el cielo como el guardián de este reino escondido. A su lado, un pino solitario desafía el abismo. Desde el fondo de este pasadizo de roca, rodeados por la densa y verde pincelada de las carrascas y los pinos, uno se siente verdaderamente pequeño, insignificante, sobrecogido por la grandiosidad de una naturaleza que aquí se muestra en su estado más auténtico e indómito.
Visualmente, los elementos que magnetizan la mirada son la imponente aguja calcárea, monolito o tótem de piedra que se eleva desafiante hacia el cielo y esa silueta fuertemente erosionada, de aspecto casi antropomorfo (recuerda a una figura o un guardián de piedra) con tonos anaranjados y grisáceos debido a la oxidación de los minerales y la acción de los elementos.
Esta rambla, también era conocida en la antigüedad como "el Aceral de los Vaquerizos" y no era por casualidad. Las ramblas y barrancos de esta zona albergan una joya botánica de primer orden: un bosquete relicto de arces (principalmente Acer opalus o arce de Granada). El arce es un árbol caducifolio mucho más común en el centro de Europa o en el norte de España, por lo que encontrar poblaciones tan saludables y densas en la mitad suroriental de la península es un fenómeno natural de gran valor ecológico. 

En algunos puntos, el paisaje se abre un poquito a ambos lados, y nos permite respirar y ensanchar la mente y los pulmones, ante tanta fascinación paisajística y botánica como nos apabulla. Una tregua siempre viene bien para tomar aire.
Aquí me tomo otro respiro. He tenido que trepar unos metros por una pared casi vertical, siguiendo al dedillo el track que he puesto al 50% de zoom. Es en este momento cuando caigo en la cuenta de que, antes de tomar decisiones tan arriesgadas como la que afortunadamente acabo de dejar atrás, debo asegurarme por completo de que es imposible avanzar por el lecho. De momento, mantengo lúcida la mente, y eso es buen síntoma. No hay miedo.
Ya he dejado atrás lo más escabroso. Ahora durante unos metros, sigo un estrecho carril que discurre en paralelo a una valla metálica muy oxidada, que parece dejada de la mano de dios y de los hombres. Según la orografía se me va presentando, unas veces la salto por la izquierda o derecha de su trazado. No es muy alta y con cuidado de no engancharme las gónadas, es suficiente para irla abordando.
En este tramo se cruzó en mi camino una piara de jabalíes. Era un ir y venir de innumerables rayones que, guiados por los profundos gruñidos de una madre descomunal, se esforzaban afanosamente por no perder el grupo.
Ya he sobrepasado la zona más intrincada de la rambla, y teniendo que cruzar varias veces un riachuelo que aprovecho para refrescarme, ya todo mi caminar es coser y cantar.
El agua de esta parte de la Rambla de los Vaquerizos procede principalmente de las filtraciones subterráneas, la escorrentía de lluvias y el deshielo de la Sierra de la Sagra y el entorno del Pinar de la Vidriera, en el límite nororiental de la provincia de Granada (Puebla de Don Fadrique) con Jaén y Albacete.
Al igual que gran parte de las cordilleras béticas circundantes (como las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas), el suelo es predominantemente calizo. Esto significa que la roca absorbe el agua de las lluvias y de las nieves invernales como una esponja, creando acuíferos subterráneos.
Esta agua subterránea brota a la superficie un poco más arriba a través de pequeñas fuentes, rezumes y tornajos distribuidos por los barrancos de la Cañada Bellón y el Pinar de la Vidriera, alimentando el curso de la rambla.
Como es típico de una rambla o arroyo de montaña mediterráneo, su caudal es de carácter estacional e irregular: suele llevar agua limpia y cantarines hilos o pozas en primavera (tras el deshielo y las lluvias) y en otoño, mientras que en los meses más duros del verano su lecho puede quedarse completamente seco o reducirse a mínimos en la superficie.
Dando vista, ¡por fin!, al cerro del Oso, 1748m.
Y a la Venta del Tío Tiburcio.
Como es de suponer, esta zona debió conocer una época de gran esplendor. El término Vaquerizos hace referencia directa a los pastores y vaqueros que conducían el ganado a través de estas sierras en épocas pasadas. A pesar de su aislamiento actual y la rudeza de su relieve, este paraje no siempre estuvo desierto; históricamente tuvo una intensa explotación ganadera, agrícola y forestal. De hecho, la zona se encuentra muy ligada a parajes históricos como el Pinar de la Vidriera o el Pinar del Duque (tierras concedidas en el siglo XVI a la Casa de Alba). En los alrededores todavía se pueden apreciar ruinas de antiguos cortijos, apriscos y fuentes con tornajos tradicionales tallados en madera o piedra para que abrevara el ganado, de los cuales algunos veremos, antes de cerrar el círculo. 

La Rambla de los Vaquerizos, por lo que veo en el mapa, nace de este a oeste en el paraje de La Yegua, cerquita de la Fuente de Melgares. Siguiendo el curso de la rambla hacia abajo, en dirección a donde une sus aguas con el río Zumeta, se encuentran los restos de la Venta del Tío Tiburcio
Las ventas en estas encrucijadas de montaña eran vitales. No eran simples viviendas, sino los "hoteles y estaciones de servicio" de los siglos XVIII, XIX y principios del XX. Ofrecían un plato caliente, fuego y un lugar para que durmieran los arrieros, así como cuadras para el relevo o descanso de las bestias de carga que transportaban madera, esparto o alimentos entre la Sierra de Segura y las hoyas de Granada o el Reino de Murcia. El nombre evoca directamente a su antiguo regente o propietario, el "Tío Tiburcio", una figura que debió ser de gran relevancia local en la comunidad pastoril de la zona.
Curiosamente, en la cartografía oficial y en las redes de control de la Confederación Hidrográfica del Segura (CHS), la "Venta del Tío Tiburcio" sigue figurando como un punto de control oficial para medir la calidad y las estaciones de las aguas de las ramblas de la zona.
La sugerente silueta del Cerro del Oso y la riqueza de su entorno ofrecen un juego fotográfico irresistible que no dudo en exprimir. El enclave, rodeado de una paz conmovedora, desborda una belleza infinita. Un auténtico festín para el espíritu que, tras haber experimentado tantas emociones fuertes, disfruto plenamente con los cinco sentidos.
De la venta del Tío Tiburcio me traslado al Porche del Valenciano, que me hace sudar la gota gorda el alcanzarlo. Desde el que continúo obteniendo unas vistas magníficas de todo el entorno.
Esta edificación ruinosa se sitúa estratégicamente en la carretera que va desde el Puerto del Pinar hacia Pedro Andrés (Nerpio), justo después de una curva muy pronunciada que salva el cauce de la Rambla de los Vaquerizos (que baja desde el Calar Blanco).
Los porches en las zonas de montaña e influencia levantina/manchega solían ser edificaciones que combinaban la vivienda de pastores o labradores con una zona porticada o techada abierta. Servía tanto para el resguardo del ganado en tránsito como de punto de descanso e intercambio para los arrieros que cruzaban hacia el Levante (de ahí el topónimo "del Valenciano").
Si las paredes hablaran...
He completado el círculo de mi recorrido, feliz y satisfecho por una aventura que ha concluido sin novedad, que es lo más importante. Atrás queda el haber pateado una fracción de la sierra de Huebras y fotografiado su cortijada homónima. También recorrimos un tramo del Camino de San Juan de la Cruz y descubrimos el Peñón de Pimporro, desde el que se obtienen unas panorámicas excelentes de la bonita villa de Santiago de la Espada.
Vadeamos el río Zumeta a calzoncillos y calcetines quitaos, ya que una riada reciente se había llevado el puente de madera que antes cruzaba el cauce. Más adelante, sorteamos por la izquierda a sendos toros bravíos con el hierro de Pedro Domecq, que se jiñaron patas abajo ante nuestra imponente presencia. Charlamos amigablemente con Luis Gabriel, de Santiago, y con el único habitante de las Cuevas del Engarbo—un hombre interesante donde los haya—. La curiosidad que nos despertó este último nos indujo a indagar en la red para constatar la época de mayor esplendor ecoaldeano de estas cuevas; pesquisas en las que, por azar, tropecé con la figura de Félix Rodrigo Mora, en cuya obra seguiré profundizando dado el interés que me ha suscitado.
El plato fuerte del día llegó con la Rambla de los Vaquerizos, cuyas caprichosas formaciones pétreas nos dejaron boquiabiertos, teniendo como colofón las ruinas de la Venta del Tío Tiburcio y el Porche del Valenciano, enmarcados en la belleza singular de su entorno.
Ahora, ya de regreso, tengo pensado pasarme por Almaciles para llenar unas cuantas garrafas de la bendita agua de su fuente. De momento, hago una parada en la comarcal, me apeo del coche y tomo estas últimas fotografías de las ruinas que hace solo unos minutos visitábamos in situ.
Porche del Valenciano y el Cerro Patricio a su izquierda, 1648m.
La Fuente de Almaciles.
La Iglesia de San Antonio Abad (también conocida popularmente como San Antón Abad) se encuentra en Almaciles, una pequeña pedanía perteneciente al municipio de Puebla de Don Fadrique, en el norte de la provincia de Granada, Andalucía.
Es el monumento más emblemático e histórico de esta localidad y cuenta con detalles históricos, artísticos y tradicionales de gran valor:
1. Historia y Origen
La construcción del templo data del año 1540 (siglo XVI). Su origen está directamente ligado a la fundación del pueblo: el capitán Pedro Serrano y su esposa, doña Quiteria Nieto, compraron el gran latifundio de Almaciles, crearon un mayorazgo, lo poblaron con familias de agricultores y pastores, y costearon de su propio bolsillo la edificación de esta iglesia.
Como curiosidad histórica, la parroquia perteneció durante siglos a la Archidiócesis de Toledo (debido a la gran influencia y extensión del antiguo arzobispado toledano por estas tierras limítrofes) hasta que en 1953 pasó a integrarse en la Diócesis de Guadix, a la que pertenece actualmente.
2. Arquitectura y Estilo
Fusión de estilos: Se trata de un templo de estilo renacentista que cuenta con tres naves construidas a la misma altura. Sin embargo, su capilla mayor es un interesante ejemplo de "simbiosis" arquitectónica, ya que mezcla el estilo renacentista con elementos del gótico tardío de la primera mitad del siglo XVI.
El campanario: Destaca su torre y el campanario que presiden la plaza principal del pueblo (Plaza de la Libertad).
3. Patrimonio Interior y Arte Sacro
En su interior alberga obras de gran interés para la comarca:
El busto titular: Destaca una pieza escultórica del titular de la iglesia atribuida al célebre imaginero de la escuela granadina José de Mora.
Esculturas: En el altar mayor se conserva una escultura de San Antonio que se atribuye a la prestigiosa Escuela de Salzillo (de gran influencia murciana debido a la cercanía con esa región).
Imagen de Santa Quiteria: Una talla atribuida a la escuela granadina del siglo XVIII que rinde homenaje a doña Quiteria Nieto, la cofundadora de la localidad.
También destacan su retablo mayor y una delicada imagen barroca de la Inmaculada Concepción.
4. Tradición Viva: La Cuadrilla de Animeros
La iglesia está estrechamente ligada a las tradiciones del sureste español. En sus festividades (especialmente las fiestas patronales de San Antón en enero y los eventos navideños), adquiere un gran protagonismo la Cuadrilla de Animeros de San Antón, una agrupación de música tradicional que toca y canta coplas de ánimas dentro y fuera del templo, manteniendo viva una manifestación folclórica y religiosa de siglos de antigüedad.
5. Restauración Reciente
El edificio sufrió durante muchos años problemas severos debido a la humedad provocada por aguas subterráneas, lo que ponía en serio peligro los cimientos de sus muros y columnas. Tras un esfuerzo conjunto entre el Obispado de Guadix, el Ayuntamiento de Puebla de Don Fadrique y el generoso aporte económico de los propios vecinos de Almaciles, el templo y su campanario fueron objeto de una profunda restauración integral, reabriendo con orgullo sus puertas para el culto y las visitas.
Y colorín colorado...
¡HASTA LA PRÓXIMA!

























































































































