02 junio 2026

PASEO DE PRIMAVERA POR EL ARROYO AZUL DE PONTONES III y FINAL

En la cueva del Arroyo Azul se agradece el fresquito, porque el calor ahí afuera ya se deja sentir. Aprovecho el descanso para beber agua, comerme una manzana y dejarme embelesar —por no decir atontar— por el murmullo del saltarín arroyo y esa paz interior que siempre emana de la naturaleza. Pero toca levar anclas y reanudar la marcha. Consulto el Garmin y veo que el siguiente paso es bajar y cruzar el lecho del riachuelo.
El Arroyo Azul es uno de los arroyos que nutren esta cuenca alta. Su nombre no es por capricho. En las épocas de abundantes lluvias en que el afluente baja con buen caudal y el sol le incide directamente, el fondo calizo y la pureza del agua (libre de contaminación) le otorgan unos tonos turquesas y azulados que justifican su topónimo. He seguido a través de la cartografía su origen y nace entre la Fuente del Bierzo y la Loma del Sapo, 1521msnm. De esta loma nacen dos ramales que convergen más abajo a la altura del paraje de El Caballo, y desde este a las Tejoneras, enclave donde ahora nos encontramos.
Pasamos al otro lado del lecho con cuidado de no resbalar. Desde aquí, la vista de la Cueva del Arroyo Azul es magnífica; un refugio que los pastores aprovechan como aprisco desde tiempos inmemoriales.
Ahora seguimos progresando por otro arroyuelo que algunas colegas senderistas he comprobado que confunden en sus crónicas con el cauce ya visto del arroyo Azul, pero se trata de otro distinto que la cartografía denomina en este caso, arroyo Roazul, que nace entre los parajes de Castilla la Vieja y Prado Azul. Yo voy a seguir su curso aguas arriba, pasando de una margen a otra según voy viendo alguna posible fotografía que capturar, aunque el track avanza pegados a la pared, por la vertiente izquierda del mencionado riachuelo.
Por el centro discurren las aguas del Roazul, pero invisibles por la exuberante vegetación riparia. 
Por aquí ya se ve que vamos andando un tanto encajonados.
Toda esta franja está modelada por el agua sobre la roca caliza que origina curiosas formas en la piedra. El eco del agua nos acompaña en todo momento.
Esta es una ruta de contrastes. Por un lado, caminas junto al agua rodeado de chopos, sauces y vegetación de ribera. Por otro, al elevar la vista, dominan los imponentes pinos laricios (o salgareños), capaces de crecer directamente sobre la roca desnuda.
Prado Azul.
Cruzamos ahora un hermoso tramo cubierto de chopos caídos, donde conviene extremar la precaución para no tropezar con la maraña de sus troncos inertes, los cuales debemos ir saltando, y acompañamos unos metros más el curso del arroyo Roazul, que está a punto de despedirse de nosotros, pues ya pisamos el paraje de su nacimiento.
Estamos llegando al final del itinerario circular porque no olvidemos, yo lo comencé en las inmediaciones de Pontón Alto.
Y si existe una imagen bucólica donde las haya es esta que captura a la perfección el concepto de un aprisco, pero en su versión más natural y pastoril. En el argot ganadero de la península ibérica, a esta escena específica —donde el ganado se recoge bajo la sombra de un árbol para protegerse de las horas de más calor del día— se le llama "sestear" o "hacer la siesta", y el lugar se convierte en un sesteadero o aprisco natural.
El verdadero protagonista de esta composición fotográfica es el imponente nogal. Con su silueta redondeada y follaje denso, actúa como una gigantesca sombrilla natural. Su sombra no es solo un alivio visual en mitad de la llanura; es un microclima vital.
El pastoreo tradicional aprovecha los recursos de la naturaleza sin alterarlos. El árbol cuida del rebaño, y el rebaño abona el árbol. 
Los animalicos miden el tiempo no con relojes, sino con la posición del sol, buscando el refugio del nogal cuando el calor aprieta, como es el caso, y aunque ganas me daban de tumbarme y abandonarme junto a ellos a la sombra, mucho me temo que me hubieran considerado un intruso, provocando su espantada; mejor los dejo tranquilos.
Esta oveja no obstante, parece que vigilaba...
Y con estos feos pero prácticos tornajos de latón de hoy —lejanos herederos de aquellas verdaderas obras de arte talladas en troncos de pino que tanto admiro en la vecina sierra de Castril— nos despedimos. Alrededor, las ovejas sestean guarecidas del implacable sol bajo la densa sombra de las nogueras, ajenas al paso del tiempo. Así ponemos fin a una bellísima ruta senderista por las inmediaciones de Pontones; una caminata donde la primavera, que todo lo hermosea, nos ha guiado de la mano entre el susurro del arroyo Azul y el fluir cristalino de un recién nacido río Segura.
¡HASTA LA PRÓXIMA!

PD