14 junio 2026

POR ALREDEDOR DE LA VENTANA DEL TIEMPO (Cuevas de las Quinterías) III y Final (en construcción)

Últimas fotos a la Cueva del Cucurucho antes de despedirme de ella.
Nuevos motivos florales se me presentan en el camino, invitándome a jugar con el macro de la cámara.
En el Collado Rubio conectamos con la pista que viene de Pancorto. Tomamos estas fotografías desde las ruinas del Cortijo de los Ciruelos.
Después de atajar monte a través para evitar las curvas que describe la pista, salimos a la confluencia entre el barranco de las Cuevas y el curso del río Taibilla. En este punto también convergen nuestro itinerario y el Camino de San Juan de la Cruz, con rumbo hacia las Cuevas de las Quinterías.
Pero un poquito antes de alcanzar el mágico enclave de las cuevas, me tropiezo con esta escena natural: una diminuta criatura habitante de este pequeño paraíso en pleno festín, a la que sigo con mi objetivo en sus diferentes evoluciones.
Me encuentro a punto de adentrarme en el perímetro de las Cuevas de las Quinterías; el entorno y la orografía ya me lo van anunciando.
Escoltado por unos lozanos nogales, llego hasta estos altísimos chopos que me dan la bienvenida.
El enclave de las cuevas parece un vergel; no en vano lo atraviesa el río Taibilla, camino de su embalse homónimo.
Estas casas-cueva bajo el acantilado, aprovechando los grandes abrigos naturales de las paredes verticales de piedra, las forjaron los pastores y agricultores de mediados del siglo XIX. Levantaron muros de fachada para cerrar las cavidades y construir sus viviendas, almacenes y corrales.
En su momento de máximo esplendor, el conjunto constituyó un refugio agrícola estacional; una suerte de cortijada o población satélite donde las familias se instalaban durante las épocas de siembra y recolección. No en vano, el camino histórico que hoy patea este humilde senderista unía Nerpio con Santiago de la Espada, representando un eje comercial crucial en la zona.
Si nos fijamos al pasar entre los derrumbes del acantilado, todavía se aprecian las estructuras de piedra seca, antiguas zonas de hogares tiznadas por el humo y restos de la dura y exigente vida campesina y ganadera de la sierra del siglo pasado.
El sendero pasa justo al lado de estas ruinas poco antes de llegar a la zona del Cortijo Nuevo. Es un rincón del camino con una atmósfera sobrecogedora, melancólica y detenida en el tiempo, cargada de misterio y nostalgia. A falta de haber dado con la Ventana del Tiempo y quedarme con dos palmos de narices (revés que llevo a cuestas con toda la frustración del mundo), este enclave le añade a nuestra ruta un valor histórico y paisajístico que a la vista queda: una fuerza visual extraordinaria donde la naturaleza más salvaje y la arquitectura popular de subsistencia armonizan y se dan la mano.
Llevo unos días escuchando al pensador y filósofo Félix Rodrigo Mora —mi último gran hallazgo— y en una de sus conferencias aseveraba que es una falacia sostener que hace un siglo los campesinos fueran unos parias que pasaban hambre y malvivían de forma miserable en el campo. No siempre era así. En los tiempos de la recolección, y dada la fuerza sindical, el sentimiento de unión y la solidaridad que existía entre los trabajadores, se lograba presionar de forma tan eficaz a los propietarios de los latifundios que, o estos pasaban por el aro en cuanto a sueldos y condiciones, o la cosecha se quedaba sin recoger. Ante la claudicación de los patronos, en el verano tenía lugar un verdadero éxodo de la ciudad al campo para "hacer el agosto"; en esos meses punta se podía ganar por día el doble que un especialista de la industria siderúrgica, por poner un ejemplo.
Es cierto que si miramos el salario anual medio, un obrero industrial en ciudades como Madrid, Barcelona o Bilbao ganaba más y de forma más estable que un jornalero. Sin embargo, la agricultura cuenta con el factor de la estacionalidad. Durante la siega (junio y julio), los propietarios se jugaban los ingresos de todo el año en apenas unas semanas y la necesidad brutal de mano de obra en tan poco tiempo disparaba los salarios por pura ley de la oferta y la demanda. Un peón del campo podía ganar más por jornada que un obrero de una fábrica textil o de calzado. Por ello, miles de personas de las urbes o de las zonas mineras pedían excedencias para acudir a la cosecha y conseguir unos ahorros extra que la fábrica no les permitía.
Y es aquí, por mera intuición deductiva, donde mi perspectiva de senderista se cruza con la antropología rural para entender la razón de ser, no solo de las Casas-Cueva de las Quinterías que hoy observo frente a mí, sino de tantas otras similares diseminadas por la geografía española.

Estas construcciones no eran viviendas permanentes de familias empobrecidas que habitaban aquí todo el año de forma fija. Su función principal era temporal y estratégica. En una época sin coches ni tractores, perder dos o tres horas diarias caminando desde pueblos como Nerpio o Santiago de la Espada hasta los campos de cultivo o los pastos de la Sierra de Huebras era inviable; el esfuerzo físico debía reservarse para el tajo. Así, las cuadrillas de trabajadores se trasladaban al abrigo del acantilado durante las semanas que duraba la siembra o la recolección. La cueva les ofrecía un techo gratuito, fresco en el riguroso verano, seguro contra las tormentas de la sierra y un lugar idóneo donde guardar las herramientas, el grano y los animales.
El campo, en momentos clave como la siega de los años 30, ofrecía unos ingresos diarios sumamente atractivos y competitivos, generando grandes movimientos de población estacionales. Estas ruinas que hoy visito no son, por tanto, monumentos a la penuria, sino el ingenioso refugio de aquellos que acudían a exprimir las posibilidades y riqueza de la sierra cuando el trabajo en el campo más y mejor se cotizaba.
Resulta sencillo comprender la razón por la que estas construcciones han desafiado al olvido durante décadas. Bien sabemos que el fin de una casa empieza siempre por arriba, cuando el tejado claudica ante el peso de las grandes nevadas o el azote de las lluvias invernales. Una vez que la techumbre se vence, el resto del edificio cae como un castillo de naipes. Sin embargo, en las Quinterías, ese doble escudo —con la roca natural actuando como un techo superior a prueba de bombas— les otorga una inmunidad extraordinaria, permitiéndoles llegar hasta nuestros días casi intactas.


Por un sendero pegado a la pared me traslado a otro grupo de casas cueva.
Aquí aprovecho el abrigo de las casas para cambiarme de camiseta e inmortalizarme en un emplazamiento tan evocador. Hay rincones con una energía tan limpia y un magnetismo tan especial que resulta imposible no sucumbir al postureo.
Poco antes de abandonar el entorno de las Cuevas de las Quinterías, me topé con unos tornajos de latón donde me refresqué de lo lindo, sumergiendo cabeza, brazos y piernas. ¡Qué limpia y fresquita estaba el agua! Supuso un verdadero bálsamo para mi cuerpo y para mi espíritu.
Dejo atrás el enclave de las Quinterías y ya abordo la recta final del circuito. 
Una cabritilla joven me saluda.
Y por si a alguien se le había olvidado, recordemos que voy siguiendo la huella de San Juan de la Cruz, el carmelita que en el siglo XVI iluminó este gran sendero lleno de naturaleza que sobre todo en primavera y otoño se convierte en un festival de colores por la inmensidad de sus paisajes. 
En la vega del Zumeta, entre huertas y labranzas, parte el camino que nos conduce a Nerpio, en Albacete. Poco más allá el río se encaja entre montañas y aparece el hermoso cañón del Zumeta, cerca del viejo camino de herradura con muros de contención de piedra seca en vaguadas y taludes. El pico de esta etapa se alcanza en la Sierra de Huebras ( 1.575 m), pero muy cerca de allí se otea un amplio horizonte del valle y lejanas sierras al sur como las Cabras, la Guillimona, la Sagra o Castril, éstas últimas la incursión que hace la ruta en la provincia de Granada.
A Castilla-la Mancha se entra en cuanto se toma el desvío hacia Nerpio, al dejar la carretera A-317. La bienvenida al viajero se la da el hermoso valle del río Taibilla y llama la atención la estampa tan singular de la aldea de Las Quinterías, bajo un gran abrigo rocoso que por momentos emula al cañón del Colorado. 
Y al doblar el último recodo, este andariego divisa la visión más reconfortante del momento: ¡mi troncomóvil!, sano y salvo, esperándome en el mismo sitio donde lo dejé por la mañana. Verlo ahí aparcado es la señal inequívoca de que el círculo toca a su fin y de que el aire acondicionado me espera. Regreso pletórico por la tralla física y fotográfica culminadas con buen provecho; con el espíritu henchido de gozo, pero con esa sensación agridulce de la espina clavada por no haber sido capaz de localizar la VENTANA DEL TIEMPO. Aun así, no hay espacio para la derrota. Como parafraseaba el general Douglas MacArthur en mitad de la guerra del Pacífico... 
¡VOLVERÉ con ánimos renovados!
¡HASTA LA PRÓXIMA!