16 junio 2026

TRAS LA VENTANA DEL TIEMPO II y Final (en construcción)

Se puede decir que tengo a mis pies el dichoso boquete, pero me recreo en la suerte del senderista y me lo tomo con calma. Mi búsqueda ha finalizado y ahora de lo que se trata es de alcanzar la brecha. Como no tengo muy claro por dónde descender, me voy a lo seguro y conocido, esto es, desandar lo andado.
Regreso al Cortijo del Sabinar y, desde estas ruinas, atravesando varios bancales de nogales, alcanzo por fin el camino.
Ahí enfrente, perfectamente mimetizada con la pared, se esconde la espectacular brecha. Desde el camino es un auténtico espejismo: solo se deja ver desde un ángulo muy preciso. Si no conoces de antemano dónde mirar, pasar de largo está garantizado, como me ocurrió a mí en mi primera incursión por este territorio.
Este es el vistoso farallón que enmarcará el ventanal pétreo que estamos a punto de conocer; una estructura que parece esculpida a cincel. Es por ello por lo que, bajo mi punto de vista, la Ventana del Tiempo resulta hipnótica por cuanto constituye un ejemplo claro de arquitectura natural, donde el rigor de la meteorología ha esculpido la piedra con paciencia milenaria.
Una vez intuido su empinado camino de acceso, con bastante piedra suelta y deslizante si pensamos en la vuelta, he intentado atacarlo por detrás, pero me he encontrado con ese regato que se atisba en la imagen; un tramo también en subida, escurridizo y con mucha zarza intrincada difícil de sortear por los lados. Así que, no habiéndome recuperado todavía del todo de los arañazos sufridos en la rambla de los Vaquerizos, me digo a mí mismo: «Tururú, por aquí va a ser que no». He tenido que dar marcha atrás y acometerlo por la ladera más pendiente, pero nada del otro jueves. Antes de que me diera cuenta, ya estaba en el mismo umbral de la Ventana del Tiempo, que me ha parecido, tal y como suponía, un capricho de la naturaleza magnífico, digno del esfuerzo requerido para echárselo a las pupilas.
¡Y aquí me encuentro, por fin, hollando la Ventana del Tiempo!
Con poco espacio para echarme hacia atrás, procuro capturar en el encuadre a esta colosal abertura ovalada, una suerte de enorme ojo ciclópeo horadado en la roca madre para enmarcar el farallón rocoso del Royo de Altuñio que se divisa en la distancia. Es un efecto que, a mi humilde parecer, crea una profundidad de campo asombrosa al contrastar la rugosidad pétrea inmediata con los relieves lejanos.

La textura de la roca en primer plano, visible tanto arriba como abajo del arco, es descarnada y variada. Se aprecian claras tonalidades ocres, oxidadas y cenizas, prueba inequívoca de la erosión kárstica —agua, viento y cambios de temperatura— que ha disuelto y tallado la piedra a su capricho. El cielo, de un azul límpido, potencia el contraste dramático de las formas rocosas y realza la silueta del farallón central.
Este es el típico escenario donde resulta de todo punto imposible sustraerse a su poder magnético y, por ende, al irresistible impulso del postureo; el santuario ideal para pedir un deseo. Y ya puestos, ¿por qué no rebautizar a este marco sin igual como «La Ventana de los deseos»? Pide por esa boquita y todo se te concederá. ¿Te imaginas que al cruzar el umbral nos trasladáramos a otra dimensión del espacio y tiempo? Cruzar ese marco de piedra y aparecer, de golpe, en los dominios de los antiguos pobladores de la sierra, o dar el salto hacia un futuro remoto, donde estas rocas sigan imperturbables custodiando el valle cuando nosotros ya no estemos aquí. Sea como fuere, la verdadera magia es que, por unos instantes, asomado a esta oquedad, el reloj y el mundo se detienen por completo.
Mi silueta, en las siguientes fotografías tomadas de espaldas y de frente, nos sirve de referencia absoluta para medir la magnitud real de la Ventana del Tiempo porque, como se puede ver, la abertura no es un simple hueco, sino un portal monumental que se abre al infinito, creando una imagen evocadora de la soledad y la inmensidad de la naturaleza.
En este umbral del tiempo, por así decir, corre una ligera brisilla, que en los días más fríos del invierno, tiene que lacerar el cutis.
Para capturar la ventana y su entorno más inmediato, es preciso descender por un terraplén y cruzar el ya referido regato, con el fin de volver a subir por una ladera igual de escarpada que la que hemos superado para llegar hasta aquí. Sin embargo, me encuentro con el pequeño inconveniente de que unos enebros y sabinas, bastante frondosos y espigados, se interponen en primer plano, dificultando una toma totalmente limpia y despejada del arco. Pero en fin, haré lo que pueda.
Al abrir el encuadre, el paraje agreste en que se encaja la Ventana del Tiempo se revela ante mis ojos como algo colosal, majestuoso, casi sobrecogedor.
El macuto que, en este intenso día, porta mis apechusques, colocado bajo el umbral de la Ventana del Tiempo.
Aunque ya la habíamos capturado en episodios anteriores, a mi derecha y en la lejanía, el teleobjetivo me permite divisar otro capricho calizo: una pequeña ventana recortada en la cresta, que parece jugar al escondite entre el espeso follaje. Menos majestuosa que la nuestra, pero con un encanto indiscutible, se erige como un soberbio testimonio más de cómo el agua y el viento siguen esculpiendo, de manera paciente y en secreto, estos parajes.
Pero toca pensar en la retirada porque es hora de elevar el ancla de este grandioso escenario, porque antes de enfilar la proa directamente a casa, tengo pensado pasarme por el mirador del Puntal de la Vieja; un balcón que no conozco y del que vaticino unas vistas excelentes hacia los parajes que recorro hoy.
Antes de abandonar definitivamente este prodigio kárstico, me extasío una vez más en la contemplación de tamaña obra de la naturaleza. El caótico anfiteatro de roca que abraza la Ventana del Tiempo se me alza imponente, soberbio, con la sobrecogedora belleza de lo indómito.
Ahora es momento de extremar la precaución en la perpendicular bajada ante el inoportuno desliz. El bastón me hubiera venido de perlas en este preciso momento, pero, yendo despacico y con buena letra, no creo que sufra ningún percance.
A este otro accidente orográfico lo voy a bautizar como el arco del Triunfo, porque triunfal ha sido encontrar, por fin, la Ventana del Tiempo.
Y una vez conectado de nuevo con el camino, es momento de apretar el paso bajo el sofocante calor de las trece horas para ir al encuentro del coche, que habíamos dejado en Cortijo Nuevo.
Al pasar de nuevo por esta formación (ahora en sentido inverso al de aquella ocasión en la que visité el cortijo del Altuiño y las cuevas de las Quinterías), me detengo un instante para capturar estas fotografías que registran un imponente escarpe calizo de origen cretácico, cuyas monumentales cicatrices, viseras y oquedades fueron levantadas y esculpidas pacientemente por la erosión desde tiempos miocénicos.
Ahora volvemos a pasar cerquita de la hermosa y centenaria carrasca que unas horas antes fotografiamos desde las alturas.
Ahora cogemos la carretera que viene de la Fuente de la Carrasca hacia Cortijo Nuevo.
Y en vez de regresar por Nerpio, ponemos rumbo hacia Cañadas, Fuente de la Carrasca y Cañada de la Cruz —ya en el término municipal de Moratalla—, porque de camino tengo pensado pasarme por el mirador del Puntal de la Vieja.
Al inicio del sendero existe un cartel informativo, ya un tanto descolorido, y un pequeño espacio a la solana donde poder aparcar. Me pongo el sombrero, me cuelgo la cámara en bandolera y sigo el pedregoso sendero, que está muy bien señalizado con postes a modo de hitos.
Lo más espectacular del Puntal de la Vieja son sus vistas colosales. Desde aquí arriba se domina el Barranco del Toñido y, si el día está despejado, como hoy es el caso, se divisa perfectamente el majestuoso Pico de la Sagra (Granada), la Sierra de las Cabras (Murcia) y los Calares del Mundo y de la Sima (Albacete). Constituye un verdadero centro neurálgico del Sistema Bético.
Enfocando hacia la Sierra de las Cabras.
Este mirador es famoso en las rutas ornitológicas por ser el hogar del escribano montesino, un pajarillo de cabeza listada muy característico del matorral mediterráneo de alta montaña, además de ser zona de campeo del impresionante buitre leonado y el águila real.
Al fondo al otro lado del arroyo del Toñido, el cortijo de la Rosa.
Como ocurre con muchos "puntales" y "peñas de la vieja" de la geografía española, el nombre suele esconder dos orígenes populares. Por un lado, la tradición pastoril: los pastores llamaban "la vieja" a las tormentas repentinas o a la propia niebla que se enganchaba en la cumbre (cuando el puntal "se ponía la toca", mala señal). Por otro lado, la forma del propio risco calcáreo recortado contra el cielo, que a menudo recuerda al perfil de un rostro anciano.
En este rincón tan recóndito, sorprende encontrarse con un banco para la contemplación del paisaje. Me encanta. Me prometo a mí mismo volver por aquí, bocata y lata de cerveza fresquita en mano, para dedicarme a la meditación silenciosa, envuelto en la naturaleza con vistas hacia el infinito.
Desde este estratégico mirador se obtiene una perspectiva inmejorable de todo lo pateado sobre el terreno en los últimos días.
El mirador, elevado a más de 1.600 metros de altitud, se presenta amplio, despejado y digno de visita si no lo conoces.
Como ya habrá comprobado el observador atento, desde aquí también asoma la coronilla de la montaña sagrada —La Sagra—.
Y por supuesto La Atalaya de la sierra de las Cabras, techo de Albacete.
Mirando hacia el cerro de la Yegua, 1773m.
Siguiendo el cordal del mirador, descubrimos nuevos bancos y rincones que recorrer.
Y llegamos al final de nuestra andadura en pos de la Ventana del Tiempo. En resumen, esta excursión me ha supuesto un viaje de contrastes inolvidables, desde recorrer las ruinas del cortijo del Sabinar, cuyas piedras rememoran los últimos vestigios de su pasado esplendor, hasta seguir la pista de la monumental Ventana del Tiempo, cuya localización y hallazgo me dejó boquiabierto, cumpliendo todas mis expectativas. Y como broche final, hemos visitado adrede, pues nos pillaba de paso en el camino de regreso, el fastuoso mirador del Puntal de la Vieja. Un colofón perfecto para unos días intensos de andanzas por estos pagos, a los que no descarto volver dentro de poco.

Con las últimas capturas tomadas desde la ventanilla del coche, contemplando el juego de verdes del valle que contrasta con la imponente silueta caliza del Cagasero, en la sierra de las Cabras, enfilamos hacia casa con la sensación de haber hecho buen acopio de endorfinas para varios días; con las zapatillas un poco más gastadas, pero siempre con la certeza de que a esta misteriosa geografía todavía le quedan mil rincones secretos por descubrir. Con esta declaración de intenciones por volver a mi amada Oróspeda, damos el finiquito a una ruta memorable, de las que quedan grabadas para los restos en las piernas y espíritu del caminante. ¡Amén!
¡HASTA LA PRÓXIMA!