18 mayo 2026

PASEO POR ALREDEDOR DEL CRISTO DEL CARRASCALEJO (BULLAS) III y FINAL (en construcción)

Los prados gramíneos nos siguen acompañando a cada lado del camino.  
Enfocando por enésima vez a la Morra de la Asomadilla, 695m.
En lontananza, la alargada e inconfundible silueta de la Sierra del Molino, pegada a Calasparra por su flanco más hacia el Oeste.
A la derecha de la imagen se recorta la silueta de la sierra de Lavia con su pico homónimo, que con 1236 metros corona el techo de Cehegín. Enfrente y hacia la izquierda destacan los emblemáticos Cuchillos de La Lavia (1166 m), entre los que sobresale la Morra de los Cuchillos, alcanzando los 1189 metros.
Nuestro particular y sugestivo recorrido se encuentra de nuevo a punto de cruzar la autovía RM-15, a través de un corredor subterráneo, en su orientación hacia el cierre del círculo. Pero antes, hemos de superar la vaguada que se produce al cruzar el lecho del mencionado arroyo del Chaparral, perteneciente a la cuenca del río Quípar. 
Por debajo del pinar, a la derecha de la foto, discurre el cauce intermitente del arroyo. Una vez inspeccionado el terreno, barajé la posibilidad de llevar el track por una senda difuminada a media ladera. Pero viendo que el camino estaba salpicado de pinos troceados que interrumpían el paso, preferí asegurar la continuidad de la ruta por esta pista limpia y sin contratiempos.
El puente del antiguo trazado de la carretera C-415 que salva el arroyo.
Durante unos cientos de metros, recorremos el camino paralelo a la autovía en sentido Cehegín.
Pero al poco la cruzamos por este pasillo subterráneo.
Que como resulta harto frecuente comprobar, se halla pintarrajeado de artistas del grafiti de más que discutible talento.
Una vez cruzada la autovía, estamos a punto de conectar con la Vía Verde; ya falta muy poco para cerrar el círculo de la ruta. En este punto nos reciben, de nuevo, varios ejemplares centenarios: una enorme carrasca y unos pinos de lo más esbeltos que comparten el paisaje en perfecta armonía.
El día que les enseñé esta ruta a mis sobrinas, una tormenta nocturna nos dejó el terreno algo complicado. Aparte de terminar con los pies calados, nos tocó sortear más de un obstáculo en forma de grandes charcos que ocupaban casi todo el ancho del camino.
En las siguientes tomas, el reportero gráfico, con la esperanza malsana de registrar un posible traspajazo con aterrizaje forzoso y doble tirabuzón de cabeza en el charco, no pierde detalle. Sigue con lupa las evoluciones de la senderista inmersa en tan delicada tesitura; todo ello, insisto, con la aviesa intención de inmortalizar la fatal caída para después subirla a TikTok. 
¡Ten chache para esto...!, que dirían aquellas...😁
Pero la ágil andarina sale airosa del escollo sin perder en ningún momento la sonrisa. Así que al retorcido cronista gráfico no le queda otra que chuparse el pijo y meter su posible gozo en un pozo...
Este año por lo que parece, puede haber un cosechón de almendras del copón bendito...los agricultores deben estar expectantes a ver como evoluciona el fruto y si entretanto, no acontece ninguna calamidad atmosférica en forma de granizada que termine por malograr la cosecha. ¡Dios no lo quiera...!
Bancal de bien cuidadas viñas que hay en el Carrascalejo. El cerro homónimo que se observa en la imagen, tiene una altura de 650 metros sobre el nivel del mar.
El marco se nos presenta pintiparado para una foto familiar.
Una vez conectados con la Vía Verde, nos resta algo menos de un kilómetro para salirnos de ella y afrontar el tramo más espectacular, el que cierra con broche de oro el presente recorrido que he tenido a bien titular: Por alrededor del Cristo del Carrascalejo
El antiguo trazado ferroviario, hoy reconvertido en Vía Verde, estrena estado del firme tras recibir un reciente lavado de cara a base de gravilla y compactado; una reforma que, como suele ocurrir, ha despertado opiniones para todos los gustos. Para quienes la recorren a pie, la superficie actual no debería suponer mayor problema. Sin embargo, para los ciclistas de carretera —acostumbrados a rodar con ruedas finas—, el trayecto se ha transformado en una constante pista de patinaje, jalonada por peligrosas acumulaciones de gravilla que amenazan con provocar más de una caída. Los usuarios de MTB o gravel, entre los que me incluyo, lo tenemos algo más fácil gracias al balón de nuestras cubiertas, aunque confieso que el repiqueteo incesante de las piedrecillas contra el cuadro de carbono no me hace ni chispa de gracia. En fin, que nunca llueve a gusto de todos; tanto es así que el otro día un colega ciclista me decía que, para haberla dejado así, casi mejor no haber tocado nada.
En el track que adjunto al final de esta última parte, se observará que he colocado un waypoint metros antes de salirnos de la Vía Verde hacia el barranco de la Regidora. Lo he puesto para señalar un desvío previo hacia la Casa de Pidal (del Carrascalejo), una zona con una gran concentración de Árboles del Amor. Merece muchísimo la pena desviarse si coincide que se realiza esta ruta durante la segunda quincena de abril, que es cuando este árbol se halla en todo su apogeo floral.

Para que se entienda a qué me refiero, le he pedido prestadas estas fotografías a un colega senderista, tomadas justo en el momento idóneo. Las tendré aquí de forma provisional hasta el año que viene, que pueda volver y cambiarlas por las mías.
Con la llegada de abril arranca la floración del Árbol del Amor (Cercis siliquastrum), una especie exótica introducida en nuestra tierra con fines ornamentales. Debe su romántico nombre al vivo color rosa y violeta de sus flores y a sus características hojas con forma de corazón.

Sin embargo, este árbol arrastra un historial de nombres de lo más variopinto. También se le conoce como Árbol de Judas, ya que la leyenda cuenta que el apóstol traidor se ahorcó en uno de ellos tras su traición (aunque los botánicos sugieren que este nombre es más bien un error de traducción de "Árbol de Judea", su región de origen). Otra denominación muy curiosa es la de Algarrobo loco, apodado así por el porte asimétrico y desordenado con el que crecen sus ramas.

Pero, sin duda, el mayor espectáculo de esta criatura es su floración. Aunque apenas dura unos diez días, es de una intensidad abrumadora. Tiene una rareza botánica fascinante llamada caulifloria: las flores no brotan solo de las ramas jóvenes, sino que estallan directamente de la corteza del tronco viejo, cubriéndolo por completo de un manto rosa y violeta que transforma cualquier rincón. Por si fuera poco, sus flores son comestibles y tienen un toque dulzón y picante ideal para ensaladas, y sus frutos, unas vainas rojizas, alimentan a los pájaros durante todo el invierno.
Y llegamos al desvío, que por cierto está muy bien indicado. Si es la primera vez que se viene por aquí, sugiero hacer un pequeño extra: a la derecha sale un bucle circular por el barranco de la Regidora. Aunque no lo he incluido en mi track, merece muchísimo la pena porque está tan cuidado y mimado como el tramo largo que va hacia el Cristo; al ser circular, nos devolverá a la Vía Verde exactamente en este mismo punto.

Tras este breve desvío (salvo si se decide dejarlo para otra ocasión), nos introducimos de lleno en el corto pero intenso paseo a través del Barranco de la Regidora o de la Asomadilla.
Lo más sorprendente del Barranco de la Regidora es el contraste. Aunque hoy no es el caso, dada la gran exuberancia que nos ha acompañado durante toda la excursión (y menos en primavera), puedes proceder de los paisajes abiertos de viñedos y secano de Bullas y, de repente, introducirte en un bosque de ribera densísimo. Debido a la humedad que retiene el barranco, caminar por aquí es como entrar en un "túnel" de vegetación donde la temperatura baja varios grados.
A diferencia de otros lugares de la Región de Murcia, debido a su microclima, aquí nos encontramos una mezcla de especies fascinante. Aparte de encinas, veremos los que por estas latitudes resulta bastante atípico, quejigos, un roble de hoja pequeña, que en este barranco del edén, sobrevive y prospera.
También veremos chopos altísimos, alamedas blancas, fresnos y olmos que flanquean el sendero.
El camino está envuelto en hiedras, zarzas y durillos que le dan ese aspecto selvático y sombrío que tan refrescante resulta en verano.
Como se puede ver, el sendero ha sido acondicionado con pasarelas y puentes de madera que permiten cruzar el cauce del barranco de un lado a otro. Estas estructuras le dan un aire muy pintoresco y facilitan el paso en las zonas donde el terreno es más irregular o húmedo. Es un camino lineal, muy cómodo y prácticamente llano, ideal para disfrutar del silencio (solo roto por el canto de los pájaros).
En este paraje la fauna encuentra albergue, refugio y alimentos durante todas las estaciones del año. Entre el sotobosque de pinar y los matorrales de ribera es fácil encontrar aves que se alimentan de plantas silvestres e insectos como petirrojos, ruiseñores, currucas...
También habitan otros vertebrados como las ardillas, tejones, jabalíes, reptiles como lagarto acelado, culebra de collar y anfibios como el sapo corredor.
Finalizar nuestra excursión por aquí es todo un lujo para los sentidos. No se me ocurre colofón más perfecto que perderse en este pasillo verde, donde el tiempo parece haberse detenido entre el murmullo de las hojas y el aroma a tierra húmeda. Constituye el mejor premio que un caminante puede pedir. Es uno de esos rincones que te reconcilian con la naturaleza y te demuestran que no hace falta irse a la Conchinchina para encontrar un verdadero paraíso.
Nos encontramos a punto de cerrar el círculo de nuestra ruta. Solo han sido 8 kilómetros pero muy intensos.
Ahí tenemos de nuevo al enorme eucalipto del Carrascalejo.
Al regreso, salvaremos (saltaremos) esta acequia que nos sale al paso de forma transversal.
Nuestro paseo culmina —o empieza, según se mire— en el Santuario del Cristo del Carrascalejo. Un rincón impregnado de historia y devoción donde el silencio del campo y la espiritualidad se funden, regalando un instante de paz absoluta antes de regresar a la rutina.
En el año 2023 (con motivo del 20º aniversario de su canonización) los actuales propietarios y la Diócesis instalaron junto al Cristo una preciosa escultura de bronce de la propia Santa Maravillas en actitud orante, mirando hacia el crucificado.
Como ya sabemos, el emblemático Cristo del Carrascalejo, está íntimamente ligado a la familia de los Marqueses de Pidal. Su colocación se sitúa a caballo entre la iniciativa de Cristina Chico de Guzmán y los deseos de su hija, la mística Santa Maravillas de Jesús, quien de niña, pasaba sus veranos en el palacete neoclásico de la finca, correteando por estos jardines, y ya en su juventud, utilizaba este paraje natural como lugar de oración y recogimiento.
Al pasar junto al imponente palacete neoclásico del Carrascalejo (hoy conocido como la Casa de los Pidal), a uno se le va la vista inevitablemente hacia las garitas de vigilancia que coronan su muralla. Hoy vemos el paraje tranquilo, salpicado de vides y Árboles del Amor, pero a finales del siglo XIX esto era territorio comanche.

Don Alfonso Chico de Guzmán no levantó ese fortín por capricho. Por estos pagos, los asaltos de bandoleros y salteadores de caminos estaban a la orden del día. No me resulta difícil imaginar lo muy penosas que se harían las noches de invierno en este lugar; los guardas tiritando en las garitas, carabina en mano, escudriñando la oscuridad del barranco ante el más mínimo crujido, sabiendo que bajada de guardia ante una emboscada, les podía costar la vida.

Hoy, el cristo crucificado es punto de peregrinación, pero en su día nació para traer paz y bendición a unos caminos donde las refriegas, los trabucos y la ley del más fuerte eran quienes dictaban las normas.
¡HASTA LA PRÓXIMA!


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