01 mayo 2019

ANDANDO MOLINOS Y CORTIJOS DEL RÍO ALHÁRABE III

En nuestra siguiente incursión a Río Grande (también se conoce el Alhárabe por este otro apelativo) nos propusimos llegar hasta los molinos, siguiendo lo más cerca posible, el curso del río. Dejamos el coche muy próximo a la ermita del Campo de San Juan, construida en el siglo XVIII. 
El paisaje del entorno, entre altiplanos y farallones rocosos, siempre nos ha parecido grandioso. Nada más comenzar a andar, rehusamos coger la carretera asfaltada y nos plantamos ante las mismas barbas de la orilla del pantano, para ver si podemos apreciar algún vestigio de lo que fuera la Casa de Rueda y hacer desde el primer instante la excursión más amena e interesante. La casa, si es que alguna vez existió, ha desaparecido por completo. Bien se puede apreciar que más que un pantano, el de la Risca parece un charco.
El cementerio de Campo de San Juan y la sierra de Villafuerte.
Descendemos casi a pie de presa por una pasarela de cuerda instalada sobre unas grandes piedras aplanadas que se pueden seguir con toda facilidad. El agua librada al cauce, atrona con más fuerza si cabe que en la anterior ocasión. Las intensas precipitaciones acaecidas en los últimos días deben ser la causa. 
El viento mece suavemente las espigadas choperas que abrigan las riberas. Al poco me doy cuenta que el avance por el cauce del río se hace inextricable. Las zarzas lo invaden todo y han apresado una de mis piernas y también aferran la mochila. Al intentar salvar de desgarros mis pantalones, me he pinchado. Dos finos hilillos de sangre brotan de uno de mis dedos. Me la chupo hasta que cesa de manar para evitar pringar la cámara. Abandono la inmediata ribera y sorteando algunos ribazos que he de trepar, intento eludir tan necio y recalcitrante zarzal. Al otro lado, el molino de la Risca me saluda. Llego a un camino, pero el cauce del río se halla tan crecido que resulta imposible vadearlo sin meter las piernas hasta las rodillas.
Caminar por entre esta alfombra afelpada es toda una delicia. 
Nos tropezamos con algunos sembrados de plantas aromáticas, pero considerándose el que suscribe, lego en cuestiones botánicas, no me atrevo a afirmar que se trate de una plantación de salvia o espliego. Existen muchos de estos plantíos en la zona.
El camino se interrumpe y parece que cruza al otro lado del río. Esboza un sendero más o menos difuso consecuencia de la silvestre vegetación que lo semioculta. Lo seguimos unos metros hasta desembocar en un enclave de indómita e indefinible belleza. 
El río Alhárabe con la Risca resaltando tras los esbeltos chopos.
Salchite, Majal de la Cruz que visitaríamos en otra de nuestras correrías y cuyo paisaje nos sorprendió gratamente.
Peñón de los Tormos.
Viky, refocilada ante la verde y exuberante campiña moratallera.
En el otoño habrá que darse un nuevo garbeo por aquí.
Cortijo de la Risca.
Camino de la Risca a Molino de Capel.
Lanchar, Majal Alto.
El restaurado y bien acondicionado molino de Capel se halla bien protegido por su dueño. Toda precaución ante los amigos de lo ajeno, siempre parece poca.
FINAL TERCERA PARTE

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