15 junio 2026

TRAS LA VENTANA DEL TIEMPO I

Lo prometido es deuda. En mi última incursión por estos pagos me fui con una espinita clavada en el orgullo, la frustración de no haber sido capaz de dar con el paradero de la Ventana del Tiempo. Me quedé a las puertas, rozando el misterio. La tenía frente a mí y no supe verla; se me resistió oculta tras el paisaje, como si se carcajeara de mi ceguera. Algo parecido a lo que me ocurrió con la Nariz de Salchite (o la Cueva de la Nariz), cuya entrada la tuve siempre a dos pasos y en cada ocasión, se me escurría una y otra vez, hasta que me harté y volví decidido a encontrarla.

Por eso hoy vuelvo con ánimos renovados. No como quien lo deja todo al albur del destino, sino como alguien con la decisión firme de saldar una cuenta pendiente. El aliciente que hoy mueve mis pasos no admite rodeos, tengo que localizarla, cueste lo que cueste.

Y si la oscuridad me pillara en mitad de la búsqueda, no me importa, llevo dos frontales en la mochila por falta de uno. Y si tengo que dormir a la intemperie o acurrucado al amparo de los muros del Cortijo del Sabinar, dispuesto estoy a lo que haga falta. Todo sea con tal de que la Ventana del Tiempo claudique, se doblegue ante mí y me revele, por fin, su posición y coordenadas, porque se me está resistiendo la condenada...
El mapa lo llevo en la cabeza, el GPS está listo, la mochila cargada, agua para todo el día y la determinación y voluntad al máximo de lo que es capaz de generar todo mi ser. ¡Hoy no hay excusas! ¡No hay lugar para la derrota! Si no lo logro, me retiro de esto para dedicarme a la petanca o al parchís. ¡Vamos a por ella que ya estamos tardando...!
He dejado el coche por aquí y, aunque llevo el GPS para orientarme y no perderme, hoy voy sin track. Lo primero que haré será acercarme al altiplano donde se localizan los restos del Cortijo del Sabinar, que ya me llamaron la atención el otro día al avizorar su silueta desde el camino. En esta ocasión voy a hacerles una visita in situ. Para ello, me dirijo hacia un camino sin salida que he estudiado previamente en el mapa que conduce directo hacia los cortijos de la Rosa y del Zapatero.
Todo este paisaje ya me resulta familiar.
La cortijada del Sabinar.
Los Poyos
Vetusta sabina centenaria. ¡Lo que habrán visto y oído sus ramas...!
Fue esta una cortijada bastante grande como bien se puede colegir.
Observando todas estas fotografías se aprecia la magnitud de lo que fue el Cortijo del Sabinar (o la cortijada de El Sabinar).
A diferencia de un cortijo aislado, El Sabinar era una cortijada, es decir, un pequeño núcleo de población o aldea dispersa autogestionada. No se trataba de una sola vivienda, sino de un complejo de estructuras interconectadas hechas de mampostería tradicional (piedra unida con yeso o barro) y techumbres que solían ser de madera y teja árabe (hoy completamente colapsadas).
Estas cortijadas albergaban a varias familias que lo compartían todo. Eran viviendas pegadas unas a otras para protegerse del riguroso clima invernal de la sierra, donde levantaban corrales, abrevaderos y pajares para el ganado caprino y ovino, u hornos de pan comunitarios y eras para trillar el cereal. Debían compartir hasta las gallinas, sus huevos y los animales de tiro. 
Pero más allá de lo material, lo que de verdad mantenía en pie aquellas cortijadas era un pacto invisible de afectos y ayuda mutua. En un mundo donde el aislamiento acechaba tras cada nevada, compartían también el alma; se velaba juntos al enfermo al calor de la lumbre, se partían los pesares de un luto y se rezaba al mismo santo implorando la lluvia. La vida, con toda su dureza, se aligeraba entre el bullicio de los juegos de naipes, los buenos tragos de vino y aguardiente, el compás de las fiestas populares y los primeros amores que florecían al amparo de una vetusta sabina. Aquellas familias tejían una colectividad donde las penas se dividían y las alegrías se multiplicaban. Era una solidaridad cosida a mano, un sentido de la comunidad profundamente humanitario que hoy, en nuestro cómodo pero a menudo egoísta presente, se nos antoja una quimera.
Esta agrupación de casas que formaba la cortijada o alquería se encuentra en el entorno entre el Cortijo del Royo del Altuñio (o Royo Altuñio) y el Cortijo Nuevo, en una zona de altiplanicie y cañadas rodeada de sabinas centenarias (de ahí el nombre de «El Sabinar»).

Esta red de cortijos conectaba directamente con Pedro Andrés a través de antiguos caminos de herradura y veredas de trashumancia. Era una economía de subsistencia extrema basada en el cultivo de secano (nueces, centeno, cebada, etc.) y la ganadería. Estas viviendas y las familias que moraban en ellas fueron víctimas de un proceso de éxodo rural que, paulatinamente, fue afectando a toda España.
Resulta fácil deducir que, al carecer estas cortijadas de electricidad, agua corriente y accesos por carretera, las nevadas invernales las dejaban completamente aisladas, lo que endurecía drásticamente sus condiciones de vida.
Los años 60 y 70 supusieron el punto culminante del éxodo rural. Los habitantes del Cortijo del Sabinar y sus alrededores emigraron masivamente hacia el Levante (Alicante, Valencia) o hacia Cataluña en busca de una vida mejor en las fábricas y el turismo. En muchos casos, además, el Patrimonio Forestal del Estado compró terrenos de labranza para convertirlos en cotos de caza, lo que terminó de ahogar la economía pastoril tradicional.
Si nos fijamos bien en algunas imágenes, aún se aprecian los restos del enlucido interior de yeso en algunas paredes y los huecos de las ventanas y alacenas. Es el melancólico esqueleto de un modo de vida que desapareció para siempre, devorado por el tiempo y el olvido. ¡Nada nuevo bajo el sol! 
Y después de este amplio reportaje fotográfico al Cortijo del Sabinar, toca centrar el tiro en nuestro principal cometido, esto es, encontrar de una vez por todas dónde pijos se esconde la Ventana del Tiempo. Así pues, últimas fotos a estas ruinas y seguimos avanzando hacia la zona donde, estoy convencido, se encuentra esa pared horadada tan bien camuflada.
Conforme voy ganando altura, contemplo los mismos parajes que el otro día recorrí sobre el terreno.
Intuyo que me estoy acercando a la Ventana del Tiempo. Ahora falta saber su ubicación exacta para llegar hasta ella.
Por donde progreso, no existe sendero propiamente dicho, pero se nota bastante pateado el terreno. 
Me sitúo frente a este farallón rocoso, que columbro es el mismo que se divisa desde la abertura. Sea como fuere, el paisaje que contemplo desde aquí bien vale el esfuerzo de esta pesquisa tras la búsqueda de la Ventana del Tiempo.
El Puntal de Sotillo, 1588m.
¡Oh, qué bonito! ¡Menudo azotea con vistas...!
Por aquí debo extremar la precaución y asegurar mis movimientos a toda costa, no vaya a ser que me despiste por tomar una foto... ¡y adiós muy buenas, cortado abajooooooooo! ¡No lo quieran Dios ni la Virgen de las Maravillas...! Atalaya no apta para personas con vértigo.
Y en estas estaba, moviéndome con mucho tiento para no caer al vacío, cuando, al inclinar la vista para comprobar dónde apoyaba los pies, de pronto... ¡ahhhh!, me dio un vuelco el corazón: allí estaba, mimetizada y camuflada con el paisaje.

Pero tranquilo, no te pongas nervioso, Alfonso; a ver si por querer llegar lo antes posible, enfilas destrepando cortado abajo y te despeñas. En momentos así, es crucial mantener la calma y actuar con buen juicio. Toca contener la euforia, que lo bueno siempre se hace esperar y, si cuesta alcanzarlo, se disfruta el doble, por no decir el triple.
La alegría que siento es inconmensurable. ¡Qué peso me quito de encima! ¡Adiós a la petanca, al parchís y a la brisca! ¡Qué alivio! Pero ahora tengo que ver la forma más segura de descolgarme de donde me encuentro para conectar con el camino del Royo de Altuñio. ¡ Sooooo, Alfonsito, contén esos caballos...!
FINAL PRIMER CAPÍTULO

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