Me hubiera gustado acercarme a aquel enorme aprisco, de al parecer,
profundidad insondable, pero se encontraba tan elevado y arduo de alcanzar
que desistí de ello para ahorrar energías por si más tarde las necesitaba
y echaba de menos.
Ya me encuentro inmerso en plena rambla, cuyo primer tramo, observo en el
mapa que lleva por nombre, de Montaño. Si me voy al histórico, lo marca
como de los Vaquerizos. Y con este se queda.
Las formaciones pétreas que se van sucediendo durante nuestra progresión
por la rambla resultan monumentales. Todo un espectáculo. Me encuentro
ante el plato fuerte de una jornada que ya de por sí, y visto lo visto,
resultan un banquete suculento.
Pero avanzar, a veces, no resulta fácil. Hay que estudiar el mejor modo
de vencer los obstáculos porque, por encima de todo, las zarzas
traicioneras nos ganan terreno y zahieren nuestra sufrida epidermis a poco
que nos despistemos. No olvidemos que seguimos un track de 2011 que, a veces, se sale del lecho para progresar por una
ladera derecha que se presenta casi vertical. Antes de imitarlo a ciegas,
me tengo que cerciorar de que no puedo avanzar con seguridad por el propio
cauce de la rambla, porque no veo necesidad de regalarle un esfuerzo
gratuito, y menos, a estas alturas de partido, en que las fuerzas ya
comienzan a flaquear. Tengo claro que el recorrido que llevo en el gps es
orientativo, que tengo que improvisar, pero me está encauzando bien, no me
puedo quejar.
Lo que ya vamos dejando a nuestra espalda.
Las caprichosas formaciones rocosas, algunas zoomórficas, producto de la
erosión, resultan muy singulares. Parecen gigantes que se yerguen sobre
mí.
Tal y como apuntaba líneas atrás, este primer tramo recibe en los mapas
actuales el nombre de
Rambla de Montaño.
La nomenclatura pasa a ser
de los Vaquerizos
tras rebasar la Fuente de Montaño, situada a nuestra izquierda y a mayor
altitud, justo a la altura de la Cañada de los Almagreros. Nuestra
posición, profundamente encajonada, nos impide divisarla. No obstante, la
observación cartográfica me ha permitido descubrir que esa plataforma
superior está entretejida por diversos senderos que prometen un recorrido
sumamente interesante. De hecho, toda esta amplia comarca resulta
cautivadora, pero el espectáculo que se abre ante nuestros ojos en este
preciso instante es, sin duda, el que se lleva la palma.
El Almorchón de Santiago. Ya se puede colegir que en este punto, he tenido
que sortear un obstáculo encontrado en el cauce, salvándolo con una trepada
por la ladera. Pero las capturas conseguidas bien están mereciendo la
pena.
En algunos tramos, el avance a través del cauce, sí que se presenta
bastante fluido y llevadero. Ello nos suaviza un poco la tensión.
El paisaje ahora se quiebra y da paso a un cañón de una belleza salvaje,
donde los farallones de piedra caliza vigilan nuestros pasos. De entre las
escarpadas paredes de la rambla emerge, altiva, una colosal aguja de piedra;
un monolito erosionado por los siglos que se alza hacia el cielo como el
guardián de este reino escondido. A su lado, un pino solitario desafía el
abismo. Desde el fondo de este pasadizo de roca, rodeados por la densa y
verde pincelada de las carrascas y los pinos, uno se siente verdaderamente
pequeño, insignificante, sobrecogido por la grandiosidad de una naturaleza
que aquí se muestra en su estado más auténtico e indómito.
Visualmente, los elementos que magnetizan la mirada son la imponente aguja
calcárea, monolito o tótem de piedra que se eleva desafiante hacia el cielo
y esa silueta fuertemente erosionada, de aspecto casi antropomorfo (recuerda
a una figura o un guardián de piedra) con tonos anaranjados y grisáceos
debido a la oxidación de los minerales y la acción de los
elementos.
Esta rambla, también era conocida en la antigüedad como "el Aceral de los
Vaquerizos" y no era por casualidad. Las ramblas y barrancos de esta zona
albergan una joya botánica de primer orden: un bosquete relicto de arces
(principalmente Acer opalus o arce de Granada). El arce es un árbol
caducifolio mucho más común en el centro de Europa o en el norte de España,
por lo que encontrar poblaciones tan saludables y densas en la mitad
suroriental de la península es un fenómeno natural de gran valor ecológico.
En algunos puntos, el paisaje se abre un poquito a ambos lados, y nos
permite respirar y ensanchar la mente y los pulmones, ante tanta fascinación
paisajística y botánica como nos apabulla. Una tregua siempre viene bien
para tomar aire.
Aquí me tomo otro respiro. He tenido que trepar unos metros por una pared
casi vertical, siguiendo al dedillo el track que he puesto al 50% de zoom.
Es en este momento cuando caigo en la cuenta de que, antes de tomar
decisiones tan arriesgadas como la que afortunadamente acabo de dejar atrás,
debo asegurarme por completo de que es imposible avanzar por el lecho. De
momento, mantengo lúcida la mente, y ello es una buena señal que me
tranquiliza.
Dejado atrás lo más escabroso, sigo ahora un estrecho carril en paralelo a
una valla metálica algo oxidada, que parece abandonada. Según lo dicta la
orografía, la salto a izquierda o derecha de su trazado. No es muy
alta, así que basta con llevar cuidado de no engancharme las partes blandas
para ir sorteándola.
En este tramo se cruzó en mi camino una piara de jabalíes. Era un ir y
venir de innumerables rayones que, guiados por los profundos gruñidos de una
madre descomunal, se esforzaban afanosamente por no perder el grupo.
Ya he sobrepasado la zona más intrincada de la rambla; y teniendo que
cruzar varias veces un riachuelo que aprovecho para refrescarme, ya todo en
mi caminar es coser y cantar.
El agua de esta parte de la Rambla de los Vaquerizos procede principalmente
de las filtraciones subterráneas, la escorrentía de lluvias y el deshielo de
la Sierra de la Sagra y el entorno del Pinar de la Vidriera, en el límite
nororiental de la provincia de Granada (Puebla de Don Fadrique) con Jaén y
Albacete.
Al igual que gran parte de las cordilleras béticas circundantes (como las
Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas), el suelo es predominantemente
calizo. Esto significa que la roca absorbe el agua de las lluvias y de las
nieves invernales como una esponja, creando acuíferos subterráneos.
Esta agua subterránea brota a la superficie un poco más arriba a través de
pequeñas fuentes, rezumes y tornajos distribuidos por los barrancos de la
Cañada Bellón y el Pinar de la Vidriera, alimentando el curso de la
rambla.
Como es típico de una rambla o arroyo de montaña mediterráneo, su caudal es
de carácter estacional e irregular: suele llevar agua limpia y cantarines
hilos o pozas en primavera (tras el deshielo y las lluvias) y en otoño,
mientras que en los meses más duros del verano su lecho puede quedarse
completamente seco o reducirse a mínimos en la superficie.
Dando vista, ¡por fin!, al cerro del Oso, 1748m.
Y a la Venta del Tío Tiburcio.
Como es de suponer, esta zona debió conocer una época de gran esplendor. El
término Vaquerizos hace referencia directa a los pastores y vaqueros
que conducían el ganado a través de estas sierras en épocas pasadas. A pesar
de su aislamiento actual y la rudeza de su relieve, este paraje no siempre
estuvo desierto; históricamente tuvo una intensa explotación ganadera,
agrícola y forestal. De hecho, la zona se encuentra muy ligada a parajes
históricos como el Pinar de la Vidriera o el Pinar del Duque (tierras
concedidas en el siglo XVI a la Casa de Alba). En los alrededores todavía se
pueden apreciar ruinas de antiguos cortijos, apriscos y fuentes con tornajos
tradicionales tallados en madera o piedra para que abrevara el ganado, de
los cuales algunos veremos, antes de cerrar el círculo.
La Rambla de los Vaquerizos, por lo que veo en el mapa, nace de este a
oeste en el paraje de La Yegua, cerquita de la Fuente de Melgares. Siguiendo
el curso de la rambla hacia abajo, en dirección a donde une sus aguas con el
río Zumeta, se encuentran los restos de la Venta del Tío Tiburcio
Las ventas en estas encrucijadas de montaña eran vitales. No eran simples
viviendas, sino los "hoteles y estaciones de servicio" de los siglos XVIII,
XIX y principios del XX. Ofrecían un plato caliente, fuego y un lugar para
que durmieran los arrieros, así como cuadras para el relevo o descanso de
las bestias de carga que transportaban madera, esparto o alimentos entre la
Sierra de Segura y las hoyas de Granada o el Reino de Murcia. El nombre
evoca directamente a su antiguo regente o propietario, el "Tío Tiburcio",
una figura que debió ser de gran relevancia local en la comunidad pastoril
de la zona.
Curiosamente, en la cartografía oficial y en las redes de control de la
Confederación Hidrográfica del Segura (CHS), la "Venta del Tío Tiburcio"
sigue figurando como un punto de control oficial para medir la calidad y las
estaciones de las aguas de las ramblas de la zona.
La sugerente silueta del Cerro del Oso y la riqueza de su entorno ofrecen
un juego fotográfico irresistible que no dudo en exprimir. El enclave,
rodeado de una paz conmovedora, desborda una belleza infinita. Un auténtico
festín para el espíritu que, tras haber experimentado tantas emociones
fuertes, disfruto plenamente con los cinco sentidos.
De la venta del Tío Tiburcio me traslado al Porche del Valenciano, que me
hace sudar la gota gorda el alcanzarlo. Desde el que continúo obteniendo
unas vistas magníficas de todo el entorno.
Esta edificación ruinosa se sitúa estratégicamente en la carretera que va
desde el Puerto del Pinar hacia Pedro Andrés (Nerpio), justo después de una
curva muy pronunciada que salva el cauce de la Rambla de los Vaquerizos (que
baja desde el Calar Blanco).
Los porches en las zonas de montaña e influencia levantina/manchega
solían ser edificaciones que combinaban la vivienda de pastores o labradores
con una zona porticada o techada abierta. Servía tanto para el resguardo del
ganado en tránsito como de punto de descanso e intercambio para los arrieros
que cruzaban hacia el Levante (de ahí el topónimo "del Valenciano").
¡Si las paredes hablaran...!
He completado el círculo de mi recorrido, feliz y satisfecho por una
aventura que ha concluido sin novedad, que es lo más importante. Atrás queda
el haber pateado una fracción de la sierra de Huebras y fotografiado su
cortijada homónima. También recorrimos un tramo del Camino de San Juan de la
Cruz y descubrimos el Peñón de Pimporro, desde el que se obtienen unas
panorámicas excelentes de la bonita villa de Santiago de la Espada.
Vadeamos el río Zumeta a calzoncillos y calcetines quitaos, ya que una
riada reciente se había llevado el puente de madera que antes cruzaba el
cauce. Más adelante, sorteamos por la izquierda a sendos toros bravíos con
el hierro de Pedro Domecq, que se jiñaron patas y rabo abajo ante nuestra
imponente presencia. Charlamos amigablemente con Luis Gabriel, de Santiago,
y con el último mohicano, único habitante de las Cuevas del Engarbo—hombre
singular donde los haya—. La curiosidad que nos despertó este último nos
llevó a indagar en la red para constatar la época de mayor esplendor
ecoaldeana de estas cuevas; pesquisas en las que, por azar, tropecé con la
figura de Félix Rodrigo Mora, en cuya obra seguiré profundizando dado el
interés que me ha suscitado.
El plato fuerte del día llegó con la Rambla de los Vaquerizos, cuyas
caprichosas formaciones pétreas nos dejaron boquiabiertos, teniendo como
colofón las ruinas de la Venta del Tío Tiburcio y el Porche del Valenciano,
enmarcados en la belleza singular de su entorno.
Ahora, ya de regreso, tengo pensado pasarme por Almaciles para llenar unas
cuantas garrafas de la bendita agua de su fuente. De momento, hago una
parada en la comarcal, me apeo del coche y tomo estas últimas fotografías de
las ruinas que hace tan solo unos minutos visitábamos in situ.
Porche del Valenciano y el Cerro Patricio a su izquierda, 1648m.
Y en el siguiente vídeo, mi paseo con la moto, en ruta por estos solitarios
y hermosos parajes, donde comprobé hasta donde se hallaba reasfaltada la
carretera de Huebras; amenizado por supuesto, con muy buena música de la que
suelo escuchar en todo momento y lugar.
Calidad HD en la ruedecilla de la configuración.
La Fuente de Almaciles.
La Iglesia de San Antonio Abad (también conocida popularmente como San
Antón Abad) se encuentra en Almaciles, una pequeña pedanía perteneciente al
municipio de Puebla de Don Fadrique, en el norte de la provincia de Granada,
Andalucía.
Es el monumento más emblemático e histórico de esta localidad y cuenta con
detalles históricos, artísticos y tradicionales de gran valor:
1. Historia y Origen
La construcción del templo data del año 1540 (siglo XVI). Su origen está
directamente ligado a la fundación del pueblo: el capitán Pedro Serrano y su
esposa, doña Quiteria Nieto, compraron el gran latifundio de Almaciles,
crearon un mayorazgo, lo poblaron con familias de agricultores y pastores, y
costearon de su propio bolsillo la edificación de esta iglesia.
Como curiosidad histórica, la parroquia perteneció durante siglos a la
Archidiócesis de Toledo (debido a la gran influencia y extensión del antiguo
arzobispado toledano por estas tierras limítrofes) hasta que en 1953 pasó a
integrarse en la Diócesis de Guadix, a la que pertenece actualmente.
2. Arquitectura y Estilo
Fusión de estilos: Se trata de un templo de estilo renacentista que
cuenta con tres naves construidas a la misma altura. Sin embargo, su
capilla mayor es un interesante ejemplo de "simbiosis" arquitectónica, ya
que mezcla el estilo renacentista con elementos del gótico tardío de la
primera mitad del siglo XVI.
El campanario: Destaca su torre y el campanario que presiden la plaza
principal del pueblo (Plaza de la Libertad).
3. Patrimonio Interior y Arte Sacro
En su interior alberga obras de gran interés para la comarca:
El busto titular: Destaca una pieza escultórica del titular de la iglesia
atribuida al célebre imaginero de la escuela granadina José de Mora.
Esculturas: En el altar mayor se conserva una escultura de San Antonio
que se atribuye a la prestigiosa Escuela de Salzillo (de gran influencia
murciana debido a la cercanía con esa región).
Imagen de Santa Quiteria: Una talla atribuida a la escuela granadina del
siglo XVIII que rinde homenaje a doña Quiteria Nieto, la cofundadora de la
localidad.
También destacan su retablo mayor y una delicada imagen barroca de la
Inmaculada Concepción.
4. Tradición Viva: La Cuadrilla de Animeros
La iglesia está estrechamente ligada a las tradiciones del sureste
español. En sus festividades (especialmente las fiestas patronales de San
Antón en enero y los eventos navideños), adquiere un gran protagonismo la
Cuadrilla de Animeros de San Antón, una agrupación de música tradicional
que toca y canta coplas de ánimas dentro y fuera del templo, manteniendo
viva una manifestación folclórica y religiosa de siglos de
antigüedad.
5. Restauración Reciente
El edificio sufrió durante muchos años problemas severos debido a la
humedad provocada por aguas subterráneas, lo que ponía en serio peligro
los cimientos de sus muros y columnas. Tras un esfuerzo conjunto entre el
Obispado de Guadix, el Ayuntamiento de Puebla de Don Fadrique y el
generoso aporte económico de los propios vecinos de Almaciles, el templo y
su campanario fueron objeto de una profunda restauración integral,
reabriendo con orgullo sus puertas para el culto y las visitas.
Y colorín colorado...
¡HASTA LA PRÓXIMA!










































































































































No hay comentarios:
Publicar un comentario