El otro día, mientras me dirigía a Santiago Pontones para realizar la ruta que ya publicamos por aquí, me llamó la atención un detalle. El camino pavimentado de Huebras, que surge a la derecha justo antes de llegar a La Vidriera, estaba recién asfaltado. En ese momento se me planteó la duda: ¿habrían reasfaltado toda la pista hasta Pedro Andrés o solo se trataría de un espejismo de unos pocos metros?
Me quedé con la copla y al regreso de aquel paseo de primavera, al volver a pasar por el cruce, mi curiosidad, lejos de esfumarse se redobló. Y como el verificarlo ya me parecía de por sí, un buen plan motero, a los pocos días me planté de nuevo por allí a lomos de mi burrica gualda. ¡Pero qué va, ni por allí te asomes! Mi gozo en un pozo pues solo se encontraba asfaltado el tramo que va desde la carretera A-317 (en el km 73, la que recorre el puerto del Pinar y que también forma parte del GR-7) hasta más o menos las ruinas de la Venta del Tío Tiburcio y el Porche Valenciano. A partir de ese punto, la pista recupera su sempiterno estado de firme irregular, descarnado, con baches a porrillo y algo de gravilla en algunos tramos que te obligan a conducir con precaución, aunque aprovechando la velocidad de carreta para admirar el paisaje en derredor, que al fin y al cabo, es en lo que se fundamenta mi actual filosofía motera.
Vamos con el trazo de mi ruta sobre Google Earth, que ya de por sí es bastante descriptiva👇
Y sobre la cartografía👇
Como en mí es previsible, una vez en casa, comencé a rumiar el asunto y me propuse conocer un poquito más a fondo este territorio, pero a patita y con cámara en ristre, con el fin atrapar el paisaje, que es como realmente se empapa uno a fondo de los lugares que visita.
Escrutando el mapa, di con un itinerario circular que, partiendo de Santiago de la Espada, recorría las Cuevas del Engarbo, la Rambla de los Vaquerizos, la Venta de Tiburcio y Huebras, para luego rodear por el Rincón de las Picas, el Peñón de Pimporro, bajar hasta el pie de La Covacha, cruzar el río Zumeta y cerrar el anillo.
Pero como uno ya es veterano en estas lides y sabe que los recorridos deben adaptarse a la situación geográfica de cada cual (y al bolsillo), para evitarme tener que llegar a Santiago en coche para luego retroceder, decidí cambiar el punto de inicio y comenzar en las proximidades del Porche Valenciano, que me pillaba más cerca y enlazaba con el circuito en cuestión.
In extremis, tuve que posponer un día la excursión al mirar los vaticinios meteorológicos, ya que había alerta amarilla en la zona por fuertes rachas de viento. Entretanto, caí también en la cuenta de otro detalle no menos importante: el track que el colega había subido a Wikiloc era del año 2011. ¡Cágate lorito! Sé por experiencia que en tres lustros las circunstancias del camino podían haber cambiado muchísimo. Lo que más me turbaba era la certeza de que me iba a topar con algún obstáculo o alambrada metálica cortando el paso, que de un tiempo a esta parte es el imponderable que con más frecuencia me tropiezo.
Como prevenir es mejor que curar, e infiriendo que lo más complicado sería abordar la bajada hacia el río y ver por dónde cruzarlo (me sonaba que alguien me había dicho que una reciente riada se había llevado por delante el puente de madera), decidí meter también en el GPS el tramo más actualizado del denominado Camino de San Juan de la Cruz.
Para los curiosos de la historia (entre los que me hallo), este camino recrea los viajes del santo místico en el siglo XVI. Oficialmente arranca en Beas de Segura (Jaén) —desde el histórico Monasterio de San José del Salvador, fundado por Santa Teresa de Jesús— con destino final en la Ciudad Santa de Caravaca de la Cruz, frente al convento de los frailes descalzos que el propio San Juan fundó en 1586. En total, una ruta espectacular de 151 kilómetros que cruza tres comunidades autónomas siguiendo el cauce del río Segura y atravesando localidades como Hornos de Segura, Santiago-Pontones, Nerpio y Moratalla.
Como este tramo sanjuanista es de circulación de senderistas más o menos frecuente, y observaba en el mapa algunas modificaciones respecto al trazo de 2011, metí los dos tracks en el Garmin, para jugar con ellos según la circunstancias se me fueran presentando, por aquello de que un hombre prevenido vale por dos; e hice bien porque la bajada hacia el río, en el track de hace quince años se presentaba criminal. Lo recordé, desactivé este, activé el otro que se escoraba más a la derecha, y bingo, el descenso seguía mostrándose muy perpendicular pero algo más tendido.
Así pues, tenía claro que mi lazarillo digital, tenía solo marchamo orientativo y que por tanto, mi singladura senderista iba ser casi enteramente aventurera, como dejada al albur del destino. ¡Qué emocionante!
Con todo listo, aparqué el coche en el antiguo camino de los Morenos, bajo la sombra de un pinar, e inicié la marcha.
Lo que me esperaba por delante iba a ser una jornada intensa, exigente y de las que no se olvidan. Fueron unos 21 kilómetros con casi 600 metros de desnivel acumulado que, si bien sobre el papel no asustan a nadie, sobre el terreno se convirtieron en una auténtica carrera de obstáculos. Tuve que sortear vallas metálicas que cortaban el paso, batallar contra un ejército de zarzas y arbustos, eludir astados de aspecto amenazante y revivir la aventura de vadear el río a pie —con el consiguiente remojo de zapatillas— al confirmar que, efectivamente, la última riada había arrancado el puente de madera del río Zumeta.
Para colmo de despropósitos, se me había ocurrido echarme la mejor compacta prosumer que tengo, de casi un kilo de peso, y además, ponerme en canillas, esto es, vestirme de pantalones cortos. ¡Paberme matao! ¡Ni a base de palos aprende el burro! No había tenido suficiente para aprender con la experiencia de Burete y la rama clavada en mi gemelo, que también acabé hecho un mapa tridimensional, con mi veterana epidermis de piernas y brazos como marcadas por un felino.
En fin, y por si todo lo expuesto se antojara poco, el postre fue superar la intrincada e inhóspita Rambla de los Vaquerizos en solitario (que la cartografía se empeña en llamar Rambla de Montaño en su tramo oeste) bajo el riguroso calor de las tres de la tarde. Un extra de dificultad que hizo apretarme los machos en algunos intrincados tramos que tuve que vencer pero que convirtió en casi épica mi particular odisea senderista de aquel inolvidable día. Al fin y al cabo, palos con gusto no pican, y bien está lo que bien acaba. ¡Que viva el refranero españ😅l...!
Y como una imagen vale más que mil palabras (aforismo o frase hecha donde las haya), pues aquí ya estoy presentando unas cuantas, que a buen seguro van a corroborar todo lo antes expresado.
Después de un buen trecho de caminar por asfalto, el track me indica que tengo que bajar a Huebras, pero como la imagen de este rebaño evolucionando en tan bello paraje me resulta de lo más sedante y pastoril, jugando con el brazo fuerte del zoom, decido capturar la escena desde la carretera, para no perder ni un solo detalle de acuarela tan viva e idílica.
Casas de la Hoya.
Aquella prominencia que se observa al fondo, es la muchas veces pateada por el que suscribe, Sierra de las Cabras, donde se encuentra La Atalaya, 2083m, el techo de Albacete.
Al fondo, Loma de los Morenos, Las Fuentecillas, Prado Ortega.
Después de haber decidido abandonar tan bucólico lugar, el track deja la carretera para adentrarse en un monte a mi mano izquierda, que tras avanzar durante unos metros por un tramo muy enmarañado, me tropiezo con una alambrada, que me hacen constatar mi equivocada elección en cuanto a vestuario y equipo fotográfico se refiere. La primera en la frente. Para evitar males mayores, estudio el perfil del track dibujado sobre el mapa y retrocedo hasta un camino que me vuelve a conectar con el itinerario que viene de Santiago de la Espada, esto es, el de San Juan de la Cruz. En el intervalo, captura esta hermosa carrasca.
Bonita imagen de la Sierra de las Cabras, con esos cortados superiores pelados y las laderas de piedra suelta (pedrizas o canchaleras), que contrasta con el denso mar de pinos salgareños y carrascas que se ve en primer término y tapizan el valle.
Ya estoy pisando los dos track que por aquí coinciden y ahora todo es cuesta bajo y sin frenos. El tramo es de lo más agradable y umbrío. Me llaman la atención la esbeltez de algunos jóvenes pinos. Se presentan altísimos.
Después de ese descenso prolongado al que antes aludía (que los peregrinos tienen que abordar en subida) me doy de bruces con la hermosa estampa de la villa de Santiago de la Espada, que a partir de aquí, voy a fotografiar hasta la saciedad.
Este es el emblemático Peñón del Pimporro, a cuya cima muchos senderistas se encaraman para hacerse la foto. Yo conozco uno cuantos, de uno y otro sexo que llegados aquí, no podrían resistirse a su poder de atracción. La trepada, por lo comprobado por mi, no parece muy complicada. A falta de modelo que inmortalizar, decido fotografiarla desde diferentes ángulos.
Desde toda esta franja, por encima del río Zumeta, el paisaje ofrecido hacia Santiago y sus inmediaciones, me parece excepcional. Se va erigiendo como una pasarela mirador constante. Y como la vista era para mí inédita, la disfruté a rabiar, tomándole foto tras foto. Me costó bastante tiempo atravesar este tramo. En algunos puntos, la bajada se presenta muy perpendicular, y por ello se hace un tanto técnica, por el riesgo de escurrimiento y consiguiente traspajazo. Observo por donde bajó aquel colega en 2011 y el terreno es todavía peor. La técnica del arrastraculo, se me antoja la más segura, a falta de bastón y sobre todo si llevas las suelas de las zapas listas de papeles.
En fin, que para los que nos consideramos cazadores de paisajes, que luego vamos a volver a saborear más pausadamente desde casa, este es un recorrido diseñado para el disfrute a cascoporro.
Pendiente un corto de vídeo aquí
Por esa ladera hemos bajado.
Justo enfrente de nosotros tenemos varias prominencias que llaman poderosamente nuestra atención. Aquel es El Picón, elevado a 1331m.
Abajo de la fotografía asomando las aguas del río Zumeta y arriba, El inconfundible Almorchón, al que un día de estos habrá que conquistar.
Esas formaciones rocosas tan características que coronan la sierra de Huebras, esculpidas por la erosión justo por encima del cañón del río Zumeta (en el límite entre Albacete y Jaén), se conocen popularmente como Los Órganos de Huebras (o simplemente Los Órganos), debido a su parecido con los tubos de un órgano musical gigante. Aunque a mi me parecen unos frailes de piedra esperando turno en la cola de un cine. La caprichosa conformación pétrea me parece tan curiosa que le hago varias capturas. Son columnas de roca calcárea o dolomía que han resistido la erosión mientras el material de su alrededor se iba desgastando.
Ahora hay que ver por donde vadear el río, si es que ha desaparecido el puente, y si entretanto, los lugareños no han dispuesto un recurso provisional a modo de pasarela. Albergo esa esperanza, de lo contrario, me temo que toca mojarse.
Morro Asensio, 1323m.
Cañón del río Zumeta.
Alcanzado el cauce, se confirman mis sospechas: el puente es una quimera. Tras un breve tanteo río arriba y río abajo, decido que no merece la pena encallarse en el dilema. No niego que pudiera haber un paso habilitado, pero el reloj corría y no estaba dispuesto a perder el día en un imponderable de tan poca monta. La experiencia me tiene demostrado que el exceso de celo para evitar un contratiempo solo genera bucles innecesarios; das rodeos para acabar, indefectiblemente, en el mismo punto de partida y habiendo perdido un tiempo precioso. Barajé la idea no obstante, de cruzar descalzo, pero el fantasma de mi resbalón en el río Guadalentín —aquel glorioso baño con todo el equipo en la senda de los pescadores— vino a visitarme. ¿Para qué tentar a la suerte? Así que apliqué el plan B: fuera calcetines, fuera plantillas y a vadear con las zapatillas puestas para mitigar el desastre. Dicho y hecho. El resultado fue una segunda mitad de ruta de lo más refrescante. Eso sí, cuando llegó el momento de ponerme calcetines limpios para el regreso, mis plantas exhibían más arrugas y solera que las de un pergamino medieval.
El puente antes de la riada.
Superado el trance acuático, el track me indica un plácido avance en paralelo al río. Tranquilo hasta que, de pronto, me quedo petrificado. A ver, yo no sé diferenciar una vaca de un toro; para mí, todo lo que luzca cuernos —incluido un marido despechado— es sinónimo de peligro de muerte. Ante mí se abría un dilema taurino de incierto pronóstico para mi integridad física: o me plantaba allí mismo a dar pases de pecho si la cosa se ponía fea, o tocaba retirada deshonrosa campo a través. ¡Porque encima eran dos, Cristo de las Maravillas, de allí no salía vivo ni pegando saltos! Pensé: " Tiene guasa la cosa. Me salvo de morir ahogado en el río para terminar ahora ensartado por una cornada a lo Paquirri. En esta ruta no gano para sustos".
Pero oye, si el destino me tenía reservado que debía fenecer por asta de toro en la ingle, al menos lo haría con honor, con las Sportivas puestas y ejerciendo mi pasatiempo favorito, esto es, dejando para la posteridad la última fotografía de mi azarosa vida de senderista.
Y en esas estaba yo, conteniendo el aliento y enfocando al bicho a través del visor con el pulso tembloroso, cuando de pronto ocurrió el milagro: me fijé en el suelo y vi que estaban atados con una gruesa cadena. ¡Ahhhhhhh, pijo! ¡Haberlo dicho antes! El pánico se transformó instantáneamente en chulería y gallardía toreras: «¡Ehhh, tooorooo! ¡Eaaaa! ¡Que te pincho, lecheee!». ¡Se me escapaba cada suspiro de alivio por el apretado esfínter que...por nadie pase!
En fin, bien está lo que bien acaba. Aunque, todo sea dicho, las miradas que me lanzaban los astados eran de pura envidia cochina, anhelando mi gloriosa condición de senderista presuntamente libre frente a su triste condena de yugo encadenado a perpetuidad.
Un tanto recuperado del susto, aunque sigo escuchando ecos que proceden del recto cada equis metros, voy disfrutando del hermoso paisaje a la vera del río Zumeta, en su vertiente izquierda.
Ahora me marca el track que vamos a visitar la Fuente del Cerezo, que debe encontrarse tras de aquellos chopos. Hacia allí nos encaminamos.
FINAL DE LA PRIMERA PARTE






























































































































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