Voy andando por un caminillo muy agradable, lleno de sombras y altísimos chopos por doquier pero al llegar a esta casa, el track me indica que debo dirigirme de nuevo hacia el río donde se encuentra al parecer, la Fuente del Cerezo.
Por aquí hay mucha maleza y cuesta progresar. Después de varias exploraciones por aquí y por allá, al final tuve que desistir porque no di con una fuente reconocible o un cartel que así lo indicara. Quizá se encontraba más adelante pero la vegetación de ribera se presentaba tan frondosa, que resultaba muy complicado el desenvolverse por aquí.
Cerro Las Yeguas.
Ahora busco de nuevo conectar con el camino que se dirige a las ruinas del Cortijo del Castellón y la Cortijada de las Cuevas.
Por aquí me tropecé con Luís Gabriel, un afable hombre de Santiago con el que estuve departiendo durante algunos minutos. Da gusto encontrarse con buena gente por esos caminos de dios.
Las ruinas del Cortijo del Castellón.
Enfocando hacia la campiña de Santiago.
Ahora tengo que cruzar la junta de los arroyos Bachiller y Zumeta en dirección a las Cuevas del Engarbo. El paraje es precioso y se encuentra muy cerquita de la carretera A-317.
La campiña de Santiago luce así de bonita en primavera.
En esta hermosa y apetitosa balsa me tomé unos minutos de respiro para comerme un trozo de alfajor, un puñado de frutos secos y refrescarme la cabeza, las piernas y los brazos. ¡Qué delicia! Ganas me daban de zambullirme entero. El calor ya se dejaba sentir con fuerza y sabía que me aguardaba lo más peliagudo del recorrido una vez encajonado en la larga y azarosa rambla. Para colmo, el reloj ya marcaba bien pasadas las dos de la tarde.
De repente, aparece un hombre con aspecto de asceta, acompañado por una jauría de perros de todos los tamaños. Resulta ser el dueño de la finca y el último mohicano de una comunidad hippie que, al margen del sistema, habitó este enclave tiempo atrás.
Siempre me ha resultado interesante, y en cierto modo admirable, la filosofía de este tipo de personas; un punto de vista que, en según qué aspectos, comparto plenamente. Congeniamos al instante. Supongo que yo también tengo algo de eremita, aunque, no nos engañemos, solo por un rato, antes de empezar a echar de menos las comodidades del sistema. Eso mismo me reprochó Viky la primera vez que visitamos Sanjoy, y la muy hija de perra, no se equivocaba.
A la mayoría, la fiebre antisistema y el sueño de vivir exclusivamente de lo que da la mata y los animales de corral no les dura demasiado. Los inviernos en estos parajes aislados suelen ser implacables, y una cosa es lo que se idealiza sobre el papel y otra muy distinta la cruda realidad. Lo explica muy bien Sergio del Molino en su libro La España vacía, al retratar esa corriente anticonsumista de la que fueron presa fácil algunos acomodados urbanitas. Lo vendieron todo para invertirlo en la casa de sus sueños, sita en una aldea habitada por cuatro carcamales que en realidad, los veían como intrusos. Pero la utopía no tardaría mucho en desmoronarse pues, tras dos o tres largos inviernos —en los que algunos fueron incluso abandonados por sus parejas—, cayeron en la cuenta de una cruda verdad que ya no tenía remedio. Se habían quedado más pelados que una bombilla y sin músculo económico para empezar de nuevo. Ya solo les quedaba fiar su suerte al cartel de "Se Vende", esperando que otro incauto sucumbiera a sus mismos delirios románticos.
La sierra de Segura (y zonas limítrofes como el norte de Granada o la zona de Nerpio en Albacete) ha ejercido, desde los años 80 hasta hoy, un poder de atracción irresistible para el movimiento del denominado Retorno a la Tierra.
En lugar de grandes comunas, como las constituidas en otras partes, en la Sierra de Segura el fenómeno ha sido más de neo-rústicos o ermitaños individuales: personas de mentalidad alternativa, tanto españolas como extranjeras (alemanes, neerlandeses, franceses, británicos, etc.), que buscaban el aislamiento extremo. Compraban o simplemente ocupaban cortijos abandonados o semi-ruinosos sin luz ni agua corriente para vivir de forma completamente autosuficiente, huyendo del sistema.
Nuestro amigo se puede afirmar que es uno de los últimos supervivientes de aquel estilo de vida ultra austero que durante un tiempo experimentó un inusitado auge en toda España.
Cuando ya llevábamos un buen rato hablando de las fallas del sistema, a punto de colapsar y de su propia experiencia personal en el lugar, sobre todo durante la plandemia, miré el reloj, a punto de dar las tres y me entraron las prisas. Si hubiese sido por este verdadero filántropo, de locuacidad incontenible, me hubiesen dado las seis de la tarde, entregados a la cháchara, pero tenía que partir porque me esperaba el tramo a priori más complicado y el que, yendo solo, más me preocupaba y llenaba de incertidumbre.Le pedí amablemente si me dejaba hacerle una foto para que quedara constancia en mi blog de encuentro con hombre tan singular (pues parecía un cromo del perfecto ermitaño, alejado del mundanal ruido), a la que rehusó con gesto hosco durante una milésima de segundo (que no me pasó desapercibido), para al instante recuperar su hasta ese momento ostensible cordialidad. 

A partir de este momento, el hombre se mostró extrañamente obstinado en acompañarme durante un tramo, que por razones obvias, yo no necesitaba ni aceptaba de buen grado, y lo pretendía hacer yendo detrás, enarbolando la escoba que ya hemos visto apoyada en uno de los muros de la balsa, lo que unido a algunas contradicciones en las que había incurrido, interés por saber dónde había dejado el coche y el jaleo de perros que llevaba alrededor, comenzaron a inquietarme.
Me considero algo conspiranóico y por supuesto, desconfiado, no me fío ni de mi sombra, lo pongo todo en tela de juicio lo que me lleva a cuestionarme lo que me dicen o dictan otros, porque ya lo dice la cita: "Quien se deja arrastrar por la corriente, encalla en playas que no eligió."
Lo considero un ejercicio sano porque hoy por hoy, me ha librado de unas cuantas, entre ellas la de pincharme y además, no se puede andar por ahí como san Juan por sus viñas, como alma cándida que piensa que todo el mundo es bueno mientras no se demuestre lo contrario. Es precisamente al revés, porque el miedo y la prudencia guardan la viña. Que luego vienen las madres mías y ya resulta tarde para lamentarse. Pues aunque tenía pensado darme una vuelta por las casas cueva, ya no lo consideré prudente llevando a este hombre pisándome los talones sin tener muy claras sus intenciones. Que estoy seguro que es un bendito, un tipo inofensivo, pero el ir blandiendo la escoba, con su correspondiente mocho amenazante tras de mí, no me inducía precisamente a la tranquilidad, sino todo lo contrario, se me encendieron todas las alarmas. Me agobié un poquito porque me encontraba en terreno muy confuso y desconocido para mí, por demás, en una completa ratonera que él debía conocer muy bien.
Apretaba el paso y el hombre y sus perros seguían mi estela a corta distancia, que con esa canícula que ya nos caía, ¿qué necesidad tenía? Que sí, que fue una paranoia por mi parte, pero ante la posibilidad de una circunstancia dada, tengo por costumbre ponerme en el peor de los escenarios para que llegado el caso, nada me sorprenda y tenga capacidad de reacción que ya me veía atacado por la retaguardia, con certero escobazo en la cabeza; dejado inconsciente, rematado y enterrado en algún lugar de la rambla de los Vaquerizos, seguramente para robarme la cámara y todo cuanto pudiera aprovechar de mis pertrechos. Sin saber nadie por donde andaba (ni siquiera la parienta, gran error por mi parte aquel día que olvidé dejar anotado en el almanaque), al cabo de un tiempo me hubiera convertido en un desaparecido más, de los muchos que se producen todos los días en España.
Subí el ritmo hasta casi el umbral de la marcha atlética, aunque de vez en cuando, me volvía con la excusa de tomar una foto, y de paso, observar el comportamiento y ademanes de mi "perseguidor".
Como ya no iba muy pendiente de la pantalla del gps, me escoré demasiado a mi derecha por lo que no crucé el río por el lugar más idóneo o me indicaba el gps, hasta que oigo por detrás, ya un tanto alejado de mí: ¡vete para la izquierda que te has pasado!
Uno de los perros, el más intrusivo que a veces se interponía en mi camino y molestaba mi avance, cruzó conmigo el río, pero una vez al otro lado, veo en la pantalla que tengo que escorarme cincuenta metros a mi izquierda y que el último mohicano de las Cuevas del Engarbo ya ha desaparecido de escena. También retorna el perro. Como todavía no las tengo todas conmigo y no sé por donde anda, me detengo, abro la mochila y enarbolo una estaca maciza, que reza "Jarabe de palo", que siempre llevo oculta y en previsión por si me ataca un perro o elemento de otra naturaleza, que ya lo he dicho antes, yendo solo, hombre prevenido vale por dos. Y durante bastantes metros, no bajé la guardia y me detenía a escuchar si alguien me seguía o si detectaba algo raro por las inmediaciones.
Que sí, que puedo resultar injusto, exagerado; que mi delirio persecutorio fue fruto de mis prejuicios, del cansancio acumulado, de mi vulnerabilidad, de la inseguridad que me despertaba el tener que afrontar un tramo tan inhóspito y claustrofóbico como el que tenía por delante, pero insisto, el miedo guarda la viña y uno es tan consciente de la mierda de justicia que tenemos en España, nada disuasoria para con los maleantes y asesinos, que mucho mejor prevenir que curar; más provechoso pecar de conspiranóico y receloso que de confiado e ingenuo, dando por sentado la bonhomía y buenas intenciones de todas las personas con las que te cruzas por ahí. Y menos, en los tiempos que corren.
En otro orden de cosas, aunque hoy por hoy me considero un amante de la soledad —de la buena, de esa que uno abraza por voluntad propia y tiene por benigna compañera—, no reniego en absoluto de la compañía ocasional. Disfruto del encuentro con la familia, los amigos, los compañeros de trabajo o la gente con la que coincido en actividades recreativas. Es más, disfruto esos momentos como nadie porque mi afecto por el prójimo me nace de dentro; es honesto y sincero. Sin embargo, tiene fecha de caducidad. Si tras un rato no surge ningún punto de encuentro —ya sea en el pensamiento, los ideales, los gustos musicales o de cualquier otra índole—, el hastío comienza a ganar terreno.
Creo que, al final, se trata de una mera cuestión semántica: soy lo que se dice un ser asocial, que no insocial.
Trataba de explicárselo el otro día a un amigo. El individuo asocial carece de motivación por las relaciones sociales que siente que no le aportan gran cosa. El prefijo a- significa "sin"; por lo tanto, alguien asocial es, literalmente, alguien "sin motivación social". La clave es que no existe rechazo, odio ni rebeldía. Simplemente hay una preferencia por la soledad, ese espacio donde no hace falta llevar coraza para protegerse de la maledicencia ajena que, tarde o temprano, termina salpicando. La persona asocial no odia a la sociedad ni quiere destruirla; solo sabe que su batería mental y emocional se recarga en solitario. Si tiene que ir al supermercado o interactuar con alguien en el camino, lo hace con la mayor empatía y amabilidad, pero siempre preferirá regresar pronto a la seguridad de su refugio.
Esta idiosincrasia encaja perfectamente con la figura del anacoreta o el ermitaño que me encontré en las Cuevas del Engarbo, y con la mía propia; de ahí que surgiera una inmediata empatía y complicidad nada más intercambiar dos frases. A pesar de las grandes diferencias en nuestros estilos de vida —y pongo el suyo en un plano mucho más auténtico y superior al mío—, ambos vivimos, o al menos lo intentamos, al margen. Y lo hacemos porque nuestra paz interior depende de la ausencia de ruido social, no porque estemos enfadados con el mundo.
Por el contrario, el sujeto insocial tiene serias dificultades para encajar; es lo que se llamaría un inadaptado o un marginado.
Lo que subyace en este tipo de comportamientos es una barrera, una desconexión o una incapacidad (ya sea propia o impuesta) para integrarse en las dinámicas de la comunidad.
El insocial, a veces, quiere integrarse pero no sabe cómo; en otras ocasiones, la sociedad lo ha marginado y él responde con desdén. Hay en él una veta de incomodidad, de extrañeza o incluso de resentimiento hacia el "engranaje" del mundo moderno. Es el perfil de quien rompe con la sociedad porque la considera corrupta, insoportable o inhabitable (el matiz del misántropo). No busca solo la quietud de la naturaleza; busca huir de los hombres.
Para cerrar el círculo, es vital no confundir ninguno de estos dos términos con lo antisocial (del prefijo anti-, "en contra"). El antisocial va activamente contra la sociedad: rompe sus leyes y busca desafiar el orden establecido dañando a los demás, como un criminal o un bárbaro. Por este tipo de personas siento un rechazo y una inquina infinitos; porque en esta vida, ya hace bastante aquel que pasa sin hacer daño a nadie, viviendo su vida sin invadir la de los demás.
En resumen: lo asocial es una elección de ausencia (elegir el silencio). Lo insocial es una condición de inadaptación (no encajar en el ruido).
Este hombre de las cuevas, al vivir en paz en un paraje casi inhóspito, sin las comodidades de la "civilización" y sin molestar a nadie, es el vivo retrato de lo asocial: la autosuficiencia de quien descubrió que la mejor compañía es el eco de las piedras, el viento y el frío de la sierra. Yo también soy un amante de esos dones que nos brinda la naturaleza, los cuales disfruto curtiendo el cuerpo, la mente y el espíritu durante esas afanosas travesías serranas que me meto entre pecho y espalda. Pero solo durante unas horas. Luego me gusta recuperarme del esfuerzo en la comodidad de mi choza; a ser posible, con una cervecita bien fresca esperándome a punto de caramelo en la nevera. Por ello, yo siempre seré un anacoreta de salón, de AliExpress; un asceta romántico, pero solo por un rato.
Me hubiera gustado explayarme, fotográficamente hablando, un poquito más en el rincón que se atisba abajo, pero no era el momento ni la ocasión por lo que estaba fustigando el lorenzo a esas horas del día y por lo ya expuesto. Pero me quedé con las ganas.
Según me dijo, era el propietario de todo este enclave, que años ha, había adquirido con la ayuda de sus padres. A la derecha del sendero por el que desciendo hacia el río, se encuentran las Cuevas del Engarbo, acotadas mediante una aparatosa empalizada creo que metálica. He leído un hecho curioso y es que Las Cuevas del Engarbo (Engarbo I y II) son famosísimas porque albergan un tesoro de pinturas rupestres del Arte Levantino (Patrimonio de la Humanidad). Pero lo fascinante es que el ser humano nunca dejó de usarlas.
Hasta bien entrado el siglo XX, esas oquedades se aprovecharon para construir casas-cortijo, cerrando la boca de la cueva con muros de piedra y yeso. De hecho, cuando los arqueólogos descubrieron y limpiaron las pinturas rupestres en los años 90, ¡tuvieron que retirar capas de cal de las paredes! Las familias de pastores de Santiago de la Espada habían estado viviendo literalmente encima de pinturas prehistóricas de toros y arqueros, encalando la roca para desinfectar y limpiar su "hogar". Las ruinas de estas casas pertenecen a ese antiguo abandono rural tradicional que tuvo lugar, como hemos constatado cientos de veces en este blog, entre los años 60 y 70.
Nuestro amigo vive en la casa mejor conservada de las que se observan allá abajo.
El entorno es casi tan espectacular como el que días después al de esta excursión, descubrimos en las Casas de la Quinterías, en Pedro Andrés, de las que ya daremos oportuna reseña fotográfica cuando les llegue el momento.
Aunque todavía con la mosca en la oreja, mi propensión hacia el reportaje gráfico fue superior a mi instinto de conservación. Esperemos que esa debilidad o flaqueza nunca me pase factura.
También me hubiera gustado acercarme a aquel enorme aprisco, de al parecer, profundidad insondable, pero se encontraba tan elevado y arduo de alcanzar que desistí de ello, no fuera que "alguien me apareciera por detrás...😅! Sí, sí, me río ahora pero en su momento no me sentía yo tan ufano.
Ya me encuentro inmerso en plena rambla, cuyo primer tramo, observo en el mapa que lleva por nombre, de Montaño. Si me voy al histórico, lo marca como de los Vaquerizos. Y con este se queda.
Las formaciones pétreas que se van sucediendo durante nuestra progresión por la rambla, resultan monumentales. Todo un espectáculo. Me encuentro ante el plato fuerte del día.
Pero avanzar, a veces, no resulta fácil. Hay que estudiar el mejor modo de vencer los obstáculos porque, por encima de todo, las zarzas traicioneras nos ganan terreno y zahieren nuestra sufrida epidermis a poco que nos despistemos. No olvidemos que seguimos un track de 2011 que, a veces, se sale del lecho para progresar por una ladera derecha que se presenta casi vertical. Antes de imitarlo a ciegas, me tengo que cerciorar de que no puedo avanzar con seguridad por el propio cauce de la rambla, porque no veo necesidad de regalarle un esfuerzo gratuito a la montaña.
Lo que ya vamos dejando a nuestra espalda.
Las caprichosas formaciones rocosas, algunas zoomórficas, producto de la erosión, resultan muy singulares. Parecen gigantes que se yerguen sobre mí.
FINAL SEGUNDO CAPÍTULO














































































































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