09 junio 2026

Descubriendo la Sierra de Huebras en el confín del Albacete II

Ahora hay que ver por donde vadear el río si al final se confirma que la riada se ha llevado el puente. También existe la posibilidad de que los lugareños hayan dispuesto un recurso provisional a modo de pasarela. Albergo esa esperanza, de lo contrario, tocará mojarse.
Morro Asensio, 1323m.
Cañón del río Zumeta.
Alcanzado el cauce se confirman mis sospechas; el puente es una quimera. Tras un breve tanteo río arriba y río abajo, decido que no merece la pena encallarse en el dilema. No niego que pudiera haber un paso habilitado, pero el reloj corría y no estaba dispuesto a perder el día en un imponderable de tan poca monta. La experiencia me tiene demostrado que el obcecarse por evitar un contratiempo solo genera bucles innecesarios; buscar rodeos para acabar en el mismo punto de partida y habiendo perdido un tiempo precioso. Barajé la idea no obstante, de cruzar descalzo, pero el fantasma de mi resbalón en el río Guadalentín —aquel glorioso baño con todo el equipo en la senda de los pescadores— vino a advertirme. ¿Para qué tentar a la suerte? Así que apliqué el plan B: fuera calcetines, fuera plantillas y a vadear con las zapatillas puestas para mitigar el desastre. Dicho y hecho. El resultado fue una segunda mitad de ruta de lo más refrescante. Eso sí, cuando llegó el momento de ponerme calcetines limpios para la conducción del regreso, mis plantas presentaban más arrugas que las de un pergamino del medievo.
El puente antes de la riada.
Superado el trance acuático, el track me indica un plácido avance en paralelo al río. Apacible hasta que, de pronto, me quedo petrificado. No daba crédito a lo que veían mis ojos. Yo no sé diferenciar una vaca de un toro; para mí, todo lo que luzca cuernos —incluido un marido despechado— es mortal de necesidad. Ante mí se abría un dilema taurino de incierto pronóstico para mi integridad física: o me plantaba allí mismo a dar pases de pecho con una camiseta roja que llevaba de reserva en la mochila si la cosa se ponía fea, o tocaba retirada deshonrosa campo a través al grito de: ¡piernas para qué os quieroooo! ¡Porque para más inri, encima eran dos, Cristo de las Maravillas, de allí no salía vivo ni pegando saltos! Y exclamé para mis adentros: «¡Tiene güevos la cosa! Me salvo de morir ahogado en el río para terminar ahora ensartado por una cornada a lo Paquirri...¡En esta ruta no gano para sustos!».

Pero mira, si el destino me tenía reservado que debía fenecer por asta de toro en la ingle, al menos lo haría con honor, con las Sportivas puestas y ejerciendo mi pasatiempo favorito, esto es, dejando para la posteridad la última fotografía de mi azarosa vida de paparazzi senderista amateur.

Y en esas estaba yo, conteniendo el aliento y enfocando a los bichos a través del visor con el pulso tembloroso, esperando la embestida y fatal cornada cuando de pronto ocurrió el milagro: me fijé en el suelo y vi que estaban atados con una gruesa cadena. ¡Ahhhhhhh pijo, pero qué tonto no haberlo visto antes! El pánico se transformó al instante en chulería y gallardía toreras: «¡Ehhh, tooorooo! ¡Eaaaa! ¡Que te pincho, lecheee!». Hasta tentado estuve de acercarme a tocarle los cuernos. Valiente que es uno. ¡Se me escapaba cada suspiro de alivio por el apretado esfínter que desde entonces, tengo la almorrana hecha unos zorros...! En fin, como diría aquel, todo quedó en un susto de lo más infundado, porque peligro, lo que se dice peligro, nunca lo hubo ya que los morlacos al verme, ni se inmutaron.
Un tanto recuperado del sobresalto, aunque sigo escuchando ecos que proceden de más abajo cada equis metros, voy disfrutando del panorama a la vera del río Zumeta.
Ahora me marca el track como punto de interés, la Fuente del Cerezo.
Voy andando por un caminillo muy agradable lleno de sombras y altísimos chopos, pero al llegar a esta casa, el track me indica que debo dirigirme de nuevo hacia el río donde se ubica al parecer, la Fuente del Cerezo.
Por aquí hay mucha maleza  y cuesta progresar. Después de varias exploraciones por aquí y por allá, al final tuve que desistir porque no di con una fuente reconocible o cartel que así lo indicara. Quizá se encontraba más adelante pero la vegetación era tan frondosa que resultaba muy complicado el desenvolverse por aquí. Y si se hallaba al otro lado del río, no era cuestión de volver a sumergir las zapatillas en el líquido elemento. Lo dejamos para otro día, me dije. 
Cerro Las Yeguas.
Ahora busco de nuevo conectar con el camino que se dirige a las ruinas del Cortijo del Castellón y la Cortijada de las Cuevas.
El paisaje en derredor es para enmarcar.
Por aquí me tropecé con Luís Gabriel, un afable hombre de Santiago con el que estuve departiendo durante algunos minutos. Da gusto encontrarse con buena gente por esos caminos de dios.
Las ruinas del Cortijo del Castellón.
Enfocando hacia la campiña de Santiago.
Ahora tengo que cruzar la junta de los arroyos Bachiller y Zumeta en dirección a las Cuevas del Engarbo. El paraje es precioso y se encuentra muy cerquita de la carretera A-317.
En esta hermosa y apetitosa balsa me tomé unos minutos de respiro para comerme un trozo de alfajor, un puñado de frutos secos y refrescarme la cabeza, las piernas y los brazos. ¡Qué delicia! Ganas me daban de zambullirme entero. El calor ya se dejaba sentir con fuerza y sabía que me aguardaba lo más peliagudo del recorrido una vez encajonado en la larga y azarosa rambla. Para colmo, el reloj ya marcaba bien pasadas las dos de la tarde.
De repente, un hombre con aspecto de yogui entra en escena, acompañado por una jauría de perros de todos los tamaños. Resultaba ser, según decía él, el dueño de la finca y el último mohicano de una comunidad eco aldeana que, al margen del sistema, habitó este enclave tiempo atrás.

Siempre me ha resultado interesante, y en cierto modo admirable, la filosofía de este tipo de personas; un punto de vista que, en según qué aspectos, comparto plenamente. Congeniamos al instante. Supongo que yo también tengo algo de eremita, aunque, no nos engañemos, solo por un rato, antes de empezar a echar de menos las comodidades del sistema. Eso mismo me reprochó Viky en 2015, la primera vez que visitamos Sanjoy, y la muy hija de perra, no se equivocaba.

Su discurso es idéntico al que esgrimen los sanjoyanos, a quienes como mis seguidores saben, he tenido la oportunidad de conocer a instancias de mis correrías por la Sierra de la Pila.
A la mayoría de estos eco utópicos hijos de la tierra, la motivación antisistema y el sueño de vivir exclusivamente de lo que da la mata y los animales de corral que crían, fumando yerba entretanto, no les dura demasiado. Los inviernos en estos parajes aislados suelen ser implacables, y una cosa es lo que se idealiza sobre el papel y otra muy distinta la cruda realidad del vivir día a día. Lo explica muy bien Sergio del Molino en su libro La España vacía, al retratar a esa corriente anticonsumista de la que fueron presa fácil algunos acomodados y por demás, idealistas urbanitas. Lo vendieron todo para invertirlo en la casa de sus sueños, ubicada en una aldea de difícil acceso, habitada por cuatro carcamales que desde el primer momento los rechazaron por considerarlos intrusos. Y la utopía no tardaría mucho en desmoronarse, pues, tras dos o tres largos inviernos —en los que algunos fueron incluso abandonados por sus parejas—, se les revelaría la cruda evidencia que ya no tenía remedio. Lo habían apostado todo a una sola carta, a su idílico proyecto de futuro sin tener un plan B, lo que al final los terminaría dejando más pelados que una bombilla de 60 W. Sin músculo económico para empezar de nuevo, ya solo les quedaba fiar su suerte al cartel de «Se vende» —aun perdiendo dinero— con la esperanza de que otro pardillo inconsciente sucumbiera a la misma utopía romántica de la que ellos mismos habían sido víctimas.
La sierra de Segura (y zonas limítrofes como el norte de Granada o la zona de Nerpio en Albacete) ha ejercido, desde los años 80 hasta hoy, un poder de atracción irresistible para el movimiento del denominado Retorno a la Tierra, que cada equis tiempo resurge, adoptando nombres diferentes en cada ocasión. 
En lugar de grandes comunas, como las constituidas en otras partes, en la Sierra de Segura el fenómeno ha sido más de neo-rústicos o ermitaños individuales: personas de mentalidad alternativa, tanto españolas como extranjeras (alemanes, neerlandeses, franceses, británicos, etc.), que buscaban el aislamiento extremo. Compraban o simplemente ocupaban cortijos abandonados o semi-ruinosos sin luz ni agua corriente para vivir de forma completamente autosuficiente, huyendo del sistema.

Nuestro amigo se puede afirmar que es uno de los últimos supervivientes de este lugar, que se resiste a entregar la cuchara de su ideal, cuando todos sus compañeros, tiempo hace que lo abandonaron.
Cuando ya llevábamos un buen rato hablando de las fallas del sistema a punto de colapsar y de su propia experiencia personal en el lugar, sobre todo durante la plandemia, miré el reloj, a punto de dar las tres y me entraron las prisas. Tenía que partir porque me esperaba el tramo a priori más complicado y el que, yendo solo, más me preocupaba y llenaba de incertidumbre.

Le pedí si me dejaba hacerle una foto, para que quedara constancia en mi blog de encuentro con hombre tan singular, pues parecía un cromo del perfecto lobo solitario alejado del mundanal ruido, último sobreviviente de una comunidad, que a posteriori he descubierto que se dio en llamar  Auzolan (o auzalan), término del euskera que significa "trabajo vecinal" o "trabajo compartido". Se define como la colaboración voluntaria y comunal de los vecinos de un pueblo o barrio para realizar tareas en beneficio común o ayudar a una familia específica. El asceta, cuyo nombre he olvidado, rehusó con gesto amable mi propuesta de retrato, cosa que tuve que asumir sin mayor problema porque entraba dentro de lo previsible. 
Ya desde casa, sentí curiosidad por lo que me había referido nuestro amigo y me llevé una sorpresa soberana al constatar que, en efecto, en 2012 estuvieron asentados de forma permanente en este lugar, diez adultos y 3 niños. He podido ver vídeos y su evolución cronológica a través de un blog , y por entonces palpitaba, gozaba de pura vida y bullicio, reflejándose en las caras de todas aquellas personas que pululaban por allí, las ganas de que el proyecto fructificara y se consolidara. Pero me entristece comprobar que la mayoría de estas iniciativas, acaban siempre de la misma forma, esto es, comienzan con mucha ilusión y empuje, quedándose todo al cabo de un tiempo, en una quimera. 
Si para algo me sirve mantener este blog —dada mi curiosidad por casi todo—, es para descubrir cosas interesantes y, sobre todo, autores cuyo trabajo está dejando un legado importante que, estoy seguro, se estudiará en las escuelas del futuro.

Por lo demás, esta aventura bloguera por la Sierra de Huebras pasará a la historia de mi experiencia personal por haberme descubierto a Félix Rodrigo Mora. Ya he visto algunos de sus vídeos y otros que escucharé durante mis próximas caminatas, y a buen seguro, leeré también alguno de sus libros. Lo que más me atrae de él, a priori, es que no se casa con ninguna ideología, incluida la de izquierdas. Eso ya resulta de por sí, suficiente reclamo como para sumergirse en su obra porque, encontrar autores intelectualmente honestos y desprendidos de sesgo político, hoy por hoy constituye una rareza. La ponencia que ofreció en el verano de 2013 aquí mismo, en las Cuevas del Engarbo, me pareció magistral. Me ha cautivado. Denota claramente que estamos ante una mente preclara a la que, por ser un librepensador, no se le dispensa la divulgación que debiera. Bien es cierto que en principio se dejó camelar por el movimiento 15-M y por ello pecó algo de ingenuo, un rasgo muy común en las personas de buen corazón entre las que me incluyo. Pero diremos en su descargo que no había transcurrido todavía un año cuando ya advertía a quienes lo quisieran escuchar de la deriva que estaba tomando la supuesta "revolución", una admonición en la que el tiempo terminaría dándole la razón. En fin, un hombre probo, de los insobornables, sin duda uno de los pocos que ya van quedando.
 
De hecho, un comentario muy oportuno a esta disertación publicada en YouTube, desvela por qué estas comunidades rara vez prosperan o se consolidan a largo plazo. Es precisamente por este motivo que la experiencia de Sanjoy, logrando mantenerse a flote durante más de una década, constituye todo un hito extraordinario.

"Soy de los que piensan que sin un proceso de transformación y crecimiento personal, previo a una experiencia colectiva, es muy difícil llevar a cabo un proyecto social. Ni rural siquiera. Pues pronto salen a relucir las deficiencias y aspectos negativos de la personalidad. Necesitamos de un proceso alquímico transformador de nuestro interior. No creo en utopías rurales, creo en cambios reales interiores. Cuando uno cambia es posible encontrar otras personas similares con quienes poner en común"
 En fin, después de esta digresión en mi relato, que he considerado oportuna por lo que a nivel personal me aporta, continúo.
Me despedí del último habitante de las cuevas del Engarbo, que todavía me acompañó durante un buen trecho hasta llegar al río, para indicarme por donde debía tomar. Pensé en bajar hasta el pie de las casas para sacar unas fotos, pero cambié de idea enseguida. No quería invadir su intimidad y ante su presencia, la casa donde él moraba y, además, a esas horas de la tarde el Lorenzo ya estaba fustigando de lo lindo y había que ponerse a cubierto.
A la derecha del sendero por el que desciendo hacia el río, se encuentran las Cuevas del Engarbo, acotadas mediante una aparatosa empalizada creo que metálica. He leído un hecho curioso y es que Las Cuevas del Engarbo (Engarbo I y II) son famosísimas porque albergan un tesoro de pinturas rupestres del Arte Levantino (Patrimonio de la Humanidad). Pero lo fascinante es que el ser humano nunca dejó de usarlas.
Hasta bien entrado el siglo XX, esas oquedades se aprovecharon para construir casas-cortijo, cerrando la boca de la cueva con muros de piedra y yeso. De hecho, cuando los arqueólogos descubrieron y limpiaron las pinturas rupestres en los años 90, ¡tuvieron que retirar capas de cal de las paredes! Las familias de pastores de Santiago de la Espada habían estado viviendo literalmente encima de pinturas prehistóricas de toros y arqueros, encalando la roca para desinfectar y limpiar su "hogar". Las ruinas de estas casas pertenecen a ese antiguo abandono rural tradicional que tuvo lugar, como hemos constatado cientos de veces en este blog, entre los años 60 y 70.
Nuestro amigo vive en la casa mejor conservada de las que se observan allá abajo.
El entorno es casi tan espectacular como el que días después al de esta excursión, descubrimos en las Casas de la Quinterías, en Pedro Andrés, de las que ya daremos oportuna reseña fotográfica cuando les llegue el momento.
He cruzado el río y estoy a punto de introducirme de lleno en la rambla.
FINAL SEGUNDO CAPÍTULO

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