En este rincón del camino estoy perdiendo un tiempo precioso. Previendo que me costaría localizarla, me he traído los prismáticos, pero por más que escruto las paredes... ni rastro; no se me revela. La situación me frustra y, a la vez, dispara mi ansia por descubrirla hasta el paroxismo. Ya se sabe lo mucho que nos excita aquello que se nos resiste.
Siempre la tuve cerca, pero no acerté a elevar la mirada en el momento oportuno, pues cuando lo hacía, algo me la ocultaba.
Y aquella oquedad que divisaba a lo lejos, resultaba evidente que no se trataba de "nuestra ventana".
¡Qué maravilla! Si la ventana tiene que estar a nuestra espalda, pero por más que escudriño, no la localizo.
Al alzar la vista, me he topado con esta bellísima prominencia: una descomunal mole pétrea coronada por un colmillo de piedra caliza que apunta directamente al cielo. Luce una enorme cicatriz anaranjada en su corazón calcáreo, custodiada abajo por una muralla de roca infranqueable y un espeso bosque que parece querer conquistarla.
La mole me parece de una belleza sublime.
Pero La Ventana del Tiempo sigue sin aparecer y se ríe de mí.
Con lo inexpugnable que se muestra desde aquí y lo sencillo que resulta coronarla desde el Camino Rural de la Fuente de la Carrasca.
Me veo obligado a abandonar la zona, completamente frustrado por no haber dado con la Ventana del Tiempo. Sin embargo, no estoy dispuesto a renunciar al resto del recorrido; seguro que me reserva hermosas panorámicas y más de una curiosidad a la que echarle el guante, porque el camino me sigue sorprendiendo.
Al otro lado de esta vistosa prominencia (que alcanza los 1413 m de altitud) se encuentran los abrigos de pinturas rupestres Fuentes de Montañoz I y II, accesibles fácilmente desde el camino de la Fuente de la Carrasca.
Rebasado el feo cortijo de la Rosa, he marchado a pistón, cámara en bandolera, hasta que he alcanzado el cortijo del Royo del Altuñio.
Ahora vengo preparado mentalmente; sé que me toca superar un desnivel de 300 metros por una pista muy empinada, teniendo a mi izquierda los cerros del Comisario y de Pincorto, de 1693 m.
Cerquita de aquí, siguiendo el curso del barranco de Reolid hacia donde ahora enfoco, se encuentra la aldea de Cañadas. Su track, por cierto, ya aguarda en cartera.
¡Qué panorámicas más sugestivas y hechizantes se abren ante nosotros desde la pista que ahora afrontamos!
Cerro de Pincorto.
Allá al frente se encuentra el fastuoso mirador del Puntal de la Vieja, al que se llega fácilmente dejando el coche en una pequeña explanada junto a la carretera de la Fuente de la Carrasca. Tras un breve paseo sin apenas subidas, se alcanza esta amplia atalaya, que cuenta incluso con bancos para sentarse a contemplar el vasto paisaje.
Si bello resulta admirar el paisaje desde aquí, desde allá arriba me parece sublime.
¡Cómo visten de belleza el paisaje esos chopos...!
Entretanto, sigo ascendiendo.
Descollando sobre el horizonte la Sierra de las Cabras.
Tras coronar por encima de los 1600 metros de altitud, ahora enfilo cuesta abajo hacia otro punto emblemático del recorrido: la Cueva del Cucurucho, que ya tenemos a tiro de piedra.
Ya la divisamos.
Me planteo alcanzarla, pero el calor aprieta y la fatiga ya se deja notar. A no ser que advierta mucha profundidad, creo que con la fuerza del zoom será suficiente para capturarla y traerla a este blog. Al fin y al cabo, desde aquí ya se aprecia esa silueta cónica que le da nombre. Es mejor dejar tranquila a esta vieja oquedad, que en el pasado seguramente sirvió de refugio a los pastores y ovejas durante las tormentas y conformarme con la comodidad eficaz que nos proporciona la electrónica.





























































































































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