Nos recreamos durante un buen rato con el paisaje circundante.
Como de esta ruta no hay disponible track, tengo que decidir por donde iniciar el descenso, si por la solana o la umbría.
Decido por la umbría porque el sol ya está pegando de lo lindo y pese a estar todavía en mayo, hacen temperaturas propias de finales de junio.
Mientras voy bajando, la cámara se me dispara sola...
La idea es, una vez recorrido el Cerro Gordo y si no me tropiezo con algún resto arqueológico, en la zona de Macián que me llame la atención, volver al inicio de aquel track por la sierra de la Zarza que Pedro y yo soslayamos, que atraviesa un bosque de antiquísimas carrascas; intentar dar con algunas de las protegidas chaparras centenarias, que sabemos existen por allí y fotografiarlas.
Entre tanto, la Zarza aún me ofrece estas instantáneas que capturo con bucólico deleite.
En efecto, localizar los árboles singulares que han sido respetados aún en medio de los campos de cereal, resulta sumamente sencillo, dada su gran envergadura y porte. Disfruto con los cinco sentidos, y alguno más, dejándome colmar, de las vivificantes emanaciones sensoriales como me despierta tan rutilante verdor. Estos paisajes y por ende, las endorfinas que generan, me producen sensaciones de placer, bienestar y euforia.
Aquello, ¿quesloqueés, una rata de campo...?
FINAL CUARTA PARTE
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