A la vuelta, me entran las prisas, porque a estas horas, el lorenzo ya va
atizando de lo lindo en el espinazo y además, tendré que darle una lavadita
al coche, por la cuenta que me trae y el almuerzo, que me gusta hacerlo en familia. Y una hora de regreso, no me la quita nadie, total que, ¡arreando que es gerundio...!
Volvemos a pasar por el curso de la Rambla de Prado Piñero, que coincide
con un tramo del camino de Aníbal.
La Chamorra.
La cara que da a levante, de la Sierra de Pajares.
Por aquí había dejado estacionado el coche. Y de nuevo, sesión de barro a
cascoporro, para cruzar esos charcos que parecen lagunas y una vez superados
sin novedad, menos mal, pongo la proa del Dacia, en velocidad de crucero,
hacia Calasparra y Cehegín.
Al día siguiente, que era sábado, madrugo un poquito más, y pasado Salmerón
y el puente sobre el río Segura, tomo otra vez dirección Maeso, pero sigo
hacia adelante hasta salir a la carretera AB-403, la que viene de Las Minas
con dirección Agramón. Una vez sobrepasada la inconclusa urbanización
Las Higuericas (aquel desastre de especulación urbanística, que
quedó a medio hacer, y que hace dos años, nos dimos un garbeo por la fantasmal urbanización, en moto), sobre el kilómetro 11, me salgo de la mencionada
carretera, para coger a mi izquierda, otro de los tramos, que supuestamente
utilizaron Aníbal y su tropa para atravesar de Oeste a Este, la Sierra de
los Donceles, procedentes de Carthago. En la imagen inferior, sobre la
cartografía, el perfil en amarillo de mi recorrido y la ubicación de Agramón
y otros enclaves respecto de este.
Frente al Alto de Terches, 702m, dejo estacionado el coche, a la sombra de
unos pinos. Mientras voy escuchando la excepcional entrevista que Jordi,
alias Wild Project, le hace a Juan Manuel Zunzunegui, sobre las establecidas
mentiras (leyenda negra) acerca de la conquista de América por los
españoles, enfilo por el Camino de Aníbal, hacia el engarce con el track que
llevo en el gps.
La excelente pista, que pica hacia arriba, me servirá para ir calentando mi
motor Perkins, antes de comenzar a lidiar con las empinadas rampas que tengo
por delante, hasta alcanzar el vértice geodésico de Los Donceles. Este
espolón de la sierra, que se observa en la fotografía inferior, que el track
contempla atravesar por su flanco Sur, yo lo obvio porque decido que no
aporta gran cosa al atractivo global del recorrido, y me lo puedo ahorrar.
Prominencias de la fracción más hacia el Este de la Sierra de los Donceles,
que como se observa en el mapa, parece dividirse en dos partes bien
diferenciadas, atravesadas estas por el Camino de Aníbal. Desde mi actual
posición, la oriental y más alargada, llega hasta la urbanización Las
Higuericas, el río Mundo y el embalse de Camarillas. La parte occidental que
me dispongo a recorrer ahora, abarca el punto más elevado de la sierra y de
Este a Oeste, que fenece en la Hoya del Conejo, donde al parecer, existe un
refugio. Desde esta hoya surge otra alargada y notable elevación (745m), que
la cartografía denomina El Batán, que ignoro si estará comprendida dentro de
la Sierra de los Donceles.
Como antes decía, dejo este montículo a mi izquierda y abordo un camino
hacia la cumbre de los Donceles, que al poco se extingue.
Mientras voy ascendiendo por el mencionado camino que está tocando a su fin,
no pierdo detalle de las suaves prominencias y abruptas lomas que a tiro de
pupila, se me ofrecen en derredor.
Pero mi principal objetivo se encuentra tras de aquellos cerros gemelos. No
caigas en el error de pensar que una de aquellas es la cima.
El camino muere, y ahora toca seguir avanzando en subida, monte a través,
pues senda o trocha que tenía la esperanza existieran, brillan por su
ausencia. Hay que ir avanzando a salto de mata.
No queda otra.
Y ¡ojo!, que estos picos de la otra parte de los Donceles, en cuanto a
altura se refiere, no le andan muy a la zaga del que hoy pretendemos conquistar.
Aquel mismo que estamos enfocando, se encuentra a 791msnm. Habrá también que hollarlo, en cuanto se nos presente la ocasión.
Hasta aquí llega el camino.
Mientras voy cobrando altura, se me va ensanchando el horizonte. A
cada lado, se presentan escarpados precipicios, que no serán plato de buen
gusto para aquellas personas que adolezcan de un marcado vértigo a las
alturas. Una veces sigo al dedillo el track, pero otras, encuentro pasajes
alternativos con que lenificar la ascensión. Como no parece existir sendero y
por ende, rastro de un tránsito frecuente de senderistas, procuro guiarme
del instinto montañero, porque seguir el track, no siempre me convence
como el mejor camino a tomar. Desde mi modesta opinión, este tiene que considerarse orientativo, que ya es más que suficiente.
La estética de la sierra de Pajares, en circunscripción moratallera, me
parece bella y salvaje. Por eso tiro de zoom y le disparo en
cuanto se me pone a güevo, que es en todo momento.
La población que se atisba a lo lejos, mirando hacia el Sur, al otro lado de su flanco más
occidental, es Calasparra, y algo más difuminada y lejana, Cehegín y sus
montes aledaños, esto es, Burete, Sierra de Quípar, As de Copas, Campanario,
Sierra de las Cabras, Pedro Ponce, Cuerda de La Selva, etc.
Sierra Espuña, del Molino, del Puerto, Cabeza del Asno, etc.
Pero volvamos a lo que tenemos más inmediato.
Sierra de Cabeza Llana.
He aquí un cerro bastante coqueto que nos pilla a mano derecha según ascendemos.
Solo algunos pinos de su umbría, lograron salvarse del incendio. ¡Qué
infernal tuvo que ser aquello!
Una breve parada que hice por aquí.
Por estos pagos, hay pocas sombras, por no decir, ninguna, y ya de agua, ni hablamos, la que traigas tú, lo que incrementa la sensación de desamparo, el verdadero paisaje lunar que nos rodea. En el estío, con esos calores tórridos que deben fustigar estas latitudes, ni se te ocurra hacer esta ruta, porque en este trasunto de Marte, no pueden medrar ni las lagartijas y corres el riesgo de quedarte deshidratado igual que un pescaíto frito. Advertido quedas.
Ya nos queda poco para alcanzar lo más alto de aquel cerro. Un esfuerzo más, y llegamos a la cumbre.
El paisaje, es de lo más exuberante; por el pijo, pero tiene su aquel.
Pero acude al rescate la Sierra de Pajares, que nos da mucho juego.
Casas y Corrales de Prado Piñero.
Sierra Seca, surgiendo por la izquierda, que tiene el nombre y los hechos, que diría aquel.
Ahora se me presentan, a cada lado, escabrosos e intimidantes precipicios. Me digo a mí mismo que quedan prohibidos los despistes y traspiés. Sigo avanzando por la angosta y accidentada dorsal en dirección al cilindro, del que espero obtener una visual, de un momento a otro. La espesura del recio matorral me avasalla. Los espinos camuflados y las matarrubias que como los gatos, sacan sus uñas, zahieren mis pantorrillas al menor descuido. De vez en cuando, observo algún vestigio en forma de tronco calcinado, del terrible incendio que en 2012, asoló este territorio.


Lo que dice y cómo lo cuenta Juan Manuel Zunzunegui, me resulta apasionante. La cuerda parece complicarse un poquito. Respiro hondo y aunque los pensamientos negativos, amenazan con enseñorearse de mi mente, al modo de: esta ruta no es para haberla hecho solo; eres un inconsciente, un irresponsable; tenías que haber venido acompañado, y admoniciones del estilo hechas por mi subconsciente; lo mando a hacer pijos y me concentro de nuevo en la gesta increíble de Hernán Cortés. Reduzco el zoom del gps y procuro seguir exactamente por donde este indica. Pero observo que a veces, es mejor hacerlo por otro sitio. Si viviera más cerca de Los Donceles, me plantearía trazar un recorrido más fluido y seguro, camino del vértice. Pero hoy no hay tiempo para eso. Tengo claro, que si lo veo jodío, no me tengo que arriesgar a dar un mal paso y...
Ahora echo por aquí, y si tengo que descender al modo, arrastraculo, lo hago. Me busco mis mañas. Pondero los pasos críticos al máximo, mientras estudio el mejor itinerario a seguir para superarlos. No hay prisa. Aquí en lo alto, sopla una ligera brisa, nada incómoda. Inspiro profundo y el placentero efluvio del tomillo, inunda mis fosas nasales. Ora foto aquí, ora consulta del gps allá, sonrisa de satisfacción emocionada por lo que va relatando Zunzunegui; meada aquí, trago de agua allá...escudriñar el horizonte; consultar a la pantalla por si esta foto puede valer o ha salido sobreexpuesta. En fin, lo que se dice sobre que solo las mujeres son capaces de hacer varias cosas a la vez..., es pura leyenda urbana😆.
Después de haber descendido por aquella grieta central y haber llegado a este otro cerro, antecima por así decir, he estado a punto de treparlo por si existía alternativa al paso que indica el track (me quedo con la duda), pero he seguido este y de pronto miro hacia abajo, a mi izquierda y me veo expuesto hacia el cortado, ¡huy qué repelússs! He preferido no recrearme en la suerte y pasar al otro lado del roquedo, cuanto antes, sin volver a mirar hacia abajo ni atrás, que ojos que no ven...; cuando me he visto a salvo y fuera de peligro, he notado algo de temblor en las piernas. He pasado un poco de canguelo, la verdad. Si volviera por aquí, intentaría la opción de la sencilla trepada del cerro, a la empleada por el track de salvarlo por su lateral izquierdo. Pero bueno, tampoco esta la veo demasiado arriesgada, que mucho peor lo pasaron Cortés y su hueste en la Noche Triste.
Ahora ya sí, obtengo la visual del mojón geodésico y sonrío de oreja a oreja. ¡Conseguido!
Este tramo, dejado atrás, es el más complicado de toda la ruta. Pero si con una trepada de varios metros, nada expuesta, se puede acceder a lo alto de este cerro, la seguridad de la ruta, aún con alguna que otra complicación puntual, está lograda. Y lo bueno que tiene este recorrido, es que, para los más audaces y acostumbrados a la adrenalina, no les faltarán ocasiones orográficas con que dispararla. Vamos, una montaña de nivel de dificultad, para todos los gustos.
Ahora ya sí, desde mi posición, alcanzar el cilindro del vértice geodésico, no parece ofrecer ningún obstáculo o contrariedad.
Las dificultades dejadas atrás.
Bonita montaña, sí señor, con su grado de dificultad para hacerla incluso más atractiva y estimulante.
No traje consigo mis prismáticos, y los eché de menos, porque desde esta prominencia, se puede otear en los cuatro puntos cardinales, a muchos kilómetros en derredor.
FINAL SEGUNDO CAPÍTULO
















































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