31 mayo 2022

HACIA LA TORRECILLA, MÁLAGA II

Seguimos avanzando por entre este precioso recorrido donde si vamos atentos observando el entorno, los interesantes detalles, tanto botánicos como geológicos, se suceden por doquier. 
Este tramo lo disfruté a pajera.
De vez en cuando, tropezarse con el estrago arbóreo parecía inevitable, dadas las abrasadoras condiciones climatológicas que durante el verano, reinan en estas latitudes.
Majestuosos quejigos de troncos demacrados por la edad.
La dolina más bonita de cuantas atravesamos
Tras de aquella formación rocosa deben ubicarse algunas de las simas que ya hemos referido en el capítulo anterior.
Luque, indicándome alguna cosa, situado al lado de un enorme mojón.
Ahí lo tenemos, al pico Torrecilla, como quien dice, a tiro de piedra, adonde nos dirigimos para rendirlo a nuestros pies.
Alternándose quejigos con algunos pinsapos
Pues resulta que en el año 1838 anduvo por España, concretamente por las sierras de Málaga, un botánico suizo llamado Edmond Boissier (1810-1885). Este buen hombre, al tropezarse por vez primera con unos abetos similares a los de las frías montañas de los Alpes (los típicos árboles de Navidad con forma triangular), pero perfectamente adaptados a las tierras castigadas por el sol de Andalucía, se llevó las manos a la cabeza y como si de un franchute se tratara, exclamó, ¡oh la lá, pero qué ven mis ojos…! Este científico, coleccionista, explorador al que se le atribuye la descripción de alrededor de seis mil especies botánicas nuevas, constató que estas coníferas mediterráneas eran algo único y excepcional y tal vez inspirado por el apelativo que utilizaban los lugareños al nombrarlas, las bautizó con el nombre científico de Abies pinsapo (antiguamente se les llamaba Gachapones).

La verdad es que en el siglo XIX, la expedición por sierras andaluzas del polifacético suizo tuvo que constituir toda una odisea no exenta de peligros, dado el bandolerismo imperante, en la serranía de Ronda por aquellos entonces. Cargado con su papel de herbario para prensar y secar los especímenes que iba recogiendo, el explorador suizo relata en su emblemática obra “Viaje botánico por el sur de España”, la extrañeza y perplejidad que causaba a los lugareños, que apenas un jovenzuelo de 28 años, recorriera aquellas escarpadas montañas, a lomos de una mula, para recolectar plantas. “Nadie creía mis explicaciones sobre el objetivo de mis investigaciones. Le intrigaba a estas buenas y sencillas gentes sobre todo mi barómetro, que al observarlo, sacudían la cabeza con aire escéptico. Coger pinchos, medir sierras y por capricho, eso no puede ser…, decían”. Así relata el científico sus experiencias por estos solitarios contornos. En el Conservatorio y Jardín Botánico de la ciudad suiza de Ginebra, dentro de unos grandes armarios metálicos del sótano, se guardan las muestras originales (fragmentos de ramas y piñas), junto a unas anotaciones de su puño y letra que sitúan el hallazgo en la sierra de las Nieves, en Málaga, con las que quedó registrada para la ciencia en el siglo XIX, una de las mayores singularidades de los árboles ibéricos, el pinsapo, árbol de la familia de los abetos, auténtico bastión, joya de la Corona de este recién estrenado parque nacional, por demás, especie superviviente de la época de las glaciaciones, de ahí que padezca sobremanera los tórridos veranos malagueños. No obstante, hubo una época en que la nieve cubría casi todo el año estas montañas. Entonces, el pinsapo crecía a sus anchas. Por encima de los mil metros, mirando al norte y en umbría. Su ubicación predilecta. Hoy día se conforma con la altura y con unas temperaturas que suelen ser más benevolentes que en la costa. Estas son las difíciles condiciones climáticas a las que ha tenido que someterse un abeto, que se encuentra desubicado en un clima mediterráneo como el de Málaga. Con inviernos suaves, sin gran abundancia de lluvias y veranos incandescentes.
He leído varios artículos sobre el paraíso botánico que constituye la sierra de las Nieves, pero esta serranía no solo atesora pinsapos. Parte de su gran diversidad vegetal se debe a la situación geográfica y clima de esta zona de Andalucía. Uno de los factores más determinantes es el brusco desnivel de este parque de media montaña, que en poco espacio pasa de los 200 metros no lejos del mar hasta los 1.919 del pico Torrecilla, una diferencia de más de 1.700 metros. En apenas kilómetro y medio, en línea recta, se pasa del palmito a la vegetación de alta montaña, por tanto, los contrastes son trepidantes. Otra de las razones de haber sido designado parque nacional, pinsapos aparte, son las formaciones geológicas de peridotitas (serpentinas), roca magmática muy rara en la que también cambia la vegetación que crece encima. El resultado es una increíble amalgama botánica, en la que se mezclan bosques de pinsapos, alcornoques, quejigos, encinas, sabinas, pinos y enebros. 
Así pues, parece que no hay duda de la importancia del ginebrino para con la botánica andaluza, pero se reivindican también los papeles de otras figuras. Es el caso de dos farmacéuticos de Málaga, Félix Haenseler (1766-1841) y Pablo Prolongo (1806-1885), que acompañaron al suizo y le ayudaron en su búsqueda de los pinsapos por la sierra de las Nieves. Pero también del botánico valenciano, Simón de Rojas Clemente (1777-1827), que describió el pinsapo dos décadas antes que aquel, aunque no de la forma correcta para la ciencia, ya que hace una descripción somera del abeto, en la que dice que es el árbol más común de entre todos ellos, que sólo sirve para tablas, vigas de casa y para leña, al tiempo que explica que el guarda sólo custodia el quejigo, el alcornoque y la encima. Con este texto, deja claro que en 1809 no se protegía ni suscitaba el interés debido ya que se ignoraba su verdadera importancia botánica. (Para obtener esta información, me he leído varios artículos, entre otros, los de esta web y esta otra).
Por esta zona nos tropezamos con más de un fiambre de quejigo. Llegados a cierta edad y volumen, y dado su tronco hueco, no parece que presenten gran resistencia a los vientos.
Subimos y bajamos por un pequeño puerto y enseguida damos vista a el Pilar de Tolox y la mole del Torrecilla. Llegaremos al Pilar y trataremos de restablecer las fuerzas a base de un piscolabis de frutos secos, porque la atacada final hacia la cima viene a ser, en cuanto a exigencia física se refiere, algo menos de un As de Copas, aunque en algún que otro tramo, hay que apretarse bien los machos. Suponen algo así como unos 260 metros de desnivel y hemos de gestionarlo sin prisa pero sin pausa, pasicos cortos, sin mirar parriba, y bajo el fuego abrasador de las dos de la tarde. En media hora, miaja más o menos, coronamos.
Llegando al Pilar de Tolox donde descansaremos y recuperaremos fuerzas.
Allá arriba hay que subir, pero dejaremos la visualización del propósito perseguido y conseguido para el capítulo siguiente.
FINAL SEGUNDO CAPÍTULO

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