Llega un momento en que la acumulación de esfuerzos comienza a hacer mella en las piernas. Has tenido que ir avanzando paso a paso, metro a metro por entre el bonito pero accidentado paisaje, y este ya no te parece tan magnífico como antes. Anhelas descubrir en cada meandro del camino los primeros vestigios de la presa. Algo parecido a lo que sucede a los kilómetros finales de una ruta con nieve, que cuando comienzan a pesarte las piernas, ni esta te parece ya tan blanca ni el paisaje tan espléndido. ¡Qué mierda de nieve, qué resplandor más cegador y monótono, te vas diciendo a ti mismo!
Resulta obvio, que cuando uno va cascado, las posibilidades de sufrir un tropiezo aumentan. El montañero avezado ha de tener esta cuestión, siempre en cuenta, y pese a la fatiga, esmerarse en no cometer errores.
Qué decir de la Viky. Parecía estar disfrutando como una puerca en el barro. A ella no le importaba mojarse y mucho menos meter sus patas en el fango. ¡Quien fuera perro!
Pero a mí ya comenzaba a resultarme tediosa la penosa tarea de seguir estudiando a ver por cual flanco, poder cruzar al otro lado.
Bueno, paciencia y seguimos palante. A todo esto, el tiempo programado en hacer la ruta, se nos ha ido de las manos y sin cobertura para avisar de que llegaremos tarde.
¡Vaya aburrimiento de paisaje. Qué tedio. Si lo se no vengo. Con el hambre que tengo...!
Aguas fecales, espumas contaminantes...ahhhhh, quiero salir de aquíiiiiiiiiii de una vez ahhhhhh!!!!!!!
¡Uf, por fin, parece que llego a una senda compacta, en la que no me hundo en el barro...!
Comienzo a alegrarme porque intuyo que la presa está muy próxima.
Llevo más de cuatro kilómetros ganados paso a paso a las aguas frías, rocas resbaladizas y barro.
Llevo más de cuatro kilómetros ganados paso a paso a las aguas frías, rocas resbaladizas y barro.
El paisaje comienza de nuevo a parecerme resultón.
¡Umm!, apostaría un kilo de gambas del puñao, que la presa se encuentra a la vuelta de ese recodo.
Esto ya tiene otra pinta...!
Paisaje apoteósico, grandioso porque por fin, llegamos a la presa.
¡Ya era hora!
¡Cáspita, qué ruta senderista más guapa! ¡Qué de ricos y variados alicientes atesoran estos veinte kilómetros de pateo por la sierra del Pericay. Para repetir. Vaya que sí!
Por si fuera poco, ahora toca subir tropecientos escalones hasta llegar al pie de la carretera. ¡No siento las piennasss!
Tras franquear la barandilla que se puede observar arriba, llegamos por fin a ese camino salvador que ha de aliviar nuestras afligidas piernas.
Nos queda todavía, buscando cerrar el círculo, un alpargatazo en toda regla, para alcanzar el cortijo de las Talas, y ello, bajo un sol inclemente. Pero después de lo vivido, ya nada nos arruga y paso a paso, nos vamos acercando al referido punto de inicio.
Pero todavía, algunas bonitas vistas nos salen al paso.
Tras rebasarlo, también dejamos atrás este túnel.
Y lo que queda del pantano de Valdeinfierno.
Y no mucho tiempo después, cerrando los veintidós kilómetros de recorrido de que se compone esta impresionante ruta, llegamos al cortijo de las Talas, atenazados de un hambre canina. Y con esto y una sartená de migas...
¡HASTA LA PRÓXIMA AMIG@S!
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