viernes, 17 de febrero de 2017

EL CERRO DEL CASTELLAR II (LA INCREÍBLE HISTORIA DE JOSELITO)

Preciso es decir, que cuando por segunda vez, acompañado de los amigos de Lorca, me acerqué por estos lares para hacer la ruta de Wikiloc que ya ha quedado reseñada en la primera parte de esta entrada, la hice al contrario del sentido que proponía el referido recorrido, con la sana intención de hacerla algo más exigente, ya que de lo contrario, los Chikismondis, con lo animosos y fuertes que andan, seguro estoy que se hubieran aburrido un poquito. 
Esta fotografía está tomada desde la cresta del Castellar.
Paisaje que desde el Castellar se otea hacia la sierra de Villafuerte
Hacia el Campillo de Arriba, Arroyo Tercero y Los Chaparrales
Cantera a pleno rendimiento sobre Arroyo Tercero y que desdibuja un poquito la belleza radiante del paisaje circundante
Campillo de Arriba que por inducción semántica del topónimo Calarillo del hambre que existe próximo, en tiempos de la posguerra civil, trocó en denominarse por los lugareños "Campillo del hambre".  (así me lo decía un abuelo de El Sabinar, cuando después de la guerra, solo tenían para comer, pan de trigo y poco más)
Bonita panorámica desde una de las puntas de la cresta del Cerro del Castellar (1374m), dominando el cortijo del Castellar, Las Molaticas, el cortijo del Campillo de Arriba, rambla de la Rogativa, los montes de Nerpio, Turrilla, etc.
Viky admirando y dominando el paisaje hacia Arroyo Tercero
El Calar de la Santa
El Sabinar
La silueta del reportero gráfico que domina el horizonte
La aldea de Arroyo Tercero
 Aunque parezca increíble, en un lugar tan tranquilo y pacífico como este pueden ocurrir también, hechos luctuosos. 
 ABC. DOMINGO 11 DE OCTUBRE DE 1964. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. 104. 
MATA A TIROS A SU MOVÍA Y SE SUICIDA EN MORATALLA 
José Martínez Nova, de veinte años, que vivía en el cortijo de Turrilla, término municipal de Nerpio (Albacete) después dé dar muerte a su novia de dos disparos, porque se negaba a marcharse con él, puso fin a su vida con la misma escopeta que utilizó para el crimen, atando el cinturón al gatillo y disparando con el pie, cuando tenía el cañón apoyado en el vientre. La novia, Inocencia Segura Martínez, de veinte años, residente en el cortijo Arroyo Tercero, a cuatro kilómetros del pueblo de Sabinar, término municipal de Caravaca de la Cruz, donde se presentó José Martínez, estaba dedicada a recolectar pimentón en unión de su madre, cuando fue intimidada por el novio, que pretendía se marchara con él. La madre intentó arrebatarle la escopeta y se hirió en la mano derecha, momento que aprovechó Inocencia para escapar. El agresor la hizo dos disparos sin alcanzarla, pero después, a unos cuatro metros y por la espalda, disparó un tercero, que le alcanzó en el vientre. Una vez en el suelo le hizo otro disparo con entrada por el hombro, que le causó la muerte. Los vecinos acudieron alarmados, y José Martínez huyó al monte donde se dio muerte. 
Una violencia de género en toda regla, que diríamos hoy.
El Campillo y la sierra de Villafuerte, de donde procede el agua embotellada de Cantalar
El recorrido por la cresta del Castellar es para disfrutarlo...cómo?, a rabiarrrrrrrrr!!!!!!!!!!!
Cortijo de la Umbría
Pedro en el extremo más al noroeste de la cresta del Castellar
El apuesto montañero lorquino, Chiki
Buenos miradores y atalayas a lo largo y ancho de toda la cumbre para disfrutar de buenas vistas y aún mejor postureo para fotos
Pedro oteando el vasto horizonte
Lo mismo que Viky que no pierde detalle
Viky es la serenidad, la templanza personificada en cánido
Por aquí dicen los estudiosos que también existen asentamientos prehistóricos
Otra vez el Campillo de Arriba y el cortijo del Castellar
Y estas son las ruinas del cortijo del Campillo de Arriba, lugar donde nace la historia que ahora me dispongo a contar
Una suave y apacible tarde de primavera, mientras recorría estos floridos y hermosos parajes junto a mi compañero Amando, en ese tono templado y grave de locutor de radio, que de propiedades tan apaciguantes le es característico, me iba narrando anécdotas, sucesos, episodios de la forma de vida de las gentes que hace treinta o cuarenta años moraban por aquí, y que conocía por habérselos a su vez, relatado su madre, que había nacido en Arroyo Tercero.
Recuerdo perfectamente que estábamos echándonos un trago de agua del caño de la fuente del Castellar, y mientras yo le comentaba, la de buenos y relajantes baños que se tenía uno que proporcionar, en la hermosa alberca que teníamos detrás, va y me contesta: a saber la de veces que Joselito el del Campillo, habría bebido y se habría bañado aquí. Y entonces me contó su historia.
Yo no quiero probar ni descubrir nada, ni siquiera he tratado de indagar, escarbar ni investigar sobre lo sucedido hace más de setenta años. Porque no tendría sentido y en mi, a priori, inocua y sana intención, hasta podría llegar a herir la sensibilidad y decoro de sus descendientes. Pero los hechos y detalles que de la vida de Joselito, me narraba mi amigo, son tan curiosos y singulares, que me inspiran el deseo de relatarlos aquí, contándolos como quien cuenta un cuento. Porque si pretendiera hacerlo con visos de historia documentada, acopio de testimonios vivos, documentos justificativos y otras pruebas incontestables, aún así, seguro estoy que quedaría en no pocas interioridades, incompleta y oscura, faltando a la verdad escrupulosa de lo sucedido. Así pues, aprovechando que a Mi Viky y Yo, lo leen cuatro amigos, y que por ello, el relato no tendrá trascendencia ni consecuencias impredecibles para nadie, voy a ver si con el auxilio del numen que inspira al cronista aficionado, trato de relatar y de paso entretener a quien me lea.
Tan dado como soy al prurito del pareado cuando no del ripio, más me gustaría que la historia se titulase Joselillo el del Campillo, pero no ha de ser así, puesto que nuestro protagonista es (porque todavía vive) Joselito y por ello, obligados estamos a mostrarnos fidedignos, al menos con el apelativo por el que era y es conocido.
Joselito vino al mundo sobre el año 1924 y aunque resulta imposible aseverar lo que dicen que sucedió, con tan solo unos meses de vida, mientras sus padres segaban, esto es, se ganaban la vida en los campos del Campillo, como no tenían con quien dejarle a su cuidado, lo dejaron a la sombra de una gran encina, mientras ellos en el tajo bregaban por ganarse el pan de cada día.
Pero en aquella jornada, por esos insondables e impredecibles azares del destino, tardaron más de la cuenta en regresar al hato, y el sol, o por mejor decir, la tierra, dando vueltas sobre sí misma en su inexorable giro, dejó desamparada y cara al sol a la indefensa criatura.
La insolación le produjo daños neuronales irreparables, ocasionándole el retraso mental que marcaría su vida para siempre.
Para mayor desgracia de la familia, años más tarde, mientras en la faena de cortar un chopo se hallaba el padre de Joselito, el recio árbol le cayó encima, con tan mala fortuna que lo dejó malherido, falleciendo a los pocos días a resultas de las heridas producidas por el aplastamiento.
Dejemos que el tiempo transcurra y ejerza su imponderable influjo e imaginemos las duras condiciones de vida de las gentes que sobre todo en las zonas rurales, se afanaban para llevar diariamente el sustento a sus casas.
Comprenderemos también que Dolores, la madre de Joselito, al quedarse viuda y con un niño disminuido, tuvo que trajinar el doble para sacar adelante a su hijo; casándose, andando el tiempo, en segundas nupcias con un hombre, con el que tuvo dos hijos más.
Imaginémonos el estallido entretanto de la guerra civil en el 36 y más tarde la dura posguerra que condenó a muchas familias al hambre más atroz y despiadada.
En aquellos fatídicos años en que la dieta de muchas familias se basaba en el mísero pan de trigo, Joselito, solo sabía que tenía hambre y que tenía que saciarla de alguna manera. Para ello se colaba en los cortijos y accediendo a las cámaras donde la gente colgaba o guardaba en orzas, los racionados embutidos conservados en aceite y salazón, producto de la pasada matanza, hurtaba lo que podía, siendo sorprendido muchas veces, con el consiguiente hatajo palos y collejas de que era objeto con frecuencia, amén de las quejas a su padrastro de las que este se lamentaba con no poco hartazgo.
Cuentan, que en su boba inocencia, él mismo se delataba cuando al birlar algún embutido, (tajadas de lomo y chorizos en aceite) se lo escondía bajo la gorra, y los chorreones del aceitoso fiambre se le escurrían por la cara y orejas.
Hastiado de tantas palizas y reprimendas, un día se hartó y se marchó.
No avisó a nadie. Debía tener sobre los 16 años, apenas se le entendía la ininteligible jerga que hablaba y en su cortedad, mientras escribo este relato, infiero que cogió el camino de la Rogativa y llegando a Cañada de la Cruz, cruzó la carretera de Almaciles y por el camino de la Zarza se puso en Topares, y camino adelante llegó a un cortijo, ya en la provincia de Almería, entre Vélez Rubio y Vélez Blanco, en donde quiso la providencia, que una bondadosa familia lo acogiera.
Solo dios sabe los días que emplearía en hacer ese camino hacia ninguna parte y en qué cortijos se aprovisionaría con lo indispensable para sobrevivir.
Esta familia, que a la postre, lo amparó en su seno durante más de treinta y cinco años, dio cuenta a la guardia civil del hallazgo de aquel muchacho, al que ya le habían detectado, alguna anomalía en su capacidad de discernimiento. Los de la benemérita hicieron gestiones para hallar a sus padres, las que, tras ímprobos esfuerzos, resultaron estériles y como a esta compasiva familia, no parecía suponerles excesivo trastorno, el hacerse temporalmente cargo del chico, hasta que apareciesen sus progenitores, resolvieron acogerlo y andando el tiempo, lo llegaron a considerar como uno más de la familia.
Llegados a este punto del relato, cuentan una anécdota que pone el vello de punta y es que, al parecer, esta familia de Almería, tenía en su casa, a dos enormes y fieros perros mastines, provistos ambos de collares con púas antilobos, que ejerciendo labores de pastor y protección, no permitían que nadie se acercara al cortijo, a no ser sus moradores. Y nadie se explica, como al ver llegar durante la noche a Joselito, no produjeron el más mínimo gruñido. Fenómenos extraños de la naturaleza. Instinto de los animales que supieron reconocer el carácter, la condición singular de Joselito. Desde aquel día, aquellos bravíos animales fueron sus mejores amigos y compañeros, pues al parecer, durante todos esos años, estuvo realizando él mismo, labores de pastor.
Entretanto, me veo en la tesitura de referir el asunto más espinoso de mi narración. Estamos entre los años treinta y nueve y cuarenta del siglo pasado. Recién acabada la guerra civil. Duros años por tanto, en donde comenzaba a engrasar sus resortes represivos la dictadura. Joselito se halla en paradero desconocido y ha de denunciarse ante las autoridades su desaparición. La guardia civil sospecha que el padrastro lo ha asesinado, y tras interrogarle como se solía hacer entonces, a base de estacazos y tormentos varios para hacer que cantara, le hacen una y otra vez cavar aquí y allá al objeto de hacerle confesar por fin, donde tiene enterrado el supuesto cadáver de Joselito.
Estos interrogatorios se extienden en el tiempo y dicen, los que de oídas conocen el truculento e ignominioso suceso, que a resultas de una de esas martirizantes pesquisas, en pos de esclarecer la verdad, el hombre cae enfermo, de rabia, impotencia y pena, muriendo poco tiempo después. Un caso parecido al conocido Crimen de Cuenca, ocurrido dos décadas antes, me refería, entre cauteloso y prudente, en apenas un susurro, un hombre de El Sabinar.
Joselito desapareció del Campillo y su memoria se fue diluyendo con el transcurso del tiempo.
Durante todos esos años de ausencia, del hogar que lo vio nacer, sus hermanos de adopción, han hecho algunos intentos por encontrar a su legítima familia. En su indescifrable lengua, pronuncia a veces las palabras illo o álla, y columbrando que tal vez proceda de la provincia de Murcia, deducen que pueda ser de Moratalla y allí lo conducen, preguntando a gentes del pueblo si alguien lo conoce o sabe algo acerca de su desaparición hace muchos años. Poco podían saber ellos que estaban a tan solo media hora de su antigua casa en Arroyo Tercero.
En otra ocasión, estuvieron realmente calientes de dar con su familia, pues llegaron incluso a preguntar en la fábrica de embutidos de El Campo de San Juan. Pero tuvieron la mala suerte de preguntar a alguien que ni remotamente conocía la historia.
Joselito ya había pasado de los cincuenta e iba presentando ya, algunos achaques. Sus hermanos adoptivos no se dieron por vencidos y continuaron buscando a su familia.
Cuenta mi amigo, que aquellos loables hermanos de adopción almerienses, no cejaron en el empeño y un día, en el cruce de El Calar de la Santa, se tropezaron con un veterano forestal al que relataron la historia y preguntaron si conocía de alguna familia de la zona que hace treinta y tantos años, extraviara a un chico un poco retrasado. Al decano agente de medio ambiente se le iluminó la mirada y exclamó: sí hombre, por el que preguntan ustedes debe ser Joselito el del Campillo, que dicen que lo mató su padrastro, pero que jamás pudieron encontrar su cadáver…
La escena que sucedió a continuación, seguro que mis perspicaces lectores se la pueden imaginar, incluso mejor que yo.
Pidieron que los condujera hasta su casa, en Arroyo Tercero, donde aún vivía la madre, aquella que tanto había sufrido en esta vida, la que con nombre tan profético había sido bautizada por sus padres, así que, cerca de casi cuarenta años después, la Dolores y Joselito el del Campillo, al reconocerse el uno en el otro, se fundieron en tan largo y sentido abrazo, que dicen los testigos de aquel encuentro, que aún se emocionan y conmueven hondamente al recordarlo.
La separación de Joselito respecto de su familia adoptiva, se hizo de forma progresiva para que se fuera adaptando al reencuentro con su madre. Aún así, dicen que intentó a su modo, convencerla para que volvieran ambos a la que él consideraba su verdadera familia. Con la que nunca perdió el contacto, asistiendo desde entonces, a gran parte de las celebraciones familiares que tuvieron lugar en esta. La madre de Joselito murió hace muchos años, así como recientemente, uno de sus hermanos de sangre.
Pero Joselito el del Campillo, todavía vive, en Caravaca, con el otro hermano que le queda. Dicen los que le conocen que siempre está sonriendo y que a sus 94 años, aún transmite en su mirada inocente y abierta, la voluntad incontenible, que hace muchos años, le llevara a coger el camino de la Rogativa, escapando del hambre, de la incomprensión de sus vecinos, en pos de su libertad.
Otros cortijos de las inmediaciones
Los campos del Campillo
Almendros en flor en el Campillo
Campillo de Abajo
Y provechando que el río Argos pasa cerca del Campillo y más tarde por Caravaca y Cehegín, aquí dejo estas bellas instantáneas capturadas también no muy lejos de aquí
¡HASTA LA PRÓXIMA AMIG@S!
 

1 comentario:

  1. Bonita historia la de Joselito. Supongo que será esta la que, hace unos días, tú mismo me comentabas cuando te dije que hacía tiempo que no leía tus relatos. Acabo de leer unos cuantos y tu prosa me sigue recordando a la del Siglo de Oro español algunas veces, salvo por los tacos, jeje...
    Saludos

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