martes, 15 de enero de 2019

POR EL VALLE DEL ACENICHE III (BULLAS)

Al día siguiente, ya sin Viky pues hay que dosificarle los esfuerzos, abordé Garcisánchez por su extremo norte. Estaciono el coche junto a una casa muy apañada que tiene en la puerta un gallo campana. El perro guardián de la choza no para de ladrarme. Reza el dicho que si el grajo vuela bajo es que hace un frío del carajo y si se posa en un balcón, es que hace una rasca del copón. Aquella mañana se helaban las palabras y congelaba el aliento. Pisé con la puntera varios charcos para comprobar su grado de congelamiento y aquello parecía una superficie de cristal blindado. A uno de ellos le eché una meada de 37º y ni se inmutó. A pesar de los -4º que a las nueve de la mañana marcaba el coche, procuré no abrigarme demasiado pues sabía que nada más iniciar la caminata, la accidentada subida me haría sudar. Tuve suerte pues en Wikiloc encontré un track que ascendía el cerro por donde yo pretendía. Me sirvió de mucha ayuda aunque no siempre podía seguirlo justo por encima. Los primeros metros se hacen bastante penosos. No existe senda definida y hay que hacer muchos virajes buscando los espacios menos tupidos de pinos y sotobosque. Al alcanzar la cuerda cimera, me tropiezo, ¡oh qué alivio! con una senda bien perfilada y pateada que tengo la impresión, procede de la umbría, de la cara que da a la Parihuela y El Portugalés. A partir de aquí, el avance se hace mucho más cómodo.
Entre tanta espesura de vez en cuando se produce algún claro que aprovecho para fotografiar el paisaje.
Las solanas del Romero y las canteras de la sierra de La Puerta.
El pueblo de Bullas y el Almorchón ciezano.
Me encuentro un risco muy propicio para el postureo y con un mando a distancia, me hago algunos autorretratos.
Y en esas estaba cuando de pronto, estos bichejos antediluvianos me sorprenden por la solana. No han llegado todavía a la edad adulta y comprendo que solo pretenden juguesquear conmigo pero poco más y me provocan un infarto. Con esas moles, esas enormes quijadas, sus terroríficos rugidos..., no te puedes fiar, pues aunque sea jugueteando, te pueden sin querer, arrancar la cabeza. Así que les grito y enarbolo el bastón en plan "tío la vara", y en vez de asustarlos, acuden dos más.
Después de hacer un poco el paripé y fingir que me tienen muerto de miedo, les doy para dejarlos contentos, media toña a cada uno, que este año han salido muy buenas y sendas obleas de alfajor. Espero que si al final recuperan su verdadera naturaleza carnívora, se acuerden de quien les ofreció estas delicatessen y respeten y no le hinquen el diente a mi pelleja.
He llegado apenas a cien metros de distancia de donde ayer me di la vuelta. A mi izquierda, intento atisbar una orografía apropiada por la que poder bajar. En vez de empalmar y culminar el track de la víspera, me dejo llevar por eso que llaman intuición montañera y enfilo un barranco que surge a mis pies. De hecho parece meridianamente claro que una senda bien marcada viene desde abajo. Craso error. Ni intuición ni leches. Me volví a enmatojar otra vez y ¡ay, de qué manera...! Y cuando te ves inmerso en la sombría y tupida umbría, pisando manchas de escarcha congelada, rodeado de espeso matorral por doquier, de pronto parece que sientes un bajón, un apretón, una flojera, ganas de cagarte en tó lo que se menea, añadiendo a los rasguños de ayer, otros inéditos que ya acumulas hoy, más un traspajazo, otro arañazo y durante un rato, una china que te muele y aguijonea el pie. Al poco, conecté con una torrentera, y destrepando algunos pasos rocosos, por fin alcancé terreno civilizado. ¡Oh aleluya! ¡Joder con el Garcisánchez de los cojones!
Y aprovechando que el río Mula pasa por Bullas, nos acercamos al Salto del Usero porque Hulk no paraba de darme la matraca ya que quería conocerlo y de paso, lucir en lugar tan insigne, su último modelito de la firma Cerruti.
En fin, ya saben mis visitantes que suelo mostrarme bastante benévolo con mis fantoches, así que, enfilamos hacia el bonito rincón porque tampoco cuesta nada hacer feliz a la gente.
Pero claro, antes de que míster Hulk pueda lucir su palmito a tutiplén, para regocijo y disfrute de su cada vez más numeroso club de fans, preciso es revelar, la mercancía musical que en el marco incomparable del Salto del Usero, tenemos a bien presentar para deleite de mi selecto auditorio.
Aunque suene a frase hecha, la música traída hoy no necesita presentación y los artistas de los más diversos estilos que la interpretan, menos todavía. Lo mejor es que sin más dilación, la escuchemos a continuación.




















El desfile del modelo de tan distinguida elegancia y recio porte comienza ahora, pero hay que decir que no le falta detalle...facha y merengue...solo echo de menos la banderita de España en la solapa o en la correa de reloj, que todo se proveerá, para obtener el cuadro completo del perfecto fachoso. Hay que ver Hulk, que está el Madrid ahora como para tirar cohetes...en fin, ya hablaremos otro día del asunto, que hoy no tengo tiempo.
¡Ay mi Salto Lucero querido! 
El Salto del Usero fue durante mucho tiempo mi santuario, un lugar de recogimiento y reflexión. Cuando algo me apretaba el alma, me venía aquí en la esperanza de verlo todo más claro, y así solía suceder. De crío, mi barrio por entonces se encontraba a las afueras del pueblo, casi más cerca de Mula que de este paraje, (es una exageración, claro) y cuando en verano, los amigos veníamos aquí, andando o en bicicleta, para pasar el día, nos parecía que teníamos que cruzar media España. Avituallados de un bocadillo de mortadela y salchichón, con tomate refregao y unas gotitas de aceite de oliva, pasábamos el día jugando a la guerra y los indios, entre chapuzón y zambullida, algún picazo de tábano y alguna que otra competición a ver quien desde una roca, se tiraba mejor de cabeza. Cuando nos aburríamos de todo eso, que el tórrido día daba para mucho, nos dedicábamos río abajo a cazar mariposas y ranas. De vez en cuando nos aventurábamos hasta las huertas de las inmediaciones donde sisábamos alguna que otra ciruela o melocotón. Entonces sí que sabían a auténtica ambrosía. Por entonces, salir del barrio, excepción hecha del itinerario utilizado para llegar a la escuela, era poco menos que una suerte de migración. Ya en la edad adulta, anduve algunos años trabajando fuera de Murcia, a 793 Km del pueblo, donde podía permanecer varios meses sin volver a casa. Cuando por fin regresaba para pasar unos días, lo primero que hacía era darles un beso y un abrazo a mis padres y hermanas, dejar el equipaje y tras el emotivo reencuentro familiar, cogía el coche y con el corazón latiéndome con agitación en el pecho, me dirigía al Salto del Usero, a darme un chapuzón si era ya a partir de mayo o estarme un rato en completo silencio, escuchando el sonido de los pájaros y el fragor de la cascada si correspondía a los fríos meses del invierno. Debo confesar, que desde zagal, mis amigos y yo conocíamos al paraje por el sobrenombre del Salto Lucero, que a mí siempre me ha gustado más. Lo del al parecer, primigenio topónimo con que se vino a promocionar después, lo sufrimos al poco en forma de visitas masivas de gorrinos bañistas que dejaban el paraje hecho un estercolero. Obviamente, al final las autoridades municipales tuvieron que poner un poco de orden en el asunto, regulando el acceso al rincón. Nunca ha sido de mi agrado la pésima gestión que algunos políticos suelen hacer de los espacios naturales, alentados casi siempre por la necia manía de dejar su impronta, su efímera huella. Divulgan las excelencias de un lugar para conseguir llamar a un turismo de sombrilla y nevera que genera más gastos que beneficios, sin contar las molestias que ocasionan a los vecinos. Se diría que todo lo que tocan, estropean. Para el recuerdo de mi juventud y tiempos más adultos quedan, aquellos baños que nos dábamos, mi desaparecido amigo Lagarto y yo, en el Salto Lucero, acompañados de otros valientes, en pleno octubre, después de la Diana, (durante las fiestas del pueblo) para despojarnos de la costra endurecida de harina y huevo de que estaban rebozados nuestros hasta ese momento, irreconocibles semblantes y pelo. Si ya en agosto, las aguas que bajan del Pasico Ucenda parece que proceden de la mismísima Siberia, ya se pueden imaginar cómo de gélidas suelen estar estas benditas aguas en el mes de octubre. De allí salíamos medio congelados pero como nuevos.
En años posteriores, ya trabajando en mi tierra, me ocurrió una anécdota en el Salto Lucero, que no sé si divertida o bochornosa, lo dejo a criterio de quien me lea, y que creo haber relatado ya en algún otro momento y lugar, aunque no recuerdo dónde, si en este blog o en alguna otra parte, así que la describo de nuevo por si alguien la puede encontrar de alguna enjundia.
En los duros meses estivales, el trabajo se me hacía a veces muy duro de sobrellevar y cuando regresaba a casa por la noche, el efecto de la ducha, apenas me duraba un instante. Descubrí un día por casualidad, que las benditas aguas del Salto Lucero atesoraban un efecto no solo vivificante sino refrigerante. Llegaba al paraje, entres las diez y las once de la noche, en mi moto, provisto de toalla, linterna de petaca (aún no habían inventado las más eficaces de led, que hoy venden a precios módicos los chinos) y un buen bocata, maridado (odio este pedante palabro, lo utilizo para que conste en acta) con una o dos latas de Estrella de Levante. El ritual siempre era el mismo, lanzarse al agua en pelota picada, sin pensárselo dos veces porque esa impresión, ese cambio brusco de temperatura que sufre el cuerpo, es lo que más tarde te proporciona un frescor que permanece y se mantiene durante toda la noche y facilita que duermas como un bendito, así lleguen las temperaturas nocturnas a los 30º.
Me hacía varios largos, existiendo una roca en el centro de la poza que te permitía hacer pie para descansar y cuando entraban en calor mis extremidades, trepaba hasta media altura, la pared por donde se precipita la cascada, no sin cierta dificultad y probabilidad de caída y vuelta a empezar, todo ello con la débil luz que me llegaba de la linterna, envuelto en el ensordecedor estruendo de las aguas. Cuando lo conseguía, espatarrado y aferrado con uñas y dientes a la deslizante roca, colocaba el cuerpo de manera que todo el recio torrente golpeara con violencia mi espalda. En el culmen de este frenesí salvaje, de esta comunión entre cuerpo y espíritu, tensaba hasta la fractura, cada fibra muscular y gritaba con todas mis fuerzas, haciendo que mi atronador bramido, se dejara escuchar en el río Puente, Pasico Ucenda y quién sabe si también en la Vaera de los Chorros y la cima del Castellar. Era tal el estremecedor efecto sonoro, intensificado por los ecos amplificados de la cueva abovedada, que hasta yo mismo me acojonaba. Después de repetir esta técnica a intervalos durante varios minutos, mi cuerpo quedaba completamente exangüe. Me dejaba caer de cabeza al agua y exhausto, llegaba a la orilla donde me esperaban el bocata y la cerveza para recuperarme. Al regreso, conduciendo con fruición mi moto, siendo plenamente consciente del aquí y el ahora, traspasado de armonía y equilibrio interior, disfrutaba de la sensación y del momento, del Carpe diem, como si no hubiera un mañana. Ya podían picarme aquella noche un batallón de mosquitos, o declararse un incendio en mi casa o en la del vecino, que yo dormía a pierna suelta como un bendito.

Una de esas noches, repetí la liturgia, incluidos mis rugidos, bramidos y berridos y entonces, algo en la oscuridad se movió a mi izquierda.

— ¡Quién anda ahí!, atroné.

   ¡Tranquilo, tranquilo!, apenas balbució con voz entrecortada, la voz de un chico.

   Sentí una vergüenza infinita pero pronto me rehíce.

   ¡Perdonad, perdonad, qué vergüenza, esto lo hago porque me relaja. No os había visto.

   Entonces entre gritos habló una chica…

   ¡No te preocupes que lo entendemos, solo que hemos pasado miedo porque parecías un poseso…! 
¡Vaya vozarrón que tienes!

Nos reímos.

   ¡Bueno, siento haberos molestado e interrumpido vuestras cosas!

   No, no, ha sido divertido y a la misma vez inquietante, observarte y escucharte, respondió ella, un poco más y me da un infarto...!
¡Ahhhh, qué horror, aguas procelosas del Salto Lucero, tragadmeee!

Después de despedirme de la mejor manera posible, un tanto abochornado, me sequé y decidí comerme el bocata en la soledad e intimidad de la primera poza, mientras me recuperaba del sofoco y sonrojo sufridos. En sucesivas ocasiones, cuando acudía al Salto Lucero, lo primero que hacía era asegurarme de que no hubiera moros en la costa.

Aún logra despertarme una sonrisa aquel episodio cuando lo recuerdo.

Son tantas las vivencias y bellos momentos disfrutados en este paraje, que cuando más tarde lo vi sembrado de porquería que al socaire del turismo, dejaba esparcida la gente, comprendí que el otrora atractivo y pureza del Salto Lucero, tocaban a su fin. Entendí que se trataba de un fin de ciclo, de una época de mi vida que ya sería irrepetible.

Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.

Pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres...
ésas... ¡no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde aún más hermosas
sus flores se abrirán.

Pero aquellas cuajadas de rocío
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer como lágrimas del día...
ésas... ¡no volverán!
(Bécquer)
Con la captura de este grande y hermoso quejigo que existe en la plazoleta del Salto del Usero, damos por finiquitada esta entrada. Contra todo pronóstico, ha resultado ser esta, una ruta bastante accidentada por el terreno tan poco trillado por el que hemos transitado. Si buscando hacer una ruta senderista por las inmediaciones de Bullas, te fijas en Garcisánchez y buscando en San Google para informarte, das con este espacio, y has tenido la osadía y paciencia de llegar hasta aquí, te advierto que lo más probable es que no coincidas con dinosaurio alguno, pues ellos saben muy bien a quien aparecérsele, pero por lo que más quieras, no te vengas en pantalones cortos, pues si así lo hicieras, acabarías acribillado de enganches y arañazos. Salvo la subida por el Garcisánchez sur que es por pista, los demás montes contemplados en este track permanecen bastante enmarañados de espeso matorral que lo hacen ingrato y muy espinoso. Conociendo ya el asunto y los tramos a evitar, aviso a navegantes traileros, menuda pedazo ruta TRAIL, desde el Salto del Usero, atacar el Castellar, bajarlo por su extremo sur, enlazar con el Cerro del Molar, Alto del Silo, Casa de Marsilla, Casa del Aceniche, Alto del Lomillo, Garcisánchez, Pasico Ucenda y Salto Lucero, menudo etapón. En fin, tenemos la suerte de vivir en una tierra privilegiada para disfrutar de estos espacios naturales, apenas distantes, a cinco minutos de casa, que la verdad sea dicha, no aprovecharlos supone un incomprensible derroche. Y con respecto al asunto de los dinosaurios, ahora mismo me parece una gilipollez el rollo macabeo que me he traído con ellos. La razón es que las diferentes partes de que se componen cada una de las entradas, están escritas en diferentes momentos y a plazos, es decir, cada vez que me apetece, le echo un rato al blog , y claro, el pulso, el hilo conductor, por ende la inspiración, a veces se resiente, descoloca y varía de un momento a otro. Pero la razón principal que me mueve a seguir dándole vida a este espacio, es que yo me divierta, me entretenga…me sirva como diario de correrías, quede constancia de los lugares que he visitado, que nunca se sabe lo que mañana la providencia nos tendrá reservado. No descarto que algún mal día, un pastor, un senderista, un ciclista o alguien buscando caracoles o recogiendo esparto se tropiece con los despojos humanos de algún pobre infeliz. Esos científicos de Burete la pueden liar parda y desde luego, la única responsabilidad de las atrocidades que puedan acaecer en el futuro corresponderá única y exclusivamente al doctor Parreño, cuya ambición, paranoia y delirios de grandeza no conoce límites. En fin, espero por el bien de la humanidad que la existencia de esas alimañas jurásicas, solo residan en mi imaginación y nadie haya de tropezarse con ellas, porque de lo contrario…en fin, no sé cómo finalizar esta entrada y creo que me estoy liando, así que, en resolución, y para no cansar más de lo necesario a mis dos o tres lectores, mejor lo dejamos aquí, que uno tiene que saber cuándo a su libre albedrío, lo que viene siendo a su bola, se toma vacaciones su inspiración y poner punto final a la elucubración de semejantes pajas mentales…¡hale!, no doy más la vara.
¡HASTA LA PRÓXIMA AMIG@S!