viernes, 26 de mayo de 2017

RÍO CHÍCAMO (ABANILLA)

La excursión senderista que ahora me dispongo a relatar, quedará registrada en los anales históricos de este blog, como aquella inolvidable aventura en la que Viky, por fin, oh aleluya, perdió el miedo al chapuzón. Manteniendo una pugna encarnizada consigo misma, supo vencer su ancestral hidrofobia, oponiendo valiente resistencia al líquido elemento, llegando a surcar las indómitas aguas del río Chícamo como si de un simple charco callejero se tratara. A partir de esta casi traumática experiencia, nos atrevemos a predecir, que ya no habrá río, torrente o caudal, que Viky no se atreva a vadear. Lleva sin hablarme dos días, desde que hicimos esta ruta. Me mira con cara de malas pulgas y yo me hago el desentendido, pero tengo confianza en que se le pase pronto el enojo. Confieso que tuve que empujarla un poco para contrarrestar el bloqueo, el canguelo, la parálisis emocional que la atenazaba, y así deste modo se arrancara. Seguro estoy que algún día me lo agradecerá, aunque ahora de momento, en su mirada vidriosa que rezuma rabia contenida, no parece sino que cavila la más retorcida y sibilina venganza.
La excursión al río Chícamo figuraba en mi lista de prioridades desde tiempo inmemorial, y si no había decidido hacerla antes era porque el ambiente árido de su entorno, me echaba un poco para atrás. Con el paseo ya en la saca, bien puedo decir, que la hora y veinte minutos que empleamos en llegar a Macisvenda, merecieron mucho la pena.
Reconozco que esa parte de Murcia, casi en el límite con la provincia de Alicante, me es bastante desconocida. Hasta decidir un día antes de la excursión que visitaría estos pagos, y para ello, documentarme, no descubrí que el nacimiento del río tiene lugar en las proximidades de la pedanía de Macisvenda y a lo largo de su curso se encuentran situadas numerosas pedanías pertenecientes al municipio de Abanilla: de norte a sur, El Chícamo, La Umbría, El Tollé, El Partidor, Sahués, Ricabacica, y Mahoya así como la localidad que da nombre al término, Abanilla.
Por ello, ya el viaje de aproximación a la zona, atravesando algunas de estas aldeas, me pareció muy interesante. Una vez más, la ruta la tomo prestada de Isidoromf que como guía y orientador senderista no tiene precio. Él mismo dice en su reseña de Wikiloc que  El río Chícamo es un oasis peculiar dentro de un ambiente árido como es la zona de Abanilla. Es un lugar de gran belleza, así como de gran interés geológico, botánico, paisajístico, etc., un tesoro natural en una región conocida como la Palestina de Abanilla o las Badland, que es un término inglés que significa tierra mala, tierra baldía.
El río Chícamo es un afluente del río Segura por su margen izquierda, su longitud es de 54 kilómetros, aunque solo 22 mantienen agua de una forma temporal o permanente.
Nace cerca de la pedanía de Macisvenda, tras un breve recorrido se encajona en un barranco muy estrecho llamado “Garganta de Cager”, sigue su recorrido hasta una gran balsa donde el agua se canaliza para el riego y a partir de aquí, prácticamente desaparece su caudal. 
Esta zona es tal como yo me la imaginaba. Árida, desértica, caracterizada por la irregularidad y torrencialidad de sus precipitaciones. Por estas latitudes, la canícula en su fase de mayor apogeo tiene que parecerse mucho a la idea que tenemos del averno. Por eso sorprende muchísimo, encontrarse, en efecto, con este oasis, este remanso, esta palestina casi exuberante que bien parece un espejismo en medio del desierto.
Seguro que constituye un lugar habitual de multitudinario encuentro entre los que, en balnerario tan idílico, buscan mitigar los efectos del asfixiante calor del verano.
Si a la vuelta, nos queda algo de tiempo, habrá que obsequiarse con un buen chapuzón. Seguimos el track de Isidoro y muy cerquita de la poza ya visitada nos encontramos esta casa recién restaurada.
Aún parece que huele a obra por lo que la rehabilitación se habrá llevado a cabo, no hace demasiado tiempo
La sierra del Cantón
A la hora de abordar y adentrarme en el meollo de la ruta, me tropecé con algunos primeros escollos a las primeras de cambio que no me esperaba tan inmediatos. Aunque me había echado en la mochila, por si las moscas, unas sandalias de goma para recorrer por el lecho, algún que otro tramo, no supuse que al poco de avanzar por las márgenes del río, se haría condición imprescindible el hacer uso de ellas. So pena claro, de empaparse las zapatillas, y el resto de la ruta, andar con ese chapoteo incómodo de mis pies rehogados al baño maría.
Por estos pasos, bien se podían hacer equilibrios, con riesgo de deslizamiento y caída, con tal de retrasar y no cambiarse todavía de calzado
A sus propietarios nunca los vi. Ignoro si caminaban por delante, o tal vez, los habían abandonado o quizás, vaya usted a saber. Misterio sin resolver.
En todo caso, yo me hacía el resistente y por no pararme, seguía avanzando encontrándome tramos de variopinta dificultad
Aunque hubiera ido progresando por el lecho del río, este también presentaba las complicaciones típicas de una frondosa vegetación de ribera que impedía el avance. Tuvimos que escalar para luego descalar esta peligrosa ladera rocosa. Sinceramente, me vi en la tesitura de no tener más remedio que calzarme las sandalias para, caso de aterrizar sobre el Chícamo, mantener las zapatillas secas, si es que lograba mantener la vertical, evitando el zambullido total o parcial. A toro pasado puedo decir y afirmar, que en este punto, el track discurre por el lecho del río, por lo que, hacer lo que hicimos nosotros, con riesgo de pegarnos una leche, como así mismo ocurrió, no formaba parte del guión original de la ruta.
Tuve que salvar a media altura, este paso antes de calzarme las sandalias de agua. El lecho se adivinaba bastante profundo.
Por fin llegamos a la zona más bonita y espectacular del recorrido. El tramo estelar de toda la ruta.
Muchas pozas donde bañarse, donde refrescarse, con una altura de agua en mi caso, por encima del ombligo
Un rincón bello y delicioso, enriquecido de sonidos muy relajantes, producidos por el borboteo incesante de las áureas aguas que manaban cañón abajo.
Se trata de un río de características semiáridas, que discurre mayoritariamente por una cuenca de naturaleza margosa. Posee un elevado interés hidrológico, geológico, botánico y faunístico. La cabecera del río Chícamo, forma un conjunto de charcas que alberga, entre otras especies protegidas, la única población de interior de la Región de Murcia del Fartet (Aphanius Iberus), un pececillo chiquitillo, especie catalogada en peligro de extinción.
Viky me miraba de refilón. Sabía que su suerte estaba echada y que tarde o temprano habría de sucumbir a la fuerza tenaz, testaruda de mis garras. Pero estaba decidida a vender caro su inexorable chapuzón.
Sí, sí, tú mira de soslayo, que por más que te hagas la sueca, vas de cabeza a la cazuela del Chícamo.
¡Sí, no te hagas más la huidiza perra loca...!
Continuando el trayecto alcanzamos el entorno más bello y conocido; una vasta formación conglomerática que está espectacularmente seccionada por el río, originando un estrecho desfiladero, de menos de dos metros de anchura y alturas próximas a los cuarenta metros en algunos tramos. Todo ello salpicado por un cauce siempre con agua y con remansos. Es en este punto en donde "hay que mojarse" literalmente y donde conviene cambiar las zapatillas por un buen calzado para el discurrir por el agua.
Durante el recorrido se pueden ver otros aspectos geológicos, como la existencia de fallas. Algunas de estas han sido aprovechadas por el río Chícamo para excavar su cauce y son las responsables de que gire bruscamente en algunos puntos, formando rotundos meandros de 90º.
Por esta zona me costó mucha paciencia dios y ayuda enganchar a la Viky y forzarla a que se metiera en el agua. Sentía miedo cerval a evolucionar entre fluidos. A día de hoy, y en sus doce años de existencia, me queda la satisfacción de que, tal vez, por fin, haya superado su pánico a desenvolverse en el medio acuático, y en lo sucesivo, cuando haya de atravesar un río, salga de ella misma negociarlo y vadearlo nadando contracorriente cual si de un tenaz salmón se tratara. Pero no caerá esa breva.
Este tramo tan espectacular es conocido como la garganta de Cager
Corresponde al final del cañón del río Chícamo
Al salir de entre las paredes del desfiladero todo se ilumina
Nosotros continuamos chapoteando por entre el refrescante y cristalino curso del río Chícamo
La sensación es muy agradable
En un momento dado, he sentido unos casi imperceptibles golpecitos sobre mi espalda y de pronto he reparado en la naturaleza de esas señales. Se trataba de Agapito Malasaña quien pedía a gritos ser liberado de su encierro mochilero para alborozarse y refrescarse en las límpidas aguas del río Jordán.
Ni siquiera las benditas y venerables aguas del río Chícamo fueron capaces de suavizarle el gesto a este abnegado paladín defensor de la montaña. Inasequible al desaliento, fue capaz de apalancarse sobre el turbulento lecho fluvial y resistir impertérrito, sus recias sacudidas y embates.
Una gozada muy placentera caminar por el lecho del río
La eclosión primaveral se halla estos días en sus momentos de mayor esplendor
Casas de La Umbría
Durante el recorrido podemos imaginarnos como era el paisaje tropical de hace unos 10 millones de años. La Sierra de Abanilla al sur, que formaría una isla, la Sierra del Cantón al norte y entre ambas, un brazo de mar, donde desembocaba el delta sobre el que nos encontramos y que formaba parte de la extensa cuenca marina de Fortuna. En este mar, moderadamente profundo, se depositó gran cantidad de margas que tras su emersión, fueron talladas profundamente por los procesos geológicos externos, dando el actual paisaje de cárcavas (bad-lands), típico de zonas semiáridas. Esta historia geológica es la responsable de que hoy podamos gozar de este oasis murciano.
El resto de la ruta desde la aldea La Umbría hasta la conclusión del círculo en el punto de partida, transcurre por un previsible secano de lo más desolador y aburrido. El contraste con lo que dejamos atrás resulta notable. Es por ello que el curso del río y sus aledaños, constituye un verdadero oasis en medio del desierto como bien pueden atestiguar estas imágenes. Este tramo mejor obviarlo y volver sobre nuestros pasos por el río, o dejarlo para el invierno, pues esta parece tierra solo rica en espartos, amena e interesante solo para geólogos y lagartos.
Por simple y llana indolencia, tuve los santos bemoles de hacer este tramo en chanclas, osea, en sandalias, las mismas que había utilizado en el río, y todo por no detenerme un instante a cambiarme de calzado. A ver, a ver si veo un sitio donde poder sentarme, pero en tierra tan hostil, lo mejor era salir, cuanto antes de allí.
Mis sandalias de los chinos, posando sobre un cadáver vegetal, que salvo los tramos en bajada, se comportaron ante el irregular y devastado relieve, mucho mejor de lo previsible.
En las postrimerías de la ruta, tuve que superar esta polvorienta mina de arcilla por su izquierda, estratos a través, ascendiendo estos a cuatro patas y en sandalias pues veía en el gps un camino por encima de mí. En una de estas, un trozo de ladrillo zahirió lastimosamente mi tobillo derecho. Me provocó una pequeña aunque lacerante herida. Visualicé la hermosa poza, punto de reunión en que se cerraba el círculo, y animado por esta visión, aceleré el paso, imaginando el reparador y refrescante baño con que iban a homenajearse mis sufridos y doloridos güesos.
Ciego y turulato, transido de punzante dolor del astrágalo, caminaba decidido hacia la exuberante poza cuando de pronto, me di de bruces con una imágen surrealista, irreal, ilusoria, fantástica, imaginaria...una escena de ensueño que parecía extraída de los mismísimos cuentos orientales de las Mil y una noches.
Sherezade mi vio un segundo antes que yo a ella. Se encontraba en el centro de la poza, y cuando caí en la cuenta que se trataba de una mujer real que desnuda se bañaba, ya venía con toda naturalidad hacia mí, adonde se encontraba su toalla. En esos segundos en que absorto me hallaba en la contemplación de tan sensual y alucinante estampa, ella no parecía que surcase las aguas sino que flotaba sobre ellas, levitaba. Danzarinas e iridiscentes gotas resbalaban de su húmedo y ondulado cabello moreno hacia sus bonitos y turgentes senos y desde estos, describiendo graciosas curvas, hacia  la meseta firme y lisa de su vientre. Podría seguir el curso de mi sucinta descripción de esta verdadera náyade surgida del río Chícamo, dirigiendo el objetivo de mi memoria fotográfica hacia su aterciopelado monte de venus y sus muslos prietos y bien torneados, pero de seguir por estos derroteros, podría parecer un depravado, un degenerado libertino más que un humilde senderista que en sus ratos libres se dedica en compañía de su perrita, a caminar, y empaparse cual esponja, de cuanto la vida y el azar aventurero tienen a bien ofrecerle en el transcurso del camino. Es por ello, que lo dejo aquí, y pongo a dios por testigo, que lo dicho es la verdad en la que me afirmo y ratifico, salvo superior parecer de mis más exigentes e incrédulos visitantes.  
Sin duda, que los más escépticos, y de entre est@s, los dos o tres, que siendo muy optimista, pueden llegar hasta el final de mis relatos, no creerán que esa aparición fuera cierta. Que todo es fruto de mi más febril fantasía. Reconozco que todo lo narrado, poetizado, hermoseado, sublimado por la imaginación que rellena los huecos que hayan podido quedar opacos, puede parecer un cuento chino, o por mejor decir, propio de un cuento de hadas, pero os digo que la escena se reprodujo, tal y como, con mejor o peor inspiración, he descrito. Envuelta en su toalla roja, y del modo más espontáneo y natural, estuvimos intercambiando impresiones por espacio de algunos minutos. Me sentía un intruso que sin pretenderlo había invadido, irrumpido en su espacio. Con mi presencia había perturbado su apacible baño, suspendido las caricias y agasajos que en ese momento le brindaba la más pura y genuina madre naturaleza. Seguramente que había interrumpido un momento de éxtasis. Pero en ningún momento la sentí violenta o incómoda con la situación creada. Permanecíamos a cierta distancia, mientras charlábamos, y entonces decidí, entendí que debía marcharme y dejarla seguir disfrutando, en la plácida soledad, de su cuerpo desnudo, bañado por las celestiales aguas de aquel manantial tan divino. Sin saber porqué, en un momento dado, le pedí permiso para acercarme a ella. Entonces me presenté y nos saludamos amigablemente con un beso. Me atreví incluso, bien es cierto que sin mucha convicción en mi súplica, a pedirle que me dejara echarle una foto, envuelta en su toalla roja para ilustrar de manera irrefutable, evidencia de tan insólita aparición bucólica. Comprendí empero que sin acritud, rechazara mi solicitud. Estaba tan bella enrollada en su toalla morada que lo sentí de veras. La escena que me brindó, con su cuerpo de diosa desnudo viniendo hacia mí, fue lo más bonito, el paisaje más hermoso de toda la jornada y seguramente también de toda la temporada. Me evocó esa virgen luminosa que de vez en cuando se le aparece a los pastores o senderistas y que al cabo de cuatro siglos el papa de turno los canoniza. Mientras cubría los últimos metros hasta donde había dejado el coche, me la imaginé esperando que desapareciera por la vereda, la estela de mi fantasmal rastro, y despojándose de su toalla, nadar desnuda hasta el corazón, el alma, el fondo cristalino del río Chícamo. 
Y colorín colorao, este cuento de momento se ha...