miércoles, 20 de junio de 2018

BUSCANDO A VIKY DESESPERADAMENTE

Que se pierda una mascota, es relativamente frecuente. En facebook suele ser habitual, que alguien ponga un aviso sobre la pérdida de su perro, o que ha encontrado uno que se hallaba desorientado, desvalido, asustado, en definitiva, extraviado. Otro cantar es el de esos miserables y despreciables humanos, que hartos de cuidar y alimentar al perro que tenían en casa, o que ya han perdido la gracia del cachorro, un día se cansan y lo abandonan en cualquier autovía o población para que se busque la vida por sí solo. Hay que ser infame y ruin para hacer algo así. Hoy esa práctica constituye delito pero no siempre resulta factible sorprender y castigar este tipo de repugnantes conductas.

Cualquiera que tenga o haya tenido un perro, y creado un vínculo de relación estrecha, repleto de emociones, sentimientos y vivencias, entre dueño y animal, sabe que se llega a amarlos con locura. Son tales las muestras de adoración, lealtad y devoción que nos profesan, que devuelven con creces los cuidados y mimos que les prodigamos. En poco tiempo, y más si se les tiene desde cachorros, se convierten con toda legitimidad, en un miembro más de la familia.

Resulta indignante que criaturas tan inteligentes, y dotadas de sentimientos, puedan ser víctimas de trato vejatorio y degradante por parte de dueños sin entrañas que en su arbitrario desprecio, demuestran ser unos completos desalmados carentes de conciencia.
Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro, que reza la cita. Y es verdad, será difícil que tu perro te engañe, te traicione, te abandone o te venda. Esa conducta y proceder es más propio de humanos.

Un día regresaba yo de hacer una ruta por Aledo, y apenas me restaban dos o tres kilómetros para completar el círculo y llegar hasta el coche, cuando me cruzo con una chica de veintitantos años, con la angustia y desesperación dibujadas en el rostro. Se notaba en su cara crispada que había estado llorando.

Había perdido a su perro. O tal vez se lo habían birlado.

De pronto, aquella mañana, había desaparecido del patio de su casa donde solía pernoctar. La puerta aparecía abierta y no sabía a ciencia cierta si por descuido, alguien de la casa se la había dejado así la noche anterior o un amigo de lo ajeno había saltado la tapia y sustraído a su perrita. Toda la mañana buscándola y no daba con ella. En fin, sin poder evitarlo, me puse en su pellejo y sentí como un escalofrío por todo el cuerpo.

Hace algunos años, mi Viky tenía por costumbre, la muy valiente, en cuanto se tropezaba con un rebaño de arruís, salir tras de ellos, creciéndose mientras veía que bichos tan colosales, ante su magna presencia, huían despavoridos, monte arriba. No comprendo cómo se dejaban amilanar por alguien tan insignificante como esta caniche peluda.

Estaba ya un poco harto de que esta escena se repitiera. Y en aquella ocasión, decidí darle una lección y en vez de detenerme y esperarla como solía, continué la marcha.

El resto de la caminata la hice sin Viky, y cuando llegué al punto de inicio, al contrario de lo que suponía, no me estaba esperando.

Me ocasionó asustarme y arrepentirme de la travesura.

Anduve con el auto, buscándola y preguntando con cuantas personas me cruzaba, si la habían visto.

Decidí volver al lugar donde solemos iniciar nuestras caminatas y esperar un poquito más.

Cuando ya estaba planteándome la posibilidad de continuar una búsqueda más exhaustiva, tras la comida, la veo aparecer, rabo entre las patas, cabeza y lengua gachas, cubriendo los últimos metros hasta donde me hallaba. Su aspecto era el de una perra apaleada. A saber lo que habría bregado, y las sendas que había recorrido intentando recuperar mi rastro. Cuando le puse su cacharro de agua, se bebió más de tres cuartos de litro. Estaba sedienta. Su lengua parecía tal que una batidora.

Ella se conoce mejor que yo toda Burete y el Quipar, así que, confiaba en que tarde o temprano, nuestros caminos se encontraran. Como así fue. Pero me temo que, tras aquel lance, la lección no la aprendió ella sino yo.

Recuerdo también, una tarde, ya cerca del crepúsculo, en que íbamos caminando por un sendero de Burete, cuando de pronto observo que Viky sale de estampida detrás de algo.

Casi al instante, veo que viene hacía mí como alma que lleva el diablo y detrás de ella, pisándole las almohadillas, un enorme jabalí que parecía un bisonte. Todo fue tan rápido que no me dio tiempo ni de asustarme. Grité y justo antes de toparse conmigo, el descomunal animal viró hacia su derecha y se perdió monte arriba. Tuve tiempo de ver su colmillo izquierdo pasar a escasos centímetros de una de mis pantorrillas. Si me llega a alcanzar, me hace una escabechina pues los colmillos de un jabalí actúan como verdaderos cuchillos. Con la velocidad que llevaba, el encontronazo hubiese sido tan terrible, que me estremezco solo de pensarlo. Los caminos de Burete están llenos de peligros.

La escena tuvo que ser la siguiente…el marrano en un principio, y llevado del instinto, ante la presencia canina debió salir huyendo, pero al darse cuenta de la poca entidad y amenaza que representaba aquel lanudo ejemplar, diose la vuelta y se invirtieron los términos, esto es, el perseguidor se convirtió en perseguido y no es difícil imaginar, lo que hubiera quedado de ella, si aquel paquidermo le hubiera dado alcance. Mucha suerte tuvo de que su dueño protector se interpusiera al rescate, con tan providencial a la par que atinada reacción por mi parte.

Después de aquel episodio, y durante algunos kilómetros, me embargó una especie de lasitud pesada en las piernas, como si me hubieran vertido plomo en las rodillas, acompañada la sensación de un conato de diarrea. Aún hoy cuando lo recuerdo, me noto mariposas en el estómago y en el esfínter anal, cierta distensión que parece rememorar el trauma emocional ergo canguelo cerval sufrido. Desde entonces, suelo llevar un braguero en la mochila por si las moscas. Nos escapamos de milagro. Por San Roque que ese aguerrido cerdo salvaje, no llevaba buenas intenciones, y parecía bastante herido en su amor propio. De suerte que mi sobrehumano alarido debió sorprenderlo y acojonarlo, que si no, a saber donde estaríamos la Viky y yo a día de hoy.

Aquella mañana salía con ganas de monte. De uvas a brevas me sucede. Lo que quiere decir, atizarme un palizón que me cruja la piel y llegado el caso, echar el hígado a trozos por la boca si hace falta.

De vez en cuando me gusta castigarme, un poco de masoquismo nunca viene mal pero sin llegar a la tortura, lo cual sería de verdadero tonto del haba.

Dejé el coche en los merenderos de la Hoyaleja, lugar de uno de los avituallamientos estrella, yo diría que estratégicos de la Falco y ataqué la morra Zenón al contrario de como se suele hacer en la referida prueba montañera. 

Luego crucé la pista y acometí Collado Alto, también al contrario de como se franquea en la Falco.
La senda del Conde, denominada así en honor a su creador, a la sazón, inventor y promotor de la Falco, es todo un prodigio de ingeniería trailera, dotada incluso de una cuerda, en uno de sus tramos más conflictivos. Siguiéndola, llegaremos al mágico rincón del Estrecho de la Encarnación



Desde aquí, esto es, desde el estrecho de la Encarnación, existe una senda, descubierta y explorada por el que suscribe, tramo absolutamente espectacular, y que conocemos la Viky y yo, y alguno más, que nos traslada y conecta con el famoso ramal de subida a la sierra de las Cabras, aquel que fuera popular tramo de la desaparecida prueba de maratón alpino, Al-Mudayna. 
Ascendemos esta tachuela ingrata, penosa y exigente donde las haya, hasta llegar a la misma cresta de la sierra de las cabras, con la presencia de cortados hacia el norte, de verdadero vértigo, disfrutando de unas vistas estupendas mientras la recorremos.
 Llevamos buena hora y lo disfrutamos. Nos echamos unas fotos en plan postureo y reivindicación patriótica, ataviándome yo con algunas camisetas personalizadas, que para la ocasión llevo en la mochila, y decidimos coronar el vértice geodésico de la sierra de las Cabras. 
Aquí la podemos ver, antes de extraviarse
 Me dirijo hacia el tubo y de pronto echo en falta a la Viky. 
La llamo pero no aparece.
Son las doce y media de la mañana.

Bueno, ya vendrá, se habrá entretenido por algún motivo y con tanta maleza, pinos y arbustos, es difícil ver por dónde anda.
Me da tiempo llegar hasta el vértice y sigue sin aparecer. 

De momento, la ausencia todavía no es alarmante, preocupante. Van pasando los minutos y comienzo a inquietarme.
 No logro recordar, cuando fue la última vez que reparé en ella. Comienza mi inquietud y nerviosismo. 
Mientras, la sigo llamando pero no acude.
El tiempo va transcurriendo, y mi temor, intranquilidad, in crescendo. ¡Mira que si se hubiera caído por alguno de esos cortados de la cresta…!

¡Joder, lo que me faltaba, ahora la incertidumbre de si le habrá pasado algo y yo sin enterarme! ¡Mira que es difícil que un perro se caiga por un precipicio, es algo incompatible con su instinto de supervivencia pero, cualquiera sabe!
A todo esto, he vuelto sobre mis pasos, por la cresta, oteando abajo con los prismáticos, a ver si detecto una masa blanquecina e inmóvil que yace muerta sobre la abrupta superficie de la sierra de las Cabras.

Pero aquello parece una roca, o una sabina y no un cuerpo peludo. Hice virguerías con el zoom de la cámara, a ver si podía acercar y con ello encontrar algún indicio de que Viky se hallare inerte, muerta sobre el suelo. Eché muchas fotos para luego examinarlas en el ordenador. 

Menos mal, tengo cobertura, llamo a casa para informar de la mala nueva. Me sentía muy solo y nadie mejor que la familia para ayudarte a digerir la angustia.

¡Donde carajo estará la hija de perra…!

No olvidemos que era invierno. (13-12-17). Las tres y media de la tarde. Dos horas buscándola y no aparecía. El tiempo se echaba encima.

Ni linterna, ni mis gafas de ver. Soy miope y llevaba las de sol. Cuando se echara la noche, vería menos que un gato de escayola, o como dicen en mi pueblo, menos que el Chuchos, que era un hombre que no veía a tres montados en un burro.

¡Hostias copón qué situación!

Tengo que regresar y sin la Viky.

Parece un trance surrealista. No parece que esto me esté sucediendo a mí.

Lo estoy soñando. Es una pesadilla. Tarde o temprano voy a despertar. Increíble.

Me pellizco. Es real, no lo estoy soñando. Después de tantos años de recorrer las más variopintas sierras, y patear los más intrincados y complicados caminos, va la tía y desaparece en la sierra de las Cabras. ¡Hay que echarle güevos a la carga paja!

Pero he de apresurarme. Se me hace de noche. Estoy fundido, y tengo que regresar hasta el coche, a contrarreloj, antes de que me vea envuelto en la oscuridad.

La zozobra por ignorar hasta ese momento, qué puñetas será de Viky, adónde andará, es insoportable.

Me martillea las sienes lacerándome y creándome un sentimiento de culpabilidad que soy incapaz de saber gestionar.

¡Ay, eso que llaman regomello! Llego al coche oscureciendo, con las pulsaciones a mil, todavía sin terminar de hacerme a la idea de que he perdido a Viky.

Ya parece inevitable que pasará la noche a la intemperie, caso de que aún continúe viva. ¿Será capaz de sobrevivir, esta perrita de boutique, en medio tan hostil?

Qué le habrá pasado, parece un misterio, y sea lo que fuere lo que le haya ocurrido, yo no me he enterado. Por eso me siento responsable. Me tiene tan acostumbrado a que no tenga que preocuparme de ella, que cuando se ha visto en apuros, yo no he estado alerta para librarla de cualquier aprieto en el que se haya visto envuelta.

En fin, ya no tiene remedio.

Al día siguiente, con la nueva luz del día, saldré otra vez a buscarla.

Apenas sí pude conciliar el sueño durante dos horas.

La incertidumbre de pensar que podía estar pasándolo mal, me llenaba de ansiedad.

Aunque también podía haber hallado la muerte de manera accidental. Cualquiera sabía.

A las cinco y media, no pude aguantar más la espera, y me dispuse a salir nuevamente tras su rastro.

Preparé agua y comida, lonchas de jamón de York, que tanto le gustan, y una paleta y espátula, herramientas manejables que cupieran en la mochila por si la hallaba muerta, para hacer un hoyo y enterrarla.

Me horripilaba la idea de encontrarme buitres sobrevolando la zona. Ello podía significar su cuerpo agonizante, que pronto sería pasto de los carroñeros. No me imaginaba un final más indigno que este, para mi valiente e intrépida Viky, que picoteada, deshonrada, devorada por picos pestilentes, hediondos que se alimentan de cadáveres en estado de putrefacción.

Antes de volver a la sierra de las Cabras, tuve una corazonada y me pasé por el rincón de Burete donde solemos dejar el coche en cada una de nuestras caminatas.

Soledad y silencio.

Desde la pista de la cantera de mármol, ataqué el vértice geodésico por el barranco casi vertical e inexpugnable que tiene debajo. Sudé la gota gorda pero en menos de media hora me hallaba al pie del tubo. Comenzaba a amanecer.

Después de recorrer nuevamente la cresta, ida y vuelta, llamándola sin cesar, hice un buen tramo de la antigua Al-Mudayna hasta casi Hoya Quemada por si había seguido la senda, viéndose sola y se hallaba por las inmediaciones dormitando, esperando que su dueño volviera a rescatarla.

 La mañana fue transcurriendo y Viky no aparecía.

Se me ocurrió, volver al coche y por carretera, desplazarme hacia las poblaciones de la Almudema, Pinilla, La Encarnación, por si mi criatura, siguiendo alguna pista, alguna senda, había acabado su deambular, en alguna de estas aldeas.

A punto de darme por vencido, aunque agotando todas las posibilidades que se me ocurrían, por descabelladas o remotas que estas me parecieran, llamo a un amigo, ducho en materias cinegéticas, requiriendo su parecer y me suelta: es posible que haya caído en una trampa para zorras. Si nadie la rescata, perecerá deshidratada en dos días.

¡Madre mía!, para qué me dice esto. Este final era mucho peor que el de ser comida por los buitres. 

El agobio y la pesadumbre me corroen.

Me pongo en contacto vía telefónica, con presidentes de varias asociaciones de caza, que conozco.

Me disuaden de que tal praxis se practique en ningún coto. Al menos, sobre los que ellos tienen control y conocimiento.

Tal afirmación me tranquiliza.

Mi amigo Juan Abril, su veterinario, me aconseja, que deje una prenda impregnada de mi olor, en la zona donde crea que la perdí. Que los animales suelen volver al lugar donde perdieron el rastro de su dueño. Y si dan con su olor, de ahí no se mueven.

Determino dejarle mi gorra. No sabía dónde, pero en todo caso, cerca de la senda de subida a la sierra de las Cabras.

En vez de dar toda la vuelta por Caravaca, Cehegín, carretera de La Paca, etc., cojo un atajo por un camino (Las Zorreras, Hoya Quemada) que sale desde La Encarnación a la carretera de Coy. (RM 504)

El camino está malísimo, pero el Dacia se comporta y sale airoso de los fregaos con que se tropieza.

Es ya casi la hora de comer, pasadas las 13 horas. Estoy fundido. Apenas he dormido ni descansado, después del tute de ayer. Solo me sigue espoleando eso que llaman fuerzas de flaqueza y el deseo de recuperar a mi Viky que sigue sin dar señales de vida, y ya he informado al componente familiar que estoy a punto de darme por vencido, que no llegaré para comer, que voy a volver al lugar donde la perdí, para dejar una gorra. Al día siguiente lo volvería a intentar. Aquel día trabajaba por la noche.

La tristeza, sufrimiento, agotamiento, preocupación, abatimiento, son infinitos.

Estaciono el coche en la Casa Blanca del Puerto, y desde este punto, conozco un atajo que me habrá de llevar en tiempo record, a lo alto de la sierra de las Cabras. Aún así, se me hará muy tarde y no llegaré a casa hasta después de las cuatro.

Salgo caminando y cuando llevo medio kilómetro, caigo en la cuenta de que he dejado olvidado el gps, en el maletero del coche. La senda se halla tan abandonada y por ello difuminada, que sin el aparato, no me veo capaz de dar con ella.

(A veces, la resolución de un asunto, o que el destino te sonría y ponga de tu parte, dependen de algo tan caprichoso y aleatorio como la suerte, pues de ese olvido dependió que al poco recuperara a Viky)

¡Me cago en la puta hostia!, exclamo entre enojado y abatido.

¡Anda y que se la casque!

¡Mejor me voy a comer, descanso, y regreso por la tarde!


Mientras conduzco, voy mortificándome, rumiando ¿qué será de ella, donde estará, estará muerta, habrá bebido agua, habrá sabido buscarse la vida, estará en algún lugar atrapada, se encontrará en apuros, estará agonizando, estará herida, en algún rincón desconsolada y llorando…?

Imploro, ¿donde pijos te has metido Vikyyy?

Y en ese trance me hallaba, ensimismado, abrumado por la congoja, por la pena, que antes de coger la autovía, se me ocurre pasarme de nuevo por nuestro pino, en la vereda del Escobar, donde suelo dejar el coche.

Subo por el camino, y al escuchar el familiar sonido del motor, como una aparición, Viky sale a mi encuentro y se planta en medio del camino, meneando el rabo. Me estaría gran parte de toda la mañana, esperando a la sombra de los pinos. Sabía que tarde o temprano, su dueño acudiría a buscarla.

No doy crédito. Me tengo que restregar los ojos para hacerme a la idea de que verla ahí, en medio del camino, es real, que no es ninguna ilusión óptica, alucinación, espejismo, una suerte de espectro canino, que en verdad, ahí está mi perrita, vivita y coleando, aunque no parece muy contenta de verme, es más, la noto un poco displicente, distante, como si me echara en cara el haberla abandonado. No bebe agua, señal de que está saciada, aunque sí devora toda la comida. Le echo un vistazo de reojo a la paleta y espátula, y me sonrío, pues ya no será necesario utilizarlas.

Está muy sucia, le abro la puerta y ocupa su sitio de costumbre, en los pies del acompañante del conductor, como si tal cosa. Parece indemne, sin heridas. Tan solo ofrece el aspecto de una perra callejera que no ha conocido el jabón en toda su vida.

Hubiera sido capaz de donar tres cuartos de mi exiguo sueldo por conocer de sus andanzas y odiseas en estas largas e interminables 26 horas en que ha permanecido en paradero desconocido. Me gustaría saber, qué caminos, qué itinerario, que combinación de sendas utilizó para desde lo alto de la sierra de las Cabras, desplazarse casi hasta Cehegín. Dependiendo del recorrido escogido y la de vueltas que tuvo que dar, hasta acertar con la dirección correcta, hizo muchos kilómetros hasta llegar a las inmediaciones de la autovía. Otra posibilidad que cabe pensar es que diera con la carretera y la siguiera hasta llegar a zonas conocidas. Pero había bebido agua, con lo cual, se había alejado bastante de la vía pública para saciar su sed seguramente en arroyo Burete.
(la distancia que tuvo que recorrer hasta donde nos reencontramos)

Ya saber orientarse, moverse, salir de la sierra de las Cabras, no resulta fácil para alguien que no está acostumbrado a moverse por el monte, cuanto más para un perro que no utiliza gps salvo el de su instinto.

Está claro, que todos estos años que lleva practicando senderismo con su dueño, algún bagaje e instrucción montañeras han tenido que proporcionarle.

Por desgracia, el relato de su aventura, se lo llevará a la tumba. Nunca sabremos cómo fue capaz de orientarse, discernir y poner en práctica las acciones y movimientos, decisiones necesarias que la condujeran de nuevo a reunirse con su dueño. 

Lo que pasó por su cabeza al verse sola y qué hizo durante la noche, si seguir andando o detenerse para descansar y dormir. No olvidemos, que antes de dirigirme adonde la había perdido, había comprobado si estaba en el lugar donde iniciamos la mayoría de nuestras caminatas por Quipar o Burete.

Tengo claro, que tuvo que despistarse siguiendo el rastro de unas cabras. Lo que no entiendo es cómo tardó tanto en regresar.

Ni qué decir tiene, que cuando llegué a casa, las muestras de sorpresa, alegría y júbilo entre el resto de su componente familiar, se sucedieron sin cesar. El alivio y felicidad que sentimos todos fue inconmensurable. A día de hoy, ha pegado un bajón. Sigue con sus problemas de debilidad en las patas traseras, pero en todo lo demás, se desenvuelve con normalidad. Habrá que adaptarse a la nueva situación y esperar a ver como evoluciona el achaque.


Antes de dar por finalizada esta entrada, me gustaría presentar en sociedad al nuevo fichaje, sucesor de Agapito Malasaña, el guardían de la montaña, que esperemos esté a la altura de lo que se espera de él. Desde luego, su fama le precede. 
Yoda el pesadumbres, el pensador de las cumbres. Con este eslogan como carta de presentación, deseamos nos depare brillantes proverbios y sentencias, que redunden en rico cultivo de nuestro intelecto. Viene pisando fuerte y su ejercicio de erudición no se hace esperar. 
Paciencia debes tener mi valiente Viky.
Cuando miras en el lado oscuro, cuidadosa debes ser, porque el lado oscuro de la Fuerza mira en lo profundo de tu ser.
Solo encontrarás lo que tienes dentro.
Que la Fuerza te acompañe. ¡Toma ya!
¡HASTA LA PRÓXIMA AMIG@S!
 

lunes, 21 de mayo de 2018

CERRO DEL GABAR (1510m)

Como ya hemos visto, desde la acrópolis de Derde, se veía un sobresaliente cerro que dominaba todo el paisaje, de modo que, atendiendo a nuestra impronta exploradora, no podíamos abandonar este territorio, sin encaramarnos a su cima y comprobar con qué atractivos pupilares, podía esta sorprendernos.
Constatamos que se trata del cerro del Gabar, que se eleva hasta los 1510 metros y que existe una pista transitable, que permite llegar hasta el mismísimo pie del vértice geodésico, en autobús. Todo parece indicar que estamos ante un recorrido de lo más soso para hacerlo andando. Alpargatazo en toda regla, que diría aquel. Hasta no asomar los bigotes y escudriñar en derredor, no habrá forma de saber si merece la pena el viaje y luego el lene esfuerzo de llegar a la cumbre. En fin, para qué engañarnos, una excursión de chichinabo. Pero tengo claro que la mañana, de un modo u otro, hay que aprovecharla para hacer algo de ejercicio y de paso, sudar mi camiseta de los Bee Gees, así que, enfilo la carretera de Topares hacia Vélez Blanco, para más tarde enlazar con la pista de María a la Fuensanta, que me lleva al punto de inicio en La Casa Forestal del Gabar.  
El camino de aproximación ya supone un completo disfrute para los sentidos, pues el intenso verde de los sembrados domina todo el paisaje. Al fondo, la sierra de María.
Tanto prado lozano imperando por doquier, nos hace alucinar en colores e imaginamos que nos hallamos en latitudes mucho más al norte de nuestro país.
Una toma lateral de El Gabar. Ya vemos unas antenas, lo que nos hace presagiar que el vértice se hallará mal acompañado y por tanto, algo deslustrado.
La sierra de María, que hasta hace unas pocas semanas, permanecía todavía nevada.
Llegamos a la casa forestal, que de momento obviamos, postergando nuestra atención para la vuelta, pues todavía se halla en zona de sombra. En las proximidades localizamos este cortijo al que le echamos unas fotos.
Una vez colocados, todos los apechusques en su sitio, iniciamos la marcha por una pista muy agradable de patear. Al poco, en una curva, nos encontramos esta cruz en memoria de un chico de quince años que al parecer, en 1959, habría encontrado la muerte en este aparente, inocuo lugar. No he logrado tropezar en internet, con reseña de este lejano suceso.
Seguimos caminando por una pista de ascensión muy progresiva. En hora y media, llegamos a la cima, donde junto al vértice, tal y como preveíamos, nos encontramos una caseta de vigilancia forestal, rodeada de antiestéticas antenas.
El lugar no obstante, si le damos la espalda a los elementos tecnológicos, se presta pintiparado para hacer un alto en el camino y disfrutar de la panorámica que se ofrece en derredor. La pequeña población que se divisa al pie de aquella línea montañosa, es María.
Desde este imponente otero podemos disfrutar de un estupendo panorama que abarca desde la Muela Grande y el Gigante hasta el Mahimón y Alto de la Burrica, sierra Espuña, la Sagra, y sierras del noroeste murciano.
Mi zurrón sobre el vértice geodésico del Gabar.
El que suscribe visto desde su retaguardia, oteando la panorámica que tiene al frente.
Con sus gafas de Stevie Wonder y la camiseta de los Bee Gees
En esta ocasión, eché también al azar, lo que en la cima de El Gabar se revela. Una casette que era doble, de éxitos de Los Panchos, uno de mis discos preferidos de George Benson, éxito legendario de los Earth Wind and Fire, Fantasía y aquel precioso e inolvidable tema de la Electric Light Orchestra, banda sonora de la película Xanadu, cantado por la bellísima Olivia Newton John.
Del mítico trío Los Panchos, mil veces renovado por la propia finitud de sus miembros (es un grupo que ya existía en tiempos de Cristóbal Colón), tenemos el gusto de enlazar versión de una canción original de Armando Manzanero, que viene a brindar una brizna musical de este legendario grupo, que aquí simbólicamente se representa.

Este tema pegó fuerte en la recién estrenada y por demás, inolvidable década de los 80. Por entonces, comenzaba sus primeras andaduras radiofónicas la frecuencia modulada (FM), que era capaz de emitir en estéreo. No paraban de salir grupos, artistas, canciones, temas nuevos a cual mejor, que pinchaban en la radio. Se daban cita todos los estilos. Aparecían éxitos, que luego fueron memorables, para todos los gustos. Todo quisque tenía sus ídolos, sus favoritos, expresión musical a la que poder rendir culto y con la que sentirse identificado. Por aquellos años, en España surgió lo que se dio en llamar "la movida madrileña", multitud de grupos de música que prendieron en una gran parte de la población juvenil de entonces, incluida la de mis amigos. A mí, por contra, nunca me entusiasmó, no logró conquistarme. Si bien, algún tema de aquellos grupos, podía puntualmente agradarme, yo decanté mis preferencias por los románticos y la música negra y derivados. Ese estilo que llaman Rhythm and Blues (R&B) que aglutina otra infinidad de subgéneros, Soul, Disco, Funk, Jazz...en fin, la hostia en verso.

Hace cuarenta años, y siendo de pueblo pequeño, con las limitaciones de acceso y desconocimiento de opciones culturales y por ende musicales, que ello implicaba, me pregunto, ¿qué tipo de mosquito negro zumbón, tábano pse-pse o virus africano pudo picarme y atraparme para que ya, desde mi más tierna adolescencia, sintiera esa llamada, esa atracción irresistible hacia la música negra y por ende, americana? Todo lo que sabía a negroide era bailable y por ello, me entusiasmaba. La culpa la tuvieron los Jackson Five, Los Kool and The Gang, los Bee Gees y tantos otros grupos a cual más bailongo y discotequero que venían publicitados en la revista Discoplay, que yo deseaba añadir a mi humilde discoteca, con más ansia malsana que recursos reales, contantes y sonantes para conseguirlos. Bien es cierto que me pilló un poco tarde la fiebre del sábado noche pero no así la buenísma música disco y funky que llegó después. Y yo sin un puto duro. ¡Qué música, copón bendito, cuando pinchaban tu tema preferido, pegabas un salto y aterrizabas sobre la pista de baile y te marcabas unos pasos exclusivos, describías tus cabriolas, tus giros varios a lo Tony Manero en Saturday Night Fever y te quedabas con la peña! ¡Qué tiempos! A veces pienso que soy reencarnación de un negro de Nueva Jersey o Filadelfia. No puede ser de otra manera. Quien sabe si en otra vida no me sacaron el pringue en algún campo de algodón de Alabama, mientras cantaba gospel para olvidar la abyecta tiranía a la que me sometían mis amos. Toby... no, yo Kunta Kinte...zás, ahhgggggg, y venga latigazo...yo Kunta Kinteeeee!!!!
Este disco de 1976 me recuerda a los años 80 en que, por circunstancias del curro, me pilló desplazado, 800 km de casa. Me recuerda a los viajes de ida y vuelta. Y lo tengo en todos los soportes. George Benson es uno de mis músicos preferidos. El tío toca la guitarra como el virtuoso que es y este álbum aún hoy evoca los grandes y sugestivos momentos de que disfruté durante mi juventud.




 Earth, Wind & Fire es uno de mis grupos de música preferidos. De ayer, de hoy y de siempre. Earth, Wind & Fire (en español: Tierra, Viento y Fuego), conocidos también como EWF, es un grupo musical estadounidense, formado en Chicago (Illinois) en 1970. Fue fundado por Maurice White. Utiliza varios géneros de música, una fusión de disco, funk con el jazz, soul, gospel, pop, blues, psicodelia, folk, música africana y rock and roll. Durante su carrera han sido 20 veces candidatos a los Grammy, ganando 6 premios.​ También obtuvieron su propia estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood, junto a la del jamaicano Bob Marley.

En España, la black music no logró medrar. Tuvo su época pero cuando la moda pasó, nunca más se supo. En nuestro país, este tipo de música es minoritario. No parece que tenga muchos adeptos. La peña se decanta por corrientes más autóctonas y latinoamericanas del tipo Bachata y Reggaeton. El típico ritmo del atún con pan que yo odio a rabiar. Por esta frustración que siento, debo confesar que siempre me he sentido un marginado. Un incomprendido. Un inadaptado de los gustos musicales que suelen tener cabida, amparo y difusión en nuestro país. Soy una rara avis que vive su pasión por este tipo de música en la más completa soledad y aislamiento. Como el aquejado de almorranas, vivo mi secreta pasión por la música negra, en silencio. Recogimiento activo para el propio uso y disfrute, sin poder compartirla con nadie salvo con mi Viky, la única que soporta mi paranoia, y ese hallarme penetrado de unos ritmos souleros que me vuelven tarumba de puro frenesí negroide.
Últimas tomas al paisaje y seguimos hacia adelante.
Aquí tenemos la garita de vigilancia forestal, escoltada por dos estiradas antenas repetidoras de señal telefónica. Digo yo que serán para eso.
Toma aérea de Derde e inmediaciones.
Desde aquí arriba todo es insignificante, no somos nadie.
Nos salimos de la pista, y por un terreno bastante ingrato, nos desplazamos hacia el cerro de la Gloria (1499m)
Desde aquí se nos van a poner a tiro de pupila unas vistas bastante guapetonas. Mucho horizonte despejado en derredor. Eso siempre desobstruye la mente y la dulcifica. Nos gusta sentir la magnificencia que proporciona la altura, ver las cosas desde arriba, desde lo alto de la fortaleza, sentirnos prominentes y al mismo tiempo insignificantes si nos comparamos con la tierra y la inmensidad de sus horizontes infinitos. Desde lo alto, hasta los problemas se ven más pequeños. Estas piedras son los restos de la garita del diablo (usada para el estraperlo durante la guerra civil). Junto a ella hay una pequeña cruz, junto a la cual, postrado de hinojos, rezo un padre nuestro, dando gracias de estar vivo.
Esta inmensa planicie casi monocolor me recuerda mucho al paisaje que se divisa desde la Sagra.
Observando este paisaje, que no es ni mucho menos tan árido ni mustio como pueda serlo el de la España central, se me ocurre traer a colación, otras disquisiciones que Sergio del Molino, continúa haciendo en su libro La España vacía, a propósito del tratamiento que del paisaje de Castilla hacen Cervantes y otros escritores españoles posteriores a él. Dice que estos se han avergonzado de la aridez de su paisaje y le han dedicado páginas irónicas y despechadas, cuando no crueles.
Cervantes indica, como hace en otros momentos, que La Mancha es un lugar pobre, sin sombra e ingrato. Más que eso: dice que La Mancha es un espacio ridículo, la parodia de un paisaje, como Dulcinea del Toboso es la parodia de una dama y don Quijote y Sancho son parodias de caballeros y escuderos. Menciona la ausencia de árboles porque sabe que sus lectores van a asentir. Sabe que a los españoles les avergüenza el erial. El influjo del Quijote ha hecho que la mirada que el narrador proyecta sobre las cosas se asuma como la mirada normal, correcta, inteligente y apropiada. De ahí que en la cultura española persista un cinismo, una distancia e, incluso, cierta agresividad, que es rara de ver en otras culturas europeas. Porque Shakespeare, Moliere o Dante, como autores sagrados en sus respectivas lenguas, no tienen la acidez, la soberbia ni la ironía de Cervantes. La literatura española pasea por un baldío sin árboles en cuya descripción sólo cabe el desprecio.
Por eso, cuando Bécquer y los románticos empezaron a construir el paisaje español, lo hicieron en escenarios limpios de contaminación quijotesca. Tuvieron que dar muchos rodeos para encontrar parajes que el hidalgo y su escudero habían dejado sin transitar, y eso excluía la planicie central. Bécquer se echó al monte. Subió a Moncayo y desde allí pintó una península menos cruel, delicada, con sombras y matices. 
La luz de Cervantes es cenital y fuerte, y resalta las arrugas, granos y pelos de Maritornes. Bécquer cambia el tono. Orienta los focos con sutileza y baja la intensidad hasta que la silueta de Maritornes, tocada por un rayo de luna, se vuelve misteriosa, deseable, erótica. Donde los lugareños llevan siglos viendo un monte pelado y hostil, Bécquer, usando como gafas un montón de poesía alemana romántica, les enseña que algo de maquillaje, un ángulo adecuado, un poco de luz crepuscular y un vestido bien puesto pueden hacer de Maritornes la reina del baile.
Donde Cervantes se pone procaz y busca la carcajada de taberna, Bécquer susurra el cuento de Cenicienta. Para ello tiene que esquivar el influjo de Cervantes. La España romántica se levanta desde los márgenes y, poco a poco, libra una batalla fatigosa contra el Quijote.
Sergio del Molino también analiza el trato mucho más amable y dulcificante que de nuestro paisaje, hace Azorín cuando lo describe...Yo columbro por una de esas ventanas la llanura inmensa, infinita, roja, a trechos verdeante; los caminos se pierden amarillentos en culebreos largos, refulgen las paredes blancas en la lejanía; el cielo se ha cubierto de nubes grises; ruge el huracán. Azorín suaviza el paisaje, tirando de verdes y azules, el pardo harinoso de la meseta.
Siempre busca árboles y, si no los encuentra, se desespera: Yo extiendo la vista por esta llanura monótona; no hay ni un árbol en toda ella. Sin verde, se desliga de la tierra, vuela incorpóreo "por las regiones del ensueño y de la quimera". «¿De qué manera no sentir que un algo misterioso, que un anhelo que no podemos explicar, que un ansia indefinida, inefable, surge de nuestro espíritu? Esta ansiedad, este anhelo es la llanura gualda, bermeja, sin una altura, que se extiende bajo un cielo sin nubes hasta tocar, en la inmensidad remota, con el telón azul de la montaña. Y este ansia y este anhelo es el silencio profundo, solemne, del campo desierto, solitario.
El calor, la soledad y la inmensidad plana, en vez de inspirarle sufijos despectivos que en otros autores suenan a escupitajos sobre el polvo, lo llevan a un estado alterado de conciencia propio de un budista californiano que se ha pasado con el peyote. Incluso se puede maliciar que los árboles y colores que ha descrito en otras partes del libro son alucinaciones manchegas. El cronista no se siente expulsado, sino atraído hacia el lugar. No maldice su sequedad, su sol y su polvo. No lamenta nada y celebra todo, aceptándolo tal cual se le presenta. Así supera el mal de Maritornes, enamorándose de ella. Más que con pluma, parece que Azorín escribe con lima de recortar asperezas. Ablanda y suaviza el paisaje y traslada esa forma de limar a las personas que lo habitan.
La galería de personajes que recorren sus crónicas es el reverso positivo de la caterva de indeseables y malandrines que se cruzan don Quijote y Sancho por esas comarcas. Especialmente habla maravillas de sus mujeres: Juana María es manchega castiza. Y cuando una mujer es manchega castiza, como Juana María, tiene el espíritu más fino, más sutil, más discreto, más delicado que una mujer puede tener. Sin embargo, no hay piedad en el Quijote para Maritornes. Incluso comprendemos que don Quijote encuentre bella a la chica porque no creemos que la belleza sea un ideal objetivo y estamos convencidos de que cualquier persona puede ser hermosa a los ojos de alguien. Burlarse de un feo y de quien cree que su fealdad es hermosa es de mal gusto. El narrador de Cervantes sería hoy un tipo odioso y censurable. El mal de Maritornes está muy extendido en la cultura española. España ha sido retratada constantemente como una moza de servicio ordinaria, fea y hombruna, y quienes han querido verla con ojos de Quijote o, simplemente, con una mirada más comprensiva y cercana a la empatía, han sido juzgados como simples, cursis o, ya en siglos cercanos, fascistas.
Unamuno decía que quien ama a su país, esto es, España, ha tragado el polvo de la patria, se ha dejado los pies en el santo suelo de la patria, lleva agujetas de la patria y seguramente también estiércol y mugre de la patria. Todo él está cubierto de patria. La patria y el excursionista son una misma cosa, inseparable e indistinguible: "Para conocer una patria, un pueblo, no basta conocer su alma , lo que dicen y hacen sus hombres; es menester también conocer su cuerpo, su suelo, su tierra.
Pocos países habrá en Europa en que se pueda gozar de una mayor variedad de paisajes que en España. Costas llanas y mansas y costas bravas de rocosos acantilados, vegas y llanuras, páramos desiertos, montañas verdes y sierras bravas…, de todo, en fin. 
 ¡El día que España esté a la altura de su paisaje..!
Nos resulta conmovedor observar a esta abeja, hincada de cabeza, libando con frenesí, el dulce néctar de las flores de este arbusto.
Enfocando el objetivo de la cámara hacia la sierra del Gigante.
He aquí una imágen un tanto surrealista y anacrónica de Parque Jurásico que se produce en lugar tan insólito como El Gabar.
La pulga Lolita versus dinosaurio Wancho.
Renunciamos insistir sobre la escena por miedo del que suscribe a perder la poca credibilidad, entre el respetable, que aún pueda conservar.
Estamos de vuelta en una magnífica casa forestal recién restaurada.
Hemos finalizado la ruta en tiempo y forma, y llegaremos a buena hora para comer.
Iniciamos el regreso, aunque de vez en cuando hacemos un alto en el camino para echar alguna foto, pues el paisaje nos parece esplendoroso y necesitamos llevárnoslo a casa.
Los vastos sembrados de La Junquera
Sierra de la Zarza, que desde este ángulo, recuerda a una de las pirámides de Egipto.
Inmediaciones del Moralejo. La elevación que despunta al fondo, la sierra de El Carro.
Nada, que van pasando los días, las semanas, y no encuentro el momento ni el impulso necesarios para darle el finiquito y el consabido hasta luego Lucas, a este episodio que transcurrió por el cerro del Gabar. Y con tanto tiempo transcurrido, se puede decir que ya perdí el hilo de lo que en su momento me despertara esta excursión, aunque pienso que ya dejé esta entrada, ahora hace un mes, prácticamente rematada.

Tenía pensado, eso sí, adelantar algunas imágenes de una excursión que a renglón seguido de esta, pretendíamos realizar por la siempre sorprendente sierra del Pozo. Y de paso, presentaros un nuevo personaje en sustitución del inolvidable Agapito Malasaña, aquel que fuera paladín y celoso guardián de la montaña, y que tantos momentos de gloria y descojono me brindó. En realidad, la pulga Lolita nunca fue rival, nunca llegó a cuajar, no nos terminó de convencer. La seguiremos invitando, eso sí, a que nos acompañe en alguna esporádica excursión, pero rehusamos incorporarla en nómina porque adolece de una flagrante falta de estilo, carencia de fermento, carisma, capacidad de seducción, magnetismo, sugestión…en fin, para qué engañarnos, ni la más ligera sombra era capaz de proyectar sobre la memoria de nuestro ínclito Agapito. Le falta personalidad, para qué obviar tamaña evidencia. Así las cosas, el nuevo fichaje vaticino que viene para quedarse y consolidarse, con intenciones de eclipsar, incluso hacer olvidar, al que fuera vetusto súbdito del duque de Ahumada. Y bien seguro estoy que nos habrá de deparar algún que otro radiante momento de inspiración en alguno uno de los vértices geodésicos que en lo sucesivo conquistemos. Y si no, tiempo al tiempo.

Pero volvamos al quid del asunto que nos mueve a escribir estas líneas. Decía que la Viky y yo pretendíamos hacer una rutica por la sierra del Pozo. La idea era llegar hasta La Nava de San Pedro, desde la carretera y pista que hay que coger, antes de llegar a Santiago de la Espada y una vez aquí, hacer una ruta de 21 kilómetros, aprovechando un día, a priori, libre de lluvias y tormentas, que hacia finales de mayo y principios de junio del 2018, recordarán los avisados del tiempo, que estuvo descargando a tutiplén, por toda esta comarca y limítrofes. Tres horas de viaje para llegar al punto de inicio. ¡Hay que tener ganas...!

Por cierto, ya desde la aldea de Don Domingo, en que la carretera se convierte en pista sin asfaltar, un viaje de aproximación a Cazorla, muy interesante y sugestivo. Cuando comenzamos la ruta, no llevábamos ni tres kilómetros pateados, cuando observo que la Viky se queda, se rezaga.

¡Cáspita, si vamos a paso carreta, como puede ser esto posible!
 La espero. Iba cojeando.

Unos metros más, y su paso renqueante se hacía más acuciante.
No me lo podía creer.
¿Una súbita recaída de su pasado síndrome vestibular geriátrico, tal vez? Los síntomas empero, no parecían los mismos.

Cojeaba sobre todo de una pata y apenas podía avanzar. Su equilibrio parecía el normal y su cabeza se mantenía recta respecto del cuerpo.

Y aunque reza el dicho que en cojera de perro y lágrimas de mujer, no hay que creer, urgía la toma de una decisión pues mi compañera de fatigas no daba muestras de que podía recuperarse sino todo lo contrario, evolucionar a peor.

Con la Viky en su estado, no podía seguir.
Mucho menos llevarla a cuestas.
La evidencia se imponía en toda su crudeza.
Después de tres horas de viaje para llegar al lugar, nos teníamos que volver. Una putada en toda regla.

La estuve auscultando detenidamente, por si lograba detectar mediante palpación el motivo de su mal, pero nada parecía causarle dolor. Qué extraño.

Con toda la frustración que fui capaz de canalizar ergo neutralizar para no dejarme dominar por la mala hostia, regresamos al coche, y emprendimos con todo el chasco y preocupación del mundo, la vuelta a casa.

Visita al veterinario, medicación y cualquiera que sea el estrago que la aflige, después de tres semanas, va a peor.

Aparte de las múltiples causas que la pueden haber llevado a su actual estado, una de las principales me temo que pueda radicar en que está a punto de cumplir 14 años.

A día de hoy, apenas sí se puede sostener durante equis minutos, sobre sus patas traseras.

En todo lo demás, observa un comportamiento normal a lo que ha sido su costumbre durante todos estos años. Come bien, su ánimo parece óptimo. Sigue teniendo ganas de ladrar, en ocasiones sigue mostrando sus proverbiales malas pulgas cuando algo o alguien no le cuadran y la irritan, e incluso a veces parece que denota ganas de jugar, como en los viejos tiempos, pero ya no puede ni subir ni bajar escaleras y en muchas ocasiones no se puede mantener y mucho menos erguir sobre sus patas traseras. Aparte de todo ello, no parece que la quebrante o aflija ningún tipo de dolor o molestia.

Mucho me temo que Viky ha llegado a donde tenía que llegar y Mi Viky y Yo, ese inseparable y casi a veces, infatigable binomio que tantas sierras y montañas conquistó, ha tocado a su fin.

La echaré mucho de menos, si es que sigo practicando senderismo y manteniendo este blog porque ya nada será lo mismo sin ella. Me hacía mucha compañía, nunca me sentí solo y juntos hemos superado dificultades, a veces peliagudas, apoyándonos el uno en el otro, con absoluta lealtad y devoción, casi religiosas. Así a bote pronto, recuerdo lo mal que me lo hizo pasar en nuestra primera incursión a la senda de los pescadores, con ese miedo cerval que siempre le ha tenido al agua corriente, y para la posteridad queda aquella excursión nevada, en la sierra de la Guillimona, con nieve hasta mis rodillas durante casi toda la jornada, y en momentos puntuales, hundidos en un barranco, con nieve hasta más arriba de mi cintura, que aún me pregunto cómo logramos salir de aquel atolladero o aquella machada de los 66,778 km que hicimos, ida y vuelta, subiendo al pico de la Selva, desde el Carrascalejo, preparándome yo la segunda edición de la Ruta de las Fortalezas. Otras muchas de 30 y 40 Km, solo o acompañado, separándose de mí apenas unos metros, y en todo caso, sin perderme de vista un instante.
Y aquella ocasión a finales del año pasado, en que, con toda probabilidad, siguiendo la pista de unos arruís, nos separamos y ya no nos volvimos a reencontrar hasta el día siguiente después de más de 24 horas, de andar ella en paradero desconocido. La primera noche en su vida que pasó a la intemperie, desamparada y víctima de los imponderables que le pudieron haber acaecido, en aquella aciaga noche en que no pude pegar ojo pensando en donde podría hallarse su acaso, a esas horas, ya maltrecho o exánime cuerpo, quizá devorado por la zorra o los buitres.

En fin, se me acaba de ocurrir, que a falta de nuevas salidas, ese será el relato de mi siguiente cita en Mi Viky y yo. Mientras ese momento llega, me despido…
¡HASTA LA PRÓXIMA AMIG@S!