martes, 24 de mayo de 2016

LA JUNQUERA V

Una vez visitados y fotografiados algunos ejemplares de árboles singulares de la Zarza, me traslado por el camino de Pedrarías, hasta el corazón de la finca de La Junquera. Es una zona ZEPA y está a 1.100 m. de altitud. La vegetación predominante es el pino carrasco y como ya hemos visto, la encina. Estas dos especies abundantes están acompañadas de un sotobosque de coscoja, lentisco y debido al gran número de nacimientos de agua que hay en la finca (aquí nace el río Quipar) existen gran cantidad de juncos, de ahí le viene el nombre de "La Junquera", y también altísimos álamos, que forman el bonito y característico cuadro del entorno. 
Entre la fauna destacamos culebras, tortugas, víboras, conejos, águila real, cernícalo primilla, buitres, etc. 
La finca cuenta además con un pueblo que desde hace 200 años es propiedad de dos familias. Sus habitantes eran renteros, no eran dueños de las casas ni de las tierras, se las arrendaban a los dueños. Dieciocho viviendas llegaron a componer en esa época este pueblo que se dedicaba al cultivo de la cebada, trigo, algo de hortaliza y almendros, complementando con la ganadería y la caza. 
En el siglo XVIII construyeron una iglesia. Tenían una escuela situada en la sacristía de la parroquia. En los años 50 llegaron a vivir unas 24 familias. Los renteros abandonaron el pueblo en la década de los 70, marchándose a Murcia, Caravaca, El Moralejo y otros pueblos de la provincia.
Buscando información en internet, he tenido la gran fortuna de tropezarme una vez más con el fantástico blog de nuestro amigo Faustino Calderón, aquel de "Pueblos Deshabitados", que ya conocimos con ocasión de nuestro recorrido por Retamalejo, y que le dedica también a La Junquera, una extensa y bellísima crónica muy emocionante, que me ha hecho intensamente vibrar. Se ha empleado y documentado a fondo, rescatando el inestimable testimonio vivo de Juan Navarro Fernández, vecino de la Junquera, que como el mismo Faustino dice, a sus 81 años, aún disfruta de una memoria prodigiosa. En "Pueblos deshabitados", por las fotografías y estilo de narrar, todo lo he disfrutado a rabiar, y mucho más, con los comentarios suscitados tras la narración, por parte de algun@s "junquer@s", que, traspasados de nostalgia, han evocado sus dulces y buenos recuerdos de infancia, hace cuarenta o cincuenta años, desde aquí, de entre estos bellos y apacibles parajes, cargados de historia y acaso penosas pero también emotivas vivencias.
A 1105 metros de altitud se sitúa la pedanía caravaqueña de La Junquera. A 42 km. de Caravaca de la Cruz y casi en los limites con la provincia de Almeria.

Es una finca de propiedad privada. Desde hace 200 años es propiedad de dos familias: los Melgarejo dueños de nueve partes y la familia Chico de Guzmán propietarios de tres partes.

A partir del año 1943 el conde de Peñalva (Joaquin Febrel) pasó a administrar la parte de la finca de la familia Melgarejo al casarse con María Elena Melgarejo.

Algo más de quince viviendas tenía La Junquera. Ocupadas por labradores (en numero de 10), guarda y algunos pastores, más las dos viviendas de las familias propietarias. De sesenta a setenta personas según el año llegaron a vivir en el pueblo.

Tenía iglesia, escuela, posada, molino y dos hornos comunales (uno por cada familia).

No hubo luz eléctrica en La Junquera hasta el año 1972.

Para el consumo de agua se abastecían de la fuente de la Cimbra situada a cinco minutos del pueblo.

Sus habitantes eran renteros. No pagaban nada por la casa y de renta entregaban a los dueños una cuarta parte del producto en el cultivo de secano y una tercera parte en el cultivo de regadío. Cada casa solía tener uno o dos muleros y un pastor.

Buenas tierras para la agricultura, en ella sembraban maíz, patatas, trigo, cebada, hortalizas entre otros productos). 
En época de siega venían cuadrillas de Moratalla, Aledo, La Paca y otros lugares para trabajar.
Las ovejas era el animal predominante en la ganadería. En principio cada casa tenía su rebaño de ovino, pero a mediados de los 40 el conde decidió quedarse con la zona de pastos y llevar él por su cuenta la ganadería. Venían marchantes de Caravaca o del Campo de Cartagena a comprar los corderos. Varios vecinos eran aficionados a la caza para lo cual se aprovechaban de los conejos, liebres y perdices que había en buen número en el término de La Junquera. Suponía un aporte gastronómico extra en las cocinas de las casas.
Había escuela en La Junquera. Estaba situada en la sacristía de la iglesia. Variaba dependiendo del año, pero alrededor de una quincena de alumnos asistían a ella. Venían niños de algunos cortijos cercanos como la Casa de Selvalejo o la Casa de la Venta, incluso algún año vinieron unos niños de La Casa Mula (Almería) por estar el padre trabajando de pastor en La Junquera.
Casi veinte años estuvo ejerciendo el mismo maestro, desde el año 41 hasta finales de los 50 cuando se quedó La Junquera sin población. Grato recuerdo dejó esta persona entre sus gentes como apunta Juan Navarro:
"Se llamaba don Martin Martínez Rodríguez. Era natural de Velez-Blanco (Almería). Manco del brazo derecho y con problemas de movilidad en las piernas, ello no era obstáculo para que fuera una persona muy mañosa y muy dispuesta para todo. Sabía arreglar cantaros que tuvieran algún desperfecto y él mismo se hacía su propio calzado. En el armario de la sacristía se hizo un catre y allí dormía. Comía cada día en una casa establecida por turnos según los niños escolares que hubiera en cada casa. Asimismo se encargaban de lavarle la ropa.

Fue una persona muy querida en La Junquera y los niños de aquellos años lo poco que aprendimos a leer y a escribir fue gracias a él. Tenía muy pocos medios para impartir enseñanza pero muchísima voluntad".
El cura primeramente venia de Singla y más tarde de Los Royos en la persona de don Julián Chicano Peñaranda. Había que ir a buscarle todos los domingos con el macho hasta la ermita de los Poyos de Celda en La Capellanía donde le tocaba previamente oficiar la misa. Acabado el acto religioso en La Junquera se le llevaba hasta Los Royos. Posteriormente se compró una moto y ya hacía los desplazamientos por su cuenta.
El médico residía en Topares (Almería). Se llamaba don Juan García y hacía los desplazamientos en un Citroën, salvo cuando se encontraban los caminos en mal estado para vehículos y recurría al caballo. Se le pagaba por la modalidad de iguala (una vez al año y en dinero o en especies, según lo que hubieran acordado).
El cartero residía en El Moralejo, andando salía hasta la carretera general y allí recogía la correspondencia. Tenía un recadero que se encargaba de repartirla por La Junquera y algunas cortijadas cercanas.
Germán el barbero, venía una vez por semana (los jueves) desde Topares. Cada semana realizaba su trabajo en una casa diferente y como quiera que lo hacía ya por la tarde cuando los vecinos habían acabado las tareas del campo, se le daba de cenar y alojamiento en la casa en cuestión. Antes de la guerra había realizado el mismo cometido su suegro, Fermín.
Una persona muy importante en la vida cotidiana de La Junquera fue Juana María Parra, con sus buenas dotes de partera ayudó a venir al mundo a muchos de los niños nacidos en aquellos años en el pueblo.
Había una posada en el pueblo que además hacía las veces de taberna. La regentaban Juan Parra y Tomasa Castillo. En ella se alojaba toda la gente que les pillaba de paso como el caso de vendedores ambulantes que por allí pasaban: un señor de Benablón que iba por las aldeas con un carro vendiendo arroz, garbanzos, sardinas, etc. En algunos casos era intercambio de productos y así este vendedor se llevaba de La Junquera pollos y huevos a cambio de lo que le solicitaran.

Otro vendedor al que apodaban "el Solo" llegaba desde Velez-Blanco con un burro vendiendo telas, agujas, hilos y otros productos de costura.

También los vecinos de La Junquera se desplazaban a El Moralejo donde había tres comercios a realizar algunas compras.

Para compras de mayor porte quedaban los desplazamientos a Caravaca de la Cruz aprovechando los lunes que era día de mercado. Al respecto Juan Navarro cuenta una divertida anécdota a cuenta de los desplazamientos a Caravaca los lunes:

"Durante un tiempo varios niños de mi generación nacíamos un día cualquiera pero oficialmente era otro distinto el que constaba en nuestra partida de nacimiento. Ello era debido a que cada vez que un niño venía al mundo se tenía que inscribir al recién nacido en el Registro de Caravaca antes de que se cumpliesen veinticuatro horas del nacimiento. Como quiera que a Caravaca no se podía estar yendo siempre porque quedaba lejos y había que ir andando diez kilómetros hasta el cortijo de Casablanca situado en la carretera general para coger el coche de línea que hacía el recorrido Huescar-Caravaca, la gente aprovechaba para desplazarse el lunes y siempre decían que el recién nacido había nacido en la noche del domingo al lunes, aunque llevase ya varios días con vida".
Celebraban las fiestas patronales para el Corpus en junio. Se hacía una misa, procesión y baile en alguna plazuela. Venían gentes de El Moralejo, La Capellania y de todos los cortijos cercanos.

Varios domingos y festivos se organizaban bailes locales (parrandas) entre la juventud amenizados por algunos mozos que sabían tocar la guitarra.

Acudían por mayo a la romería de San Isidro que se realizaba en la ermita de Los Poyos de Celda donde se juntaban gentes de toda la comarca.

Jueves y Viernes Santo iban las mozas hasta el cerro de la Cruz rezando el Rosario.

La Navidad como en cualquier parte eran fechas muy señaladas en La Junquera. Los jóvenes acostumbraban a ir casa por casa, haciendo sonar la guitarra y alguna botella y cantando algunas coplas alusivas a alguno de los moradores de la casa. Se les obsequiaba con rollos, mantecados y una copita de aguardiente o de mistela.
La víspera de Reyes por la noche, los mozos acostumbraban a pedir "la tajada" casa por casa. Se les daba chorizo, morcillas, tocino, etc. Con lo obtenido hacían al día siguiente una merienda en alguna casa que daba paso a un animado baile.

En estas fechas tampoco faltaba la Cuadrilla de Topares, que con guitarras y laudes y con la voz de algún trovador iban casa por casa cantando coplas. Se les daba algo de dinero o bien una cantidad de grano y con lo recaudado ayudaban al mantenimiento de la iglesia del citado pueblo.
Por estar a bastante altitud eran muy rigurosos los inviernos, lo combatían con abundante leña proveniente de chaparros y enebros.

Muy recordada fue la nevada acontecida a finales  del año 1944. Estuvo nevando sin parar desde el 25 de diciembre hasta el 30 del mismo mes, lo que dio lugar a que se acumulara metro y medio de nieve y estuvieran incomunicados varios días. Este hecho tuvo un final trágico para un vecino del pueblo que había ido a ver a una hija que vivía en el cortijo Espín ya en la provincia de Almería.

Iba con un burro y se desorientó por lo que desaparejó el animal y se echó varias mantas encima pero las bajas temperaturas hicieron que falleciera congelado. Al cabo de varios días lo encontraron unos vecinos que previamente habían visto al burro solamente. En un principio pensaron que podía ser el maestro que acostumbraba a utilizar dicho animal prestado para desplazarse a Velez-Blanco, su pueblo, pero luego descubrieron que no, que era el dueño del animal el fallecido.
El final para los habitantes de La Junquera llegó cuando el conde de Peñalva decidió cambiar los métodos de trabajo, acabar con las rentas y hacerse él cargo de toda la producción. Rescindió el contrato de los labradores por lo que estos se tuvieron que marchar del pueblo. Apenas se quedaron un par de ellos y algún pastor pero ya como asalariados en vez de renteros. Trajo maquinaria agrícola (de los primeros tractores que hubo en la provincia fueron los que llegaron a La Junquera) con lo cual ya le sobraba mano de obra. Esto sucedió sobre el año 53 y pocos años más tarde la familia Chico de Guzmán decidió utilizar el mismo sistema de trabajo (prescindir de los renteros y contratar trabajadores a sueldo), por lo que para últimos de los 50, primeros de los 60 ya no quedaban vecinos viviendo en el pueblo salvo las dos o tres familias que siguieron trabajando allí.

Así se acabó el ciclo de vida en La Junquera como pueblo pasando a ser una finca.

En la actualidad el pueblo sigue siendo de propiedad privada, está vallado y se continúa con la producción agrícola-ganadera, dos familias de origen extranjero residen en el pueblo.
Tal y como ocurriría con Retamalejo, desde la visita de Faustino a La Junquera en el 2009 hasta nuestros días en el 2016, el transcurrir del tiempo y la carcoma del olvido, estan pasando destructiva factura a las casas que aún quedan en pie. 
La devastación que sufren es más que manifiesta.
Llegados a este punto, es preciso agradecer a Juanma, las contadas pero impagables fotografías que a continuación tengo el placer de compartir con los visitantes de Mi Viky y Yo. Juan Manuel es el hijo de Ignacio, el actual encargado de la finca La Junquera. Desde aquí agradezco la paciencia que ha tenido conmigo ante mi insistencia por tratar de conseguir algunas de estas instantáneas que dieran idea del pulular de gentes que, hace algunas décadas, moraron por estas tierras. 
En la imágen de abajo, según indicaciones de Juanma, podemos ver a su padre Ignacio, blandiendo la escopeta de palo. Su hermano Matías, con la guitarra al hombro. María, la cuñada de Dolores, abuela de Juanma, que lleva a su hija en brazos, de nombre tambíen María. Su bisabuela, María. Y el resto eran vecinos del pueblo de Los Royos. La foto está hecha en el prado, al fondo, los perpetuos olmos.
A la izquierda de la imágen, la bisabuela de Juanma, María, acompañada de una vecina de La Junquera, que era pastora y llamaban Jose la Chica.
Ignacio y Matías, junto a otros zagales durante un nevazo, en la tala de la cabecica...
Manuel, el abuelo de Juanma, padre de Ignacio, era el guarda de la finca
De izquierda a derecha, Dolores, mujer de Manuel, abuela de Juanma, su bisabuela María y la que está al lado del niño, también María, la cuñada de Dolores, con su hijo Juan.
El guarda de la finca La Junquera. Como dice Faustino, habían mucho conejos para cazar en estas tierras.
Estamos esperando a ver si tenemos suerte de poder localizar una fotografía tomada desde el interior de la Iglesia. Si apareciera la colocaríamos debajo del abuelo Manuel.
En fin, de momento no contamos con más testimonios gráficos de aquella bonita época que vivió La Junquera.
Sin embargo, nos queda la característica e inconfundible estampa chopera de La Junquera actual, de la que nos ocuparemos a continuación.
 Si alguien tiene oportunidad de atrapar instantes, momentos mágicos, sublimes del paisaje junquero, ese es Juanma.
Estas capturas son suyas.
FINAL QUINTA Y PENÚLTIMA PARTE

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