viernes, 6 de mayo de 2016

LA CUEVA DEL ÁGUILA, BUITRES, DERRAMADORES, FRAILEJONES (MOJANTES) IV

Un lugareño de Archivel fue el que me habló por vez primera de la cueva y me dijo que estaba escondida y de acceso un tanto difícil. Que la conoce poca gente y que la utilizaron en los primeros momentos tras el estallildo de la guerra civil, tres paisanos, para eludir el seguro reclutamiento a filas, cuando todavía pensaban que el conflicto se resolvería en unos pocos meses. Que la ocuparon durante bastante más tiempo del que pensaban, hasta que un chivatazo, vino a delatarles y al descubrir su escondite, los apresaron y les arrearon tal somanta de palos, que uno de ellos por poco no lo cuenta. De la cueva del Águila se los llevaron al frente, pudiendo regresar dos de ellos al final de la contienda aunque del otro, por desgracia, nunca más se supo.
Con estos antecedentes, resultaba lógico y natural que sintiera unos irreflenables impulsos de localizarla y hollar sus dominios.
Sospechaba empero, que desde la cumbre del último conjunto rocoso más escarpado hacia poniente de Mojantes, mirando hacia Los Frailes, podía obtener una panorámica despejada y diáfana de dónde podía ubicarse la situación de la cueva.
Y así fue en efecto. No tuve más que hacer un barrido con el zoom de la cámara para de pronto descubrir un punto obscuro, una oquedad, a media altura entre el pie y la cima de los Frailes.
¡Bingo! ¡Allí está! Ahora se trataba de saltar de una depresión a la otra, que siendo tan agreste y brillando por su ausencia sendas o vías fáciles de seguir, no parecía que constituyera llegar hasta la guarida, una empresa menor.
La entrada de la caverna tiene una curiosa forma de triángulo equilátero o tal vez isósceles. Desde la distancia, parece haber sido aumentada la abertura, a base de cincel y martillo.
Por su situación hacia SO entre crestas rocosas, resulta invisible desde la cima y resto de puntos cardinales, salvo desde el flanco estratégico en el que yo me encuentro ahora, y aún así, dada la distancia existente, habría que tener una vista de Linceo para descubrirla.
Aquí se puede apreciar, como decía D. Quijote, el poder de mi fuerte brazo en el zoom...
Caserío del puerto de Mojantes
Llanos del Campillo de Arriba, Inazares, cerro del Tartamudo, un paisaje campesino pintado de ocres, almagres y verdes, una geografía de cerros, lomas, cañadas, cereales, manantiales, aldeas, cortijadas y tierras de labor y dominando esa mansa planicie, destaca la colosal silueta del techo de Murcia, Revolcadores.
Tartamudo, El Sapillo...
Tras la búsqueda de la cueva del Águila
Un córvido oteando el horizonte a ver qué se puede llevar al pico
Un enhiesto pináculo con forma de cipote descapullado
De allí venimos y estamos a punto de alcanzar la cueva
Aquí la tenemos
Lo primero con que nos tropezamos en su interior es con el esqueleto desmembrado de un animal cabruno y el cuerpo momificado de una cabra montesa al que en su día, al poco de morir, no descubrieron los buitres para darse un festín.
La entrada tiene toda la pinta de haber sido ampliada de forma artificial a base de maza y cincel. Me imagino a aquellos tres benditos, siempre temerosos, llenos de incertidumbre, vigilando, oteando el horizonte, esperando cada uno de los días que pasaban a que alguien los descubriera, los delatara, y vinieran a por ellos para tras infligirles una soberana paliza, enviarlos al encarnizado frente, como ya habían hecho con fulano y mengano, una vez descubiertos en la cueva tal, y la sierra cual.
Me los imagino yendo por la noche a las inmediaciones del corral de la Umbría, a recoger los víveres que sus, madres, esposas, hermanos, habían dejado con mucho disimulo en un rincón escondido. Y me los imagino, abastecerse de agua, también por la noche en la fuente de la Vidriera, para que nadie los descubriera.
 A raíz de mi interés por este asunto, indagando por internet, he dado con un libro que habla de los desertores de la guerra civil. No he tenido la suerte de poder adquirlo pues está descatalogado y no parece fácil el poder hacerse con él. Pero para el/la que sienta la misma curiosidad que yo, sobre este particular, he aquí una síntesis de lo que va esta al parecer gran obra, reivindicar la figura de todas aquellas personas que optaron por la deserción "como la única vía de escape a los horrores del frente de combate".
 Esta obra descubre una Guerra Civil española desnuda de épica e idealismo. 70 años después del comienzo del conflicto, ha llegado el momento de reemplazar el mito del "millón de muertos" por la realidad de los más de dos millones de españoles que evitaron la incorporación a uno de los dos bandos o que lo abandonaron una vez enviados a los campos de batalla.
Detrás del mito de los soldados voluntarios y comprometidos y de la guerra idealista, existe una realidad que se suele cancelar y que no es otra que la de la recluta obligatoria". "La mayoría de españoles se vieron arrastrados a la guerra solo por tener la edad y la condición necesarias",
Por las cajas de reclutas "pasaron más de dos millones de españoles, algo que se ha escondido durante 70 años", "lo que sí existe es una superabundancia de imágenes de milicianos subidos a los camiones y encantados de ir a la guerra".

"Existen datos sobre octubre de 1936 en los que se señala que en el bando republicano sólo había 55.000 soldados voluntarios y en el franquista 90.000, todo ello sobre una población de 24 millones de españoles". "Es decir, no fueron más de 150.000 los que fueron voluntariamente al frente, todo ello sin contar que entre los milicianos había gente que se afilió a Falange o al Requeté con el objetivo de garantizarse cierta impunidad".

En esta línea, el autor indicó que "esta recluta obligatoria llevó a que hubiera soldados con ideales contrarios a aquellos que defendían o milicianos que eran neutrales políticamente, que no sentían las causas" y que, según explicó, "tenían que ser educados políticamente, como se decía en el bando republicano".
"de entre los dos millones de personas que fueron reclutadas obligatoriamente, existía un enorme potencial de desertores, que eran aquellos que se marchaban en busca de sus familias en la otra zona o que pasaban hambre en su bando y se iban al lado enemigo buscando mejores condiciones de vida". En este punto, dijo que "republicanos y franquistas hicieron en las trincheras una espectacular guerra de propaganda para alentar la deserción de los indiferentes".
"El desertor se convirtió a principios de 1937 en el enemigo común de los dos bandos", pues, según afirmó Corral, "eran unas figuras muy incómodas y que estaban en tierra de nadie". "Los desertores representaron un fenómeno muy importante y trascendental, pues propiciaron la desmoralización de las milicias de ambos bandos", puntualizó.
"Muchos soldados aguantaron en el frente porque los dos bandos empezaron a instaurar en 1937 unas medidas de represión impresionantes". Así, informó de que el bando franquista estableció una pena de cuatro años de servicio militar en los Regulares o en la Legión para todo aquel que no se incorporara a filas, mientras que la pena impuesta por los republicanos fue de 20 años de internamiento en un campo de trabajo.
El castigo para los desertores "era la pena de muerte" y señaló que en Andalucía, "que fue un frente tranquilo durante la mayor parte de la Guerra Civil, se contabilizaron entre las unidades de primera línea más bajas de desertores abatidos por su propio bando que soldados muertos por el fuego enemigo".
"Los desertores son los grandes olvidados de la historia española" y añadió que "el franquismo los canceló durante 40 años, pues Franco no podía reconocer que en su bando habían convivido desertores, automutilados y personas reclutadas a la fuerza".

La deserción ha sido, sigue siendo, el tema tabú de cualquier contienda, guerra o refriega. Está más que claro que desertores los ha habido en todo enfrentamiento bélico a lo largo de la historia. El hecho de haber sido tachados de traidores, cobardes o poco fiables es algo que los ha dejado continuamente en lo más profundo de las crónicas o estudios de cualquiera de esas absurdas guerras. Pero debe quedarnos claro que la mayoría de ellos ni eran traidores y mucho menos cobardes. Llevar a cabo un acto tan atrevido como la deserción es hacer algo repleto de valor y compromiso tanto con uno mismo como con la propia humanidad. Cuando, por las razones que sean, alguien decide arriesgar su vida para dejar de matar o que le maten en un conflicto que no entiende o no quiere entender merece el mayor de nuestro respeto.

Muchos podéis pensar que la euforia primigenia que nos ponen en las típicas imágenes de archivo duró toda la guerra, nada más alejado de la realidad. A partir de finales del año 1936 la mayoría de los españoles que luchaban en uno u otro bando no estaban movidos por aspiraciones idealistas, tanto de derecha como de izquierda. Muchos de ellos fueron reclutados mediante levas durante toda la contienda. Hombres de 17 a 50 años, incluidos,  sirvieron al bando que gobernaba, por decirlo de alguna manera, en el territorio en el que eran llamados a filas sin preguntar ideología. Esta pudo ser una de las primeras razones de deserción en la mayoría de las veces que se llevó a cabo.
Que nos cuenten que el aspirante al poder por aquellos tiempos tuviera comisarios que se encargaban de estos casos no nos sorprenderá pero que nos digan que los comisarios de La República estaban pagados, en su mayoría, por Stalin, para llevar a buen puerto los intereses de los comunistas, nos puede dejar con la boca abierta. Por cierto, el cartel de la portada del libro es del Partido Socialista. Este es otro de los temas que Pedro Corral toca en su obra. Al que añadimos las cárceles expresas para los desertores, la represión a los familiares de los mismos, las huidas y persecuciones, la miseria de los frentes o la decepción por ver cómo aquel conflicto acabó convirtiéndose más en una matanza entre hermanos que en una lucha de ideas de las que se aprovechaban algunos comiendo bien en sus salones mientras otros volaban por los aires destrozados por los cazas alemanes. Estas son las cosas que nadie nos quiere contar. Nos quieren mostrar un conflicto idealista e idealizado cuando, en realidad, fue, como cualquier guerra, un pulso entre intereses de dos facciones distintas para algunas cosas y muy similares en otras. Está claro que hubo vencedores y vencidos, estos últimos aún por encontrar enterrados en miles de fosas sin abrir, pero también deberían contarnos que hubo miles de muertos, ejecutados y encarcelados por desertar. Pienso que se merecen el mismo respeto que cualquiera que sufriera una cosa tan horrible como debe ser una guerra. Es hora de destapar, de poner las cosas en su sitio y asumir que, en alguno de los frentes las bajas por deserción superaron a las sufridas por heridas o muerte.  
Desde este humilde blog quiero agradecer de todo corazón a Pedro Corral por su obra. Si algún día lee este artículo quiero que sepa que yo también conocí a uno de esos desertores. Uno que estaba cansado y horrorizado por tener que recoger con una camilla compañeros destrozados o muertos. Uno que, junto a otro compañero de su pueblo, se vino andando en plena contienda desde el frente de Teruel hasta La Haba, en la provincia de Badajoz, para acabar en el campo de concentración de Castuera. Alguien que nunca fue ni un cobarde ni un traidor. Ese alguien era mi abuelo. 


Este también es muy interesante
 Curiosamente, encontrándome en el interior de la cueva, recibí una llamada de tlf y aunque tuve que salirme fuera para poder hablar sin cortes ni interferencias, es de suponer que aquellos desdichados, por lo menos tendrían cobertura para hablar con sus familias. Me di cuenta también que habían apiladas dos o tres piedras para facilitar el acceso al segundo piso. Me pregunto, si esas piedras no estarían colocadas desde los tiempos en que nuestros héroes anónimos las estuvieron utilizando. 
Me cuesta creer que lo hicieran las cabras.
Sobre la cueva buscando el pico de los Frailes.
Iniciando el descenso por la Umbría de los Frailes
Cortijo de los Derramadores
Como decía en la tercera parte de esta entrada, el cortijo de Derramadores soporta en su historia, un triste suceso que contar y es que en el año 1931, cuando se instaura la II República, se suprime el convento de las Carmelitas de Caravaca, echan a las monjas y el conde de Reparaz, Ramón Melgarejo y Escario, ofrece cobijo a las religiosas durante siete meses, en su finca de Derramadores, en el término de Archivel, lo que le valió, años más tarde, el 2 de octubre de 1936, ser asesinado en el castillo de Caravaca, por huestes republicanas.
Casa de la tía María
Los Frailejones en el fondo superior de la imágen


                


                
FINAL CUARTA PARTE

1 comentario:

  1. Me dejas con la boca abierta, amigo. Ninguna guerra, ninguna muerte, ninguna injusticia, tienen justificación alguna. Tus excursiones nunca tienen desperdicio. Un saludo desde Polonia.

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