03 julio 2026

POR CAÑADAS Y LA RAMBLA DE MAJAL ALONSO I

Hace unas pocas semanas, mientras indagaba la forma de englobar en un solo recorrido la Ventana del Tiempo y las Cuevas de las Quinterías, entre otros puntos interesantes, me tropecé con un track en Wikiloc que tenía buena pinta y me descargué ipso facto. Lo puse en lista de espera porque era un itinerario para no tomárselo a la ligera ya que se preveía exigente. Que no es que el desnivel acumulado, en torno a los 600 metros, me arredrara gran cosa, pero esos 22 kilómetros realizados con los 30º de temperatura media típica del verano, esa combinación si que era para echarse a temblar y al menos pensárselo dos veces antes de hacerlo realidad.
Pero los caminos del destino son inescrutables y el día que hice esta excursión motera, al pasar por Cañadas de Abajo caí en la cuenta de que por las cercanías tenía que existir por cullons, también un Cañadas de Arriba. ¡Vaya un pijo, acababa de redescubrir la pólvora...!
En ese momento tuve una revelación: las ruinas de los cortijos que había visto en Wikiloc debían corresponder, precisamente, a lo que en su día fue esta población. ¡Umm!, me picó la curiosidad. Contemplar el fuerte contraste entre unas ruinas abandonadas —dejadas de la mano de Dios— y el bello paraje donde reinan la soledad y el olvido, siempre me ha parecido un escenario de una belleza serena, evocadora y sublime.

Para que este efecto se produzca en mí, las ruinas deben conservar algunas paredes en pie y claros vestigios de un pasado que yo pueda imaginar. Por supuesto, esta devastación debe estar enmarcada en un entorno que estimule mi ensoñación; si por el contrario solo encuentro un montón de escombros petrificados, la presunta belleza desaparece como por ensalmo, trocándose al instante en un cuadro desangelado de polvo, matojos e insulsa desolación.

Cuando todo está derruido, sin una ventana, un marco de puerta, una chimenea, alacena o pesebre, me resulta imposible imaginar a los hombres y mujeres que otrora habitaron este enclave; imaginarlos al despertar, contemplando el apacible u hostil panorama que se abría ante ellos. En definitiva, necesito que el lugar despierte ecos de las vivencias humanas que allí acontecieron; que de él emanen reminiscencias de su antiguo apogeo.

En fin, no me ando más por las ramas. El recorrido que hoy abordamos es del ínclito "wikilero" Anthercas, toda una institución en esta popular plataforma. 
El itinerario que nuestro colega senderista propone se hace a la contra de las manecillas horarias y en mi Garmin Etrex me salieron 22 kilómetros justos. Como antes decía, mi intención primigenia era la de dejar este recorrido para el otoño, con temperaturas más frescas que las que nos achicharran estos días de finales de junio del 26, pero aquella mañana, me levanté con el ánimo y la predisposición necesarios para atizarme estopa de la buena y me dije, sí, cuando atraviese la Rambla de Majal Alonso, a más de 30º sin que me corra un pelo de aire, igual me cuezo vivo y al baño maría, pero palos con gusto no pican, que ya se sabe que hace más el que quiere que el que puede, y en todo caso, si me veo apurado por súbita flojera de piernas, mareo o deshidratación, aborto la misión y me vuelvo por donde he venido, que esta es otra de las ventajas que tiene el andar solo y a tu puta bola, es decir, que a nadie tienes que dar cuentas de lo que hagas o dejes de hacer. Así que, dos litros de agua en la mochila, alfajor casero a gogó y que sea lo que la providencia tenga a bien tenernos reservado.
Una gran parte del recorrido ya lo conozco. El primer tramo repite el itinerario que realizamos para descubrir las Cuevas de las Quinterías, así como el sector inmediatamente posterior que abordamos durante nuestras pesquisas tras la pista de la Ventana del Tiempo. Por su parte, la ruta de Anthercas y sus acompañantes se inicia bien pasado Cortijo Nuevo, justo en la pista asfaltada del Camino Rural de Fuente de la Carrasca, en el cruce donde arranca el sendero que discurre en paralelo al arroyo del Toñido. En mi caso, preferí dejar el coche un poco más arriba, en la carretera, con la idea de buscar un claro de sombra bajo los pinos. Al final no hubo suerte, así que lo estacioné donde buenamente pude, en un pequeño espacio a la derecha de la vía. En la fotografía se puede ver Cortijo Nuevo, que ya nos resultaba familiar.
En este primer tramo no me entretuve demasiado, pero dada la atracción visual que ejerce sobre mí esta hermosa carrasca, me resultó imposible no capturarla de nuevo, para regocijo del sensor y tarjeta micro sd de mi cámara, que ante los bonitos paisajes, pareciera que cobran vida autónoma y propia.
Los ya visitados Cortijos del Sabinar.
La Pared del Tiempo (la acabo de bautizar).
Lo que sí voy a procurar capturar en esta ocasión es la Ventana del Tiempo, vista desde el camino, por si tú, ocasional visitante, tropiezas mañana o pasado con este blog buscando información sobre su ubicación, y aquí te la encuentras servida en bandeja. De nada.
Pues aquí se encuentra, bien visible desde el camino.
Helo aquí, El velero pétreo del Tiempo. ¡Otra inventada!
Y desde esta posición, se obtiene una preciosa perspectiva de la Ventana del Tiempo y el agreste entorno donde se halla ubicada. ¡Qué buen momento fue aquel cuando por fin la alcanzamos...!
Dejamos atrás la Ventana del Tiempo y seguimos avanzando.
Toda esta zona es muy proclive a la existencia de monolitos pétreos y otros mogotes de las más diversas formas y tamaños, algunos monumentales.
Por aquí también descubrí un enorme agujero, que no parece a simple vista, fácilmente accesible. Igual es la cueva de un oso, dragón o dinosaurio, o un nido de serpientes, vaya usted a saber.
Esta comarca es famosa por sus innumerables abrigos donde moraron nuestros ancestros y nos dejaron su legado en forma de pinturas rupestres, pero desde luego, este no figura en los mapas. 
Cerros de Pincorto y El comisario. 
Alcanzamos el cortijo del Royo del Artuñio.
En nuestra anterior incursión por aquí, rodeamos el cortijo y remontamos por su lado oeste, a través de una pista bastante empinada.
Hoy seguimos rectos, siguiendo el curso del Arroyo del Toñido que nace en las faldas del Cagasero, de la sierra de las Cabras.
Por aquí también se encuentran los abrigos de las Cañadas I y II, estos sí, recogidos en la cartografía. De los nogales de esta parte se dice que son ecológicos y que sirven no solo para consumo humano sino también como alimento para diversas especies animales.
Ya observamos que oquedades, de las más diversas formas y tamaños, dado el ambiente kárstico en el que nos hallamos, las hay por aquí a porrillo.
Si yendo por aquí nos diera un amago de agobio o flojera fulminante por el calor estival reinante, tenemos la suerte de que el sendero avanza en paralelo al arroyo del Toñido, en el que podríamos al menos, remojarnos la cabeza, brazos o los pies.
Hasta que alcanzo este cartel donde se extingue el sendero.
No me acerqué a la cascada porque sabía que esta brillaba por su ausencia, dado el escaso flujo de agua que bajaba por la corriente. Lo intenté en primera instancia unos metros, pero yendo en pantalones cortos y comprobada la espesura del matorral que tenía que sortear, me lo pensé mejor y me dije, creo que no merece la pena pelearse con las zarzas, donde seguro que voy a salir perdiendo y total, ir por ir es tontería...
Un difuso sendero va progresando por la ladera del barranco hasta que alcanzamos Cañadas de Abajo. 
Loma del Calar de Gimeno, 1724m.
Por aquí, aunque mi idea era darle una batida fotográfica a la aldea, pronto me lo quité de la cabeza porque los tábanos —o moscas del ganado— literalmente me comían. Tocaron alerta, "humano suculento a la vista", y tuve que salir de allí por patas. Se ve que los de Burete me insertaron hace tiempo un microchip bajo la epidermis que actúa como receptor de GPS; no sé cómo lo hacen, pero en cuanto me muevo por ambientes húmedos donde el agua fluye a pajera o se encuentra estancada, al poco, como si estuvieran avisados, me acude todo un ejército de esos repelentes y malditos insectos con las fauces abiertas. Clavan sus asquerosas mandíbulas en mi sufrida piel, dejándome un habón ulterior de picor irritante que me dura varios días. Algunos, incluso, hasta me dejan un reguero de sangre tras su voraz bocado. ¡Pero serán asquerosas! Porque, ojo, son las hembras las que necesitan sangre para la maduración de sus huevos; los machos son unos benditos que solo se limitan a inseminarlas, pedir perdón por existir y libar el néctar de las flores. ¡Como en el mundo humano mismo!

Y eso que procuro llevar camisetas de colores claros, no ponerme desodorante y seguir todo lo que se aconseja para no atraerlos. Pero que si quieres arroz, Catalina, conmigo esos consejos no funcionan. En cuanto tienen constancia de que un espécimen de la cosecha de mayo del 64 se acerca, el tábano pregonero informa de inmediato mediante megáfono: "¡Atención! Se trata de un plasma del grupo 0, RH positivo, ecológico y sin aditivos, con mucho cuerpo pero de entrada amable; su sabor es marcadamente afrutado, fundiéndose con unos taninos redondos y pulidos que en boca despliegan una explosión a higo chumbo y breva madura. Tiene una acidez equilibrada que le aporta frescura, y un final largo que deja ese recuerdo tostado y especiado del paso de los años...¡al ataquerrrrr!"

Tras el manifiesto, a todos los dípteros de las inmediaciones les queda tintineando en su diminuta cabeza aquello tan manido de que "pollo viejo hace buen caldo". Acto seguido, me cae encima toda una partida desaforada del Cañadas de Abajo, de Arriba y del copón bendito, buscando hincarme el diente a toda costa y como si no hubiera un mañana. Claro, tengo que salir de allí zumbando y a todo trapo, so pena de quedar colapsado por el ataque masivo de una verdadera legión de malvados insectos, a cual más hijo puta. Tan furiosa fue la acometida que sufrí en Cañadas, que ni de margen dispuse para recrearme con las reliquias de esos tornajos de antaño, de los que todavía permanecen unos raros ejemplares en este pecuario lugar. Una lástima, la verdad. ¡Pero qué perra tengo yo con los malditos tábanos...!
Una vez ya alejado de Cañadas, entonces sí pude recrearme y regodearme con el paisaje que lucía así de pintoresco.
Los Aliagares.
Ahora, campo a través, vamos remontando hasta conectar con la pista que nos lleva a la Fuente de la Carnina. Entretanto, ponemos tierra de por medio respecto de Cañada y sus aguerridos tábanos.
Todo este paisaje me resulta de lo más familiar porque es el que se divisa desde el camino pavimentado.
El camino rural de Fuente de la Carrasca.
Por encima de Cañadas, el paraje La Cabañica.
En marzo de 2018 anduve por esta pista, atacando la ascensión a la cumbre de la sierra de las Cabras, por su cara norte. Todavía quedaba bastante nieve como consecuencia de una gran nevada que había acaecido una semana antes.  
Bonitas vistas hacia las paredes de la sierra de las Cabras desde la pista que llevamos.
La Fuente de la Carnina se encontraba sitiada por un numeroso rebaño de cabras y ovejas. Como llevaba agua de sobra, preferí no molestar demasiado a los animales y continué pista adelante sin detenerme. El macho, haciendo de machirulo de su harén, no me perdía de vista y miraba con recelo
Llegamos al cruce de caminos que en 2018 tomé a la derecha. Hoy lo cogemos a la izquierda, en dirección a las faldas de las Sierra del Talón y la Rambla de Majal Alonso. 
Con una recreación mediante Google Earth, vemos como se vería nuestro recorrido situados desde la cuerda y cumbre de la Sierra de las Cabras.
FINAL PRIMER CAPÍTULO

No hay comentarios:

Publicar un comentario