13 mayo 2026

POR EL RINCÓN DE LAS CUEVAS DE BENIZAR IV y FINAL

Atravieso un grupo de casas a las que la cartografía denomina Las Casas del Aire y a medida que me voy acercando al paraje del Rincón de las Cuevas, este comienza a abrírseme como un abanico.
EL RINCÓN DE LAS CUEVAS.
Se trata de un anfiteatro natural producido por la erosión remontante, hacia atrás, de las areniscas miocenas por el agua. Sobre la cima de esta formación areniscosa discurre el barranco del Agua que nace algunos kilómetros más al oeste, en la Molata de Charán, y que aquí se precipita en un impresionante salto que a lo largo de miles de años ha ido socavando.

La naturaleza calcárea de estas rocas ha favorecido la formación de cavidades, algunas de gran altura, que han sido utilizadas para refugios de ganado. Pero además, desde siempre estos recónditos paisajes geológicos el hombre los ha utilizado para sus creencias y rituales, incluso hoy día los vecinos de Benizar lo siguen haciendo, como lo demuestra la presencia en una de las cavidades de un altar.

En las paredes amarillentas se intuyen estructuras sedimentarias originadas por corrientes submarinas, las estratificaciones cruzadas, muy comunes en toda esta formación geológica en lugares como en la cabecera del Barranco de Hondares, o incluso en el curso medio del barranco del Agua. También es común encontrar en las cavidades precipitados de calcita.
 Este rincón en concreto me sugiere la imagen de un oasis, en este caso, poblado de fresnos y chopos en vez de palmeras, que contrasta con la aridez y dureza de todo su entorno rocoso. ¿Quién puede ya reparar en la fatiga, teniendo frente a mí semejante panorama...? Las paredes de roca caliza del Mioceno han sido erosionadas formando agujas y covachas que semejan una catedral de piedra. Enfoco y disparo hacia las texturas y contrastes entre la roca amarilla/gris y la vegetación que crece entre las paredes y el fondo del barranco, hasta casi desgastarlos de tanto mirarlos. 
¡Como dios que este altar de la naturaleza me lo llevo para casa, aunque sea en forma de pixeles! 
El lugar es de una belleza sublime, como si de un auténtico monumento erigido por la madre natura se tratara. ¡Vaya un pijo, pues claro que sí! ¿Acaso existe una mejor tallista que ella...? No se me ocurre mejor broche de oro para concluir esta excursión, que haber dejado el impresionante Rincón de las Cuevas para el final. ¡Hasta en esto ha estado acertado el autor del track!
Moratalla, y en particular el entorno de Benizar, han conformado históricamente un refugio natural gracias a su singular orografía de calares y cuevas. Esta red de cavidades —que se extiende desde nuestra ubicación actual hasta los abrigos de los cenajos— ha servido durante milenios como abrigo, almacén y asentamiento humano. Prueba de este legado milenario son las muestras que albergan de arte rupestre levantino, reconocidas en la actualidad como Patrimonio de la Humanidad.
La ubicación geográfica de Benizar es estratégica. Lo abrupto de la orografía y la abundancia de manantiales de agua explican la presencia de vestigios prehistóricos, ya que el ser humano buscaba el amparo de cerros para asentarse y repeler los ataques enemigos. Manifestaciones de tales culturas han perdurado en la zona hasta la actualidad, principalmente en forma de pinturas rupestres. Los Abrigos de Benizar componen un conjunto de oquedades en la roca con pinturas, que se engloban dentro del arte prehistórico levantino y esquemático, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1998.

El estilo levantino está datado entre el 6.000 y el 4.000 a.C. aproximadamente y se caracteriza por su naturalismo y escenas de caza. En cambio, el esquemático es un arte de gran simplicidad gráfica a la hora de encarnar figuras humanas y animales, siendo la barra horizontal o vertical la forma más recurrente para representar a las distintas figuras. Cronológicamente se enmarca entre el 4.000 y el 1.000 a.C. (finales de la Edad de Bronce).
Los mismos abrigos que acogieron los trazos de ciervos y bóvidos en la prehistoria se convirtieron, centurias después, en escondite de bandoleros decimonónicos y, más tarde, en refugio de maquis y emboscados. Lo fascinante de indagar en la historia local de cada lugar que visito es la posibilidad de ir encajando las piezas como si se tratara de un puzle, consiguiendo una perspectiva y cuadro de nuestra piel de toro (que diría el geógrafo Estrabón), más general y completo.
Como buena zona de frontera y montaña, estas sierras fueron el refugio predilecto de quienes vivían al margen de la ley. Indagando sobre las andanzas del legendario Jaime el Barbudo, topé con la historia de "El Pernales", un forajido cuya peligrosidad incluso superaba a la de aquel. Aunque se le considera el bandolero andaluz por excelencia, Francisco Ríos y su compañero, "El Niño del Arahal", recorrieron estos macizos en su huida final hacia la costa en 1907.

Se sabe que cruzaron las cumbres de la Sierra de Segura y Moratalla buscando auxilio en los cortijos más aislados, como los que rodean Benizar, incrementando con ello su interminable lista de fechorías sobre aquellos cortijeros que se mostraron reticentes a ayudarles. Sin embargo, su carrera delictiva terminó de forma sangrienta el 31 de agosto de aquel año. En su intento por alcanzar Valencia para embarcarse rumbo a América, fueron interceptados por la Guardia Civil y, tras verse obligados a retroceder, acabaron rodeados en el paraje del Arroyo del Tejo, en la Sierra de Alcaraz (Albacete), donde ambos cayeron abatidos por el fuego cruzado de los beneméritos que los tenían rodeados.
Lo que siguió fue el último acto de una tradición justiciera y ejemplarizante que buscaba el escarmiento público, tal como dictaba la macabra costumbre con los bandidos más sanguinarios —proceder que también sufrió décadas antes el propio Jaime el Barbudo—, de que sus cuerpos fueran troceados y pasados por aceite hirviendo para su conservación y exhibición publica. Aquel espectáculo atrajo a miles de curiosos en el pueblo de Alcaraz, marcando el fin de la época de los bandoleros, que hasta entonces, habían actuado cuasi con total impunidad, como hoy en día parece que hacen los narcos y sus satélites de Huelva y Cádiz.

Cabe recordar que, por entonces, la Guardia Civil apenas llevaba 63 años en funcionamiento. Creada en 1844 por el II Duque de Ahumada —descendiente de Moctezuma—, nació precisamente para pacificar el ámbito rural y por ende, acabar con el azote que por aquellos tiempos suponía el bandolerismo. Para erradicar el fenómeno, no solo se persiguió a los hombres, sino que se ordenó destruir sus refugios y bases de operaciones; un plan sistemático que acabó con muchas de la fortalezas que llevaban siglos abandonadas, verbigracia, el castillo de los Poyos de Celda, en Caravaca de la Cruz.
Pero la historia de estos abrigos no se detuvo en el siglo XIX. Durante la Guerra Civil y la larga posguerra, las cuevas de Benizar volvieron a ser testigos del miedo y la resistencia. Es un detalle que mucha gente ignora pero al principio de la contienda (1936), el fenómeno fue inverso a la idea que parece ha quedado en el imaginario colectivo. En la retaguardia republicana, muchos hombres (por miedo a las levas, por motivos religiosos o ideológicos) se "echaron al monte" o se escondieron en dobles fondos de casas y cuevas, creyendo ellos que la guerra duraría cuatro días. 

Luego llegaron "los "Tíos del Lazo" (un término muy murciano y del Levante), de los que ya hemos hablado en alguna ocasión en este blog, los cuales protagonizaron una parte bastante infame de la historia local y de la retaguardia. Eran milicianos que ejercían presión sobre las familias, en concreto sobre las mujeres y hermanas de aquellos "escondidos" que se quedaban solas en sus domicilios, que con amenazas, vejaciones, incluso abusos de índole sexual y violencia física, trataban de amedrentarlas para sacarles el secreto de su localización.

Así pues, primero fueron los "emboscados"', aquellos que al estallar el conflicto buscaron refugio en las entrañas de la tierra huyendo de las levas y de la presión de los tíos del lazo.
Más tarde, tras el fin de la contienda, las tornas cambiaron y las sierras se poblaron de maquis. Estos guerrilleros, muchos de ellos con lista de crímenes y otras atrocidades acumuladas a sus espaldas, en búsqueda y captura y condenados por ello a muerte, habitaron estas mismas oquedades esperando una intervención de los Aliados de la Segunda Guerra Mundial que nunca llegaría. Para estos fugitivos, el Calar no solo fue un escondite, sino el escenario de una espera agónica que, en muchos casos, solo terminó con la muerte o el olvido. 
En la zona de Benizar y la Sierra de Segura, operó parte de la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón (AGLA).

Para estos hombres, las cuevas que antes habían servido a los "emboscados" del otro bando, o siglos atrás a los bandoleros, se convirtieron en su hogar y su trampa. El terreno kárstico de Benizar, lleno de simas y abrigos de difícil acceso, resultaba ideal para el control visual sobre el valle y en su caso, para la guerra de guerrillas. Uno de los huidos más sonados de entre los que recorrieron estos contornos fue el de "El Cencerro" y su grupo, que lograron resistir más de una década, echados al monte. Su final fue épico cuando, viéndose acorralado y sin munición, utilizó la última bala que le quedaba en la recámara de su arma para pegarse un tiro, antes de que lo cogieran vivo. Otros maquis, que se movieron por estas sierras y cuevas fueron "El Guerrillero" (o grupos vinculados a la partida de "Manco de la Pesquera" que cruzaban hacia Albacete) y Eusebio Liborio, apodado "El Tito" que fue uno de los últimos maquis que merodearon la Sierra de Segura y zonas altas de Moratalla.
Muchos de estos hombres no morían siempre en tiroteos de película, sino "como ratas", delatados por algún pastor bajo presión, por algún desquite o cuentas pendientes de quienes habían sufrido sus tropelías en la retaguardia o sorprendidos mientras bajaban a un cortijo aislados por el hambre y el frío. Que esa es otra, el invierno en estas altitudes no perdonaba. No me resulta muy difícil imaginar a esos hombres en la penumbra de la covacha, tiritando de frío pero temerosos de encender una hoguera que, con su columna de humo, se convirtiera en su propia sentencia de muerte ante la vigilancia de la Benemérita. En Benizar y sus alrededores, la guerrilla no fue una epopeya romántica, sino una agonía de hambre y aislamiento. Algunos, como ocurrió en tantos rincones de la Sierra de Segura, acabaron sus días abatidos en algún paraje perdido, víctimas de un chivatazo o del simple agotamiento, cerrando así, con sangre, el último capítulo de los hombres que buscaron en la piedra un refugio contra su propio destino. Así, el puzle de este territorio se completa: la misma roca que protegió al cazador prehistórico y al bandolero romántico, dio cobijo también al último fugitivo de nuestra historia más reciente.
Aquí en el Rincón de las Cuevas, me encontré con estos pacíficos bandoleros y guerrilleros de otro tiempo, que accedieron a posar conmigo para ilustración de este blog.
Creo que esta es la Cueva de la Humareda, donde existe un altar de piedra que pronto veremos.
El lugar es mágico y requiere de un postureo acorde a su lozanía calcárea, pero a estas altura de ruta, yo no estaba precisamente para muchos trotes.
Pero acudieron mis amigos al rescate, que ya dice el refrán que hay que tener amigos hasta en el infierno...
El Altar en la Cueva.
El rincón es para volver a visitarlo.
Precioso y exuberante chopo recortado entre las paredes del Calar de Benizar.
Desde el interior del aprisco o Cueva de la Humareda.
Preciosos matices y contrastes.
Es hora de pensar en el regreso. Al echar la vista atrás poco antes de soltar la mochila, noto cómo el cansancio se apodera de cada fibra de mi cuerpo; me siento, literalmente fundido. Sin embargo, hay una contradicción maravillosa en este agotamiento: cuanto más exhausto estoy, más pletórico me siento por dentro.

Es un vacío físico que se ha ido llenando, kilómetro a kilómetro, con la huella que han dejado en mí los paisajes, la conquista visual al hollar el Castillo de Benizar, la Muela de Moratalla y el susurro constante del agua en cada rincón y fuente de Benizar.

Pero si algo ha terminado de colmar este camino, ha sido el descubrimiento del Rincón de las Cuevas. Ha supuesto el momento más apoteósico de la ruta, ese lugar donde el tiempo parece detenerse y donde comprendes que, aunque las piernas pesen, el espíritu vuelve a casa más ligero y vibrante que nunca. Para un aficionado a la crónica ilustrada como el que suscribe, este viaje ha supuesto mucho más que una simple ruta de senderismo; ha constituido un ejercicio de meditación activa, una auténtica experiencia mística y religiosa.
Hay lugares donde la tierra no solo se eleva, sino que se pone en pie para vigilar el paso del tiempo. Al aproximarse a Benizar, lo primero que corta el aliento no es el desnivel del sendero, sino la silueta imponente de su castillo, una fortaleza que parece nacer de las entrañas de la roca misma.
Hoy, sus exiguos muros de tapial son poco más que cicatrices doradas bajo el sol de Murcia, pero basta un segundo de silencio para escuchar el eco de la frontera. Hubo un tiempo en que esta atalaya no era el destino turístico de un fin de semana o una ruta de senderismo cualquiera sino el último refugio de la Encomienda de Moratalla; un nido de águilas donde los caballeros de la Orden de Santiago oteaban el horizonte, buscando en el polvo del valle cualquier señal de las incursiones granadinas que solían llegarle por donde se esconde el sol.
¡HASTA LA PRÓXIMA!

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