lunes, 5 de mayo de 2014

EMPANADAS, POR EL BARRANCO DE TÚNEZ I

El recorrido clásico para subir al Empanadas es hacerlo por el espectacular barranco de Túnez. Un topónimo que ya me gustaría a mí saber si su orígen procede de aquella región africana, otrora, cartaginense, o su ascendencia será otra. En fin, a lo que vamos, unos días antes, nos habíamos quedado con las ganas de iniciar y completar esta ruta, por las razones ya consabidas, y cinco días después, con pronóstico de buen tiempo, volvíamos a la carga, aunque en esta nueva ocasión, por cuestiones laborales, habría de quedarse apeado, nuestro amigo Antonio.
Así como quien dice, a toro pasado, no parece el león tan fiero como lo pintan. Es una ruta exigente porque el desnivel que hay que superar, sobre todo a partir de ese punto de inflexión que representa la cabaña del maestrillo, es importante. Pero nada que no esté al alcance de cualquier senderista medio que esté acostumbrado a buenas caminatas de mil y pico metros de desnivel acumulado.
Existen algunos puntos en que hay que llevar cuidado y asegurar bien el paso, pero no me parece un recorrido especialmente peligroso si se anda precavido, poniendo atención en cada lance que se nos presente de alguna dificultad. Lo mejor es disfrutar de la ruta, despacio, sin prisas. El panorama que se ofrece a nuestro alrededor es sencillamente grandioso. El colosal Empanadas comparte sus excelencias con el parque de Castril (Granada) y el de Cazorla, Segura y las Villas (Jaén). Pero la cara más espectacular para subirlo es la granadina, la orientada al este, pues desde el lecho del barranco de Túnez, a la altura más o menos de donde se encuentra el cortijo del maestrillo, 500 metros de desnivel cuestarriba, tienen la culpa de que coronar la cima del Empanadas suponga todo un desafío, amén de ofrecer a nuestra visual, una estampa sublime.

Después de haber puesto a caldo, durante el viaje, a esos politicuchos de tres al cuarto, que sufrimos y padecemos, y que lo mismo me da que me da lo mismo, que sean presuntamente de derechas o izquierdas, que siempre nos recortan a los mismos, y que durante décadas, ya han demostrado su supina incompetencia en pro de la buena gestión, e insistente querencia por dejarse querer y mecer por los seductores brazos de la corrupción, y a los que por ello, habría que enviar de una vez por todas, a sus casas, a expiar sus culpas, sin derecho ni al paro, aparcamos debajo de las tuberías, en las proximidades del cortijo del Nacimiento.
A nuestra izquierda quedan los impresionantes paredones de la cerrada de Túnez y ese intimidante cono de deyección por el que hemos de subir. Como siempre suele suceder en estos casos, una vez metidos en faena, la subida no nos parece tan difícil.
Aquí podemos ver a mi compañero de fatigas, Josepaco, luciendo sombrero militar, venido directamente de Afganistán, antes de cruzar el río Castril rumbo al cerro del Empanadas. Será protagonista de la mayoría de escenas de este nuevo episodio senderista, en el que intentaremos dejar una noción, lo más clara posible de lo que fué caminar por entre estos bellos parajes.
Lo más dificultoso fué atravesar un enorme canchal que es preciso superar antes de comenzar la subida hacia el barranco de Túnez.
Nada más comenzar a ganar altura, las vistas hacia el valle de Castril, que se encuentra rodeado por agudos y desnudos perfiles rocosos, son cada vez más soberbias.
Mi compañero me comentaba que la rampa es dura pero menos de lo que parece desde la distancia. Y tenía razón.
Gran fotogenia la de mi amigo. Se lleva bien con la cámara.
Hay que empujar de lo lindo. El bastón viene de perlas.
Viky, mimetizada con el paisaje, parecía disfrutar muchísimo sobre un terreno que no conocía.
El terreno, como se puede apreciar, muy agreste, amenazador, indómito, de una belleza salvaje.
Mi amigo escudriñando con los prismáticos, esos formidables cuchillares de Túnez, todo un espectáculo para la vista...
Sobre los cuchillares, el pantano del Portillo
Seguimos por una senda a media ladera. A nuestro paso, se nos muestra imponente, el encajonado barranco de Túnez, con sus afilados cuchillares y las laderas rocosas de éste, exhibiendo todo un amplio muestrario de formas pétreas con una variada gama de ocres.
Seguimos el sendero y llegamos al cauce del barranco por el que discurre un río de agua verdaderamente cristalina.
Violeta de Cazorla, bello endemismo exclusivo de esta sierra y de otras cercanas.
A nuestro paso vemos toda suerte de cascadas y pozas que se reparten a lo largo de su cauce. Nos damos cuenta, que en esta época del año, no hace falta traernos agua de casa pues el barranco nos ha de surtir de toda la que podamos necesitar.
 Atravesamos el barranco a la altura de esta preciosa poza que en verano se nos antojará irresistible no darnos un chapuzón.
FIN DE LA 1ª PARTE

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