El pacto.
Manuel Valera.
Los tenemos tan calados, llevamos tantos años soportándolos, que no nos
sorprende que anticipemos con tanto atino su siguiente paso. Recordemos los
que han dado hasta ahora: primero, preparar el campo para predisponerlo a
que arda –hecho esto a través del denominado ecologismo–. Segundo: que surja
la llama. Tercero: actuar descoordinadamente o con dejadez para que el fuego
arrase cuanto más mejor. Cuarto: escenificar un enfrentamiento político
entre facciones y enredarse con asuntos de competencias entre comunidades
autónomas. Hasta aquí, de manual. Lo de siempre. Y también su siguiente
acción es la esperada: pedir un pacto de Estado. En este caso, contra la
«emergencia climática», que es como les han dicho ahora que hay que llamar
al cuento del cambio climático, esa etiqueta que todo lo soporta y en la que
fundamentan cuantos crímenes están cometiendo contra la gente.
Salen a soltar la idea del pacto de Estado como si fuese una gran medida,
como si merecieran un premio Nobel por la ocurrencia. Pero, como digo, ya
estamos muy escarmentados, ya hemos sido apaleados desde hace tanto que no
tardamos en traducir lo que dicen a lo que realmente quieren decir. Vamos a
ello.
Dicen: «Alcancemos un pacto de Estado contra la emergencia climática».
Traducido: «Nuestros amos, los que realmente gobiernan, nos han ordenado que
ejecutemos al unísono un plan que pasará por recortaros más libertad y por
robaros todavía más, que, aunque parezca mentira, queda margen para
apretaros. Y que nos excusemos en lo del clima, que es el invento con el que
justificamos nuestros crímenes».
Bien, nada nuevo. Los políticos son actores que salen ahí a justificar lo
que les dicen que tienen que justificar. Todos. Los de todos los partidos.
Además, etimológicamente, no hay lugar a dudas: pacto de Estado, no pacto de
la nación. El Estado es una institución, un mecanismo legal, un artefacto
del sistema para someternos. Claro que alcanzarán un pacto de Estado. No es
que lo alcancen: es que obedecerán las órdenes de sus jefes. ¿Qué mérito
tiene que obedezcan a sus amos al unísono? Para eso fueron escogidos.
Lo que sí sería meritorio es un pacto de la nación. Un pacto de la gente.
Nuestro pacto. Un pacto que pasara por ponernos de acuerdo nosotros. Para
que dejasen de robarnos. De mentirnos. De hacernos creer que vivimos al
amparo de un ordenamiento jurídico, de unas instituciones que velan por
nosotros, del sistema de «derechos y libertades del que nos hemos dotado».
Aquí nos nos hemos dotado de nada más que de paciencia y capacidad de
sufrimiento para soportar décadas de expolio, de humillación, de agresión
continua por parte de unos y de otros, todos los mismos. Quien manda en
España no está en España, este protectorado de la CIA, este pedazo de
cortijo del cortijo que a su vez es la UE, otro artilugio para fomentar la
pobreza y la esclavitud.
Pueden «alcanzar» los pactos de Estado que les venga en gana. No se tratan
de pactos, sino de órdenes agresoras recibidas contra nosotros. ¿Cómo
piensan luchar contra unos incendios provocados? ¿Acaso dejando de
provocarlos? ¿Acaso diciendo la verdad sobre la mentira de la emergencia
climática? ¿Acaso entregándose?
Nada de eso va a ocurrir. Mientras la gente no alcance el pacto de dejar de
justificarlos, de creerlos, de votarlos, de considerarlos, nada de eso va a
ocurrir. Están más vistos que el tebeo.
Los países corruptos llenos de imbéciles que los justifican...
ARDEN MEJOR.

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