26 junio 2026

HACIA EL GUARDIÁN SILENCIOSO DE MANCHEÑO III y Final (en construcción)

Como se observa en la última fotografía del capítulo anterior, ya tenemos a la vista el pueblo fantasma de Mancheño. Aunque si no conoces su existencia y aún menos su ubicación, puede quedar bastante mimetizado con el paisaje y por ello, pasar desapercibido hasta que no lo tienes encima. Ahora hemos de atravesar varias terrazas y barrancos por una zona que la cartografía denomina como "Solanas de Mancheño". El tramo en primavera resulta especialmente bonito y embriagador. Aunque si ya vienes cascado por lo que llevas en las piernas, como hay que superar algunas terrazas con sus correspondientes ribazos, si hace calor como hoy es el caso, se puede llegar a indigestar. 
Yo me imagino a los críos de Mancheño alejarse del pueblo para jugar sobre estas eras. Quién sabe si hasta tendrían por aquí su campo de fútbol, tal vez con una pelota hecha de trapos, porque en los años 50 y 60 el balompié ya causaba furor de la mano de un Real Madrid imparable. Aquellos tiempos en blanco y negro grabaron la mítica gesta de las cinco Copas de Europa consecutivas; un idilio continental que arrancó en el 56, cuando el equipo merengue conquistó su primer título en el Parque de los Príncipes. Era la época dorada de Di Stéfano, Paco Gento, Puskás y compañía.
Yo no entiendo mucho de grados de maduración, pero para mí que a esta cebada no le queda mucho para su recolección, que debe ser inminente.
Y ya estamos en Mancheño, que me encontré especialmente desangelado, más aniquilado que nunca. De hecho, me temo que los amigos de lo ajeno han hecho acto de presencia en las pocas viviendas que aún conservaban algún rasgo de cuidado por parte de sus dueños; la penúltima vez que pasé por aquí, el año pasado, sus puertas seguían cerradas. Ahora, en cambio, nos las encontramos reventadas para irrumpir en el interior y expoliar todo lo que les viniera en gana. Por supuesto, nosotros no tocamos nada. Hice fotos a porrillo del desorden y el esturreo de objetos que nos encontramos, pero, por aquello de no dar pistas a otros potenciales rateros, he decidido dejar esas imágenes al margen de este reportaje. Añadiré alguna, no obstante, como mera ilustración de cuanto expongo. ¡Qué gentuza! ¡Cuánto asco me despiertan...! Por si sirviera de información para alguien de cara al futuro, nosotros pasamos por aquí un día 21 de mayo de 2026 y el acto de pillaje ya había sido perpetrado.
Me he destacado un poquito respecto de mis compañeros para comentar que la curiosa efigie que se observa bajo las tejas de la vivienda es, desde que la descubrí, la que siempre consideré la silueta del antiguo alcalde de Mancheño, José Ruzafa. La mujer (no sé si de nombre Ramona) de la que hablaba en el primer capítulo relataba que, cuando era niña, la tarde de Nochebuena pasaban por todas las casas cantando villancicos, acompañados de algún que otro laúd. Los moradores siempre les correspondían con algunos de los dulces caseros que preparaban para tan entrañables fechas. Por supuesto, el hogar más pudiente y, por ende, el más espléndido en cuanto a licores y aguinaldos se refiere era el del regidor, cuya esposa se mostraba especialmente generosa y atenta con sus vecinos.
Todas las casas que el año pasado me había encontrado cerradas a cal y canto —como siempre, dicho sea de paso—, se hallaban ahora profanadas; forzadas de malos modos, como se puede apreciar. Esta creo que fue la antigua casa del alcalde pedáneo de Mancheño.
He indagado por ahí y parece ser que la figura que se observa bajo el voladizo de la teja o alero no fue simple voluntad del morador o capricho estético del albañil que construyó la casa. Al parecer, la existencia de esta efigie obedecía principalmente a dos motivos históricos y culturales profundamente arraigados, sobre todo en el área mediterránea y la Europa rural:

1. Función Apotropaica (Protección contra el Mal de Ojo).

Esta es la razón más fascinante. Antiguamente, se creía que las casas eran vulnerables en sus puntos de transición, esto es, puertas, ventanas y el alero del tejado (por donde "vuelan" los malos espíritus o las brujas).

¿Cómo funcionaba? Colocar una cabeza humana, una cara grotesca, un animal o un símbolo sagrado en el alero servía como un imán para las malas energías.
La creencia dictaba que si un vecino envidioso o un espíritu maligno miraba la casa con malas intenciones, su mirada se fijaría primero en la efigie. Al "asustarse" o quedar atrapado por la fuerza del rostro esculpido, el hechizo o el mal de ojo quedaba neutralizado, protegiendo a los habitantes del interior.
2. El "Canecillo" Heredero del Románico y Gótico.

Si nos ponemos más técnicos, esta casa imita o conserva una larguísima tradición arquitectónica que viene de la Edad Media.

En las iglesias románicas y góticas, los canecillos (las piezas de piedra que asoman bajo el tejado para sostener la cornisa) se esculpían con rostros humanos, monstruos, animales o pecados capitales.

Con los siglos, los maestros de obra y albañiles locales llevaron esta costumbre de los templos religiosos a la arquitectura civil (casas señoriales y, más tarde, casas rurales de cierta importancia). Era una forma de dar prestigio a la vivienda, demostrar que no era una simple choza y mantener viva una firma artesanal.

En resumen, esta carita de piedra que cada vez que paso por aquí encuentro más desdibujada, es un guardián silencioso (de ahí el título de nuestra andadura). Está ahí para vigilar los cielos, espantar las brujas, desviar las maldiciones de los envidiosos y, de paso, lucir bien y demostrar que el dueño de la casa, que en este caso se trataba del alcalde, contrató a un buen y renombrado constructor que conocía la historia y sabía lo que hacía.
Como mencionaba más arriba, esta era la casa de José Ruzafa. El matrimonio formado por Marcos y Josefa fueron los últimos en vivir en ella. Tuvieron cinco hijos: José, Amador, Antonio, Desideria y Lucia. La familia emigró a Elche. Esta información se encuentra en el blog de Faustino Calderón, Pueblos Deshabitados.
He querido recrear a mis amigos junto al alcalde de Mancheño para que les ahuyente de los malos espíritus o el mal de ojo, si acaso los tuvieren, que nunca se sabe. De aquí nos vamos a ir limpios como el jaspe de posibles maldiciones que por una u otra razón, alguien nos haya echado. De ahora en adelante, veré a esta figura con otros ojos, porque espero que aguantemos ambos, mucho tiempo más.
Y aquí en esta otra con Viky, cuya protección o efecto disuasorio contra los malos espíritus, seguro que resulta incluso más eficaz.
La casa a la que ahora nos dirigimos también nos la encontramos igual de asaltada. Se encontraba todo manga por hombro. Fue la casa de José María el barbero. Vivió en ella con su mujer Purificación. Se fueron a Castellón. Posteriormente la casa estuvo habitada por Antonio y Virtudes, los cuales se marcharon a Elche. Ya en los últimos tiempos era utilizada por Marcos y Josefa cuando venían de vacaciones o en puentes festivos.
La hoy desolada aldea de Mancheño, ubicada en el término municipal de Vélez-Blanco (en la comarca de Los Vélez, Almería), carece de una fecha de fundación exacta con carta puebla, ya que su origen no se debe a una planificación institucional, sino a un proceso de colonización agrícola espontáneo.

Su origen se sitúa a caballo entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX (en torno a los años 1790-1820).

Durante las últimas décadas del siglo XVIII, el Marquesado de los Vélez y el crecimiento demográfico de la comarca empujaron a muchas familias de agricultores y pastores a ocupar y roturar tierras de secano en las zonas más septentrionales y aisladas de la provincia, casi en el límite con el noroeste murciano.

El nombre "Mancheño" proviene del apodo de los primeros pobladores o arrieros que se asentaron en ese sector de los llanos, probablemente originarios de La Mancha o vinculados a las rutas ganaderas que conectaban ambas regiones. De hecho, muy cerca de aquí pasa la vía pecuaria El Cordel de Bugéjar a Alcoluche.

El asentamiento pasó de ser un conjunto de cortijos dispersos a consolidarse como una aldea compacta durante el siglo XIX, con calles paralelas adaptadas al terreno. Sus habitantes vivían exclusivamente del cultivo de cereales (trigo, cebada, centeno) y de la ganadería ovina y caprina.
Si El Retamalejo feneció paulatinamente por la falta de servicios y la consecuente diáspora, Mancheño resistió un poquito más de forma muy humilde, sin llegar a tener nunca luz eléctrica ni carretera asfaltada. En este caso concreto, el principio del fin no solo llegó con el imparable éxodo rural de aquellos años hacia el levante español (especialmente hacia Elche), sino con la estocada definitiva que sobrevino en el invierno de 1978: una histórica y copiosa nevada dejó incomunicados y literalmente sepultados bajo la nieve, durante una semana, a sus cinco últimos habitantes. Aquella experiencia fue tan traumática que, en cuanto el tiempo dio una tregua y se abrieron los caminos, los últimos cinco vecinos armaron las maletas y se marcharon para siempre, dejando la aldea desierta de la noche a la mañana.

Esto, más o menos resumido, es lo que he leído en algún diario digital. Sin embargo, me ofrece mucho más crédito el blog de Faustino, Pueblos Deshabitados, cuya sublime y extensa entrada dedicada a Mancheño he vuelto a releer. Su texto cuenta con testimonios incontestables: no solo el de las personas que él mismo recaba, sino el de los propios mancheños que respondieron a la publicación en los comentarios, aportando un valor incalculable, preñado de ternura y emotividad. 
Las fechas bailan un poco, ya que Faustino sitúa la Gran Nevada en 1980 —algo que me suena que en Caravaca, Moratalla, Cehegín y Bullas también sufrimos por aquella época— y, como suele ocurrir, nadie se pone de acuerdo sobre quién fue el último habitante en marchar de forma definitiva. La entrada es muy extensa y, aunque tengo por costumbre guardar los textos por si la fuente desaparece con el tiempo (algo harto frecuente), en este caso está claro que si muere su blog, también lo haría el mío, ya que pertenecen a la misma plataforma. Por eso, si te interesa la historia rural de estos lugares ya en vías de extinción y quieres comprobar el aspecto que presentaba Mancheño en 2010, te invito a pinchar en el enlace de Pueblos Deshabitados; es una publicación, como digo, completísima, de una sensibilidad infinita que te va a encantar.
No obstante, sirva este fragmento extraído del blog de Faustino, a modo de ejemplo, de como él relata el que supuso el punto de inflexión en Mancheño hacia su definitivo ocaso, a partir de la Gran Nevada: 

Una fecha para el recuerdo en la historia de Mancheño sucedió en enero de 1980 cuando cayó una nevada muy intensa que dejó al pueblo aislado casi una semana. Vivían entonces cinco personas allí, dos de ellos de avanzada edad, lo que hizo movilizarse a todos los pueblos cercanos (Topares, Las Cobatillas, La Capellania, La Junquera) y acudir numerosos vecinos hasta Mancheño para ver si
necesitaban ayuda en forma de víveres, alimentos o lo que fuera, incluso un helicóptero (no se sabe bien de que institución) consiguió posarse en las eras para ver si había alguien enfermo o necesitaban ayuda. Esta gente que vivía en Mancheño ya estaba bien provista de alimentos, leña y demás porque eran previsores y sabían que el invierno era duro por allí y podía pasar esta situación y afortunadamente no tuvieron que recibir ayuda. Tenían preocupación por las ovejas que estaban en unas parideras en el monte y no podían llegar hasta ellas para llevarlas comida, pero por suerte no hubo desgracia con el ganado y aguantaron bien hasta que se empezó a deshacer la nieve. 

La mayoría de los vecinos antes de este suceso ya habían marchado debido a la falta de servicios básicos e infraestructuras, las malas comunicaciones que tenían y las ganas de buscar una mejor calidad de vida, prácticamente casi todos acabaron en Elche (Alicante) en
un efecto dominó en el que unas familias fueron arrastrando a otras, algunas se fueron a Palma de Mallorca. 
El matrimonio formado por Prudencio Sánchez y Valentina Abril con Feliciana, la hija que tuvieron, fueron los últimos de Mancheño, después de estar cinco o seis años viviendo en soledad se marcharon en 1982 al cortijo Espín en término de Topares y en una segunda emigración lo hicieron a Los Royos.

En fin... caminar por aquí en la actualidad resulta sobrecogedor, sobre todo si, como ha ocurrido, los amigos de lo ajeno han hecho acto de presencia dejándolo todo patas arriba. Pero aunque ya pocas chimeneas y hornos de leña quedan en pie, las últimas trazas que quedan de la aldea permiten hacerse una idea de lo sumamente dura —pero a la vez unida y autosuficiente— que era la vida de los guardianes de estas tierras a mediados del siglo pasado. La que estamos haciendo hoy es una ruta con muchísima historia e identidad y así lo he percibido siempre desde mi instinto y las propias vibraciones que recibía.
Abandonamos Mancheño y ahora toca afrontar, en un día especialmente cálido, una pista de tierra cuesta arriba, que acumulado a lo que ya llevamos en las piernas, nos va haciendo mella. Pero el paisaje a nuestro alrededor, sigue mostrándose exultante.
El cerro de Pedro y en la parte inferior de la fotografía se atisban varios barrancos que convergen más abajo en el Barranco de las Salinas, por el que pretendía yo subir desde el Cortijo de los Gurullos. ¡Qué fácil se ve todo desde el mapa...!
Y después de haber cubierto varios kilómetros, llegamos a los Poyos de Celda y Loma Macea. Aquí nos encontramos una carpa que había servido para albergar la reciente romería de San Isidro Labrador que había tenido lugar, los días 15 y 16 de mayo, entre El Moralejo, Los Royos y La Capellanía.
La ermita de San Isidro Labrador.
Huertas de La Capellanía y la inconfundible silueta de la Sierra del Carro.
El cerro del Castillo, 1188m. donde se encuentran los vestigios del ídem de los Poyos de Celda. Recordemos que era utilizado por bandoleros y otros salteadores de caminos como guarida, y que fue destruido por las autoridades del momento cuando por fin se decidieron a acabar con aquella lacra establecida por décadas que fue el bandolerismo, por entonces imperante, y que tantos quebraderos de cabeza originaba a las autoridades del momento. Fruto de ello fue la creación de la Guardia Civil por el Duque de Ahumada, descendiente de Moctezuma, en 1844. 
Este enclave siempre me ha parecido precioso.
Laderas de Loma Macea, donde decía aquella mujer que se pasea...
En la fuente de La Capellanía, de la que se abastecían los habitantes de El Retamalejo, Mancheño y otros lugares, podemos ver a este soberano plátano de sombra, idéntico a los que se plantaron en su momento, en tantos otros lugares de España, entre ellos, lo de la entrada a Barranda y Caravaca.
El plátano de sombra suele ser el nombre más extendido por el que se le conoce en casi toda España. Se le denomina así porque su copa es tan densa y sus hojas tan grandes que bloquean el sol de maravilla.
Aunque también lo he leído como plátano de paseo, muy común llamarlo así también porque durante el siglo XIX y XX se plantaron masivamente para flanquear las avenidas, paseos y carreteras para que los carruajes y peatones viajaran fresquitos. 
Con el transcurso del tiempo y la proliferación de los autos a motor, se terminaron convirtiendo en un peligro manifiesto en caso de accidente automovilístico, como por desgracia, así les ocurrió y todavía sigue ocurriendo a muchos conductores. 
Ya vemos que este plátano de sombra nada tiene que envidiar en cuanto a grosor del tronco se refiere a la ya visitada carrasca. Otro árbol monumental que admirar en esta ruta, sin duda.
Este último tramo, suele ir un poco más pegado hacia la ladera de Loma Macea, aprovechando un antiguo sendero que era el utilizado por las gentes de El Retamalejo para acudir a misa los domingos y fiestas de guardar, que se celebraba en la ermita de San Isidro. Como ahora ya se encuentra bastante difuso y de lo que se trataba era de cerrar el círculo cuanto antes, atajé lo más directo posible para conectar con el camino que viene de La Capellanía y El Reclamo hacia El Retamalejo. 
El terreno parecía una alfombra. Pillamos a la primavera por estos parajes en su momento de mayor esplendor. ¡Qué delicia...!
La Capellanía.
El Cerro del Castillo.
Un puesto de caza muy singular y bien mimetizado con el paisaje, que existe por aquí.
Al que se acerca Anabel a curiosear.
Graciosa y ocurrente la escena.
El campo sembrado de margaritas y amapolas. Fotografía más bucólica no cabe. Heidi está a punto de aparecer por alguna esquina.
Pero a falta de la protagonista de los míticos e inolvidables dibujos animados de mi infancia, tenemos a esta otra Heidi de los montes del Noroeste Murciano, que también gusta de codearse con veteranos (todavía no abuelos, en el más estricto sentido del término) de estoico y sufrido perfil.
La alfombrada campiña se nos presenta de una belleza sublime. Durante un buen trecho, no sabemos donde pisamos, pues la flora primaveral nos llega a las rodillas.
¡Que aprehendemos y disfrutamos con todos lo sentidos!
Hemos conectado con el camino que antes mencionábamos, donde ahora tenemos un fuerte cuestarrón que superar. Somos senderistas que saben sufrir y resistir cuando toca y este repechico es la última tachuela antes de avistar El Retamalejo que ya tenemos a tiro de piedra. Unas cervezas y diferentes viandas, mantenidas en una nevera con cubitos de hielo nos aguardan. A ver como nos las encontramos. Pensamos en ello desde hace un rato.
Y tras este último obstáculo, por fin vemos las ruinas de Retamalejo al frente y el coche donde guardamos el picnic, bajo un almendro. Las cervezas se podían beber porque conservaban todavía un frío tolerable para el gaznate, aunque yo creo que dos bolsas de cubitos hubiese sido lo suyo para haberlas conservado un poquito más acordes a su punto ideal de ingesta. 
Aún así, ¡nos sentaron como dios!
Y cerramos el círculo. He completado este itinerario unas cuantas veces; primero, porque me apasiona caminar por estos parajes tan solitarios y, segundo, porque me costó lo mío diseñar el trazado por los lugares que consideraba más idóneos. Ya hemos visto que son rincones con historia y de un antiguo esplendor, con un trasiego de gentes muy diferente al que se puede observar por aquí en la actualidad. Hoy venía acompañado pero, que yo recuerde, en mis anteriores visitas nunca me crucé con nadie en todo el trayecto.

Cada ruta deja algo en quien la recorre, unas veces son paisajes; otras, conversaciones; y otras, el descubrimiento de lugares que apenas aparecen en los mapas. Esta jornada nos regaló un poco de todo. Veintiún kilómetros entre dos provincias, dos aldeas abandonadas, mucha historia inferida de las gentes que padecieron y disfrutaron estos parajes, que durante mucho tiempo constituyeron sus hogares; una rambla formidable, árboles extraordinarios y la certeza de que todavía quedan rincones capaces de sorprenderme, incluso a mí, que llevo años caminando por estos solitarios campos. Porque lo que mis amigos no saben es que todo este territorio, incluido el perteneciente a Almería, ya me lo he pateado unas cuantas veces. Bugéjar, Derde, la Fuente de los Pastores, Casas de Mula, Santonje, el Cortijo del Mayorazgo, Macián, Las Cobatillas, el cortijo de la Piedra de la Reina —donde se encontraba el carro que le robaron a Manolo Escobar—, el cortijo de la Fuente o el del Barranco, el del Estrecho... ¡Ay, la Virgen! Son tantos que ya he perdido la cuenta, pero están todos recogidos aquí, en Mi Viky y yo. Y los que todavía me quedarán por conocer. ¡Ni pensarlo quiero!

En fin, con la vista de la Loma de Retamalejo y el Puntal de Marín, esta nueva entrada toca a su fin. En la siguiente y última, podemos ver a Fernando y Anabel, cuya chispeante y jubilosa imagen nos sirve como colofón perfecto de una jornada memorable de las que siempre deja uno guardada en su corazón.
¡HASTA LA PRÓXIMA!

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