Como se observa en la última fotografía del capítulo anterior, ya tenemos a
la vista el pueblo fantasma de Mancheño. Aunque si no conoces su existencia
y aún menos su ubicación, puede quedar bastante mimetizado con el paisaje y
por ello, pasar desapercibido hasta que no lo tienes encima. Ahora hemos de
atravesar varias terrazas y barrancos por una zona que la cartografía
denomina como "Solanas de Mancheño". El tramo en primavera resulta
especialmente bonito y embriagador. Aunque si ya vienes cascado por lo que
llevas en las piernas, como hay que superar algunas terrazas con sus
correspondientes ribazos, si hace calor como hoy es el caso, se puede llegar
a indigestar.
Yo me imagino a los críos de Mancheño alejarse del pueblo para jugar sobre
estas eras. Quién sabe si hasta tendrían por aquí su campo de fútbol, tal
vez con una pelota hecha de trapos, porque en los años 50 y 60 el balompié
ya causaba furor de la mano de un Real Madrid imparable. Aquellos tiempos en
blanco y negro grabaron la mítica gesta de las cinco Copas de Europa
consecutivas; un idilio continental que arrancó en el 56, cuando el equipo
merengue conquistó su primer título en el Parque de los Príncipes. Era la
época dorada de Di Stéfano, Paco Gento, Puskás y compañía.
Yo no entiendo mucho de grados de maduración, pero para mí que a esta
cebada no le queda mucho para su recolección, que debe ser inminente.
Y ya estamos en Mancheño, que me encontré especialmente desangelado, más
aniquilado que nunca. De hecho, me temo que los amigos de lo ajeno han hecho
acto de presencia en las pocas viviendas que aún conservaban algún rasgo de
cuidado por parte de sus dueños; la penúltima vez que pasé por aquí, el año
pasado, sus puertas seguían cerradas. Ahora, en cambio, nos las encontramos
reventadas para irrumpir en el interior y expoliar todo lo que les viniera
en gana. Por supuesto, nosotros no tocamos nada. Hice fotos a porrillo del
desorden y el esturreo de objetos que nos encontramos, pero, por aquello de
no dar pistas a otros potenciales rateros, he decidido dejar esas imágenes
al margen de este reportaje. Añadiré alguna, no obstante, como mera
ilustración de cuanto expongo. ¡Qué gentuza! ¡Cuánto asco me despiertan...!
Por si sirviera de información para alguien de cara al futuro, nosotros
pasamos por aquí un día 21 de mayo de 2026 y el acto de pillaje ya había
sido perpetrado.
Me he destacado un poquito respecto de mis compañeros para comentar que la
curiosa efigie que se observa bajo las tejas de la vivienda es, desde que la
descubrí, la que siempre consideré la silueta del antiguo alcalde de
Mancheño, José Ruzafa. La mujer (no sé si de nombre Ramona) de la que
hablaba en el primer capítulo relataba que, cuando era niña, la tarde de
Nochebuena pasaban por todas las casas cantando villancicos, acompañados de
algún que otro laúd. Los moradores siempre les correspondían con algunos de
los dulces caseros que preparaban para tan entrañables fechas. Por supuesto,
el hogar más pudiente y, por ende, el más espléndido en cuanto a licores y
aguinaldos se refiere era el del regidor, cuya esposa se mostraba
especialmente generosa y atenta con sus vecinos.
Todas las casas que el año pasado me había encontrado cerradas a cal y
canto —como siempre, dicho sea de paso—, se hallaban ahora profanadas;
forzadas de malos modos, como se puede apreciar. Esta creo que fue la
antigua casa del alcalde pedáneo de Mancheño.
He indagado por ahí y parece ser que la figura que se observa bajo el
voladizo de la teja o alero no fue simple voluntad del morador o capricho
estético del albañil que construyó la casa. Al parecer, la existencia de
esta efigie obedecía principalmente a dos motivos históricos y culturales
profundamente arraigados, sobre todo en el área mediterránea y la Europa
rural:
1. Función Apotropaica (Protección contra el Mal de Ojo).
Esta es la razón más fascinante. Antiguamente, se creía que las casas eran
vulnerables en sus puntos de transición, esto es, puertas, ventanas y el
alero del tejado (por donde "vuelan" los malos espíritus o las
brujas).
¿Cómo funcionaba? Colocar una cabeza humana, una cara grotesca, un animal o
un símbolo sagrado en el alero servía como un imán para las malas
energías.
La creencia dictaba que si un vecino envidioso o un espíritu maligno miraba
la casa con malas intenciones, su mirada se fijaría primero en la efigie. Al
"asustarse" o quedar atrapado por la fuerza del rostro esculpido, el hechizo
o el mal de ojo quedaba neutralizado, protegiendo a los habitantes del
interior.
2. El "Canecillo" Heredero del Románico y Gótico.
Si nos ponemos más técnicos, esta casa imita o conserva una larguísima
tradición arquitectónica que viene de la Edad Media.
En las iglesias románicas y góticas, los canecillos (las piezas de piedra
que asoman bajo el tejado para sostener la cornisa) se esculpían con rostros
humanos, monstruos, animales o pecados capitales.
Con los siglos, los maestros de obra y albañiles locales llevaron esta
costumbre de los templos religiosos a la arquitectura civil (casas
señoriales y, más tarde, casas rurales de cierta importancia). Era una forma
de dar prestigio a la vivienda, demostrar que no era una simple choza y
mantener viva una firma artesanal.
En resumen, esta carita de piedra que cada vez que paso por aquí encuentro
más desdibujada, es un guardián silencioso (de ahí el título de
nuestra andadura). Está ahí para vigilar los cielos, espantar las brujas,
desviar las maldiciones de los envidiosos y, de paso, lucir bien y demostrar
que el dueño de la casa, que en este caso se trataba del alcalde, contrató a
un buen y renombrado constructor que conocía la historia y sabía lo que
hacía.
Como mencionaba más arriba, esta era la casa de José Ruzafa. El matrimonio
formado por Marcos y Josefa fueron los últimos en vivir en ella.
Tuvieron cinco hijos: José, Amador, Antonio, Desideria y Lucia. La
familia emigró a Elche. Esta información se encuentra en el blog de
Faustino Calderón, Pueblos Deshabitados.
He querido recrear a mis amigos junto al alcalde de Mancheño para que les
ahuyente de los malos espíritus o el mal de ojo, si acaso los tuvieren, que
nunca se sabe. De aquí nos vamos a ir limpios como el jaspe de posibles
maldiciones que por una u otra razón, alguien nos haya echado. De ahora en
adelante, veré a esta figura con otros ojos, porque espero que aguantemos
ambos, mucho tiempo más.
Y aquí en esta otra con Viky, cuya protección o efecto disuasorio contra
los malos espíritus, seguro que resulta incluso más eficaz.
La casa a la que ahora nos dirigimos también nos la encontramos igual de
asaltada. Se encontraba todo manga por hombro. Fue la casa de José María
el barbero. Vivió en ella con su mujer Purificación. Se fueron a
Castellón. Posteriormente la casa estuvo habitada por Antonio y
Virtudes, los cuales se marcharon a Elche. Ya en los últimos tiempos
era utilizada por Marcos y Josefa cuando venían de vacaciones o
en puentes festivos.
La hoy desolada aldea de Mancheño, ubicada en el término municipal de
Vélez-Blanco (en la comarca de Los Vélez, Almería), carece de una fecha de
fundación exacta con carta puebla, ya que su origen no se debe a una
planificación institucional, sino a un proceso de colonización agrícola
espontáneo.
Su origen se sitúa a caballo entre finales del siglo XVIII y principios
del siglo XIX (en torno a los años 1790-1820).
Durante las últimas décadas del siglo XVIII, el Marquesado de los Vélez y
el crecimiento demográfico de la comarca empujaron a muchas familias de
agricultores y pastores a ocupar y roturar tierras de secano en las zonas
más septentrionales y aisladas de la provincia, casi en el límite con el
noroeste murciano.
El nombre "Mancheño" proviene del apodo de los primeros pobladores o
arrieros que se asentaron en ese sector de los llanos, probablemente
originarios de La Mancha o vinculados a las rutas ganaderas que conectaban
ambas regiones. De hecho, muy cerca de aquí pasa la vía pecuaria El Cordel
de Bugéjar a Alcoluche.
El asentamiento pasó de ser un conjunto de cortijos dispersos a
consolidarse como una aldea compacta durante el siglo XIX, con calles
paralelas adaptadas al terreno. Sus habitantes vivían exclusivamente del
cultivo de cereales (trigo, cebada, centeno) y de la ganadería ovina y
caprina.
Si El Retamalejo feneció paulatinamente por la falta de servicios y la
consecuente diáspora, Mancheño resistió un poquito más de forma muy
humilde, sin llegar a tener nunca luz eléctrica ni carretera asfaltada. En
este caso concreto, el principio del fin no solo llegó con el imparable
éxodo rural de aquellos años hacia el levante español (especialmente hacia
Elche), sino con la estocada definitiva que sobrevino en el invierno de
1978: una histórica y copiosa nevada dejó incomunicados y literalmente
sepultados bajo la nieve, durante una semana, a sus cinco últimos
habitantes. Aquella experiencia fue tan traumática que, en cuanto el
tiempo dio una tregua y se abrieron los caminos, los últimos cinco vecinos
armaron las maletas y se marcharon para siempre, dejando la aldea desierta
de la noche a la mañana.
Esto, más o menos resumido, es lo que he leído en algún diario digital.
Sin embargo, me ofrece mucho más crédito el blog de Faustino,
Pueblos Deshabitados, cuya sublime y extensa entrada dedicada a Mancheño he vuelto a
releer. Su texto cuenta con testimonios incontestables: no solo el de
las personas que él mismo recaba, sino el de los propios mancheños que
respondieron a la publicación en los comentarios, aportando un valor
incalculable, preñado de ternura y emotividad.
Las fechas bailan un poco, ya que Faustino sitúa la Gran Nevada en 1980
—algo que me suena que en Caravaca, Moratalla, Cehegín y Bullas también
sufrimos por aquella época— y, como suele ocurrir, nadie se pone de
acuerdo sobre quién fue el último habitante en marchar de forma
definitiva. La entrada es muy extensa y, aunque tengo por costumbre
guardar los textos por si la fuente desaparece con el tiempo (algo harto
frecuente), en este caso está claro que si muere su blog, también lo
haría el mío, ya que pertenecen a la misma plataforma. Por eso, si te
interesa la historia rural de estos lugares ya en vías de extinción y
quieres comprobar el aspecto que presentaba Mancheño en 2010, te invito
a pinchar en el enlace de
Pueblos Deshabitados; es una publicación, como digo, completísima, de una sensibilidad
infinita que te va a encantar.
No obstante, sirva este fragmento extraído del blog de Faustino, a modo
de ejemplo, de como él relata el que supuso el punto de inflexión en
Mancheño hacia su definitivo ocaso, a partir de la Gran
Nevada:
Una fecha para el recuerdo en la historia de Mancheño sucedió en
enero de 1980 cuando cayó una nevada muy intensa que dejó al pueblo
aislado casi una semana. Vivían entonces cinco personas allí, dos de
ellos de avanzada edad, lo que hizo movilizarse a todos los pueblos
cercanos (Topares, Las Cobatillas, La Capellania, La Junquera) y
acudir numerosos vecinos hasta Mancheño para ver si
necesitaban ayuda en forma de víveres, alimentos o lo que fuera,
incluso un helicóptero (no se sabe bien de que institución)
consiguió posarse en las eras para ver si había alguien enfermo o
necesitaban ayuda. Esta gente que vivía en Mancheño ya estaba bien
provista de alimentos, leña y demás porque eran previsores y sabían
que el invierno era duro por allí y podía pasar esta situación y
afortunadamente no tuvieron que recibir ayuda. Tenían preocupación
por las ovejas que estaban en unas parideras en el monte y no podían
llegar hasta ellas para llevarlas comida, pero por suerte no hubo
desgracia con el ganado y aguantaron bien hasta que se empezó a
deshacer la nieve.
La mayoría de los vecinos antes de este suceso ya habían marchado
debido a la falta de servicios básicos e infraestructuras, las malas
comunicaciones que tenían y las ganas de buscar una mejor calidad de
vida, prácticamente casi todos acabaron en Elche (Alicante) en
un efecto dominó en el que unas familias fueron arrastrando a otras,
algunas se fueron a Palma de Mallorca.
El matrimonio formado por Prudencio Sánchez y Valentina Abril con
Feliciana, la hija que tuvieron, fueron los últimos de Mancheño,
después de estar cinco o seis años viviendo en soledad se marcharon
en 1982 al cortijo Espín en término de Topares y en una segunda
emigración lo hicieron a Los Royos.
En fin... caminar por aquí en la actualidad resulta sobrecogedor, sobre
todo si, como ha ocurrido, los amigos de lo ajeno han hecho acto de
presencia dejándolo todo patas arriba. Pero aunque ya pocas chimeneas y
hornos de leña quedan en pie, las últimas trazas que quedan de la aldea
permiten hacerse una idea de lo sumamente dura —pero a la vez unida y
autosuficiente— que era la vida de los guardianes de estas tierras a
mediados del siglo pasado. La que estamos haciendo hoy es una ruta con
muchísima historia e identidad y así lo he percibido siempre desde mi
instinto y las propias vibraciones que recibía.
Abandonamos Mancheño y ahora toca afrontar, en un día especialmente
cálido, una pista de tierra cuesta arriba, que acumulado a lo que ya
llevamos en las piernas, nos va haciendo mella. Pero el paisaje a
nuestro alrededor, sigue mostrándose exultante.
El cerro de Pedro y en la parte inferior de la fotografía se atisban varios
barrancos que convergen más abajo en el Barranco de las Salinas, por el que
pretendía yo subir desde el Cortijo de los Gurullos. ¡Qué fácil se ve todo
desde el mapa...!
Y después de haber cubierto varios kilómetros, llegamos a los Poyos de
Celda y Loma Macea. Aquí nos encontramos una carpa que había servido para
albergar la reciente romería de San Isidro Labrador que había tenido lugar,
los días 15 y 16 de mayo, entre El Moralejo, Los Royos y La
Capellanía.
La ermita de San Isidro Labrador.
Huertas de La Capellanía y la inconfundible silueta de la Sierra del
Carro.
El cerro del Castillo, 1188m. donde se encuentran los vestigios del ídem de
los Poyos de Celda. Recordemos que era utilizado por bandoleros y otros
salteadores de caminos como guarida, y que fue destruido por las autoridades
del momento cuando por fin se decidieron a acabar con aquella lacra
establecida por décadas que fue el bandolerismo, por entonces imperante, y que tantos quebraderos de cabeza originaba a las autoridades del momento. Fruto de ello fue la creación de la Guardia Civil
por el Duque de Ahumada, descendiente de Moctezuma, en 1844.
Este enclave siempre me ha parecido precioso.
Laderas de Loma Macea, donde decía aquella mujer que se pasea...
En la fuente de La Capellanía, de la que se abastecían los habitantes de El
Retamalejo, Mancheño y otros lugares, podemos ver a este soberano plátano de
sombra, idéntico a los que se plantaron en su momento, en tantos otros
lugares de España, entre ellos, lo de la entrada a Barranda y
Caravaca.
El plátano de sombra suele ser el nombre más extendido por el que se
le conoce en casi toda España. Se le denomina así porque su copa es tan
densa y sus hojas tan grandes que bloquean el sol de maravilla.
Aunque también lo he leído como plátano de paseo, muy común
llamarlo así también porque durante el siglo XIX y XX se plantaron
masivamente para flanquear las avenidas, paseos y carreteras para que los
carruajes y peatones viajaran fresquitos.
Con el transcurso del tiempo y la proliferación de los autos a motor, se
terminaron convirtiendo en un peligro manifiesto en caso de accidente
automovilístico, como por desgracia, así les ocurrió y todavía sigue
ocurriendo a muchos conductores.
Ya vemos que este plátano de sombra nada tiene que envidiar en cuanto a
grosor del tronco se refiere a la ya visitada carrasca. Otro árbol
monumental que admirar en esta ruta, sin duda.
Este último tramo, suele ir un poco más pegado hacia la ladera de Loma
Macea, aprovechando un antiguo sendero que era el utilizado por las gentes
de El Retamalejo para acudir a misa los domingos y fiestas de guardar, que se celebraba en la ermita de San Isidro. Como
ahora ya se encuentra bastante difuso y de lo que se trataba era de cerrar
el círculo cuanto antes, atajé lo más directo posible para conectar con el
camino que viene de La Capellanía y El Reclamo hacia El
Retamalejo.
El terreno parecía una alfombra. Pillamos a la primavera por estos parajes
en su momento de mayor esplendor. ¡Qué delicia...!
La Capellanía.
El Cerro del Castillo.
Un puesto de caza muy singular y bien mimetizado con el paisaje, que existe
por aquí.
Al que se acerca Anabel a curiosear.
Graciosa y ocurrente la escena.
El campo sembrado de margaritas y amapolas. Fotografía más bucólica no
cabe. Heidi está a punto de aparecer por alguna esquina.
Pero a falta de la protagonista de los míticos e inolvidables dibujos
animados de mi infancia, tenemos a esta otra Heidi de los montes del
Noroeste Murciano, que también gusta de codearse con veteranos (todavía no
abuelos, en el más estricto sentido del término) de estoico y sufrido
perfil.
La alfombrada campiña se nos presenta de una belleza sublime. Durante un buen trecho, no sabemos donde pisamos, pues la flora primaveral nos llega a las rodillas.
¡Que aprehendemos y disfrutamos con todos lo sentidos!
Hemos conectado con el camino que antes mencionábamos, donde ahora tenemos un fuerte cuestarrón que superar. Somos senderistas que saben sufrir y resistir cuando toca y este repechico es la última tachuela antes de avistar El Retamalejo que ya tenemos a tiro de piedra. Unas cervezas y diferentes viandas, mantenidas en una nevera con cubitos de hielo nos aguardan. A ver como nos las encontramos. Pensamos en ello desde hace un rato.
Y tras este último obstáculo, por fin vemos las ruinas de Retamalejo al frente y el coche donde guardamos el picnic, bajo un almendro. Las cervezas se podían beber porque conservaban todavía un frío tolerable para el gaznate, aunque yo creo que dos bolsas de cubitos hubiese sido lo suyo para haberlas conservado un poquito más acordes a su punto ideal de ingesta.
Aún así, ¡nos sentaron como dios!
Y cerramos el círculo. He completado este itinerario unas cuantas veces; primero, porque me apasiona caminar por estos parajes tan solitarios y, segundo, porque me costó lo mío diseñar el trazado por los lugares que consideraba más idóneos. Ya hemos visto que son rincones con historia y de un antiguo esplendor, con un trasiego de gentes muy diferente al que se puede observar por aquí en la actualidad. Hoy venía acompañado pero, que yo recuerde, en mis anteriores visitas nunca me crucé con nadie en todo el trayecto.
Cada ruta deja algo en quien la recorre, unas veces son paisajes; otras, conversaciones; y otras, el descubrimiento de lugares que apenas aparecen en los mapas. Esta jornada nos regaló un poco de todo. Veintiún kilómetros entre dos provincias, dos aldeas abandonadas, mucha historia inferida de las gentes que padecieron y disfrutaron estos parajes, que durante mucho tiempo constituyeron sus hogares; una rambla formidable, árboles extraordinarios y la certeza de que todavía quedan rincones capaces de sorprenderme, incluso a mí, que llevo años caminando por estos solitarios campos. Porque lo que mis amigos no saben es que todo este territorio, incluido el perteneciente a Almería, ya me lo he pateado unas cuantas veces. Bugéjar, Derde, la Fuente de los Pastores, Casas de Mula, Santonje, el Cortijo del Mayorazgo, Macián, Las Cobatillas, el cortijo de la Piedra de la Reina —donde se encontraba el carro que le robaron a Manolo Escobar—, el cortijo de la Fuente o el del Barranco, el del Estrecho... ¡Ay, la Virgen! Son tantos que ya he perdido la cuenta, pero están todos recogidos aquí, en Mi Viky y yo. Y los que todavía me quedarán por conocer. ¡Ni pensarlo quiero!
En fin, con la vista de la Loma de Retamalejo y el Puntal de Marín, esta nueva entrada toca a su fin. En la siguiente y última, podemos ver a Fernando y Anabel, cuya chispeante y jubilosa imagen nos sirve como colofón perfecto de una jornada memorable de las que siempre deja uno guardada en su corazón.
¡HASTA LA PRÓXIMA!




























































































































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