Ahora hemos de superar un tramo que, por el paso del tiempo y los sucesivos temporales, se ha deteriorado bastante desde aquella primera vez en que establecí el recorrido. Sin embargo, vamos cruzando los dos o tres socavones más peliagudos sin mayores problemas.
Allá abajo ya distinguimos la Rambla Mayor hacia donde nos dirigimos.
Por aquí se observan unos barrancos y cárcavas de verdadero vértigo. La forestación de esos barrancos no tuvo que ser tarea sencilla. De no ser por ello, esta zona sería en la actualidad una clara tierra de badlands.
Las badlands (que en español se traduce literalmente como "tierras malas"), de las que tenemos en Murcia el paradigma perfecto en los barrancos de Gebas, son un tipo de paisaje árido donde el agua y el viento han esculpido el terreno de forma extrema. Se caracterizan por tener un relieve escarpado, cientos de cañones, cárcavas (zanjas profundas en el suelo), crestas afiladas y formaciones rocosas de colores muy vistosos.
Con unas mínimas nociones de historia y ser un poco perspicaz, no hace falta ser un lumbreras para deducir que durante algunos años, los habitantes de esta comarca, incluidos los de El Retamalejo y Mancheño, La Capellanía, Los Royos, Casas de Mula, Santonje, Derde y otras cortijadas desperdigadas de la zona, trabajaron en el programa de forestación de Franco.
La gran campaña de repoblación forestal llevada a cabo durante la dictadura de Francisco Franco se extendió a lo largo de todo el régimen, desde el año 1940 hasta 1975. Durante estos 35 años, se reforestaron más de tres millones de hectáreas en toda España, lo que supuso una de las mayores transformaciones del paisaje rural del país en el siglo XX.
Este proceso no fue uniforme, sino que se dividió en fases muy marcadas por las necesidades socioeconómicas del momento.
Las etapas de la reforestación franquista
La política forestal se estructuró a partir del Plan General de Repoblación Forestal de 1939 (diseñado por los ingenieros Luis Ceballos y Joaquín Ximénez de Embún) y la refundación en 1941 del Patrimonio Forestal del Estado (PFE), el organismo encargado de ejecutarlo.
1. Primera etapa (1940–1959): Autarquía y mano de obra
Fue la fase más intensa en cuanto a esfuerzo humano. Tras la Guerra Civil, el país estaba sumido en la pobreza y el aislamiento. La repoblación se utilizó estratégicamente como un mecanismo para absorber el masivo paro obrero en el campo.
El método: Al no haber maquinaria, miles de jornaleros realizaban los trabajos a mano (hoyados, bancales y siembra).
Las especies: Se priorizaron especies de crecimiento rápido, principalmente pinos y, en menor medida, eucaliptos. Se buscaba obtener madera y resina rápidamente para abastecer la industria nacional sin depender de las importaciones.
2. Segunda etapa (1960–1971): Mecanización y desarrollo
Coincidiendo con los Planes de Desarrollo y la apertura económica, las zonas rurales sufrieron el llamado "éxodo rural" (la marcha masiva de campesinos a las ciudades).
El método: Ante la falta de mano de obra en el campo y la subida de los salarios, el proceso se industrializó. Empezaron a utilizarse tractores oruga y maquinaria pesada para preparar el terreno a gran escala.
3. Tercera etapa (1972–1975): La llegada del ICONA
En 1971 desapareció el Patrimonio Forestal del Estado y nació el ICONA (Instituto para la Conservación de la Naturaleza). En estos últimos años de la dictadura, el enfoque empezó a cambiar ligeramente: se redujo el ritmo frenético de plantación de pinos y se introdujo una sensibilidad algo mayor hacia la conservación y el uso recreativo de los montes, aunque las estructuras y plantaciones previas ya habían definido el paisaje moderno.
Luces y sombras del plan: Aunque la reforestación logró frenar de forma muy eficaz la pérdida de suelo por erosión y abasteció de madera al país, recibió fuertes críticas posteriores. El uso masivo de monocultivos de pinos modificó radicalmente los ecosistemas locales, chocó con los pastores tradicionales al prohibir el pastoreo en zonas comunales y creó masas boscosas muy uniformes que, con las décadas, se volvieron altamente vulnerables a los incendios forestales.
Los Timonales y la Morra del Pozo.
En este tramo la bajada es vertiginosa. Pero en mis primeros tránsitos por aquí, era todavía peor. Ahora es coser y cantar. Aunque el bastón vendría de perlas por esta pronunciada pendiente.
Hemos aterrizado en el cauce del barranco de Las Salinas, cuyas aguas vierten en la Rambla Mayor, a escasos metros de aquí. En una ocasión pretendí remontarlo para ver hasta dónde llegaba, ya que en Google Earth parecía fácil. Sin embargo, tras caminar cuesta arriba más de quinientos metros, un enorme pedrusco me cerró el paso. Mi intención era comprobar si el cauce llevaba a Mancheño por la vía más directa, pero pronto descubrí que aquello era una quimera.
Desde las ruinas del Cortijo de los Gurullos, ya contemplamos el inmenso lecho de la Rambla Mayor.
En otro de mis recorridos fotográficos por entre estos solitarios andurriales y posterior publicación en este blog, escribo lo siguiente: El inmenso cauce de la Rambla Mayor también hace de camino de esta colosal vaguada que vierte sus aguas en el embalse de Valdeinfierno. En el libro Y también se vivía... del autor caravaqueño Jesús López García, existe un pasaje que la describe de forma precisa y especialmente inspirada: ...pero si te subes a algún alcor, ves, casi en la raya de la provincia de Almería, cómo la Rambla Mayor ha desgarrado toneladas de tierra y se ha metido hasta las barbas de los campos de Topares, del Gamonal, de la Casa Mula, de Rame, de Espín, de Macián, del Mancheño, del Perigallo o del Retamalejo. La Rambla Mayor es una bestialidad. Se ha comido las tierras blandas y ha roto montañas, le ha quitado la capota de rocas a los terrenos antiquísimos formados por mares salobres con esos colores, que tan atinados nombres les dieron los geólogos. Cuando dijo de arramblar agua se metía a la misma Murcia haciendo escrituras de los terrenos, hasta que le pusieron un embalse, el de Valdeinfierno y la domesticaron. Así que la Rambla Mayor causa respeto, siendo uno de los brazos del río Lorca, al que llaman Guadalentín unos y Sangonera otros. (Jesús López)
Aquí tenemos a Fernando, que alucina en colores al contemplar hinojo tan exuberante. No es para menos. ¡Menudo ejemplar!
Contemplar la rambla con su máximo caudal, una estampa que solo se da cada pocos años, debe de ser un espectáculo increíble; una masa de agua desbocada fluyendo hacia el pantano de Valdeinfierno. ¡Qué locura en una coyuntura así poderlo registrar con mi cámara...!
Pero hay que estar atentos, porque al diseñador del track de pronto le da un puntazo y se sale de la rambla Mayor justo antes de llegar a la confluencia con la de Rame. Se mete en un ramblizo menor que surge a la derecha, aunque solo durante unos pocos metros, ya que enseguida remonta hacia Las Jarosas en dirección a Las Salinas.
Por esta zona, los barrancos que se abren a derecha e izquierda también son de aúpa.
Como apuntaba unas líneas más arriba, no hay que ser muy listo para deducir que las gentes de esta comarca también arrimaron el hombro en el programa de forestación de Franco; una salida desesperada ante la cruda realidad socioeconómica de mediados del siglo XX para combatir el hambre de la posguerra.
Este rincón geográfico que hoy pisamos es una de las zonas cero de la erosión torrencial en el sureste peninsular. Los parajes que estamos recorriendo (Mancheño, El Retamalejo, La Capellanía, el cerro de la Jarosa y la cuenca de la Rambla Mayor) vivieron en primera persona el impacto de aquel Plan de Repoblación Forestal.
La conexión entre esos montes de badlands llenos de pinos carrascos (Pinus halepensis) y las ruinas de estas aldeas se explica a través de varios factores históricos y geográficos muy concretos:
1. El frente contra la "Gran Riada" y la erosión.
Toda esta red de ramblas (como la Rambla Mayor) alimenta cuencas hidrográficas críticas y muy peligrosas ante los episodios de gota fría. En los años 40 y 50, las Divisiones Hidrológico-Forestales del régimen tenían una obsesión técnica: había que frenar de inmediato la aterradora velocidad con la que el agua arrastraba las arcillas y margas de las tierras malas, ya que este lodo acababa colmatando (llenando de barro) los embalses y provocando inundaciones catastróficas río abajo.
La única solución que contemplaba la ingeniería de la época era "coser" literalmente el suelo. Se eligió el pino carrasco porque es prácticamente la única especie arbórea capaz de agarrar y sobrevivir en las condiciones extremas de aridez, yesos y arcillas de la frontera almeriense-murciana.
2. Los habitantes de las aldeas como mano de obra masiva.
En las décadas de 1940 y 1950, cortijadas y aldeas como Mancheño o El Retamalejo practicaban una agricultura de subsistencia extrema (secano, esparto, algo de ganadería caprina). El hambre y la miseria de la posguerra obligaron al Patrimonio Forestal del Estado a intervenir, no solo por ecología, sino como política social de choque contra el desempleo rural.
Es una certeza histórica que los hombres —y a menudo las familias completas— de esas aldeas trabajaron en las campañas de forestación. El proceso funcionaba así: Los ingenieros delimitaban los perímetros (muchas veces expropiando o consorciando terrenos comunales o vecinales, lo que a la larga aceleró la asfixia económica de los pastores locales).
Se contrataba a los vecinos de la zona como jornaleros temporales. Subían a pie a los cabezos y cerros (como el de la Jarosa) para realizar a pico y pala los hoyados y las terrazas o banquetas en las laderas escarpadas, ganándole terreno a las cárcavas de las badlands.
Para muchas de estas familias, el exiguo jornal de la repoblación forestal fue el único dinero en efectivo que entró en sus casas durante los años más duros de la autarquía.
3. La paradoja del camino hacia la ruina.
Existe una ironía histórica muy triste en los paisajes que hoy estamos pisando. Ese mismo programa de reforestación que dio trabajo a los lugareños durante unos años terminó contribuyendo, indirectamente, al abandono definitivo de las aldeas en los años 60 y 70.
Al poblar los montes de pinos, se prohibió el pastoreo en esas zonas para evitar que las cabras se comieran los brotes jóvenes. Sin pastos, la ganadería tradicional (el sustento real de la zona) se acabó hundiendo.
La llegada de la mecanización forestal en los años 60 redujo drásticamente la necesidad de mano de obra humana.
Sin tierras libres para el pastoreo, con parcelas de secano poco productivas y sin los jornales del Patrimonio Forestal, los habitantes de Las Casas de Mula, La Capellanía, El Retamalejo o Mancheño se vieron empujados al éxodo rural, marchándose hacia las capitales, el litoral o Europa.
Los pinos que hoy contemplamos creciendo sobre estas tierras malas son, literalmente, los árboles que sembraron los últimos habitantes de esas casas que hoy observamos en ruinas. Estamos viendo el vestigio verde de su último intento por aguantar y subsistir unos pocos años más en su casa hasta el día en que tuvo que abandonarla para no volver a pisarla nunca más.
Anabel va delante y sabe orientarse muy bien, y ello sin necesidad de gps; y eso que un sendero como tal, brilla por su ausencia.
Ya hemos cobrado bastante altura respecto de la rambla, y ello en pocos metros. La subida es ardua, pero pronto conectamos con una pista abandonada que utilizamos para que nos lleve a Las Salinas.
El denodado esfuerzo obtiene su recompensa al alcanzar un hermoso paraje a caballo entre Las Salinas y Las Laborcicas, custodiado por una soberana encina centenaria que invita a la contemplación, y en las actuales circunstancias, al disfrute de su enorme sombra. Caminamos hacia ella abriéndonos paso entre amapolas y margaritas. Con la primavera en plena eclosión de luz y color, el gozo de fundirse con la naturaleza no puede ser mayor.
Aquí la tenemos ya y está a punto de convertirse en el lugar de nuestro plácido y prolongado receso para el piscolabis.
Cuatro o cinco siglos lo menos contemplan a esta gigante. ¡A saber la de historias que habrán visto pasar su tronco y ramas...!
Tomando a Anabel como escala, harían falta al menos 4 o 5 personas para abarcar semejante tronco.
Bajo la sombra de esta impresionante carrasca, echamos un ratico a gusto y de lo más distendido. Tanto es así que luego nos costó levantar el hato.
¡Qué coloso de carrasca, una matusalena en toda regla!
Unas fotos de equipo antes de abandonar la encina centenaria.
Y reanudamos la ruta.
La carrasca emerge como un coloso solitario en mitad de un desbordante mar de campos y flores silvestres. ¡Postal bucólica total! Aquí se había quedado la cámara sin batería y, mientras la cambiaba y tal, me perdí el gracejo de unos Anabel y Fernando desatados. Aunque algo les pillé in extremis. Seguro que un torrente de endorfinas estaba haciendo de las suyas en sus respectivos cerebros.
¡La primavera la sangre altera...!
Estas terracicas tan bonicas se encuentran entre los parajes de Las Salinas y Las Laborcicas. Ahora cogemos dirección hacia este último, que pronto dejamos atrás hasta dar vista a Mancheño.
FINAL SEGUNDO CAPÍTULO

































































































































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