martes, 8 de mayo de 2018

LAS RUINAS DEL ÉXODO (DERDE) FINAL I

¡Me cachis en la mar!, en este repaso dedicado a las ruinas del éxodo, no iba a quedar relegado y fuera de plano, Derde. Y mucho menos, después de haber andado tan cerca de su ubicación. El pueblo, enteramente derruido, se merecía una visita aunque solo fuera por dejar constancia de nuestro paso por estos andurriales. De modo que volví con la Viky a echarle un vistazo y esto es lo que dio de sí la excursión.
Dejamos el coche en la fuente de los Pastores, y desde ese bonito lugar, nos pusimos a caminar en dirección Derde. Después de admirar la mole caliza de El Calar de la Sabina, que da al estrecho de Santonje, y cruzar el Arroyo del Estrecho, nos encontramos con este cortijo cuyo topónimo no aparece en el mapa.
Viky llevaba varios días en reposo así que emprendió la caminata con mucho brío. Estaba deseando fogar. Aquella mañana hizo el doble de kilómetros que yo.
Otro cortijo para el arrastre. Listo de papeles. Destrozao vivo.
Aunque permanecen elementos de bella factura y detalles que evocan un pasado esplendor.
Todos estos bancales, dispuestos en terrazas, que llegan hasta el arroyo, estarían sembrados de rica huerta.
El agua, a estos cortijos y sus huertas, se la suministraba el arroyo del Estrecho, que aún corre con alegría y buen caudal.
Otro cortijo, vecino de este.
El entorno donde están ubicados es muy acogedor. Entre la sombra de los álamos y el contorno impreciso de la huerta, contemplo extasiado, la soledad y belleza excelsa del paisaje.
Por eso decía en anteriores capítulos, que si los cortijos de estas latitudes, acusaron hace unas décadas, la fuerza imparable del progreso, que los condenó irremisiblemente a la deserción y el abandono, y eso que no parece que estuvieran mal surtidos de todo lo necesario para aguantar algunos años más, no es difícil imaginar, lo que tuvo que ocurrir, lo que todavía sucede, en esas otras zonas de nuestro país donde el paisaje y clima no son tan amables como el que nos ocupa.
Vamos, menudas sombras tenían que proyectar estos álamos sobre las casas, y encima con el agua corriendo a escasos metros de la morada. Un completo vergel. El paraíso terrenal  en la comarca de Vélez Blanco.
Este sí, este tiene topónimo. El cortijo del Estrecho que combina una parte restaurada y conservada, con otra camino de la demolición.
Un lugar muy acogedor.
Componemos algunas tomas aprovechando las caprichosas formas que adopta el estrago, suavizado por el bello paisaje que lo circunda.
Las paredes del Calar de Lería
Nos introducimos en la parte abandonada de esta cortijada que amenaza derrumbe. Debo llevar cuidado, tan proclive como soy a introducirme bajo las ruinas para explorar, no sea que algún día, se me venga el techo encima, y en un brete me vea, si es que vivo para contarlo. De hecho, renuncié a subir las escaleras, por si las moscas... 
Los umbrales del chalé son más bien bajitos
Echamos unas últimas fotos al cortijo del Estrecho y continuamos nuestra marcha hacia Derde.
Mirando a Derde, al fondo el cerro del Gabar
Cortijo Piedra de la Reina, a la vuelta le echaremos un vistazo
Y llegamos a Derde, o por mejor decir, a la ermita de Santa Gertrudis
La ermita, restaurada y muy bien conservada, compone un paisaje un tanto surrealista, si atendemos a la inmensa devastación que campea alrededor.
Las casas de Derde estaban dispuestas sobre sendos cerros divididos por un camino que los atraviesa. La ermita se ubica en el centro de esos dos cabezos. Derde Norte.
Derde Sur.
Recortado sobre la elevación montañosa de el Gabar (1511m)
En el villorrio fantasma se ha enseñoreado la soledad. El silencio y la quietud son totales.
Durante largo rato, contemplo las ruinas en medio de un silencio sepulcral.
La hierba y el olvido se adueñan de cada una de las piedras que componen esta desolación.
Corrales de nostalgia
Muros de silencio
Marco de tristeza y desamparo
Las ruinas del Olimpo para los pájaros
Recuerdos de un tiempo que fue y nunca volverá a ser
Cuando observo estas ruinas, pienso en que no sería tan difícil ni descabellado el restaurarlas. El apacible paraje donde está asentado Derde, bien lo merecería. Un grupo de casas, reconstruido, para descanso y solaz de gente estresada. Incluso levantar el pueblo desde sus cimientos. Hubo un tiempo en que estaba de moda, comprar y restaurar un cortijo, cuanto más alejado de la  civilización se hallara, mejor que mejor. Muchos propietarios de las ruinas hicieron su particular agosto, vendiendo esos escombros a hijos de la gran Bretaña, que pagaron por ellos un potosí.
Otros españoles, de profesiones liberales, que de pronto no pudieron soportar un minuto más la ruidosa y estresante vida de la ciudad, pusieron a la venta sus pisos que junto con algunos ahorros, emplearon en comprarse una desvencijada casa con parcela, que luego habrían de restaurar, en un pueblo solitario, de apenas unos pocos habitantes, perdido en la montaña o en la estepa, con intención de llevar una vida de eremita, fabricando el clima existencial necesario para la inspiración y creatividad de su obra. Pero nada es como uno se imagina.
Sergio del Molino hace en su libro una reflexión de conclusión asombrosa a instancias del crimen de Fago, que conecta con lo que aquí estamos comentando.
El neo-rural definía a un tipo de persona que, tras una vida en la ciudad, se instalaba en el campo. A menudo, emigraban varias familias a la vez, grupos de amigos que fantaseaban con fundar una arcadia. En la urbe está el mal, lo falso, lo que no permite que la vida sea vivida con la intensidad y el placer que la propia vida merece.
En labores de periodista, enviado por su periódico, Sergio del Molino, acude a cubrir el crimen de Fago. (sic). Cuando llegué, esperaba encontrar a un grupo de hippies felices, cada uno con su azada, trabajando en sus huertos ecológicos y leyendo a Thoreau a la sombra de los pinos. No estaba preparado para toda aquella hostilidad. El promotor del proyecto, el primero en terminar la casa, había vuelto a Zaragoza y hacía tiempo que no pisaba el pueblo.
No resultó fácil soltarles la lengua a los vecinos. Al parecer, se llevaban mal entre ellos. Pensaban que aquello que habían fundado con tanta ilusión y entusiasmo, se había convertido en un horror. Una convivencia imposible. He viajado a muchos lugares aislados y me he encontrado en ellos a personas de ciudad que construyeron casas hermosas, ideales. Muchos de sus inquilinos tenían el temblor de la paranoia en la esquina de los ojos. Un escultor se quejaba con mucha tristeza, mientras freía unos huevos para que no me fuera de aquel sitio sin comer, de que aquella casa y aquel sueño rural le habían arruinado la vida y que comprendía que su mujer se hubiera largado de allí, y que él mismo huiría si no se hubiese gastado todo el dinero en una casa en la que ya no quería vivir y que nadie quería comprar. A veces encontraba a alguien feliz, pero era raro. En cuanto tomábamos el primer café y se olvidaban de que hablaban con un reportero, casi todos confesaban su arrepentimiento, y algunos decían que vivían asustados, que no dormían, que pensaban que cualquier noche de invierno alguien iba a irrumpir en la casa y les iba a matar. Quizá sean sólo casualidades, pero fueron tantas que aprendí a reconocer ese delirio que aparece en los ojos de quienes han pasado más de un invierno en un pueblo de cuatro habitantes rodeado por kilómetros de nada.
Esta es la escuela de Derde, a la que más tarde le echaremos un detenido vistazo.
La psicología da, como casi siempre, respuestas terroríficas. La más famosa es la teoría de la privación sensorial. Una habitación sin luz doblega más voluntades que la violencia directa y sanguinaria. 
La teoría era que la falta de estímulos sensoriales producía efectos devastadores sobre los individuos y propiciaba la aparición de trastornos mentales.
En los casos más graves, alucinaciones y brotes psicóticos. En los menos, paranoia, delirio de relación (una variante psicótica de la paranoia que se da en personas tímidas, con baja autoestima e hipersensibles, cuyos delirios consisten en que todo el mundo conspira contra ellas), irritabilidad incontrolable o desconfianza exacerbada.
James Danckert, neurocientífico canadiense, cree que el aburrimiento puede provocar efectos parecidos a los de un daño cerebral.

Fago está rodeado de kilómetros de nada.
Cualquier pequeño recado que en la ciudad se soluciona con un paseo, en Fago requiere planificación y logística. Se comprende que salgan poco. Como los osos, casi hibernan, calientes en sus casas, bien surtidos de leña. ¿Hasta qué punto influyeron el aislamiento y la soledad del invierno en el crimen de Fago? ¿Se aburrieron tanto que llegaron a enemistarse y a odiarse hasta hacerse la vida imposible y terminarlo todo en un asesinato?

Un grupo de vecinos, entre ellos el futuro asesino, pensaba que el acoso legalista y administrativo del alcalde había roto su sueño ácrata. Nadie cuestiona la función liberadora del ocio urbano. La cantidad de tensiones cotidianas que una cena entre amigos y unas copas pueden disolver es innegable. Ya que reforzaba su tesis sobre la convivencia imposible en un medio rural y aislado. La asfixia, el invierno largo, la incomunicación. La vida se hizo insoportable.
El invierno larguísimo, las mismas cuatro caras día tras día, el paso monótono y predecible de la máquina quitanieves por la carretera a las mismas horas. Los mismos pocos coches por la carretera. Todos conocidos, ninguna sorpresa hasta el verano, cuando llegan los turistas. Los vecinos de Fago sentían vergüenza  de ver sus miserias expuestas bajo una luz tan blanca y ante tantísimas miradas. De pronto, esos conflictos tan graves, tan rotundos y tan sin solución, parecían ridículos. Lo que parecía terrible y gravísimo unos segundos antes se disuelve en lo ridículo en cuanto los adultos obligan a verbalizarlo...
Nos imaginamos el sopor, la casa que se cae encima y la desesperación por la rutina y la falta de estímulos, y podemos componer un relato en el que todos esos ingredientes hagan que estalle la violencia. Las tensiones y disputas, sin duda, son generalizadas, y un entorno pequeño las magnifica hasta niveles insoportables. En la ciudad todo se diluye, las cosas pierden importancia. Pero discutir y enfrentarse no lleva necesariamente al crimen. En los pueblos se mata a veces con brutalidad, y se mata por minucias miserables.
En fin, después de todo, quizá no sea tan buena idea, hacerse o reconstruirse una casa por aquí, que para un rato, venir de visita y todo eso, pues está bien recorrer estos parajes, estos lugares tan solitarios, pero para vivir durante todo el año...igual acabaríamos majaretas perdíos si no lo estamos ya. Si quieres ver la escuela, y conocer a la pulga Lolita, tendrás que pasar al capítulo siguiente...cuando se publique.

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