sábado, 7 de abril de 2018

RETAMALEJO-RAMBLA MAYOR-MANCHEÑO III

Y también se vivía me lo leí en dos días. El libro me ha parecido delicioso, y desde luego muy emotivo. Y por razones obvias. La mayoría de lugares que recorre el arriero con Prudencio, los he pateado yo con mi Viky y por ello están aquí representados. No me ha resultado nada difícil, situarme al instante en los emplazamientos por los que discurren los diferentes capítulos ni tampoco imaginarme nítidas, las escenas y episodios que tienen lugar en cada uno de estos. Relata algunos hechos dramáticos que tuvieron lugar por esta zona cuando estalló la guerra civil y habla de los tíos del lazo, que aparecían por sorpresa en los pueblos, aldeas, caseríos y cortijos, ya que nunca se adentraban en la montaña por desconocimiento de la misma. Obligaban a las mujeres a decir donde se ocultaban sus maridos o sus hijos con procedimientos coercitivos y hasta con violencia física. Y ante la respuesta de éstas sobre estar aquellos en el frente, procedían al insulto, la amenaza y el maltrato, tras arrebatarles pertenencias personales (como el grano para moler y amasar pan, las caballerías y hasta las llaves de sus casas). Fue el caso de Fidela, la mujer del “Chofer”, y de Piedad Álvarez, ambas en El Sabinar. La lectura de este libro también produce momentos deleitosos y se puede decir que te acompaña, mientras vas pasando páginas, una socarrona sonrisilla, a veces desternillante carcajada, que no te abandona hasta que llegas al epílogo. El trabajado y rescatado uso dialectal del habla de los personajes, el del mismo narrador, el empleo de mezcla de cultimos, arcaísmos, localismos, dialectalismos, expresiones jocosas, pícaras, agudas y palabros exclusivos made in noroeste murciano y limítrofes, (¡ya vais a hacer algo que paezca...!) que en mi infancia había escuchado con frecuencia de mi madre, de mi abuela, pero ya casi olvidados, suprimidos de mi memoria por falta de uso, ha guiscado, avivado, refrescado tanto mis remembranzas, que me ha hecho disfrutar del relato a mansalva. Además, la obra tiene una edición soberbia, que por si fuera poco, añade un deuvedé con testimonios entrañables de personas que habitaron aquellos cortijos y aldeas, hogares que hoy se hallan devastados por toneladas de escombros, soledad y olvido.
Y también se vivía es un relato sobre los últimos campesinos en las sierras y en los altos de Caravaca, Moratalla, Puebla de Don Fadrique, Vélez Blanco, María, Nerpio, Letur, Yeste, Santiago-Pontones y otros municipios vecinos que son lo mismo.

Y TAMBIÉN SE VIVÍA es un relato sobre los últimos que habitaron el campo como campesinos o como oficiantes de otras actividades que vinculaban las comunidades rurales entre sí. Relata sucesos, visiones, paisajes y emociones que aún se conservan en muchas memorias, incluida la del propio autor, y que han dejado una huella conmovedora. Es precisamente la visión de las ruinas, los restos de vida, o incluso los atisbos de ensoñaciones lo que ocasiona el impacto emocional que late en los entresijos de este libro.
El relato abarca la parte central del pasado siglo, pero el manejo de los tiempos literarios ha permitido crear perspectivas de contrastes afectivos, intelectuales y de modos de vida entre aquellos tiempos y los actuales.
El libro tiene estructura, objetivos, mensajes y multitud de elementos periféricos, pero también un cierto método de elaboración que parte de más de 20 testimonios recogidos y cuyo espíritu se ha intentado sintetizar en un documento audiovisual adjunto. Los testimonios impregnan todo el libro, no solo en el contenido, sino también en el lenguaje del mismo, rindiendo homenaje a la oralidad, cuya riqueza patrimonial, belleza y fuerza expresiva se perderá irremisiblemente en el abismo de los diversos sistemas de comunicación contemporáneos.
 Pero dejemos de momento aparcado el libro del caravaqueño para centrarnos en las imágenes que nos ocupan. Por si a alguien se le había olvidado, estamos en Mancheño, una pequeña aldea situada entre la provincia de Murcia y Almería. Y desde luego, quién mejor que Faustino Calderón, para ponernos en antecedentes de este olvidado caserío. Como él mismo dice, los pueblos deshabitados no son olvido, son cultura.
La entrada en el blog de nuestro insigne arqueólogo de los pueblos deshabitados es de 2010. En estos ocho años transcurridos, el proceso de aniquilamiento de las casas se ha acelerado muchísimo, como bien atestiguan mis propias fotografías, aunque alguna queda con señales evidentes de cuidado y conservación. Lo más emotivo de esta entrada referida a Manqueño, como de tantas otras, son las aportaciones, los testimonios de personas vivas, cuyo orígen o ascendiente se sitúa en esta solitaria y ya casi extinguida villa. Impagable el blog de Faustino, que propicia que estas revelaciones no se pierdan, y tengan un acogedor y emotivo lugar donde manifestarse.
Como arena, el silencio sepultará las casas. Como arena, las casas se desmoronarán.  Oigo ya sus lamentos. Solitarios. Sombríos. Ahogados por el viento y la vegetación.
(Julio Llamazares, La lluvia amarilla, 1988)
A ver, podemos los esporádicos amantes y visitantes de lo rústico y bucólico, añorar, idealizar, ensalzar épocas pasadas y por tanto la vida de las gentes que moraron estos contornos, y rincones parecidos de otros lugares, pero la melancolía que evoca este vetusto pueblo, resulta un tanto sobrecogedora. La vida no tuvo que resultar fácil aquí. Uno se pregunta, cómo soportaron, año tras año, el aislamiento, el sol, el polvo, la nieve, la desidia, las sequías e incluso el hambre. El oxímoron del silencio atronador es más que tangible, si te detienes un momento a escucharlo, a percibirlo, a sentirlo. Y no creo que esta impresión se deba atribuir tan solo al estado ruinoso de las casas. El lugar rezuma desamparo, soledad, tristeza..., ni aunque se apareciera de pronto el genio de la lámpara maravillosa y con un chasquido de los dedos pudiera convertir esto en un trasunto de La Moraleja, ni con esas haría desaparecer la sensación que me invade aquí de abandono y destierro. Camino atento a cualquier signo: un juguete, una caja de puros Alvaro, un paquete de cigarrillos, celtas cortos o largos, desdibujado el celtíbero de la espada en alto por el inclemente sol, un retrato de bodas, una foto partida por la mitad, algo de ropa, una gorra azul marino de Barreiros, un casco vacío de cerveza El Azor, un bote de Mirinda, una botella de brandy Terry o Fundador, una lata oxidada de sardinas o unos bambos azules y deshilachados de La Tórtola o La Perdiz …pero no hay nada. Cuarenta inviernos y veranos en Mancheño son demasiados, pues ningún recuerdo sobrevive en las casas sin vida y sin tejado.
En el epílogo del libro de Jesús, se plantea por enésima vez el tan manido injusto trato que por parte de la administración franquista, recibieron las gentes del campo de toda España, que provocó el imparable éxodo posterior, iniciado en los años cincuenta y que aún perdura en nuestros días. Se ha escrito largo y tendido sobre el tema. Aquí lo hemos abordado someramente en otras ocasiones, cuando hemos visitado otras aldeas y cortijadas deshabitadas, tan ruinosas como esta. Si algo tengo que agradecerle a la lectura de Y también se vivía, aparte de lo ya expresado, es el haberme dado a conocer a Sergio del Molino y su libro La España vacía, obra que me ha resultado interesante y muy reveladora para el tema que nos ocupa. Tras su lectura, se me abre tan vasto campo, tantas derivaciones, ramificaciones, tantos flecos, que me cambia el punto de vista, me resulta inabordable tratarlo aquí e imposible glosar su denso contenido sin riesgo de empacharme en el intento.
El libro toma muchos variados derroteros, concatena ideas y argumentos utilizando una prosa brillante y coherente. La obra no da respiro como tampoco la película SURCOS de la que hablan él y Jesús López. La sinopsis es la siguiente: En los años 40, finalizado el conflicto de la Guerra Civil Española, una familia abandona el campo y emigra a Madrid con la esperanza de mejorar sus condiciones de vida. Sin embargo, la vida en la ciudad es cruel y está llena de desengaños y penalidades. Manuel, el padre, encuentra trabajo en una fundición, pero no puede soportar el ritmo de trabajo. Pepe, el hijo mayor, se dedica a turbios asuntos relacionados con el estraperlo. Manolo, el hijo menor, encuentra trabajo como chico de los recados, y Tonia, la hermana, empieza a trabajar como asistenta. La película no da lugar al respiro, te deja sin resuello. Ningún momento amable que te haga aliviar la tensión. 
En FILMAFFINITY se puede leer:
En cierto modo "Surcos" se podría calificar como la película iniciática del cine español "moderno", pues hasta entonces la cinematografía de la posguerra estaba dominada bien por las historias propagandísticas del régimen de Franco, por el cine moralista impuesto por el nacional catolicismo o por los relatos folclóricos y raciales a mayor gloria de la canción popular española. Este contundente drama costumbrista, escrito por falangistas, rompe por completo con lo realizado hasta la fecha para narrar una historia dura -y muy poco amable de la época- sobre la inmigración a las ciudades, con un áspero retrato de personajes y de ambientes que no gustó a la Iglesia y que tuvo problemas con la censura (la cual obligó a modificar un final más duro todavía del que ya de por sí contiene). La excelente dirección de Nieves Conde, que en nada tiene que envidiar a la realización de cualquier obra neorealista europea de la época, es la mejor cualidad de esta interesante obra, quizá poco conocida, pero clave del cine español.
 Los protagonistas de la película podían proceder de un lugar como Mancheño o parecido, si se quiere, más grande, pero de ámbito indefectiblemente rural. Sergio del Molino dice: Surcos no era la España que Franco quería contar. Era intolerable porque afirmaba que la gente del campo, los habitantes de la España vacía, estaban sufriendo más que otros la miseria. Forzados a hacinarse en un Madrid sucio y oscuro, abandonando sus terrones sin labrar y sus casas sin luz ni agua corriente, malvendiéndolos por el coste de los billetes de tren y un par de salarios para sobrevivir unas pocas semanas en la capital.
Surcos decía que esos labriegos, ese alma de la nación, habían sido abandonados por el régimen que venía a salvarlos y consentía que se pudriesen en los callejones de Lavapiés, que sus viejos pasaran hambre y frío en las corralas y que sus hijas se prostituyesen con señorones. Lo que no se podía decir era que la médula del país, la España verdadera, estaba huyendo de sus casas miserables con la esperanza de no morirse del todo de hambre en una miseria amontonada, urbana y de arrabal.
El proyecto de la película nació del núcleo duro del falangismo de camisa vieja, de los hedillistas, los militantes de primera hora que renegaron del decreto de unificación de abril de 1937 y que sentían que Franco les había traicionado y esa Nueva España era en realidad la de siempre. Se habían tragado la retórica de la revolución y pensaban de verdad que el Nuevo Estado debía ser un estado social que diera justicia, pan y trabajo a los pobres. La película tenía otro problema grave: era buena. Una obra planteada con ambición por personas inteligentes y cultas.
Los falangistas detrás de Surcos creían que el régimen había sucumbido a todo aquello contra lo que luchaba, que había convertido España en un país liberal más, con sus miserias capitalistas y su decadencia moral. José Antonio Nieves Conde, su director, era un intelectual del régimen que empezaba a estar muy incómodo y a preguntarse qué diablos hacía ahí.
Ningún dictador ha maltratado tanto y tan persistentemente la España rural como Franco. No sólo propició el éxodo que causó el Gran Trauma y que hizo insalvables e irreversibles los desequilibrios entre el campo y la ciudad, sin que hasta la fecha los miles de millones gastados en ayudas y todos los planes de desarrollo y las políticas agrarias europeas hayan podido revertirlo, sino que machacó con crueldad su forma de vida, haciéndola imposible. Desde sus orígenes, Franco demostró un profundo desprecio hacia la España interior que supuestamente formaba el alma de su patria amada. Cuando el régimen, en aras de su obsesión por el desarrollo industrial (una obsesión no muy distinta a la soviética), necesitaba construir infraestructuras peligrosas, molestas, pestilentes o dañinas, escogía lugares de la España vacía donde las cosas, si explotaban, matarían a unos pocos campesinos seguramente analfabetos a los que nadie echaría de menos.
 Surcos es una película de culto, injustamente castigada y olvidada por haber sido dirigida por un falangista supuestamente leal al régimen. Ya se sabe que todo lo que huela a Franco, hay que suprimirlo o como mínimo, ignorarlo. De hecho, no me ha sido fácil encontrarla en internet para verla. En Youtube está eliminada, y de la mayoría de webs españolas también. Pero aquí la podemos disfrutar o quien sabe, sufrir:
 SURCOS
Una película dura, casi lúgubre, cuyo final, no acaba tan bien como las de Hollywood. Triunfa el fuerte y sinvergüenza, sobre el débil e ingenuo. Algo que por desgracia, sigue sucediendo.
Bueno, respiremos un poco, y sigamos imaginándonos, pese a esta desolación, la vida penosa, pero acaso feliz y tranquila de los mancheños...
Después del frío gélido de la mañana, el tórrido bochorno de las dos y pico de la tarde en la Gran vía de Mancheño.
El que suscribe, inmortalizando con su presencia y serrana traza, la avenida más importante de Mancheño
Viky, aguantando el vanidoso chaparrón posturil de su dueño
Procurando registrar los rincones más amables y menos arrasados del pueblo.
Un último vistazo a los montes y accidentes orográficos que hubimos de atravesar para llegar hasta Mancheño. 
Y por una pista en suave ascenso y bajo un sol implacable, abandonamos Mancheño en dirección Retamalejo. Al llegar al cruce de los tres poblados deshabitados, donde se halla este cartel, el viento cortante del cierzo me obligó a colocarme abrigo. 
Revolcadores, Cuerda de la Gitana, Cañada de la Cruz, Sierra de las Cabras y Cerro del Mosquito.
Mirando hacia los campos de la Jarosa Quemada, buscando completar el círculo.
Con razón hay un dicho que reza: "te pierdes más que la diez once. ¿Qué pijos hará esta herramienta de aflojar y apretar tornillos, perdida en medio de los inmensos campos de la Jarosa...?, y de momento, contabilizados casi 19 km de excursión, no está mal.
Estos últimos kilómetros siempre son los más relajantes porque va uno literalmente fundido, con la reserva encendida y los sensores emocionales a flor de piel.
No se puede sentir mayor exaltación de los sentidos, que el notarse vacío por fuera y colmado emocionalmente por dentro.
Pero la Viky está ya hasta el rabo de mis ensoñaciones y cursiladas campestres
Me toma la delantera y enfila decidida hacia Retamalejo
Son las cuatro de la tarde y el pueblo nos aguarda sereno, paciente e indiferente en su inexorable y antiquísima ruina. Dice Jesús López en su libro: En Retamalejo no queda nadie. Ves las vigas de madera podridas, derrotadas en el suelo. Te quedas delante de los muros, que resistieron hasta que los venció la intemperie. Asomas la cabeza a un cuarto que la ruina ha destapado y ves pequeños restos de vida doméstica. Te metes a la cuadra y queda algún trozo de jarma o de atarre en el suelo. Parece que lo han dejado ahí para que lo veas y te quedes un rato pensando. No queda nada que te recuerde que los niños corrían por la calle, o que un muchacho rondaba una novia, o que un grupo de mujeres se sentaba en los carasoles otoñales a hablar de sus cosas, o que un mulero desaparejaba su macho romo al caer la tarde. Todo ha pasado. En unos pocos años, un temporal empujado por los hombres y venido de no sé dónde ha arrasado El Retamalejo...
Las gentes de Mancheño, iban a repostar agua a La Capellanía y de juerga y parranda a Retamalejo, donde habían buenos músicos perfectos y siempre dispuestos para la jarana. Lo de que en la ciudad se vive mejor es pura leyenda urbana y está por demostrar.
Como bien se ha podido comprobar, esta excursión hacia la Rambla Mayor y Mancheño, me ha resultado de lo más instructiva y didáctica. Pero como diría super ratón: ¡No se vayan todavía, que aún hay más!, porque aún me quedan que abordar, dos excursiones que todavía hicimos, no muy lejos de esta comarca. 
Retrato que a la vuelta me hice con Francisco.
Final tercera parte

3 comentarios:

  1. Respuestas
    1. No sé si funcionará el enlace anterior. Lo siento mi perícia informática es parca

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