Comenzamos a subir, al principio, por un sendero un tanto intrincado, cruzado de palmitos y otra flora típica mediterránea. La boca meridional del desfiladero del Infierno, nos va quedando a nuestra espalda, por lo que, para cada una de estas fotos, he de girarme para admirar y capturar el panorama, que se va ensanchando, conforme ganamos altura.
Hemos superado las rampas más duras y encajonadas del sendero y, aunque seguimos ascendiendo, el cariz de la subida, se torna algo más amable, al refrescarnos una brisa que percibo deliciosa.
El lecho del Barranco del Infierno.
Llometa de las Colmenetas, bajo cuyas paredes, hemos pasado hace solo un ratico.
Mientras progresamos en el ascenso entre exuberantes palmitos, vamos obteniendo una mejor perspectiva del Cañón del Infierno.
El grupo de senderistas que me precede, parece bastante homogéneo. Los comanda un espigado holandés, que parece actuar de guía. Viste camiseta de color verde pistacho y siempre parece ir en cabeza, marcando el ritmo y los descansos cada equis cientos de metros. Durante la bajada de las Colmenetas, me parecieron guiris, pero un breve intercambio de impresiones ulterior, me saca de mi error, ya que, las dos parejas que acompañaban al neerlandés, son alicantinos, esto es, de El Campello.

Junto a ellos, a su zaga quiero decir, hago este tramo de subida, hasta alcanzar los Corrales de Juvees del Poble de Dalt, donde hacemos el receso para tomar un bocado. Mis cinco coincidentes senderistas, se detienen en un cruce de caminos, bajo la sombra de unos acebuches, donde también existe un aljibe abandonado, pero yo decido adentrarme unos metros por un camino, buscando intimidad para cambiarle el agua a los garbanzos, donde me tropiezo con una vivienda rústica, que todo indica, quedó a medio restaurar, aunque con claros indicios de haber sido okupada durante un tiempo, en condiciones muy cutres, por alguien que no creo que fuera el dueño. Pero enfrente, existe un poyo a la sombra de un denso algarrobo, donde poder sentarse. Allí me tomo mi piscolabis, al fresquito y de lujo, aprovechando también la tregua, para cambiarme de camiseta y calcetines.












Ya he apuntado, que la característica principal de este sendero, es el origen morisco de sus aproximadamente 6873 escalones, que en algunos momentos se pueden hacer interminables. Estos servían de acceso a las zonas de labor agrícola. Algo que parece inaudito, es el abancalamiento del terreno, donde todavía hoy podemos observar, los vestigios de antiguos cultivos, como higueras, olivos, vid, almendros y algarrobos. La función principal de las terrazas era la de poder cultivar y retener el suelo y el agua, en esa prácticas que proceden de nuestros ancestros, típicas de las tierras de secano.


Creo que de haberlo pensado, me podía haber acercado a ver el aspecto de la boca de la garganta, total, se trataba de cubrir solo unos cientos de metros. Pero ni se me pasó por la cabeza.
Aquí tenemos a este Asfódelo, del tipo Asphodelus ramosus, más conocido como Gamoncillo, planta dura y resistente, cuyas raíces son tubérculos que le permiten sobrevivir a incendios y sequías, siendo de las primeras en brotar tras un fuego. Para mí que es la planta mediterránea por excelencia.
En la Antigua Grecia, se creía que los campos de asfódelos eran el lugar donde residían las almas de aquellos que habían llevado una vida equilibrada (ni especialmente virtuosa ni malvada). Era la planta del Inframundo, y se plantaba cerca de las tumbas para alimentar a los difuntos en su viaje.
Bonitas, esas laderas abancaladas.
La choza rústica que mencionaba un poquito más arriba.
Y a la derecha de este aljibe, construido en piedra seca, como todas las construcciones de por aquí, incluidos los tropecientos escalones moriscos, fue donde tuve mi espacio para el asueto.
Y en este otro, a la sombra de unos acebuches, fue donde se acomodaron para el refrigerio, mis eventuales compañeros de fatigas.
Ahora nos desviamos a la izquierda para afrontar un nuevo descenso, que en un trecho, coincide con el cauce del barranco del Tuerto.
Aquella de arriba, debe ser la Penya Blanca dels Hedrers, 904m.
Este tramo de bajada, es muy bonito y lo disfruté a rabiar. También sería porque comenzaban a hacerme efecto, unas porciones de Alfajor (doping natural), que me había zampado bajo la tupida sombra del mencionado algarrobo. Pero ese sendero, bien despejado, jalonado de margallons (palmitos), teniendo los llamativos estratos horizontales de la Penya de l'Alcalà al frente, es que ya digo...era un disfrutar y no parar, y eso que a esas horas de la tarde, nos estaba cayendo a los senderistas de estos pagos, un sol de verdadera y martirizante justicia.



Aquella es la cara SSE de la Penya de l'Alcalà. A la derecha de la peña central, se intuye el corte profundo del Barranco del Infierno. Esos estratos de piedra caliza son los que obligaron a los antiguos moriscos a construir el increíble zig-zag de escalones que hoy están hollando mis pies. Siguiendo el sendero, bordearemos en subida, la peña por su base izquierda (oeste) para terminar de coronar el último gran desnivel de la ruta antes de llegar al llano de Benimaurell. La Penya de l'Alcalà tiene una altitud máxima de 716 msnm, cuya cumbre tendremos que alcanzar, antes de enfilar en suave descenso hacia Benimaurell, que se encuentra a unos 485 metros (por eso, una vez superada la peña, el camino es de bajada o suave llaneo hacia la villa).

Ya he vuelto a conectar visualmente con el grupo de El Campello. Aquella pared, tras la última subida del día, nos quedará muy pronto, por debajo de nuestras piernas.
Y este es un momento tan oportuno, como otro cualquiera para poner fin al segundo y penúltimo capítulo de esta excursión senderista que está discurriendo por el Barranc de l'Infern.
FINAL SEGUNDA PARTE






























































































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