martes, 5 de febrero de 2019

POR LAS CASAS DE MOYA Y LOS CALARES III

A los dos o tres días de mi primera incursión por este territorio, planifiqué un recorrido que desde las Casas de Moya me llevara a conocer el emblemático cortijo de la Hoya Lóbrega, para en circuito circular, poder regresar por las diferentes alternativas viarias que el mapa me ofrecía. No había encontrado nada al respecto en la web rutera (wikiloc) aunque para la ida utilicé un track de la Adenow 2018 que pasaba por el cortijo. Ya el día en que me acerqué a los Calares, me había dejado a mi derecha un ramblizo sembrado de chinarro que se veía muy trillado por vehículos de dos ruedas. Descubrí ya en casa que se trataba de la rambla de las casas de Moya que enlazaba más arriba con el camino de la Hoya Lóbrega.
Dejé el coche en un claro, a la sombra de unos pinos y aunque el día amanecía soleado, el mismo viento gélido de días anteriores seguía lacerando el cutis. Había que protegerse bien por la cuenta que nos traía.
Alcanzamos la misma hermosa y descomunal carrasca a la que no me resisto tomarle otra foto.
A lo lejos el Corral del Picón, por el que hoy no pasaremos.
Unas fotos mañaneras a las Casas de Moya
El que suscribe bien protegido, saludando a su propia sombra, a falta de otro acompañante.
Ya en la rambla, de esfuerzo semejante al de abrirse camino por entre la arena pesada, debido a la gran acumulación de tierra y pequeños guijarros, recibo un pequeño susto por lo súbito de la aparición. A escasos metros por delante de mí, cruza la vereda una piara de jabalíes del tamaño de bisontes. Esta hembra, se rezaga y a escasos tres metros de mí, se detiene y queda mirándome. Yo, petrificado, quieto, sin saber que hacer. ¿Estará esperando a algún pequeño; estará valorando si atacarme o no...? A todo esto, este diletante recolector de fotografías de paisajes, se repone en parte del sobresalto y enciende la cámara. Apenas me da tiempo registrar sus cuartos traseros mientras reemprende la marcha que no la huida. Debió entender que se trataba de uno de esos humanos desarmados, inofensivos para su especie y prole.
Aunque el caminar por aquí se hace pesado, lo compensa el hecho de ir a resguardo de las fuertes ventoleras que soplan por encima.
Después de una hora de caminata larga, llegamos a las inmediaciones del cortijo de la Hoya Lóbrega. El paraje de su enclave atesora encanto y desde luego en el pasado representaría encrucijada de caminos para dirigirse a un lado u otro de estas sierras y sus diseminados caseríos, pero en la actualidad presenta un aspecto desangelado no solo por la devastación de la otrora relevante casa de labor sino por el aire cochambroso que confiere al rincón la existencia de un medio desguace de rulottes. No falta ni el desecho de bañera y lavabo a modo de colofón en pro de la armonía bucólica de todo el conjunto. Como si el Pañero hubiera instalado aquí una sucursal de la factoría de despiece que ha tenido durante tantos años en el cruce de la Venta de la Cayetana. En la imágen inferior, el corral de la Hoya Lóbrega, que existe adyacente a las caravanas.
Lo que queda del famoso cortijo
En una parte del libro de Y también se vivía...el autor recrea las peripecias que durante los duros años de la contienda española y posguerra, les acontece a Secundino y su hijo Genaro, durante su afanoso oficio de arrieros por esta comarca y limítrofes. Rescatamos un pasaje de esta obra de Jesús García.
...entraron a las Casa del Rey, luego a las Casas de Moya y de ahí se engarabitaron a los Calares de Cucharro. Los Calares están en el centro de una sierra áspera, a una notable altura, más de mil quinientos metros. Son un trozo de sinclinal muy largo, que se quedó colgado allí arriba, Dios sabrá por qué capricho de los fluidos que tenemos debajo del continente. El caso es que es roca firme, caliza de la más antigua, pero llena de fisuras y resaltes afilados. Un leñar de los de verdad, que deja poco sitio a las sabinas, enebros, espinos o toliagas que lo pueblan a rúales desperdigados. Los Calares de Cucharro tiran aguas a la rambla de Parriel y a los barrancos que la hacen mayor, aunque sobre todo son generosos con los veneros de aguas subterráneas, que le dan vida a La Muralla, a los Ojos de Archivel y a otros manantiales menores del lugar. 

Allí había cabras montesinas, de esas blancas, sueltas por el monte, al menos treinta o cuarenta cabros de aquellos asilvestrados y un par de machos con los cuernos retorcidos hacia atrás. Genaro le hizo un amago a uno de ellos y se le tiró como si fuese un toro. Tuvo que salir corriendo y subirse a un pino que había cerca. Una de las muchachas del pastor, que andaba jugasqueando por ahí, se partía de risa. 

 En el cortijo de Los Calares, que está a casi mil cuatrocientos metros de altitud, vivían seis o siete familias. En esas alturas hay buenos pastos y algunas suertes sacadas con mucho esfuerzo de los pedregales. Se cultivaba trigo y bastante centeno. A Secundino le solían comprar siempre. Esta vez poco llevaba, pero pudo cambiar allí toda la sal para el ganado por unos huevos. La sal es que hace mucha falta para el ganado en estas sierras, para la cuestión de los minerales. La ponen en las halegas y a veces la revuelven con miera, que va bien para muchas cosas.
Después emprendieron camino hacia Hoya Lóbrega, pero antes sacaron el hato y almorzaron. Pan con tocino y unas habas tiernas.

Para salir de los Calares hay que darse la vuelta o seguir por una senda de herradura que va por las cumbres y termina cogiendo el camino que llega hasta Hoya Lóbrega. Al cruzar el Collado de las Cabellas el monte se hace espeso y los pinos blancos se espigan hasta donde los fríos les permiten. Para coger el camino carretero, que está malo, hay que abrirse paso en algunos sitios, apartando las matas, que son muy pinchosas y puñeteras. Aún con dificultad, conociendo el camino, no se tarda mucho tiempo para llegar a la cortijá, que en esos tiempos de guerra estuvo bastante poblada, quizás por su propio aislamiento. Allí, agua bastante, tierra poca. Pero se puede decir que el pan lo tienen asegurado, porque en esa sierra es raro el año que no llueve lo suficiente para sacar cosecha.

 El monte tiene una altitud considerable, que llega a los mil seiscientos metros, allí mismo, y da bastantes cosas, cada una en su tiempo. Guíscanos, cagarrias, orejones, patatas de monte, hierba para el ganado, que no falta, y caza en abundancia. El averío y dos o tres marranos por vecino, también se crían fácil. Así que se vive bien, ya sean los tiempos fáciles o difíciles, casi sin necesidad de buscar nada fuera. Eso sí, el clima es duro, el invierno frío y de nieves abundantes; porque las nieves se pegan mucho a esa sierra. Hasta en mayo nieva algunas veces.

Secundino asoma a Hoya Lóbrega y se alegran de verlo. Más de una vez se ha tenido que quedar por alguna tormenta o simplemente porque se le ha hecho tarde. De lo que llevaba, lo más goloso eran las alpargatas de suela de cáñamo, que en el campo se usaban casi como lujo. Le dieron un par de gallinas, huevos también y algún dinero por las alpargatas y las bacalás.
Corral de la Fuente de la Peña
Era hora avanzada, pero como los días ya iban siendo largos, se decidió a seguir camino con idea de llegar a la casa antes de la noche. Pero, al darle la vuelta a la cuerda de la Peguera y avistar Las Pollas, se asomaron tres hombres que estaban sentados debajo de un fraile de piedra que hay debajo de la cumbre.

Llevaban barbas de varios días y ropas algo harapientas. Uno tenía un pistolón en la mano. Genaro fue el primero que los vio y llamó la atención de su padre. En un principio Secundino pensó en seguir como si no los hubiera visto, pero después de caminar unos metros cayeron unos cantos rulando por el monte.

Los hombres se dieron cuenta que el arriero los había visto y empezaron a recelar. Secundino de sobra sabía que estaban emboscados para no ir a la guerra. No se había encontrado ninguno todavía, pero había muchos y alguna vez tenía que ser la primera.

Los emboscados debieron pensar que el arriero los podía delatar y bajaron hasta el camino amenazando, con malas intenciones. Mala pinta tenía el asunto. El del pistolón hizo un amago y Secundino enseguida puso a salvo a su hijo. Menos mal que uno de los emboscados puso calma en los compañeros y se dirigió a Secundino. Éste, con un poco de miedo, les aseguró que no tenía ninguna intención de delatarlos, que era de Archivel y lo conocía mucha gente por ese campo de San Juan, que por favor los dejaran ir.
Los tres hombres eran de más allá de Orihuelo, de por encima de Gibarroya o de la otra parte de la Sierra, tirando para Nerpio. El caso es que Secundino no identificaba a ninguno. Ese es el caso. Tuvo suerte de que uno de ellos parece que sí lo conocía a él de lo que fuera y le hizo seña a los otros para que lo dejaran.

Cuando le arreó a la burra para salir, el del pistolón hizo un movimiento brusco sin venir a cuento y el compañero le puso la mano en la pistola con tan mala suerte que se le enganchó el perrillo en el dedo y se le disparo.

- ¡Mariah santísima, qué desgracia!
La bala le entró por el muslo y empezó a echar sangre como un chino. Secundino fue rápido en su auxilio. Con unos trapos que llevaba le pudo tapar la herida. Se pasó un rato mientras se le cortó la sangre. Pero el dolor no le dejaba vivir al hombre, así que decidieron bajar a Orihuelo, con el riesgo de que los tíos del lazo que andaban esos días por allí, pudieran detenerlos. Lo subieron a la burra y, pasando penalidades, llegaron a la cortijá, donde lo atendieron. A todo esto, se hizo oscuro y allí pasaron la noche, con todo el jaleo del herido y los nervios de las mujeres.

A otro día, Secundino y Genaro tomaron camino por la carretera que baja por el Puerto de la Tía Lucía y tiene Archivel a un tiro de piedra. A mediodía estaban allí y contaron el suceso en su casa.

Pasaron un mal rato. Malo de verdad. Y la guerra que no llevaba buen giro. Cada vez más complicada y con peores noticias del frente y de la retaguardia. No sería el único suceso de emboscados que vivió Genaro con su padre, pero éste fue el más feo. Fue malo por el rato que pasaron, pero es que lo de después fue casi peor. Cuando transcurrieron unas semanas, se corrió la noticia de que un hombre joven de esos campos de San Juan o de sus alrededores había muerto, porque se le gangrenó una pierna y cogió una infección en todo el cuerpo. No era difícil adivinar de quién se trataba.
En la Cueva de Hoya Lóbrega, se escondieron entre otros, el Conde de Peñalva, dueño de Majarazán, quien adiestraba a sus compañeros emboscados, sobre la manera de entrar a robar pollos y conejos en el corral de su propia finca para sobrevivir en el monte. Por curiosidad, nos acercamos a echarle un vistazo a las casas de Orihuelo a ver el aspecto que presentan en la actualidad.
A través de San Google, también me encontré con este bonito relato inventado, o quizá no, acerca de los tiempos en que podían acontecer este tipo de anécdotas.
Esta historia ocurrió, si es que de verdad ocurrió, o fue inventada, si es que alguien se la inventó, hace muchos, muchos años, en los tiempos en que estas cosas podían pasar, o alguien se las podían inventar sin que lo tomaran por embustero. Me la contó Miguel Torres, una noche tomando el fresco, y yo la cuento a mi manera. Le pedí prestado el nombre a mi vecino Paco, para poder dejar escrito en los papeles el de Fermina, su madre, y que no se olvide.
 Eran tiempos difíciles, tiempos de lobos y de nieve, de amos y criados, de injusticia y hambre, de caprichos y de muerte por los montes, los campos, los caminos y los pueblos de España; también por estas tierras del Señor San Juan se oían aullar los lobos en lo alto de las sierras y era corriente que los nevazos hicieran desaparecer los caminos. Nadie se atrevía a ir de un lado a otro, y menos después de ponerse el sol.

El muchacho se llamaba Paco, pero le decían Paco Fermina, por la costumbre de identificar a los zagales por el nombre de la madre y a los hombres casados por el de su mujer. Tendría alrededor de ocho años y vivía en una de las moradas de pastores y criados, en el cortijo Casa Letrao (casa del letrado, en fino), el mismo en el que había nacido. Un pobre caserío que consistía en un cocinón, donde se hacía la vida frente a un fuego mal alimentado, lo que se conocía como “la casa”, rodeado de cuadras y cámaras en donde se mezclaban las personas con el ganado, los aperos, la matanza, la paja y los frutos almacenados de la última cosecha. Había una pequeña alcoba junto al zaguán, en la que dormían los padres; las mujeres dormían en la primera cámara, la del trigo, que nunca se llenaba del todo y era la primera en vaciarse; los hombres se repartían por las otras cámaras, el pajar o la cuadra, buscando el calor de los animales.

Como todos en el cortijo, el muchacho estaba a las órdenes de lo que los amos quisieran mandar.
 Era la víspera de la Pascua. Una tarde oscura y fría, con un viento racheado del norte que amenazaba con traer una buena ventisca antes de la noche. Paquillo estaba en el parador jugando con los chotos de una cabra, recién parida como quien dice. Las cabras y los choticos le gustaban con locura. Más que la magra o el caldo picante. Sintió la voz de su madre que lo estaba llamando.

Mira lo que te digo –ordenó Fermina-, tienes que acercarte hasta el cortijo de la Hoya Lóbrega. Le dices al tío Mamerto que haga el favor de darte un borrego, que te manda el señorito Bernardo, que hay que aviarlo para la cena de mañana.

– Pos matamos uno de aquí, mama –dijo el muchacho-, yo no quiero ir tan lenjos.

– No, nene –tie que ser ese –insistió Fermina- que dice el señorito que los borregos de la Hoya comen mejores hierbas y echan gusto a romero. Anda, tira y no te estés muncho, que pue que caiga una miajucha de nieve. Les das este papel y les dices que vengan a cobrar una vez que se pase San Antón.

El cortijo de la Hoya Lóbrega está a unos cinco kilómetros, en línea recta, de la Casa Letrao, en la umbría, saltando el puntal de la Vieja, al otro lado del puerto. Eran ya las seis de la tarde cuando el muchacho llegó. Entre que eligieran el borrego, lo mataran, le sacaran las tripas y lo desollaran, se harían más de las ocho, noche cerrada. Empezaban a caer unos copos de nieve. Se sentó en el suelo frente a un fuego bajo.
– Cómete un mantecao, nene – le ofreció una mujer, acercándole un plato colmado de los olorosos dulces de Pascua que ella misma había cocido en el horno moruno que aún ardía junto a la casa.

Por fin llegó el tío Mamerto con el animal al hombro. – Ciérrate bien la zamarra –le dijo al muchacho- y ven aquí, que hay más luz. Acáchate una miaja.

Paquillo hacía lo que le mandaban. Enseguida sintió el peso sobre la espalda, el calor reconfortante de la carne recién muerta. El pastor hizo pasar las manos de la res por los hombros del muchacho. Después las ató una con otra por debajo de su barbilla y, para que no se le pudiera escapar, le rodeó la cintura con el cabo de cuerda sobrante y le hizo varios nudos.

– Asín no te se escapa. Anda, tira ligero que te se va hacer mu tarde.

El muchacho cogió la vara, se caló la gorra y salió al camino.

– Nene, toma. Y no te entretengas – le advirtió la mujer mientras le daba un pequeño farol de hojalata con un cabo de vela dentro. Una vela de sebo que no duraría mucho.

La nieve caía con más fuerza ahora. El camino, difícil de seguir en la oscuridad, desapareció del todo. El zagal decidió andar en línea recta, olvidando el sendero, siempre hacia arriba.

Estaba seguro de que, cuando saltara al otro lado del monte, vería el resplandor de la lumbre de algún caserío. Podía reconocer cada cortijo. Caminando hacia la luz llegaría a un lugar conocido y, desde allí, pronto estaría en su casa.

Tuvo suerte: desde lo alto se veía, a lo lejos, una lumbre bastante grande. Estaban encendiendo el horno de la yesera, en la Casa Nueva. Caminando hacia allí no se perdería y aquello estaba a dos pasos de su destino. Andaba ligero pero confiado, todo lo deprisa que le permitían la nieve y el peso del borrego. Alumbrándose como podía con la escasa luz del farolillo.
Iba pensando en sus cosas, recordando lo bonicos que eran los choticos pequeños. Le pareció que escuchaba una respiración entrecortada que se acercaba por detrás de él. Se volvió para darle las buenas noches a quien le haría compañía. Pero no era la clase de compañía que él habría deseado. Al girar la cabeza descubrió, a unos pocos pasos de distancia, dos pares de ojos de un pálido color verde que brillaban en medio de la oscuridad…

Le subió por la espalda una culebrilla de escalofrío, le puso de punta los pelos del cogote, le palpitó en las sienes con el susurro de unos polvos de gaseosa mezclándose en el agua del vaso. El corazón le retumbaba contra el pecho. Se le aflojaron las piernas. Pensó que se iba a ensuciar encima…

Echó a correr sin volverse a mirar atrás. Sentía a su espalda la respiración acezante de sus perseguidores, cada vez más cerca. De pronto, sintió un fuerte tirón, que no le hizo caer porque al correr llevaba el cuerpo inclinado hacia adelante, pero perdió el farol. Las alimañas se quedaron atrás por un momento, rugiendo y gruñendo como si se pelearan por algo, pero enseguida volvieron a acercarse, otro tirón y de nuevo se quedaron atrás. Le concedían otro momento de descanso.
 
Así siguieron, tirón y tregua, tirón y tregua…, mientras el zagal corría cada vez más rápido. La tejera estaba ya cerca y la carga parecía hacerse más liviana. Corría y corría, cada vez más deprisa, más ligero de piernas y de peso.

Estaba llegando a las primeras casas. Sabía que sus moradores estarían sentados frente al fuego, comiendo lo que hubiera de cena antes de arrebujarse en el catre para dormir.

– ¡Lobo!, ¡lobo! –gritó.

Salieron de la tejera algunos hombres con estacas en la mano, alumbrándose con una pava de gas que echaba mucho humo. Las fieras habían desaparecido

– ¿Qué lobo ni qué lobo, nene? Aquí no hay ningún lobo. Anda, ven a la lumbre. ¿Qué es eso que llevas en la espalda?

– Un borrego de la Hoya Lóbrega para los señoritos. Que dicen que echa gusto a romero.

– No, hijico, no. No llevas un borrego. Tú lo que llevas son los brazos y la cabeza de un borrego. Lo demás se lo habrán comido los lobos.

Y da gracias. Si llegas a tardar dos pasos más… te empiezan.
 La Casa Letrado en la actualidad
Bueno, seguimos con nuestra particular aventura. A partir de aquí, ya tenía que dejar el track que se dirigía por pista hacia el balneario del Cantalar, Majarazán e Inazares y yo lo que pretendía era girar a mi izquierda y rodear los Calares de Cucharro y coger otra vez dirección las Casas de Moya. Pero me tropecé con un barranco trilladísimo que me hipnotizó e indujo de forma inconsciente a seguirlo hasta su final. He aquí en trazo azul sobre el mapa, mi en algunos momentos, aturdida, desorientada caminata. Aunque no hay mal que por bien no venga pues ello me llevó a conocer sendas y posibilidades de excursiones futuras cuya localización ni realización entraban a priori dentro de mis planes.
Bonito aprisco que existe al final del barranco
Ya se puede observar lo pulida, lo triturada de la senda
Una vez cerciorado de la mala dirección que llevaban mis piernas, parada técnica para evacuar fluidos, recuperar fuerzas y desandar lo andado para reconducirnos hacia la dirección correcta.
Tras disfrutar durante muchos kilómetros la senda encajonada que atraviesa entre Pozo Cucharro y los Calares, llegamos de nuevo a las Casas de Moya, ya bastante cansados.
Se ha tratado de un buen palizón pero por fin alcanzo el coche feliz y contento por las sensaciones vividas.
A los pocos días, me decido culminar el track, esto es, echarle un vistazo al Tejo y de paso, tomarle unas fotos a las casas del Orihuelo y el cortijo del Letrado que ya hemos visto.
 El día es soleado y frío y aunque sopla glacial viento del norte, no parece tan fuerte como en jornadas anteriores. La subida al Tejo se hace abrupta y empinada. Muy pronto comenzamos a sudar.
 Hoy tomanos esta foto hacia los calares desde el Tejo
 Una vez arriba, el viento ya sin amparo arrecia. Hace un frío del carajo. Otra vez a taparse lo mejor posible. El paisaje que se observa desde arriba bien ha merecido el esfuerzo.
Nos hallamos en la antecima del Tejo y aquella es la cima donde pretendo tomarle unas fotos a Spiderman en algún rincón que halle al amparo del viento pero me lo pienso mejor y por aquí mismo me arreglo pues el tiempo para estar en casa a la hora de la comida, se me echa encima. 
Sierra de Enmedio, de la Gorra y de la Garra, Cerro del Salvador, Sierra de las Lavaderas, etc.
 Cuevas de Bajil
 Mirando hacia la sierra del Gavilán y Archivel
En pleno rapto de enajenación mental transitoria, síndrome que cada equis tiempo me acomete, tengo el gusto paranoico de presentar a un Spiderman mochilero que promete brindarnos algún que otro juego para las fotos. Llevaba un minúsculo accesorio a modo de teléfono que a las primeras de cambio se desprendió de la mano y vete usted a saber donde fue a parar. Por un instante volvemos mentalmente a la infancia, cosa que a mí no me cuesta gran esfuerzo conseguir e inmortalizamos al hombre araña en lo alto del Tejo.
 Spiderman disfrutando del paisaje
 ¡Vaya sitio para traerse la moto!¡Paberse matao!

 Le queda un poco chica, pero bueno...
 En este precioso alazán de los chinos queda mejor

 Aquí lo tenemos posando conmigo antes de perder el móvil. Si se piensa que le voy a comprar otro...
Vaya, qué pintará Hulk en esta entrada...no seas zampabollos que hoy no te toca...a tu caja julandrón pero a la voz de ya, será posible...!, se pensará el tío que es el dios de la gayá que puede aparecer cuando le apetezca...será cuando yo quiera. 

 Una foto a mis apechusques, antes de abandonar este apacible rincón en que nos hallamos a resguardo del viento

Y después del descenso, caminando por el inmenso cauce del Arroyo del Puerto hasta alcanzar el coche, nos despedimos.
¡HASTA LA PRÓXIMA AMIG@S!

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