domingo, 5 de marzo de 2017

LA LAVIA Y SUS CUCHILLOS (Tras la senda perdida)

Hace ya algunos domingos, en vez de hacer un recorrido de paseo por la sierra de Burete, como en principio tenía pensado, decidí in extremis, encaminarme para Bullas y hacer los cuchillos de la Lavia, que hacía un lustro que no pateaba. La jornada amanecía gris, y las previsiones daban lluvia a partir de las doce, pero como el día anterior, habían vaticinado el diluvio universal y no había caído una gota, me dije, hoy será más de lo mismo, así que, desafiando a los pronósticos, le dije a la Viky, que se pusiera el chubasquero, que nos íbamos a la Lavia. Como en ella es habitual, no objetó inconveniente y bien le pareció mi decisión. Delicia de hembra, que siempre está de acuerdo en todo lo que digo y decido. Si tuviera menos pelo y menos propensión a las pulgas, me casaba con ella, pero en fin, nadie es perfecto.
No recordaba muy bien el recorrido por el tiempo transcurrido desde mi última visita a estos parajes, pero si se presentaban dudas o deficiente señalización, llevaba el gps en la mochila por si las moscas. No fue necesario. Nada más coger el sendero te das cuenta lo muy pateado que está. Lo mismo que de un tiempo a esta parte ocurre en los circuitos que comparten andarines, traileros y ciclistas en las sierras de Burete y El Quipar, que lo que antes apenas eran unas trochas, ahora son autopistas. Pero bueno, así se anda fácil y resulta menos probable perderse. Antes de comenzar a subir el tramo final hacia los Cuchillos, me crucé con dos grupos de traileros, que bajaban como los ciervos, a pijo sacao y describiendo cabriolas que daba gusto verles. Joder qué maquinas. Cuando les miro sus caras y compruebo que son jóvenes, entre los treinta y cuarenta me digo, bueno, es normal, que esta gente evolucione en el monte de forma tan fácil y ágil tal que una cabra pirenáica o arrui de Espuña o Burete, que por mucho que nos diga el anuncio que no pesan los años sino los kilos, eso es un cuento chino porque a ver quien se sustrae al efecto inexorable y degradativo del transcurrir del tiempo; a mis años con esas pamemas, con esas bobadas, pero cuando en la misma secuencia, se me cruza, casi con idéntica  agilidad, velocidad y destreza de los que le preceden, un carcamal cincuentón, incluso con más años que yo, que encima el muy cabrón, tiene tiempo de reconocerme, detenerse unos instantes y saludarme en un festivo hola fulanico, cuanto tiempo sin verte, dónde te metes y, bueno, que me dejan que estos no esperan a nadie, pues nada, a ver si nos tomamos algo, hasta luego, y sale el tío brincando y acelerando que se las pela, y cágate lorito, con intención de atraparles, cáspita, eso ya no me gusta tanto porque deja patente, que si algún momificado, fosilizado, acartonado y lastimoso trotalindes, en ese momento arrastrándose se halla por el monte, me temo que ese soy yo. Entonces comienzo a sentir un desfallecimiento repentino, una languidez, un derrotismo en el que ganas me entran de dar media vuelta y con el rabo entre las piernas volverme para mi casa, pero me digo, qué cojones, a todo hay quien gane, ¿como era aquello que decía a este respecto, la célebre desiderata, aquel poema de tiempos de mi ya lejana adolescencia...?, ah sí,
Si te comparas con los demás,
te volverás vano y amargado
pues siempre habrá personas más grandes y más pequeñas que tú.
Disfruta de tus éxitos, lo mismo que de tus planes.
Mantén el interés en tu propia carrera,
por humilde que sea,
ella es un verdadero tesoro en el fortuito cambiar de los tiempos...

 Inmerso en estas cavilaciones me hallaba cuando por encima de mí, escucho unas voces. Me digo, los cuchillos esta mañana parecen el entierro de la sardina, a juzgar por el bullicioso pulular de gentes. La atacada final hacia la cima de los cuchillos, no es moco de pavo, pues resulta dura de pelar. Es algo así como medio o casi tres cuartos de As de Copas, esto es, de empinada subida hacia la cresta. Al poco me encuentro con estos veteranos montañeros, que al parecer, se hallan departiendo acerca de qué itinerario tomar.
Parecen cercanos e infiero que bastante amigables, y con la extroversión y espontaneidad que a mi personalidad le es intrínseca, enseguida entablo alegre y distendida conversación con ellos. La cara de uno me resulta familiar, aunque por más que le observo con disimulo, de momento no logro ubicarle. La atacada final hacia la cresta de los cuchillos tiene algunos metros de trepada, sencilla, pero que es conveniente utilizar las manos para ascender con seguridad. Les hago unos metros de guía y pronto estamos arriba.
En efecto, resultan ser unos montañeros de lo más alegres, amenos y amistosos, que me acogen en su seno como si me conocieran de toda la vida y formara parte habitual de su grupo. Después de echarnos algunos fotos, me quedo a escasos metros de este hombre, y de pronto un destello de luz reveladora me ilumina y exclamo, ¡ay carallo, pero si tú eres Malpaso...! La escena resulta espontánea a la par que divertida pues no siempre tienes oportunidad de conocer a un internauta que admiras por su trabajo en wikiloc, de forma tan casual e inesperada, y en un ambiente que por otra parte nos es tan afín, la montaña. Bien pensado, no podía ser de otra manera y los Cuchillos de la Lavia eran el mejor lugar posible para conocer personalmente a Malpaso. 
Y es que, del docto magisterio Malpasiano, esto es, de tan gráficas y bien descritas rutas como publica en Wikiloc, hemos hecho algunas en este blog, de ahí, que me resultara tan grato e interesante conocerle.
Aunque tengo que estar a una hora determinada en casa, decido continuar ruta en tan agradable compañía. Iniciamos el descenso, volviendo sobre nuestros pasos para trasladarnos al siguiente punto elevado que en esta jornada llevamos todos en mente, la Lavia.
El grupo de Malpaso lo forman unos aguerridos veteranos, marcados todos por variopintas heridas de guerra. Creo recordar que los cinco habían pasado por el quirófano, con intervenciones de más o menos gravedad y consideración, incluso de corazón, pero ahí los tenías, curtidos en mil batallas, mermados pero vigorosos, animosos, resistentes, impetuosos. Todo un estímulo y ejemplo a seguir. 
¡Qué grandes verdades se revelan en la desiderata!
Desde mi última comparecencia por estos pagos, la subida a La Lavia por la solana había cambiado considerablemente. El track de Alsamuz, que tanto Malpaso como yo llevábamos en el gps había quedado un poco obsoleto por cuanto el paso incesante de andarines y traileros había labrado, esculpido una excelente senda más a la izquierda de la que proponía monte a través mi tocayo.
Un bonito sendero de progresión ascendente, que aunque exigente, me pareció mucho más llevadero que el que yo recordaba en el modo asaltalindes.
Estos murcianos de la capital podrían haber pasado por el taller, sometidos a reparaciones de importancia, que no digo que no, pero esos motores Perkins de cuatro cilindros empujaban de lo lindo.
  Y en menos tiempo del que emplea en persignarse un cura loco, nos plantamos en la cima.
La bajada se hizo por donde proponía Alsamuz, terreno agrio, muy vertical, con piedra suelta, y por ello con riesgo manifiesto de pegar algún que otro traspajazo durante el penoso descenso. Como a esas alturas de la ruta, yo ya veía que el tiempo y la lluvia se me echaban encima, me despedí de mis amigos a grito pelado desde la distancia, y apresurando el paso, enfilé poniendo rumbo decidido hacia la bodega de vinos donde había dejado el coche. No me mojé por los pelos.
 Y esta aventura podría haber finalizado aquí si no fuera porque al recorrer estos parajes, recordé que años ha, los amigos de Falco, antes de que la organización de la Falcotrail lo acaparara todo, nos propusimos construir una bonita y exigente senda que por la umbría nos llevara al techo de Cehegín, en la Lavia. Recuerdo muy bien que para la ocasión nos reunimos cinco o seis Falcotroyanos, armados de serruchos, tijeras de podar y azadas, como si de un comando zapador se tratara. Toda una mañana de domingo bregando, trajinando, esforzándose, arañándose, desollándonos vivos para esculpir la espléndida pero exigente trocha que finalmente quedó.
 Y al descubrir el nuevo sendero que por la solana, ya se había labrado de subida a la Lavia, pensé, pues igual, nuestra senda también ha sido utilizada y por tanto, trillada y mejorada para acceder a la montaña por esa otra vertiente. Aunque me pareció raro que en todos los track que en wikiloc figuran en primera posición, no se hallara contemplado este otro acceso a la Lavia.
Había que investigar. Así fue, como semanas después, hice una nueva incursión por esta zona, para hacer idéntico recorrido al que ya hiciera en compañía de los Malpaso, pero en vez de bajar por la senda (existiendo esta no tiene mucho sentido arriesgarse a pegarse una hostión bajando por terreno tan áspero), lo intentaría hacer por la nuestra. Para ello, tuve que echar mano de un portátil que apenas utilizo y que aún tiene el XP como S.O, buscando entre sus carpetas el track que en su día diseñáramos y ¡voila!, por allí estaba.
En esta sociedad tan frívola, superficial, de postureo y ejercicio constante de vanidad superlativas, a ver quien es el cebollino capaz de sustraerse a tan arrollador e insuperable influjo...?
La Lavia y alrededores desde los Cuchillos
Ni qué decir tiene que las vistas desde los Cuchillos de la Lavia son muy apañadas.
En la cima de la Lavia, que desde el punto de vista paisajístico, nada aporta respecto de los Cuchillos, más atractivos estos y de panorámicas mucho más amplias.
Y ahora viene cuando lo matan, esto es, ahora toca comprobar el estado de nuestra senda.
Una pena que se halle abandonada. Los primeros metros, próximos al tubo los encontré completamente cerrados por la espesura del matorral y en algunos tramos, por cadáveres de pinos caídos que la obstruían. Aún así no cejé en el empeño pues veía el claro debajo de los matojos, eludiendo por un lado u otro el obstáculo. De vez en cuando conectaba con una zona limpia que me alegraba y facilitaba en gran medida la progresión descendente hasta que un nuevo taponamiento me ponía a estudiar a ver de qué manera salvaba la dificultad. Como siempre suele suceder en estos casos, te pilla de manga corta y por no detenerte unos segundos, esperando encontrar en el metro siguiente, la senda ya completamente despejada, aguantas hasta que tres o cuatro arañazos y esollejones sangrantes te hacen pasar olímpicamente de las propias penurias. Los trotamontes adolecemos a veces de algo masoquistas, y llegado un punto, en vez de padecer, disfrutamos viendo manar nuestra propia sangre mientras percibimos que el corazón nos sale por la boca. Incluso tienes una rama de zarza instalada entre tu espalda y la mochila, que te araña y tritura la espina dorsal, y sabes que de esa tortura cual corona de espinas podrías liberarte con solo detenerte un instante y quitarte el macuto de encima pero no, has llegado a un estado en que, te va la marcha del vía crucis, y en el tormento encuentras contento. Debe ser el efecto de las endorfinas. El avance se hace a veces tan penoso, que te planteas volver atrás pero has llegado a un punto sin retorno en el que sabes que regresar sería peor que avanzar.  ("A partir de un punto no hay retorno. Ese es el punto que hay que alcanzar" - Kafka). Y continúas y te das cuenta que es tal la espesura que si no fuera por el gps, andarías más agobiado que spiderman en un descampao, y de pronto, oh, la senda, despejada, limpia, utilizada por cabras, jabalíes y acaso buscadores de güíscanos, qué bendición, qué buena obra de ingeniería montera hicimos los otrora amigos de Falco, que como las calzadas romanas, resisten y desafían los avatares naturales, el transcurrir del tiempo. Y es que, las tres cuartas partes de la senda continúan siendo transitables. No me explico como los bulleros, todavía mejor, los organizadores de la Ultra Falco, con una brigada de tres o cuatro decididos podadores, en un rato, no dejan expedita la totalidad de la senda y menudo recorrido, duro, exigente, bonito para la prueba y para entrenar en sombra, aún en épocas calurosas. Si tenemos en cuenta que se parte de los setecientos cincuenta metros más o menos, y se sube a los mil doscientos treinta en que está encaramada la cima de Lavia, pues vendría a ser como un As de Copas y medio de subida, y luego la bajada, que se haría por la senda de la solana, ya comentada en esta entrada. Un circuito alucinante para entrenar y todavía mejor, para incorporar en sucesivas ediciones de la Ultra Falco trail de los cien kilómetros, casi ná.  
Al regresar, ya por el camino, y con los almendros en flor que engalanaban y tan bonito y florido hacían el paisaje, no pude resistirme a hacer unas fotos, insinuándose de fondo la cresta de los Cuchillos de la Lavia.
Y colorín colorado, esta entrada ha terminado.
¡HASTA LA PRÓXIMA AMIG@S!

1 comentario:

  1. Conocía la Subida de la umbría de una vez que me llevo nuestro amigo Conde, pero hace por lo menos 5 años de aquello y ya estaba intransitable.

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