lunes, 28 de enero de 2013

RECORRIENDO LOS CUCHILLOS CON LOS FALCOPIJO II

Después de echarnos unas fotucas y deleitarnos con el paisaje en derredor, mucho más despejado y fastuoso que el que se divisa desde la misma cima de Lavia, como bien apuntó el conde, y dado que el viento que nos acariciaba, no lo percibíamos excesivamente frío, decidimos comernos el bocata, en lugar tan visualmente fascinante y evocador.
 Viky, disfrutando también de las caricias con que le obsequiaba Alicia.
¡No sabe "na" esta peluda cuadrúpeda!¡Anda que no le gusta que la soben!; ya sabe ella a quien se tiene que arrimar...primero estudia a mis eventuales compañeros de aventura, y tras valorar los pros y contras, se los camela para salir con ellos en la foto.
 La pierna de Antonio la encontró especialmente atractiva y sugerente...y como este "se dejaba hacer", dio pata suelta a sus instintos más primitivos...
Mientras este se desternillaba de la risa, no sabemos si porque le hacía cosquillas o porque encontraba insólito que una hembra actuara como un macho, "más salío que la punta de una plancha"
 A lo lejos, y en la medida en que el zoom de nuestra cámara nos permite acercar el horizonte...
 Y la Sagra, a pesar de la distancia, siempre omnipresente...
 No hay duda que, desde lo más alto de los cuchillos de la Lavia, la vista se nos esparce y recrea...ni imaginarme quiero lo que tiene que ser, presenciar un atardecer desde esta espectacular atalaya...
 (foto aportada por Alicia)
 (foto aportada por Alicia)
Ahora toca regresar y como la bajada escarpada siempre ha de resultar más peliaguda que la subida, hemos de asegurar bien donde apoyamos las manos para "no pegar un traspiés".
Lo peor ya ha pasado...o eso nos creíamos.
Seguimos el track del wikiloc...al dedillo. 
El conde me pregunta a cada paso si vamos bien, y le digo que sí porque "lo estamos pisando".
La senda desaparece a intervalos porque el monte está imposible.
Cadáveres de pinos secos, más secos que el  cascabillo, abatidos seguramente por el peso de la nieve, se entreveran con el enmarañado jaral que domina por doquier.
Los montes precisan de una limpieza urgente, y si esta no se produce en breve plazo, me temo lo peor.
Cualquier chispa, un mal rayo, y se desencadenará el caos.
Lo ya irremediable, la tragedia más absoluta.
 Resultaba imposible seguir el camino, al milímetro.
   Constantemente teníamos que ir eludiendo obstáculos y dificultades varias.
Había momentos en que, la ruta se convertía espesura verdaderamente inextricable.
Y a pesar de que, andar perdido en la profundidad del monte, puede parecer divertido, proporcionando al recorrido, un punto de imprevisible aventura siempre grato y sugestivo...arañazos, tarascadas, zarpazos, leñazos en el ojo, desgarrones en los pantalones, hasta parecer un ejército napoleónico en retirada, hicieron que, tras algunos cientos de metros de penosa y hasta agobiante progresión lenta e interminable, nos acordáramos del que subió el track al wikiloc, más de lo estrictamente razonable. 
Sin culpa alguna, todo hay que decirlo, porque el hombre ya avisaba que la vuelta hasta recuperar el camino, podía convertirse en poco menos que, en un espinoso vía crucis, repleto de adversidades.
Los Andapijo, reclamando y admonizando que se acercaba la hora de la cerveza y su correspondiente ración de pulpo en el bar del chaparro, y por contra, solo obtenían más y más raciones de garrotazos y castañazos del espeso matorral que se cernía sobre nosotros como una alimaña hambrienta.

Inmersos ya en vertiginoso y peligroso descenso; destacado y desde la lejanía, escuchaba al conde, descargar sobre mí su creciente frustración, reprochándome mi excesiva confianza en la tecnología.

Descubrir el pantalón hecho jirones de Diego me hizo echar otro vistazo al GPS para descubrir que nos habíamos desviado hacia la izquierda, más de 50 m sobre la supuesta senda existente.
Me hizo tomar las riendas de ese caballo desbocado en que comenzaba a convertirse el grupo, confiando en que, "un verdadero sendero" nos hiciera más liviano y confortable el descenso.

A la mayoría, excepto al conde, les hice desandar lo andado, o por mejor decir, subir lo que habían bajado, de modo que, cuando volví a conectar con el track, comprobé esperanzado, que en efecto, existía un amago de sendero de progresión más despejada y por ende, menos tortuosa.
 Tras andar unos metros por una senda bien definida, esta se perdía.
Desaparecía como por ensalmo.
Estábamos encima del track, pero por contra, tropezaba con pinos abatidos de ramas secas e intrincadas que tenía que eludir.
Me veía obligado a soslayar constantemente estas contrariedades, sintiendo el peso de la responsabilidad; confiando evitar fracasar, como circunstancial timonel de un barco a la deriva, que por momentos amenazaba naufragar contra los escollos de un monte verdaderamente "embravecido".
 De vez en cuando, me detenía perdido, solo unos instantes, para tomar aire y admirar el paisaje, que en medio de la inquietud, siempre suponía un bálsamo aliviador en el que calmar mi creciente incertidumbre.
Intentaba no mostrar vacilación, titubeo, inseguridad, a pesar de que andaba más perdido que carracuca...para no sembrar de dudas y desánimo, a los estóicos compañeros que me seguían...
Pero los "Andapijo" ya están curtidos en mil batallas y son veteranos en estas lides...no habrá situación ni imponderable, salvo la de quedarse sin su preceptiva visita al bar del Chaparro, que les borre la sonrisa...
El camino está cerca y me oriento de nuevo hacia el track, y ya se vislumbra la otrora seguramente, despejada senda; respiro aliviado pues por fin, hemos salido de ese laberíntico bosque enmarañado...unos metros tan solo, bajando por lo que parece una pequeña torrentera, y estamos  todos en el camino, sanos y salvos, como así parece que ocurre.
 Como se nos ha hecho más tarde de lo esperado, decidimos volver por el mismo camino que utilizamos para la ida.
 Estamos llegando a la bodega, al punto de inicio.
 Ha sido una mañana de senderismo en estrecho contacto con la naturaleza, no muy larga, pero intensa, pues hemos tenido momentos para todos los gustos.
Ahora toca la última foto de rigor, y poner rumbo al aroma que despiden el pulpo y una buena "estrella" en el bar del Chaparro, en perfecta comunión y conjunción con el ejercicio y consiguiente desgaste consumados.
 HASTA OTRA AMIG@S
 

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