14 febrero 2015

PINAR DEL DUQUE-LA GUILLIMONA (2067M) III y Última.

La visión de este páramo nos revela que estamos ya muy cerca de la cima. El frío se hace más intenso y el viento que sopla por aquí es realmente ensordecedor y molesto. Cuando llegas al al cilindro de hormigón del vértice  geodésico, te encuentras un cercado que extendiéndose bastantes metros a un lado y a otro, te impide el acceso a este. Quiebra un poquito la magia del lugar pero no es difícil salvarlo y pasar al otro lado.
Por fin se nos ofrece sin mácula, el magnífico contorno de la Sagra y su célebre y espectacular fotogenia que salta a la vista. El momento de extasiada contemplación me resulta hipnótico. No creo que exista nada más placentero como ser consciente del instante cumbre, del aquí y el ahora, y disfrutarlo con todos los sentidos.

Viky estaba cansada, y la Sagra parecía importarle un rábano. En cuando veía un espacio sin nieve que estuviera seco, se acurrucaba. Enseguida conecto con el track de Isidoromf que también lo tengo activado y observo que desciende en línea recta hacia la carretera del puerto del Pinar.
El vía crucis para la Viky comienza ahora...la abundante nieve acumulada en algunos puntos por la ventisca, se convierte en una verdadera trampa para ella. Y debajo de la nieve, los acolchados cojines de monja, le hacen todavía más desagradable su vacilante y zozobrante patear.
Bajaba extremando las precauciones, con una lentitud y meticulosidad exasperantes, inusitadas en ella.
Pero estas situaciones forman parte de nuestra aventura de vida, pues como dice el dicho, ningún mar en calma hizo experto a un marinero...su problema era que tenía los bajos plagados de bolitas de hielo que no solo lastraban su pequeño cuerpo sino que lo laceraban. 
Comencé a inquietarme por la situación pues a mi propia sensación de cansancio, debía añadir el hecho palmario e incontestable de que la Viky no podría acabar la ruta en sus actuales condiciones sin ayuda. Un auxilio que nadie más que su dueño podría brindarle y que aún antes de cargar con su peso, él mismo percibía que ya se encontraba para el arrastre.
Las innumerables bolitas de hielo, se le habían incrustado y adherido al pelo que le caía del vientre, con tanta saña y empeño que no encontraba modo de poder quitárselas sin emplear un tiempo valioso para ello. Hice un alto mientras la esperaba. Bajaba muy lentamente, tanteando temblorosa y desconfiadamente, la frágil consistencia de la superficie que pisaba. ¡Pobrecilla, lo estaba pasando mal!
Me despojé del cortavientos, y consulté el reloj y también el Garmin. Todavía disponíamos de suficientes horas de luz por delante, para salvar cualquier tipo de leve contratiempo que nos pudiera surgir, por nuestro propios medios. También me tranquilizaba el saber que llevaba una pequeña linterna y pilas con que reponer su batería, en caso necesario. También consulté unos mapas de la zona que en jpg llevaba cargados en el teléfono. Mientras bebíamos y comíamos algo, cavilaba a ver por donde sería mejor atajar. Había tanta nieve por aquella ladera y las fuerzas sentía que andaban tan justitas, que consideré contraproducente en aquellas circunstancias, proseguir al dedillo el track de Alsamuz.
Estaba claro que el track pasaba ya de regreso, al otro lado de este picacho...y solo la idea de subir cargado con la Viky, aumentaba mi desfallecimiento. No era una buena opción. No me sentía con fuerzas para llevarla a cabo.
Sopesé subir por este barranco cuyo desnivel no parecía muy pronunciado pero eso suponía retroceder para encontrarme al otro lado, una ladera con más acumulación de nieve si cabe que la que ya estábamos pisando.
Había que eludir la montaña por su derecha y a ser posible, aprovechando un barranco que sabe dios como de acumulación de nieve se encontraría...
El track daba la vuelta en aquel picacho que se destaca en la imagen de abajo. Desde allí iniciaba el regreso aprovechando un barranco. Solo se trataba de cortarle unos metros a la ruta e intentar volver a conectar con el track, precisamente en la rambla. Con ánimos renovados, me ajusté las trinchas de los diferentes apechusques que llevaba y me puse manos a la obra.
El barranco se nos ofrecía escarpado y desafiante. No sabíamos donde pisábamos y en muchas ocasiones, para salvar el desnivel había que saltar. Respiraba hondo, contenía la respiración y me encomendaba al incierto devenir de nuestro destino. En una de estas piruetas me hundí hasta el ombligo. La cámara se enterró en la nieve y decidí guardarla en la mochila para evitar males mayores.
Mi concentración y denuedo por salir de aquel difícil atolladero, desestimaba cualquier otra atención que no fuera la destinada a conseguir ese objetivo. En aquellas condiciones, no había lugar ni atención para la fotografía. Había que salir de aquella trampa, y de forma airosa, cuanto antes...solo pensar en romperme una pierna que me dejara atrapado en aquella cárcava, antesala de una tumba, sin cobertura, invisible, sin que nadie pudiera acudir en mi ayuda...me producía un espeluznante repelús. Lo cierto es que, a título particular, las pasé canutas. Pero no soy persona proclive a dejarme amedrentar, bloqueado y abrumado por pensamientos negativos o catastrofistas. 
Sin perder de vista a la Viky, tenía que pasar de una depresión a otra de la quebrada, a brincos, como las ranas. Ella hacía lo mismo. Afiladas zarzas nos amenazaban. Era mejor pisarlas que rozarlas. Al poco, le cogimos el tranquillo al asunto y si no hubiera sido por la incertidumbre que siempre producen los imponderables del azar, en verdad que aquellas cabriolas de, en cada salto hundirnos hasta el cuello, las hubiéramos disfrutado a rabiar.
Después de pasar el trago del barranco y comprobar que ya había conectado de nuevo con el track, respiré aliviado. La sensación de euforia y alegría que se vive tras superar una situación angustiosa es siempre inenarrable.
Paradójicamente, en cuanto salimos del barranco, Viky volvió a tener serios problemas para seguirme. El track volvía a subir y había tanta nieve que sortear que ni ella ni yo estábamos ya para esos trotes. Había que acortar, atajar, eludir como fuera esa empinada y dura subida que se hacía más penosa por la abundante nieve acumulada. Era increíble...un infierno, me hundía hasta casi las ingles. Nieve inglesa que dicen los habituados a moverse por entre este elemento atmosférico. A estas alturas del partido, estábamos de nieve hasta las gónadas.

A lo lejos divisé una pista que conectaba con la que habíamos cogido nosotros para subir a la Guillimona. Había que salvar también un importante desnivel pero lo superaría en dos fases...la primera parte la haría hasta una vivienda con corral, que se encontraba sita a mitad de nuestro tramo de recorrido y donde aprovecharíamos para comer, y lo que restara, lo haríamos con el estómago lleno y se supone que con las fuerzas un tanto recobradas. En estas elucubraciones me hallaba cuando reparo que la Viky no viene detrás...Viky, Viky...gritaba pero que si quieres arroz catalina.
Comencé a inquietarme, y mientras retrocedía con todo el dolor de mis piernas, galopante fatiga y acogotamiento mental, entré en pánico. Tuve que desandar bastantes metros antes de encontrármela atrapada entre unas zarzas. Se le habían incrustado y liado con tanta saña en su enmarañada pelambrera que no encontraba forma de liberarse de sus pertinaces garras. Cuando me vio aparecer, creí percibir en su mirada serena y al mismo tiempo asustada, la viva estampa del alivio y el agradecimiento. 

En su insobornable lealtad y confianza caninas, pensaría al verme...¡Mi dueño ha acudido al rescate y estoy salvada...! ¡Su mirada de gratitud la recordaré por siempre...!

Me sentí no obstante, un poco vil y canalla y algo ignorante también.
Mi falta de experiencia bajo circunstancias de fuerte nevada, me habían hecho infravalorar las rigurosas condiciones que nos encontraríamos, y sobreestimar tal vez, su inherente fortaleza para junto a mí, lograrlo. Ella es una caniche excepcional, que por raza y naturaleza, debiera estar destinada y considerada, más adecuada y apta para frecuentar exposiciones y concursos de belleza caninas, que no para pegarse tutes y palizones a cascoporro, por la abruptas sierras del noroeste murciano y limítrofes, arrastrada por la terca zascandilearía y obsesión por la montaña que padecía su dueño. ¡Pero qué mala fortuna había tenido con el terco humano que le había tocado en suerte...!
 Hasta llegar a la casa, hube de colgarla sobre mi hombro como si se tratara de la cacatúa que llevara Barbarroja. De mantener el brazo erguido para sujetarla, se me cargaba el manguito rotador. Bajo el reconfortante sol y amparados tras de un muro, del viento que soplaba sin cesar, bebimos, comimos, orinamos e intenté con paciencia, desprenderle del vientre, las pelotas de hielo más gordas que pude. Ella seguía temblando. No debía permitir que nos enfriáramos demasiado así que cuanto antes llegáramos a terreno amigo y conocido que pudiéramos controlar, mejor que mejor. 
Dicen que en las situaciones difíciles se agudiza el ingenio.
Porque sí tenía que transportarla cinco kilómetros que aún nos separaban del coche, en tan penosas y precarias condiciones, se me haría muy penoso el recorrido de vuelta. Así fue como en un momento de lucidez, de los que de uvas a brevas me asisten, que me acordé de Vicky el Vikingo, y tocándome la nariz y rascándome el culo, en el típico gesto de concentración de aquel personaje animado, se me ocurrió que podía llevarla apoyada entre la mochila y mi espalda. Su reducido tamaño a la par que el volumen de la mochila coadyuvarían, si ella colaboraba, al encaje de todo el conjunto. Ella que es muy inteligente y más si lo que entiende le conviene, captó la idea al instante y así fue como disfrutando de mis fuerzas recobradas, de la sensación de situación controlada, imaginando el ahora confort de mi perrita rescatada, que a nuestro chano chano, llegamos cantando y silbando, sanos y salvos al coche. ¡Pero qué odisea, la virgen! ¡Bien está lo que bien acaba!, que reza el dicho.
Y colorín colorado...

¡HASTA LA PRÓXIMA AMIG@S!