sábado, 14 de abril de 2018

EL CORTIJO DEL MAYORAZGO IV

Al regresar a Retamalejo, estuve hablando un rato con Francisco de mi excursión, los lugares que había visitado, lo desolado que me encontré a Mancheño, así como el itinerario seguido. Me preguntó que si había pasado por el cortijo del Mayorazgo, y me dejó un poco planchado. Cuando me dio las explicaciones oportunas sobre su ubicación, entendí que al desembocar en la rambla Mayor, el susodicho cortijo había quedado fuera de mi ámbito de recorrido. Mi siguiente expedición por estos lares tendría como principal objetivo, conocer la casa de labor y comprobar en qué condiciones se hallaba, seguro que para no variar, en la ruina. Encontré su emplazamiento sobre el mapa, y en la primera oportunidad que tuve, me puse manos a la obra, planificando utilizar unos caminos que a priori se hallan trazados sobre el mapa. Tenía intenciones de hacer el recorrido circular, según el sentido horario, pero durante la bajada, por una ancha pista en excelente estado, al llegar supuestamente al cruce de vías, como no encontré fácil localizar y enganchar con el ramal de la otra senda en discordia, decidí improvisar retomando el redondel al contrario de las manecillas del reloj y conectar con la pista, trocha, senda, camino o lo que fuera, desde abajo, esto es, desde la Rambla Mayor.
En mi nueva aproximación a este territorio, dispuse ahorrarme unos kilómetros de caminata, y en vez de quedarme en Retamalejo como la vez anterior, accedí con el troncomóvil hasta el cortijo de La Jarosa Quemada. 
Tras andar apenas un kilómetro, en el paraje Pinos Blancos, llegas a un cruce de caminos. Uno se dirige a la caseta de vigilancia forestal en el cerro de la Jarosa y el otro, a la izquierda, toma dirección rambla Mayor.
El camino es ancho y en excelente buen estado. Tanto es así, que permite llegar hasta la Rambla Mayor en coche, sin necesidad de que este disponga de tracción 4x4. Una excelente pista ideal para con bici de montaña, darse un garbeo por estos solitarios andurriales. Aunque ahora que conozco la zona, yo aconsejaría bajar por la muy difuminada y en ocasiones fracturada antigua vía pecuaria (cordel de Bugéjar a Alcoluche), haciendo el circuito según tenía inicialmente proyectado.
Este paisaje de la Zarza y La Sagra perfilándose sobre el horizonte ya nos parece familiar.
El cruce del que antes hablábamos se halla en las faldas del cerro Clavijo y a las ruinas de este cortijo no hemos sabido ponerle topónimo pues no aparece reflejado en el mapa que manejamos, así pues, lo hemos bautizado por el de Cortijo Clavijo, y si este no fuere su nombre, que se chupe el pijo. (pido disculpas por la rima fácil que me viene a güevo)
Le tomamos instantáneas desde diferentes ángulos
Este cortijo no anda muy lejos del de Mayorazgo y cuando albergaban ajetreo humano, al ser vecinos, supongo yo que se auxiliarían mutuamente en caso de necesidad.
La despoblación, como estamos tratando en estos capítulos de mi Viky y Yo, trajo consigo el abandono y la ruina de muchas construcciones rurales.
Aspecto de la pista en dirección a la Rambla Mayor.
En un recodo del camino, ya divisamos, muy cerquita del lecho de la rambla Mayor, las ruinas del cortijo del Mayorazgo. Decepciona un poquito pues el topónimo sugería arquitectura de mayor abolengo. Aunque como ya hemos visto, la soledad y el olvido deteriora y encanece hasta lo más lucido.
Esta alquería, se encuentra casi al final de la pista que desemboca en la rambla, pero a suficiente altura para hallarse a salvo de esta. La oquedad que se observa en la parte inferior de la imágen, es enorme y tiene pinta de haber tenido conexión, acceso desde la casa de labor. Se deduce que pudo haber sido utilizada como bodega, almacén, o vaya usted a saber. No quise arriesgarme a indagar sobre este particular, introduciéndome en la cavidad, no fuera que nos cayeran encima, toneladas de olvido y soledad.
Un territorio interesante por el que deambular, pero en invierno. En verano esto tiene que ser el mismísimo infierno.
Ya tenemos a tiro de piedra el cortijo
Helo aquí
Observamos que tanto la fachada del cortijo como una caseta adyacente se encuentran marcadas con una enorme equis, en pintura roja. Intentamos colegir el propósito de tal proceder pero no damos con ninguna razón que nos parezca verosímil, salvo la intención ilícita a la que uno es proclive a pensar, por mera degeneración profesional. Columbramos que pueda tratarse de una señal, marca de localización que pueda divisarse desde las alturas, desde un helicóptero, por ejemplo, para recoger...vaya usted a saber, un dos tres, responda otra vez... 
Aquí la Viky volvió a perder la olla durante más de quince minutos en que anduvo en paradero desconocido. Durante todo ese tiempo, volví a presagiar lo peor, tal y como sucediera hace unos meses en la sierra de las cabras (tengo pendiente relatar aquel episodio). Mientras dándole vueltas al cortijo, andaba desgañitándome, intentando que con mi desesperada llamada, por fin reapareciera, la veo salir de la casa, con la lengua fuera. Susto, alivio y cabreo pronto trocáronse en resignación, comprensión y clemencia. Mi perrita, por más veteranía e inteligencia que tenga, no puede evitar estimularse en pos de su olfato y cánido instinto. Debió salir tras el rastro de un rebaño de arruis y regresar justo al punto donde me había dejado, esto es, en el interior del cortijo.   
 Al día siguiente amaneció enferma. Apenas podía andar, lo hacía de lado, con la cabeza inclinada y chocaba con todas las paredes y puertas de casa. Estaba hecha una piltrafa, con el gesto triste, inerme, desvalido, de una perra apaleada. Verla así, sumía a toda su familia en angustiosa e inconsolable pena. Pensaba yo que se habría hecho daño en alguna pata, y que al enfriarse, la tendría agarrotada, y decidimos dejar pasar unos días a ver como evolucionaba. Pero la cosa iba a peor. Apenas podía levantarse, mantener el equilibrio, se sostenía a malas penas, sobre sus cuatro patas, le abandonaban las fuerzas, y mirándome con implorante aflicción, al poco se derrumbaba. La llevamos a su médico de cabecera, que con el sabio magisterio que de su profesión hace gala, le diagnosticó Síndrome vestibular geriátrico o idiopático, que con la medicación indicada, en tres o cuatro días evolucionó a mejor hasta el día de la fecha en que parece encontrarse muy mejorada. Si ya vuelve a tener ganas de jugar, de ladrar y de comer es que está bien. Deseando salir de excursión. Trece años la contemplan, que si hemos de multiplicarlos por 6, para adecuarla y establecer la relación con la edad del hombre, ya son unos cuantos, y su decadencia biológica, como la mía, como la de todo bicho viviente, se puede intuir que ha comenzado su inexorable avance y declive. No obstante, salvo que para desplazarse dos pasos, tuviera que arrastrarse como una culebra, esta habrá de sucumbir, fenecer, entregar la cuchara, en el monte, en la loma, en el cerro, por San Roque que con las almohadillas puestas. Porque relegarla a su cesto, sería tanto como condenarla a la depresión, castigo de muerte lenta manifiesto. De hecho, dice este artículo que no está muy científicamente demostrado, lo de esa presunta equivalencia de años entre perros y humanos.
Démosle una vuelta al cortijo del Mayorazgo
El alojamiento rural tradicional consiste en una gran construcción con dos o más viviendas y con una o dos plantas: en la primera, las dependencias principales (cocina, cuartos y cuadra) y, en la superior, las cámaras y pajares. Los muros gruesos, entre 60 y 80 cm., con un corral adosado y, alrededor de éste, una cuadra y un corral para ovejas o cabras, las tenás. Al lado, una marranera, sobre la que frecuentemente se sitúa un gallinero. Este cortijo básico puede tener más viviendas, que se agrupan alrededor de la misma manzana, creándose una cortijada. Los cortijos se localizan, generalmente, cerca de las vías de comunicación y de zonas de aprovisionamiento de agua.
La estructura es simple: una puerta da acceso a la sala principal, que alberga la cocina y que distribuye las habitaciones alrededor de la misma. Frente a la entrada principal, la puerta de acceso a las cuadras, unidas por un empedrado que facilita el tránsito de los animales y protege el suelo de la vivienda.
 Los ventanos de madera son las pequeñas aberturas que proporcionan iluminación a la casa, buscando conseguir el efecto térmico de una casa-cueva. Un elemento que se repite es el horno para cocer el pan adosado al cortijo o exento y de carácter comunal.
Las construcciones tradicionales están realizadas con los materiales que el terreno podía proporcionar: cal, arena, barro, paja y los techos de cañizo y revoltones de yeso apoyados sobre vigas de madera. Las cubiertas siempre se hacían con teja árabe.
 El pajar tradicional es una construcción exenta en dos pisos. La altura superior se empleaba para el almacenamiento de la paja y la inferior hacía las veces de almacén de aperos agrícolas y de caballerías, así como de pajera, que frecuentemente estaba junto a una cuadra, para facilitar el alimento de los animales. Los trojes o troces son frecuentes tanto en el medio rural: construcciones o habitaciones para almacenar el grano y la harina, que en las viviendas urbanas se situaban en la parte superior del edificio.
La orientación de los cortijos era muy clara: la fachada principal siempre estaba al sureste, hacia el sol o solana; la trasera estaba hacia el norte o umbría. Algunos se habitaban de modo estacional, en verano para las faenas de recolección y en otoño, en otros casos son aldeas y cortijos construidos para habitar de manera permanente.  
(Enorme, excelso este trabajo del ayuntamiento de Vélez Blanco) 
FUENTE
Estos montes, en tiempos de la guerra civil, también constituyeron refugio para emboscados, desertores que por unas razones u otras, no quisieron formar parte de aquella guerra fratricida. En Y también se vivía, se nota el ímprobo trabajo de campo y documentación que Jesús López lleva a cabo para la confección de su ameno e interesante libro. En este pasaje, habla de cómo estaba el patio por aquellos entonces y relata una anécdota graciosa, no exenta de gran dramatismo:

En El Retamalejo había poco ganado. Estaba el tío Paco, que tenía dos o tres pastores, cuatro con él, porque también salía con el ganado. A lo mejor ciento cincuenta o doscientas ovejas, no como ahora que llevan más de mil en las Lomas de Gadea, en Pedrarias y en cuarenta sitios más. También tenía cabras montesinas, de las que sacaban leche para hacer queso. Los muchachos del Retamalejo sujetaban las cabras que ordeñaba el pastor. Pero los muchachos no cataban el queso que era para la familia del ganadero y, en todo caso, para echarle algún trozo al pastor en la barja. Cuando llegó el arriero, los zagalotes se arremolinaron alrededor suyo, como siempre. Secundino dejó el animal atado a una argolla de la primera casa y se fue a hacer unas visitas. Vendió algo, pero vio una actitud rara en la gente, especialmente entre las mujeres, de forma que después de despachar un par de retales y un botijo salió para El Mancheño. Pensó que algo pasaba para que no le ofreciesen un rincón por ahí para pasar la noche. Mejor seguir camino.
Nada más salir, Genaro le dijo:
-Estaban diciendo los zagales que en las casas entran hombres por la noche.
Los crios, a su manera, también hablaban de cosas de la guerra, lo que pillaban en las conversaciones. Aunque lo más corriente era contar que habían visto a algún miliciano, a los tíos del lazo, que eran los que más andaban por allí o a algún coche con letras pintadas en Los Royos o en El Moralejo.
Pero en las casas en las que el padre o algún hermano estaban escondidos o emboscados ese era el asunto más delicado. Los crios son malos para guardar secretos. Así es que las madres se lo ocultaban radicalmente.
- Pues en la guerra está, hija.
Y la cría a llorar; claro. Pero los escondidos aparecían como fantasmas por las noches.
- Pues la otra noche en mi casa había un hombre.
Más de una quedó preñada de aquellos lances. Y eso que una preñada para los tíos del lazo era el peor de los indicios. Pero así es la vida.
Algún hijo más mayor, seriamente advertido, les llevaba comida a sitios concertados, cerca de donde se escondían. Dicen que por los barrancos que van a parar a la Rambla Mayor había muchos emboscados, porque los tíos del lazo no se aterminaban a meterse por ahí, si no iban a tiro seguro. Era arriesgado, porque allí todo el mundo llevaba sus armas, aunque fuesen de caza. Los tíos del lazo solían ir más bien a las casas y, en todo caso, mediante intimidación intentaban sacar información a los familiares. Aunque tíos del lazo hubo de todos los gustos, hasta de los que dejaban escapar a la gente por la razón que fuese.

El Mancheño está a un tiro de piedra del Retamalejo, pero hay que saltar el Collado de La Jarosa y asomarse al hondón de la Rambla Mayor, que desde arriba resulta imponente. Cuando te dejas al lado la porchá de ganado que hay arriba, doblas por detrás del calar y tienes que remontar una cañada, de la que suben dos o tres longueras de tierra a la derecha, que se riegan cuando llueve con los derrames de las faldas del Calar de Manrubio, un cerro deforestado, con algunos atochares dispersos, pero del que se conservan seis u ocho pinos de aquellos tiempos. La cañada y sus vertientes ya son de la Rambla Mayor, pero hasta ahí no llegaron los pinos de las repoblaciones masivas que se hicieron en los años setenta y ochenta. Los cuatro pinos que quedan son antiguos, igual que algunos otros que había en las morras que dividen aguas entre barranco y barranco, ya en la cuenca de la Rambla Mayor.

Al remontar la cañada, Genaro vio algo que se movía hacia arriba del calar y le llamó la atención a su padre, pero éste iba pendiente del jumento y no vio nada. Genaro se empeñó en que algún bicho solitario había tirado monte arriba. No podía ser una cabra porque era raro que fuese sola y no es normal que por allí se pierdan. A Genaro le pareció que tenía la pinta de ser un animal, pero de dos patas. Así que, cuando llegaron cerca del sitio por el que corrió hacia arriba, Genaro se desvió un poco del camino para ver si veía alguna pisada o algo, porque el terreno estaba blando. A su padre no le hizo mucha gracia, pero cuando se vino a dar cuenta, Genaro ya estaba al lado de un pino debajo del que había unos tallos de romero y unos trozos de pleita por ahí esparcidos. Se quedó mirando y echó un ojo alrededor. Entonces observo cómo al nacer un barranquizo en la misma piedra viva, había un agujero.
Se acercó y dentro había un recipiente, medio tapado con unas bojas No quiso ponerse encima porque le dio un poco de miedo.
.-¡Padre, acérquese usted, que aquí hay algo que han puesto!.
¡Bájate ya mismo, sepa Dios qué habrá ahí!
Secundino, creyó que nada bueno podía estar escondido en esos tiempos de guerra.
-Que no padre, que parece un cántaro o un botijo.
A Secundino le pudo la curiosidad. Se subió con la burra y la ató al pino. A unos metros estaba el muchacho junto al agujero. Las ramas que tenía encima estaban mal colocadas y se veía que debajo había un recipiente de barro. Aquello no tenía pinta de tener ningún peligro. Dadas las circunstancias, Secundino hizo sus cábalas y pensó que el cántaro o lo que fuese tendría que tener algo que ver con los emboscados.
Se hizo la siguiente cuenta. Lo que había visto su hijo salir corriendo debió ser un muchacho que habría dejado una olla o una orza para algún grupo que estuviera escondido en los barrancos que hay por debajo del Mancheño. Podría ser gente del Retamalejo, del Mancheño, de la Casa Mula o cualquier otro cortijo de alrededor. Seguramente el zagal, al ver que venía gente, dejó el avío de mala manera y salió corriendo.
Y así fue. Cuando abrió la olla, se encontró allí una auténtica maravilla. Carne de toda clase. Tajás de lomo, tocino de veta, un buen trozo de pernil, una rastra de chorizos y dos o tres salchichones. Menudo tesoro, con la necesidad que había en la casa. Sabes que valía la olla más que todos los cacharros que llevaba Secundino en la burra.
Secundino, que era algo recto, tuvo sus dudas. Pero los tiempos eran muy malos, amigo. Y la cuestión moral con los emboscados no estaba clara. Y esto es lo que hizo: echó la olla en el corvo y en lugar de tirar para El Mancheño siguió derecho hacia los Poyos de Celda, que ya pasaría la noche en algún sitio. Nunca en la vida nadie, más que Genaro y él, sabrían de dónde salió esa olla de carne. Que, por cierto, bien administrada le duró unos días.
Eran tiempos muy duros, sin duda. Si estos parajes y otros tantos, hablaran...ahora incorporo a mi reportaje una interesantísima reseña del prestigioso cronista oficial de la región de Murcia, José Antonio Melgares, para mejor comprensión de aquellos terribles y convulsos tiempos que les tocaron vivir a nuestros abuelos.
Según el Diccionario de la Real Academia Española, la palabra “emboscado” alude a hombres que eluden el servicio militar en tiempo de guerra para no exponerse al peligro. 
Cuando comenzó la guerra civil española en el verano de 1936, hubo muchos voluntarios de Caravaca, Moratalla y los pueblos del campo que se alistaron voluntariamente al ejército republicano, donde se les pagaba 10 pesetas diarias, yendo a parar al frente de Granada. Otros fueron movilizados en sus respectivas quintas, hasta la del 39 popularmente conocida como “quinta del biberón” por la juventud e inexperiencia de sus componentes.

Desde el primer momento hubo personas que se negaron rotundamente a ser movilizados, y se las valieron de diferentes formas para no ir a la guerra. Otros, desanimados por el desarrollo de aquella o cansados de arriesgar participando en una causa en la que pronto dejaron de creer, bien desertaron aprovechando algún permiso ocasional, o bien se pasaron al bando denominado “nacional” en el que pensaron se encontrarían mejor por sus ideas políticas. 
Me ocuparé hoy de quienes, o se negaron a ir al frente, o desertaron aprovechando permisos temporales. Unos y otros fueron muy perseguidos y buscados por miembros de las “milicias nacionales”, aprovechando muchas veces delatores surgidos entre los alcaldes pedáneos y entre los propios vecinos.

De haber permanecido en sus respectivos domicilios habrían sido pronto descubiertos y, tras ser sometidos a correctivos de diferente naturaleza, enviados al temido frente de guerra que les correspondiera por el lugar de origen. Por ello, o se escondieron en lugares a veces inverosímiles y de difícil hallazgo, o huyeron al monte, refugiándose en cuevas, abrigos naturales, corrales, casas abandonadas y escondrijos varios, que abandonaban frecuentemente para trasladarse a otros más seguros, pues la mayoría de estas personas conocían a la perfección las montañas de alrededor ya que habitualmente se empleaban como pastores, leñadores o cazadores. A estos que huyeron al monte se les denominó genéricamente “emboscaos” (emboscados).

Los emboscaos llevaron vida itinerante. No permanecían muchos días en el mismo lugar. Se agrupaban en núcleos de tres o cuatro, que se dispersaban si intuían peligro cercano de búsqueda. Eran buscados por los denominados “tíos del lazo”, que eran gentes rudas e incultas, a sueldo generalmente o cargados de odio y rencor, que procedían de otros lugares, oficio en el que no solían emplearse los “guardias de asalto”.

Periódicamente, aprovechando la oscuridad de la noche, grupos de emboscados cubiertos sus cuerpos con mantas de pastor, acudían al domicilio familiar al encuentro con los suyos. Lo hacían sin aviso previo y por sorpresa. Cambiaban la ropa, se aprovisionaban de alimentos y satisfacían necesidades de diversa naturaleza, partiendo de nuevo a lugar desconocido antes del amanecer.

Antes de acudir al domicilio familiar se percataban de que no había peligro en el pueblo, aldea, caserío o cortijo. En El Sabinar, algunas mujeres colocaban una sábana en el lugar conocido como “Solana de las Pocicas”, a manera de bandera, para indicar a sus hombres no haber desconocidos esa noche y por tanto tener el camino expedito hasta su domicilio.

En otras ocasiones eran las mujeres o hijas de aquellos, quienes llevaban alimentos a lugar convenido, donde los abandonaban y donde los recogía uno de los del grupo que se encargaba posteriormente de su reparto. Si eran preguntadas por desconocidos, afirmaban que llevaban la comida al pastor que, en sitio cercano, cuidaba de las ovejas de un rebaño.

“Los tíos del lazo” aparecían por sorpresa en los pueblos, aldeas, caseríos y cortijos, nunca se adentraban en la montaña por desconocimiento de la misma. Obligaban a las mujeres a decir donde se ocultaban sus maridos o sus hijos con procedimientos coercitivos y hasta con violencia física. Y ante la respuesta de éstas sobre estar aquellos en el frente, procedían al insulto, la amenaza y el maltrato, tras arrebatarles pertenencias personales (como el grano para moler y amasar pan, las caballerías y hasta las llaves de sus casas). Fue el caso de Fidela, la mujer del “Chofer”, y de Piedad Álvarez, ambas en El Sabinar.

A los que finalmente encontraban, los trasladaban en camionetas, como animales, al Castillo de Caravaca (convertido en prisión), desde donde eran llevados de la misma manera al convento de las monjas Agustinas de Murcia (también convertido en prisión) y, finalmente al frente de castigo de Huelma (Jaén), donde eran obligados a combatir en primera línea.
Protagonistas de aquella situación bélica fueron muchos. Entre ellos y como delator principal en el campo de Moratalla el pedáneo y carpintero de El Sabinar Pascual Montoya. De emboscados conocidos podemos hablar de Próculo, Elpidio y Pepe Álvarez, quienes desertaron del ya citado frente de Huelma, junto a Juan Benita, Francisco Tercero “el Lobo” y Diego Guillamón. Pedero, Pepe David, Domingo y Juan Pepa, todos ellos de El Sabinar. Pedro “el Colorao” y sus hermanos, Antonio “el del Palomar”, los Chapetones, José María Contreras, Juan Median “el Sastre” y El Perete de Archivel.

En la Cueva de Hoya Lóbrega (entre Hoya Alazor y El Cantalar), se escondieron entre otros, el Conde de Peñalva, dueño de Majarazán, quien adiestraba a sus compañeros emboscados, sobre la manera de entrar a robar pollos y conejos en el corral de su propia finca para sobrevivir en el monte. 
Otros lugares frecuentados por los emboscados fueron “La Casa Corrales” y la “Cueva de la encantada” en El Sabinar. La “Piedra del Moro” y la “Casa Ayala” entre Cañada de la Cruz y Pozo Hondo (lugar estratégico éste por verse a mucha distancia a quienes se dirigía hasta allí, lo que permitía huir a las cuevas próximas del monte). En ella se refugiaron los canónigos de la catedral de Murcia D. Saturnino y D. Bartolomé Fernández Picón, D. Santiago Ramón Sánchez, párroco de Caravaca y un sacerdote de Lorca. El Calar del Acebuche, La Cueva de Santa Ana, la Solana de las Pocicas y la Serrata, junto al Huerto del Royo. Las sierras de El Cantalar, el Gavilán y Mojantes, entre otros lugares de Caravaca y Moratalla, fueron también refugio y testigo de muchas historias de miedo, persecución y triste recuerdo, cuyos protagonistas formaron parte de una generación ya desaparecida.

Agradezco la información facilitada por D. José Álvarez Martínez, de El Sabinar, y Dª. María Martínez Cuevas, de Archivel, gracias a la cual he podido llevar a cabo la investigación que resumo en el presente texto.  FUENTE
La sierra de María
La cuasi olvidada pista que antaño, parte de su recorrido se utilizaba como vía pecuaria, que nosotros cogimos a la vuelta, está muy fracturada. Es este un terreno muy frágil, gredoso que se rompe con facilidad por efecto de las aguas. Se puede utilizar sin mayores problemas en el modo andarín, pero en bicicleta, si no conocemos el recorrido y los lugares de elusión, nos obligará a poner pie a tierra más de una vez. Por eso opino que es mejor bajar por aquí que no subir. Una vez conocidos los puntos de conflicto para esquivarlos, se puede bajar a tumba abierta. Esos temerari@s de los descensos a dos ruedas por ramblas y barrancos, podrán disfrutar por estas ásperas, agrestes soledades, a norre. Al llegar a la intersección, que ahora sí, podemos encontrar sin problemas, volvemos de nuevo a la pista y tras de unos pocos kilómetros, divisamos sobre el horizonte, el cortijo de la Jarosa Quemada.
Aprovechando la ventaja que nos proporciona el gps, tomamos campo a través un atajo.
Poco antes de llegar al cortijo, observamos sobre la roca, unas raras excrecencias. Estudiamos los cuerpos extraños y colegimos que puede tratarse de una variedad de liquen polifónico que solo se cría en lugares que nosotros visitamos. Esta especie de musgo filarmónico llama poderosamente nuestra atención e indagamos en internet para saber de su composición y estructura.
Excelente cantante, casi olvidado. Tema que me despierta remembranzas de juventud.

Bella poesía la letra de esta canción en el altar de la Jarosa Quemada.

Canción indeleble de su discografía...de mis preferidas.

 El famoso Culpable (Guilty), de Bee Gees, cantado por el mayor de los hermanos, Barry Gibb junto a la polifacética Barbra Streisand. Un disco enorme, que contenía maravillas como esta:

...y esta otra, Woman In Love. Sublimes.
Llegando al final de esta suerte de surgimiento trufero melodioso, que suele criarse por aquí, hay que decir, sin falsa modestia, que originado en virtud de nuestra melómana y romántica presencia, terminamos nuestra prospección mohoso musical con una hermosa mujer de aquella irrepetible época de finales de los 70 y comienzos de los años 80, que hoy en día sería tachada de tontalaba y machista. La rubia, guapa pero tonta, como todas las rubias, reivindicaba lo de ser mujer y la idiosincrasia que de tal condición se desprende. Ya en 1979, parece que veía venir lo del ultrafeminismo o feminazismo que se lleva ahora y ploclamaba un canto, elevaba un grito, y nunca mejor dicho, en pro de la pacífica convivencia entre el hombre y la mujer, ponderando nuestras respectivas singularidades y diferente naturaleza, cohabitando empero, en armonía y respecto. 
Los tiempos han cambiado mucho, y me temo que sobre este particular, a peor. 

Yo confieso que por entonces andaba algo enamorado de ella, que bailaba con gomoso y pausado ritmo, First Be A Woman, de Leonore O'malley, cuando la pinchaban en la discoteca AMITY, de Bullas y que, tanto entonces como ahora, estaba muy de acuerdo con la chica, aunque fuera rubia y presunta lela, guapilla de cara, medio cantara, se meneara bien y luciera discretas, pero hermosas tetas.
 ¡Aiss, qué tiempos!, a ver, que se me va la pinza, ¿por dónde andábamos?, ah sí, que antes de marcharnos de la Jarosa Quemada, nos hicimos unas instantáneas la Viky y yo para inmortalizar tan emotivo momento y lugar. El día se fue oscureciendo, o por mejor decir, agrisando y nos tuvimos que apresurar en fotografiar estos guíscanos musicales tan evocadores de épocas pasadas porque el cielo amenazaba una lluvia inminente y más que a la bendita agua, le temía al barrizal en que se podía convertir el camino. Luego cayeron cuatro gotas. Estamos malditos en la región de Murcia. Por toda España, incluida Andalucía, lloviendo lo que no está escrito, eclosión en sierras andaluzas de fuentes que se creían extintas, y más al norte, el Ebro, otra vez inundado, lo que suele acaecer en años alternos, con desgracias, a veces humanas y siempre económicas, y aquí dos gotas dispersas y poco más. Lo dicho, parecemos los de Murcia, excomulgados de la providencia, olvidados de la diosa Fortuna y de la solidaridad de nuestros presuntos compatriotas. Ya escribía hace tres años,
Sin duda hay que lamentar los devastadores efectos del reciente desbordamiento del río Ebro y a la vez felicitarnos porque, pese a ello, no se han lamentado desgracias personales.
En próximos capítulos, ampliaremos nuestro radio de acción e intentaremos cubrir gran parte de los lugares que recorren Genaro y Prudencio, aledaños a la Rambla Mayor, en Y también se vivía.
Santonge (también lo he visto escrito con jota), Lería, Tello, Topares, Bugéjar, Macián, Casa Mula etc. Lugares, algunos de ellos localizados donde cristo perdió las esparteñas, y que me hacen pensar, una vez más, en las duras condiciones de vida que tuvieron que soportar los paisanos que moraron estos contornos. Trataremos también, a grandes rasgos, algunas de las cuestiones que se plantean en La España vacía y otras reflexiones que vayan surgiendo, como en mí suele ser habitual, a salto de mata. Sobre todo, veremos muchas ruinas, un paisaje de desolación y destrozo en bello contraste con el verdeo del que ya comienza a emperifollarse el campo. He aquí un anticipo.
 FINAL CUARTA PARTE

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